No se percibía actividad alguna en el despacho de Rose, cosa que era muy buena señal. Si Yrsa seguía comportándose así iba a mandarla a casa antes de tres días y Rose tendría que volver.
Es que les hacía falta el dinero, había dicho Yrsa.
Como en los archivos no había ninguna información sobre un secuestro en febrero de 1996, Carl sacó la carpeta de los casos de incendios y telefoneó al comisario Antonsen, de Rødovre. Prefería hablar con una rata curtida en el campo que con una rata de despacho como Yding. La razón por la que aquel insustancial no había escrito nada en el viejo informe policial acerca de la situación económica de la empresa que ardió en Rødovre se le escapaba. En opinión de Carl, aquello era negligencia en el cumplimiento del deber. Además, la compañía de gas había declarado que la casa tenía cortado el suministro, así que ¿qué hizo que la explosión fuera tan violenta? Mientras flotaran en el aire preguntas como aquella, existía la posibilidad de que el puto incendio que investigaban fuera provocado, y en ese caso no podía dejarse NADA al azar.
– Vayaaa -dijo Antonsen cuando le pasaron la llamada de Carl-. O sea que tengo el honor de hablar con Carl Mørck, especialista en desempolvar casos antiguos.
Rio ahogadamente.
– ¿Has resuelto el asesinato del Hombre de Grauballe?
– Claro, y el de Erik V -repuso Carl-. Y pronto habremos resuelto uno de vuestros antiguos casos, creo.
Antonsen soltó una carcajada.
– Sí, ya sé a qué te refieres, hablé ayer con Marcus Jacobsen -le dijo-. Me parece que quieres saber algo sobre el incendio que hubo aquí en 1995. ¿No has leído el informe?
Carl reprimió un par de juramentos, que seguro que el curtido de Antonsen habría sabido corresponder con finura.
– Sí. Y ese informe es una auténtica chapuza. ¿Lo hizo uno de los tuyos?
– Tonterías, Carl. Yding hizo un trabajo concienzudo. ¿Qué necesitas saber?
– Información sobre la empresa que ardió en el incendio, cuestión a la que esa supuesta concienzuda investigación no hace el menor caso.
– Sí, ya pensaba que sería algo así. Pero tenemos algo en alguna parte. Un par de años más tarde se hizo una auditoría de la empresa que concluyó con una denuncia policial. No obstante, la cosa quedó en nada, aunque gracias a ello supimos más acerca de la empresa. ¿Te la mando por fax o tengo que acercarme de rodillas al trono y depositarla allí?
Carl soltó una carcajada. Raras veces encontrabas a alguien que pudiera devolver tus insultos con tal eficacia y suavidad.
– No, ya voy yo para allá, Anton. Tú haz café.
– Vaya… -concluyó Antonsen, y colgó; nada de «hasta ahora».
Carl se quedó un rato con la vista fija en la pantalla plana en la que aparecía el bucle interminable del canal de noticias sobre la absurda muerte a tiros de Mustafá Hsownay, otra víctima inocente de la guerra entre bandas. Parece ser que la Policía había dado permiso para que el cortejo fúnebre atravesara las calles de Copenhague. Aquello provocaría, sin duda, que a más de uno se le atragantaran las fresas con nata con los colores nacionales.
De pronto se oyó un gruñido procedente de la puerta.
– ¿No vais a darme algo que hacer?
Carl se sobresaltó. Abajo, en el sótano, la gente no solía moverse en silencio. Pero aquella tal Yrsa podía desplazarse furtivamente en un momento, y al siguiente hacer el mismo ruido que un antílope desbocado, cosa que a él le ponía de los nervios.
Yrsa agitó la mano en el aire como buscando algo.
– Uf, una mosca, cómo las odio. Son asquerosas.
Carl siguió al bicho con la vista. A saber dónde había estado aquella mosca por última vez. Agarró un expediente de la mesa. Por sus huevos que la iba a chafar.
– Ya me he instalado. ¿Quieres verlo? -preguntó Yrsa con una voz cuyo parecido con la de Rose era sorprendente.
¿Que a ver si quería ver cómo se había instalado? Nada más lejos de su intención.
Dejó la mosca en paz y se volvió hacia ella.
– Dices que quieres algo a lo que hincar el diente. Bien. Al fin y al cabo, para eso estás aquí. Pues entonces puedes empezar llamando al Registro Mercantil para pedirles la contabilidad de los últimos cinco años de K. Frandsen Mayorista, Public Consult y Herrajes JPP, S. A., e investiga los descubiertos y sus créditos a corto plazo. ¿Vale?
Escribió los tres nombres en un papel.
Ella lo miró como si hubiera soltado una obscenidad.
– No, prefiero no hacerlo, si es posible -se disculpó.
Aquello no presagiaba nada bueno.
– ¿Y por qué no?
– Porque es muchísimo más fácil buscarlo en la intranet. ¿Para qué estar colgada del teléfono… cuando quedan veinte minutos para que cierren?
Carl trató de no prestar atención al modo en que su ego desapareció entre los plisados de la falda de ella. Tal vez debiera darle una oportunidad.
– Carl, ven a ver esto -dijo Assad desde la puerta, haciéndose a un lado para que Yrsa pudiera pasar. Después continuó, mientras extendía a Carl la copia del mensaje en la botella-. Llevo mucho tiempo, o sea, mirando esto. ¿Qué te parece? He empezado convencido de que ponía Ballerup en la tercera línea, y he mirado en el callejero todas las calles de Ballerup y me he dado cuenta de que la única que podía encajar en la palabra anterior a «en» era Lautrupvang, aunque él ha escrito Lautrop, con o; claro que tampoco sabía escribir muy bien.
Por un instante, su mirada se fijó en la mosca que giraba en el aire, frenética. Después miró a Carl.
– ¿Tú qué dices, Carl? ¿No crees que puede ser así? -aventuró, señalando la parte correspondiente del texto. Ahora ponía:
SOCORRO
El 6 de fevrero de 1996 nos sequestraron nos llevaron de la parada de autovus de Lautropvangen Ballerup – El hombre mide 1,8… b… pelo.or.o
Carl hizo un gesto afirmativo. Parecía bastante probable, desde luego. De ser así, había que sumergirse en los archivos a toda pastilla.
– Asientes. O sea que crees que es eso. ¡Huy, qué bien, Carl! -exclamó Assad, inclinándose sobre la mesa para darle un beso en la coronilla.
Carl empujó la silla hacia atrás con mirada hostil. Los pasteles almibarados y el té dulcísimo podían pasar. Pero los arrebatos pasionales propios de Oriente estaban de más.
– Sabemos, entonces, que es el 16 o el 26 de febrero de 1996 -continuó Assad, concentrado-. También sabemos dónde, y sabemos además, o sea, que el secuestrador es un hombre que mide por lo menos un metro ochenta. Así que solo nos faltan las últimas palabras de la línea, que tienen que ver con su pelo.
– Sí, Assad. Y también la pequeña menudencia de los dos tercios del resto del mensaje -le recordó Carl.
Pero lo cierto es que la interpretación parecía bastante probable.
Carl cogió el papel, se levantó y salió al pasillo para mirar la ampliación del mensaje. Si esperaba que en aquel momento Yrsa estuviera metida de lleno en la inspección de la contabilidad de las empresas incendiadas, se equivocaba. Qué va, estaba en medio del pasillo, insensible por completo al mundo que la rodeaba, absorta en el contenido del mensaje en la botella.
– Deja, Yrsa, ya nos ocupamos nosotros de eso -propuso, pero Yrsa no se movió.
Como sabía que el comportamiento entre hermanas podía ser contagioso, se encogió de hombros y la dejó en paz. En algún momento le dolería el cuello de tanto estar en aquella postura.
Carl y Assad se colocaron junto a ella. Si se examinaba atentamente la propuesta de texto de Assad y se comparaba con lo que colgaba de la pared sin tantas letras, aparecían propuestas veladas pero creíbles para las siguientes letras, cosa que antes era imposible de apreciar.
Sí, de hecho la propuesta de Assad parecía enteramente plausible.
– Pues así debe de ser. No parece ninguna tontería -admitió, y después puso a Assad a investigar si, en efecto, se había denunciado un crimen que de alguna manera pudiera guardar relación con un secuestro en Lautrupvang, Ballerup, en 1996.
Lo más seguro era que el trabajo estuviera hecho cuando Carl volviera de Rødovre.
Antonsen se encontraba en su pequeño despacho, recargado ambiente de tufo de pipa y puritos de lo más políticamente incorrecto. Nadie lo había visto fumar nunca, pero fumaba. Corría el rumor de que se quedaba trabajando hasta que el personal de oficina se marchaba a casa para poder dar un par de caladas en paz. Hacía años que su mujer proclamó que ya no fumaba. Pero vamos, que eso era lo que ella creía.
– Aquí tienes la auditoría de la empresa de Damhusdalen -dijo Antonsen tendiéndole una carpeta de plástico-. Como puedes ver en la primera página, se trata de una empresa de importación-exportación cuyos socios están empadronados en la antigua Yugoslavia. Así que a la empresa no le habrá sido fácil efectuar el proceso de reconversión cuando estalló la guerra de los Balcanes y todo se vino abajo.
»Hoy en día Amundsen & Mujagic, S. A. es una compañía bastante floreciente, pero cuando todo ardió su situación económica era desastrosa. En aquella ocasión no había nada que nos hiciera pensar que la empresa era sospechosa, y de momento seguimos creyendo que no lo es. Pero si tienes algo que decir al respecto, adelante, hombre.
– Amundsen & Mujagic, S. A. Mujagic es un nombre yugoslavo, ¿verdad? -preguntó Carl.
– Yugoslavo, croata, serbio, qué más da. A día de hoy no creo que quede ni un Amundsen ni un Mujagic en la empresa, pero puedes investigarlo si quieres.
– Por favor… -Carl se balanceó en el asiento y miró a su antiguo compañero.
Antonsen era un buen policía. Era unos años mayor que Carl y siempre había estado un par de niveles por encima en el escalafón, pero aun así habían coincidido en varios casos, y ambos sabían que eran lobos de la misma camada.
Nadie, absolutamente nadie, iba a vanagloriarse a costa de ninguno de los dos. Tampoco se podía acudir a ellos con chorradas, palmaditas en el hombro o habladurías de pasillo. Si había alguien en el cuerpo que estuviera incapacitado para la actividad diplomática, la politiquería o el meter mano en las arcas públicas, esos eran ellos. Por eso no había llegado Antonsen a director de la Policía, ni Carl a ninguna parte. Así era y así debía ser.
Solo había un asunto entre ellos que carcomía a Carl en aquel momento: el puñetero incendio. Porque, al igual que ahora, también entonces estaba Antonsen al frente de la barraca.
– A mí -siguió Carl- me parece que la clave para resolver los incendios de Copenhague de los últimos días puede encontrarse en el incendio de Rødovre. Aquí se encontró un cadáver con marcas visibles en el dedo meñique, marcas que apuntan a que la víctima había llevado un anillo puesto durante muchos años. Exactamente la misma singularidad de los cadáveres de los últimos incendios. Así que te pregunto, Anton: ¿puedes asegurarme que el caso fue debidamente investigado en su momento? Te lo pregunto tal cual, tú me respondes y lo dejo ahí, pero he de saberlo. ¿Has tenido que ver con esa empresa? ¿Hay algo que de alguna manera te vincule o te haya vinculado a Amundsen & Mujagic, S. A. para que en su día llevaras el caso de aquella manera y con aquella gente?
– ¿Me estás acusando de algo ilegal, Carl Mørck? -Torció el gesto. La jovialidad desapareció.
– No. Pero no logro entender por qué aquella vez no averiguasteis sin sombra de duda cuál fue la razón del incendio ni identificasteis el cadáver.
– O sea, que me acusas de algo así como obstruir mi propio trabajo, ¿no?
Carl lo miró a los ojos.
– Eso hago. ¿Es verdad? Porque en ese caso sé a qué atenerme.
Antonsen tendió a Carl una Tuborg, y este la sostuvo en la mano hasta que finalizó la conversación. Antonsen tomó un buen trago de la suya.
El viejo zorro se secó las comisuras de los labios y sacó hacia delante el labio inferior.
– El caso no nos alarmó, Carl, esa es la verdad. Un incendio en un tejado y un mendigo, no parecía que hubiera más. Y a decir verdad no lo controlé demasiado. Pero no por lo que imaginas.
– ¿Por qué, entonces?
– Porque Lola por aquella época estaba follando con uno de los de comisaría, y yo ahogaba mis penas en el alcohol.
– ¿Lola?
– Sí, joder. Pero escucha: mi mujer y yo hemos superado todo eso. Ahora todo es como debe ser. Pero sí, sí que podría haber seguido mejor ese caso, no me importa admitirlo.
– Vale, de acuerdo, Anton. Te creo, lo dejaremos ahí.
Se levantó y miró la pipa de Antonsen, que parecía un velero varado en el desierto. Dentro de poco volvería a navegar. En horas de oficina o fuera de ellas.
– Oye, Carl -dijo Antonsen cuando Carl pasaba por el vano de la puerta-, otra cosa. Te acuerdas de que el verano pasado, cuando tuvimos aquel asesinato en el rascacielos de Rødovre, te dije que si no recibíais bien al agente Samir Ghazi en Jefatura me iba a encargar de daros unos azotes en cierta parte. Y ahora me entero de que Samir ha pedido volver aquí…
Llegado a ese punto, cogió la pipa y la frotó un poco.
– ¿Por qué lo ha hecho? ¿Sabes algo? A mí no me dice nada, pero, que yo sepa, Jacobsen estaba contento con él.
– ¿Samir? No, no sé nada. Apenas lo conozco.
– Vaya. Pues puedo decirte que tampoco lo entienden en el Departamento A, pero he oído que podría tener algo que ver con alguno de tu departamento. ¿Sabes algo de eso?
Carl se quedó pensando. ¿Por qué habría de tener algo que ver con Assad? Al fin y al cabo, se había mantenido alejado de él desde el primer día.
Esta vez fue Carl quien sacó hacia delante el labio inferior. ¿Por qué había actuado así Assad?
– Voy a preguntar, pero no lo sé. Puede que Samir quiera volver con el mejor jefe del mundo, ¿no crees? -sugirió, haciendo un breve guiño a Antonsen-. Saluda a Lola de mi parte.
Encontró a Yrsa en el mismo lugar donde la había dejado: en medio del pasillo del sótano, delante de la enorme ampliación hecha por Rose del mensaje de la botella. Estaba allí plantada, con mirada pensativa y una pierna recogida bajo el vestido como un flamenco, casi en trance. Aparte de la ropa, era igual que Rose. Muy, muy inquietante.
– ¿Has terminado con las contabilidades del Registro Mercantil? -preguntó.
Ella lo miró abstraída mientras se daba golpecitos en la frente con un lápiz. A saber si había reparado en su presencia.
Carl aspiró hasta el fondo de sus pulmones y volvió a espetarle la pregunta a la cara. La pobre se sobresaltó, pero esa fue a grandes rasgos su única reacción.
Cuando iba a dar la vuelta sacudiendo la cabeza sin saber qué diablos hacer con aquellas hermanas tan singulares, ella respondió con sosiego y marcando bien cada palabra.
– Se me dan bien el Scrabble y los crucigramas, jeroglíficos, tests de inteligencia y sudokus, y también se me da bien escribir versos y canciones para confirmaciones, bodas de oro y plata, bautizos y aniversarios. Pero esto no es tan fácil.
Se volvió hacia Carl.
– ¿Qué te parece si me dejas en paz un rato más para que tenga la tranquilidad necesaria para pensar en este odioso mensaje?
¿Qué te parece? La tía llevaba plantada allí el tiempo necesario para ir en coche hasta Rødovre y volver, y aún más, ¿y quería que la dejara en paz? Hablando en plata, ya podía volver a meter sus cachivaches en aquella horrible bolsa de la compra y largarse con sus trapos escoceses con gaita y todo a Vanløse, o donde diablos viviera.
– Querida Yrsa -se esforzó Carl-. O me entregas esa ridícula contabilidad antes de veintisiete minutos con anotaciones de dónde tengo que buscar, o tendré que pedir amablemente a Lis, la del segundo piso, que te prepare de inmediato un cheque por unas cuatro horas de trabajo del todo innecesario. Y ve olvidándote de la jubilación, ¿entendido?
– Joder, bueno, perdona que jure, pero ¡vaya parrafada! -Lució una amplia sonrisa-. Por cierto, ¿ya te he dicho lo bien que te sienta esa camisa? Brad Pitt tiene una igual.
Carl se miró la horripilancia a cuadros que compró en el supermercado. De pronto tuvo una extraña sensación de estar de sobra allí, en el sótano.
Se retiró hacia el denominado despacho de Assad y encontró a su ayudante sentado con las piernas sobre el cajón superior del escritorio y el teléfono pegado a la barba negro-azulada de tres días. Tenía ante sí diez bolígrafos que con seguridad faltaban en los dominios de Carl, y, bajo ellos, papeles con nombres y números y tiras de caracteres árabes. Hablaba lenta y claramente, y cosa asombrosa, sin faltas. Su cuerpo irradiaba autoridad y sosiego, y su mano sujetaba con firmeza la tacita en miniatura con su aromático café turco. Sin saber nada más, cualquiera lo habría tomado por un agente de viajes de Ankara que acababa de fletar un jumbo para treinta y cinco jeques petroleros.
Se volvió hacia Carl y le dirigió una sonrisa fingida.
Por lo visto, también él necesitaba paz y tranquilidad.
Era una auténtica epidemia.
Tal vez debiera aprovechar la ocasión para echar una siesta preventiva en la silla del despacho. Así, mientras tanto, podría ver en el interior de sus párpados una película sobre un incendio en Rødovre y esperar que el caso se resolviera en cuanto volviera a abrir los ojos.
Acababa de sentarse y de levantar las piernas cuando aquel atractivo plan para prolongar la vida se vio interrumpido por la voz de Laursen.
– ¿Queda algo de la botella, Carl? -inquirió.
Carl parpadeó.
– ¿De la botella? -Se fijó en el delantal lleno de lamparones de Laursen y bajó las piernas-. Sí, si puede llamarse «algo» a tropecientos fragmentos del tamaño de un pene de hormiga, entonces lo tengo aquí guardado en una bolsa de plástico.
Sacó la bolsa transparente y la puso a la altura de los ojos de Laursen.
– Bueno, ¿qué te parece? -preguntó.
Laursen asintió en silencio y señaló un fragmento algo mayor que los demás que había en el fondo de la bolsa.
– Acabo de hablar con Gilliam Douglas, el perito de Escocia, y me ha recomendado que busque el mayor pedazo del culo de la botella y que haga un análisis de ADN de la sangre que haya. Es ese pedazo. Se ve la sangre.
Carl estuvo a punto de pedirle prestada la lupa, pero lo veía bien. No había mucha sangre, y parecía completamente reseca.
– ¿No lo han analizado ellos o qué?
– No; dice que solo se ocuparon del mensaje en sí. Pero dice también que no esperemos demasiado.
– ¿Y eso…?
– Es que hay poca muestra para analizar y seguramente ha pasado mucho tiempo. Además, las condiciones de la botella y la permanencia en agua salada pueden haber dañado el genoma que había. O el calor, el frío y puede que un poco de salitre. La luz cambiante. Todo parece indicar que no queda rastro de ADN.
– ¿El ADN se transforma mientras se descompone?
– No, no se transforma. Se descompone, sin más. Y con todos los factores desfavorables que hay, no hace falta más.
Carl observó la manchita del pedazo de vidrio.
– Y si encuentran algo de ADN útil, ¿qué? ¿Qué conseguiríamos así? No tenemos que identificar ningún cadáver, puesto que no hay tal. Tampoco tenemos que comparar el material genético con familiares, porque ¿quiénes son? No tenemos ni idea de quién ha escrito el mensaje, así que ¿para qué?
– Tal vez pudiera concretarse el color de piel, de ojos y de pelo. ¿No es algo?
Carl asintió en silencio. Claro que había que probarlo. La gente del departamento de Genética Forense del Instituto Forense era algo fantástico, ya lo sabía. Él mismo había asistido a una conferencia del subdirector del departamento. Si alguien podía precisar si la víctima era un groenlandés pelirrojo de Thule, cojo y ceceante, eran ellos.
– Llévatelo, adelante -dijo Carl. Después dio a Laursen una palmada en el hombro-. Un día de estos tengo que subir a tomar un entrecot.
Laursen sonrió.
– Pues tendrás que traerlo de casa.