Es imposible concebir a un ser humano más desconsolado y triste que Eliza mientras se alejaba de la cabaña del tío Tom.
Los sufrimientos y apuros de su marido y el peligro de su hijo se mezclaron en su mente con un sentido confuso y aturdido del riesgo que corría ella al dejar el único hogar que había conocido y separarse de la protección de una amiga a quien quería y reverenciaba. Además, se separaba de todos los objetos conocidos, del lugar donde había crecido, los árboles bajo los cuales había jugado, las arboledas donde había paseado muchas tardes en tiempos más felices, al lado de su joven marido; todo lo que yacía allí bajo la escarchada luz de las estrellas parecía reprocharle y preguntarle adónde iba a huir de un hogar como aquél.
Pero más fuerte que todo lo demás era el amor maternal, elevado a un paroxismo de frenesí por la proximidad de un peligro terrible. Su hijo tenía bastante edad para caminar a su lado, y, en otras circunstancias, lo hubiera llevado de la mano; pero ahora sólo pensar en soltarlo de sus brazos le hacía estremecer y lo apretaba convulsivamente contra su pecho al avanzar rápidamente.
El suelo escarchado crujía bajo sus pies y el sonido le hacía temblar; el revoloteo de cada hoja y la agitación de cada sombra entorpecía el flujo de su sangre y le hacía apretar el paso. Le sorprendía la fortaleza que parecía emanar de dentro de ella, pues sentía el peso del muchacho como si fuera una pluma, y cada aleteo de miedo parecía aumentar su fuerza sobrenatural, a la vez que se escapaban de sus labios frecuentes oraciones dirigidas al Amigo del Cielo: «¡Señor, ayúdame! ¡Señor, sálvame!»
Si fuera tu Harry, lector, o tu Willie, que un tratante brutal iba a arrancar de tus brazos mañana por la mañana; si tú hubieses visto al hombre y te hubiesen dicho que los papeles estaban firmados, y que tenías sólo desde las doce de la noche hasta la mañana para escaparte, ¿a qué velocidad serías capaz de caminar? ¿Cuántas millas podrías andar en esas pocas horas, con tu hijito junto al pecho, su cabecita somnolienta apoyada en tu hombro, los bracitos confiados rodeándote el cuello?
Porque el niño dormía. Al principio, la novedad y el susto lo mantuvieron despierto; pero su madre reprimía enseguida cada susurro y cada sonido, asegurándole que sólo si no se movía podría salvarlo, de modo que se quedó callado cogido de su cuello; sólo le preguntó, al notar que le vencía el sueño:
– Mamá, no hace falta que esté despierto, ¿verdad?
– No, cariño; duerme si quieres.
– Pero, mamá, si me duermo, ¿no dejarás que me cojan?
– ¡No, que Dios me ayude! dijo su madre, con el rostro más pálido y un brillo más fuerte en sus grandes ojos negros.
– Estás segura, ¿verdad, mamá?
– ¡Sí, segura! -dijo la madre, con una voz que la asustó a ella misma, pues parecía proceder de un espíritu interior; y el niño dejó caer la cabecita cansada sobre su hombro y pronto se quedó dormido. ¡Qué fuego y qué ánimo infundieron a sus movimientos el tacto de aquellos cálidos brazos y el suave aliento contra su cuello! Tenía la impresión de que la fuerza le llegaba en chorros eléctricos desde cada movimiento del niño dormido y confiado. El dominio de la mente sobre el cuerpo es sublime, capaz de hacer inexpugnables la carne y los nervios y de templar con acero los tendones para convertir en poderosos a los débiles.
Pasó vertiginosamente los confines de la granja, del huerto y del bosque; y siguió adelante, dejando un objeto familiar tras otro, sin aflojar el paso, sin detenerse, hasta que el rojo amanecer la encontró en carretera abierta, a muchas millas de cualquier huella de estos objetos conocidos.
Había ido con su ama a visitar a algunos parientes de ésta a la pequeña aldea de T., cerca del río Ohio, por lo que conocía bien la carretera. La primera parte precipitada de su plan de huida era ir allí, cruzando el río Ohio; después, sólo le restaba confiar en el Señor.
Cuando empezaron a circular por la carretera caballos y vehículos, se dio cuenta, con esa percepción aguda propia de un estado de excitación y que parece ser una especie de inspiración, de que su paso acelerado y su aspecto perturbado podían despertar sospechas y suscitar comentarios. Por lo tanto, dejó al muchacho en el suelo y, ajustándose el vestido y el sombrero, siguió caminando a una velocidad que le pareció correcta para salvar las apariencias. Había puesto en el pequeño atado pasteles y manzanas, que utilizó como recursos para acelerar el paso del niño, haciendo rodar las manzanas unas yardas delante de ellos para que el muchacho fuera corriendo con todas sus fuerzas para alcanzarlas; esta treta, repetida muchas veces, les hizo adelantar muchas millas.
Después de algún tiempo, llegaron a un espeso bosque atravesado por el murmullo de un límpido arroyo. Ya que el niño se quejaba de tener hambre y sed, cruzó con él la valla y, sentándose tras una gran roca que les ocultaba de la carretera, le sacó el desayuno de su pequeño paquete. El niño se sorprendió y lamentó de que no comiera ella; pero cuando, abrazándola, intentó introducir en su boca un trozo de su pastel, ella creyó que la garganta se le cerraba y que la iba a asfixiar.
– ¡No, no, Harry, mi amor; la mamá no podrá comer hasta que tú estés a salvo! Debemos caminar más y más hasta llegar al río -y se apresuró a salir a la carretera y una vez más se reprimió para caminar a un paso regular y sosegado.
Estaba a muchas millas de cualquier lugar donde la conocieran personalmente. Si por casualidad se encontrase con algún conocido, pensaba que la bondad de la familia conocida por todos acallaría cualquier sospecha, puesto que nadie supondría que ella era una fugitiva. Como además era lo bastante blanca como para que no se supiera, sin examinarla detenidamente, que era negra, y su hijo también era claro, era más fácil que pasaran desapercibidos.
Con este presupuesto, se paró al mediodía en una bonita granja para descansar y comprar algo de comida para el niño y ella, porque, al disminuir el peligro, se aminoró la tremenda tensión de su sistema nervioso y se dio cuenta de que estaba cansada y hambrienta.
La buena mujer de la casa, amable y charlatana, estaba más bien contenta de tener a alguien con quien hablar, y aceptó sin cuestionar la declaración de Eliza de que «iba un poco más allá, para pasar una semana con unos amigos», cosa que, en el fondo de su corazón, esperaba que resultara ser la pura verdad.
Una hora antes de la puesta del sol, entró en la aldea de T., junto al río Ohio, cansada y con dolor de pies pero aún animada. Primero miró el río, que, como el río Jordán, se interponía entre ella y el Canaán de libertad del otro lado.
Era el principio de la primavera y el río estaba crecido y turbulento; grandes moles de hielo flotaban de un lado a otro en las aguas turbias. A causa de la forma peculiar de la orilla de la parte de Kentucky, donde la tierra forma un gran recodo, había grandes cantidades de hielo acumuladas, y el estrecho canal que rodeaba este recodo se hallaba lleno de placas de hielo amontonadas unas encima de otras, haciendo de barrera temporal para el hielo que flotaba río abajo, que se apilaba creando una gran masa flotante que llenaba todo el río y llegaba casi a la orilla de Kentucky.
Eliza se quedó quieta un momento mirando este aspecto poco favorable de las cosas. Se dio cuenta enseguida de que esa situación debía de impedir que cruzara el transbordador habitual, y se dirigió a una pequeña posada que había en la orilla para hacer averiguaciones.
La posadera, ocupada en diferentes operaciones de freír y estofar encima del fuego, en preparación de la cena, se quedó tenedor en mano cuando la dulce voz lastimera de Eliza la detuvo.
– ¿Qué pasa? -preguntó.
– ¿No hay un transbordador o una barca que lleve a la gente a B.? -preguntó.
– Pues, no -dijo la mujer-; las barcas han dejado de funcionar.
La cara de decepción y consternación de Eliza le llamó la atención y preguntó, solícita:
– ¿Es que quiere usted pasar? ¿Hay alguien enfermo? Parece usted preocupada.
– Tengo un hilo gravemente enfermo -dijo Eliza--. No me enteré hasta anoche y he andado mucho hoy, con la esperanza de coger el transbordador.
– ¡Vaya, qué mala suerte! -dijo la mujer, cuya compasión maternal se había despertado-; la compadezco de veras. ¡Solomon! -gritó desde la ventana en dirección a un pequeño cobertizo en la parte de atrás. En la puerta apareció un hombre con delantal de cuero y las manos muy sucias.
– Oye, Sol -dijo- ¿aquel hombre va a cruzar los barriles esta noche?
– Dijo que lo intentaría, si la prudencia lo permitía -dijo el hombre.
– Hay un hombre que vive cerca de aquí que va a cruzar esta noche con un carretón, si se atreve; vendrá a cenar esta noche, así que siéntese a esperar. Qué niño más mono -añadió la mujer, ofreciéndole un pastel a éste.
Pero el niño, agotado del todo, lloraba de cansancio.
– ¡Pobre criatura! No está acostumbrado a caminar, y le he metido mucha prisa -dijo Eliza.
– Llévelo a este cuarto -dijo la mujer, abriendo un pequeño dormitorio donde se veía una cómoda cama. Eliza tendió al muchacho cansado en ella y le cogió la mano hasta que se quedó dormido del todo. Ella no había de descansar. Como fuego en los huesos, la idea de su perseguidor le infundía prisas por seguir adelante, y miró con ojos anhelantes las aguas turbulentas que se extendían entre ella y la libertad.
En este punto debemos despedimos de ella de momento para seguir los pasos de sus perseguidores.
Aunque la señora Shelby había prometido que la comida iría enseguida a la mesa, pronto se vio, como muchas veces se ha visto, que el hombre propone y Dios dispone. Así que, aunque la orden fue dada en presencia de Haley y transmitida a la tía Chloe por lo menos por media docena de mensajeros juveniles, esta dignataria sólo respondió con algunos resoplidos muy serios y una sacudida de cabeza y se puso a realizar cada operación de una forma inusitadamente pausada y minuciosa.
Por algún motivo extraño, los sirvientes parecían compartir la impresión general de que al ama no le molestaría mucho alguna tardanza; y fue asombroso el número de accidentes que ocurría uno tras otro para retrasar la marcha de las cosas. Una criatura desgraciada logró derramar la salsa, por lo que hubo de prepararla de novo [7], con todo esmero y cuidado, con la tía Chloe vigilándola y removiéndola con tenaz precisión, respondiendo, cada vez que le metían prisa, que «ella no iba a servir una salsa a medio ligar en la mesa a instancias de nadie». Alguien se cayó al llevar el agua, y tuvo que volver a la fuente a por más; otro, en medio del caos, dejó caer la mantequilla; y de vez en cuando llegaban a la cocina, entre risitas, noticias de que «el señor Haley estaba muy inquieto; que no sabía estarse sentado en la silla, sino que paseaba a zancadas hasta las ventanas y por el porche».
– ¡Se lo tiene merecido! -dijo, indignada, la tía Chloe-. Estará peor que inquieto un día de éstos, si no se enmienda. Lo mandará llamar su Amo, y veremos cómo queda.
– ¡Irá al infierno, seguro! -dijo el pequeño Jake.
– ¡Se lo merece! -dijo la tía Chloe, ceñuda-; ha destrozado muchísimos corazones, os lo aseguro -dijo, deteniéndose con un cuchillo en la mano-; es como lo que leyó el señorito George en el Libro de la Revelaciones: las almas llamando y llamando desde debajo del altar, pidiendo venganza al Señor para semejante gente, y tarde o temprano el Señor va a oírlas, ¡ya lo creo!
A la tía Chloe la admiraban mucho en la cocina y la escucharon con la boca abierta; ahora que la cena estaba servida, todos estaban libres para charlar con ella y oír sus comentarios.
– Esa gente arderá para siempre, seguro, ¿verdad? -dijo Andy.
– Y yo me alegraré de verlo, ya lo creo -dijo el pequeño Jake.
– ¡Niños! -dijo una voz que les sobresaltó. Era el tío Tom, que había entrado y se había quedado en la puerta escuchando la conversación.
– ¡Niños! -dijo-, me temo que no sabéis lo que decís. Para siempre son palabras terribles, niños; es tremendo pensar en ello. No deberíais desearlo a ningún ser humano.
– No se lo desearíamos a nadie más que a los tratantes de almas -dijo Andy-; nadie puede menos que deseárselo a ellos, son tan malvados.
– ¿No los denuncia la misma naturaleza? -dijo la tía Chloe-. ¿No arrancan a los bebés del pecho de sus madres para venderlos? Y a los pequeños que lloran y se agarran a la ropa de sus madres, ¿no los apartan de ellas para venderlos? ¿No separan a maridos y mujeres -dijo la tía Chloe, echándose a llorar- cuando significa quitarles la vida? Y mientras tanto, ellos beben y fuman y no se exaltan por nada. Señor, si no se los lleva el diablo, ¿para qué sirve éste? -y la tía Chloe se tapó la cara con el delantal de cuadros y se puso a sollozar en serio.
– Reza por aquellos que te tratan mal, dice el buen libro -dijo Tom.
– ¡Rezar por ellos! -dijo la tía Chloe-; ¡Señor, es demasiado dificil! Yo no puedo rezar por ellos.
– Es la naturaleza, Chloe, y la naturaleza es fuerte -dijo Tom-, pero la gracia del Señor es más fuerte; además, deberías pensar en el estado del alma de una pobre criatura capaz de hacer esas cosas, deberías dar gracias al Señor porque tú no eres como él, Chloe. Yo sé que preferiría que me vendieran diez mil veces a tener que rendir cuentas por lo mismo que esa pobre criatura.
– Yo también lo preferiría -dijo Jake-. Señor, ¿no lo preferimos, Andy?
Andy se encogió de hombros y silbó en conformidad.
– Me alegro de que no se haya marchado el amo esta mañana, como tenía pensado -dijo Tom-; eso me dolió más que el venderme, ya lo creo. Puede que fuera lo natural para él, pero a mí me hubiera resultado durísimo, que lo conozco desde que era un niño; pero he visto al amo y empiezo a reconciliarme con la voluntad de Dios. El amo no pudo remediarlo; hizo bien, pero tengo miedo de que las cosas se echen a perder cuando yo no esté. No se puede esperar que el amo ande husmeando por todas partes, como yo hago, para tenerlo todo bajo control. Los muchachos tienen muy buenas intenciones, pero son muy descuidados. Eso me preocupa.
En esto sonó la campana llamando a Tom al salón.
– Tom -dijo amablemente el amo-, quiero que sepas que a este señor le doy un pagaré por mil libras por si no estás cuando te reclame; hoy va a ocuparse de otros asuntos, así que puedes cogerte el día libre. Ve a donde quieras, muchacho.
– Gracias, amo -dijo Tom.
– Y cuidado -dijo el comerciante- que no engañes a tu amo con ninguno de tus trucos de negro, pues yo le cobraré cada centavo, si no estás allí. Si él me hiciera caso, no se fiaría de ninguno de vosotros; sois escurridizos como anguilas.
Amo -dijo Tom, muy erguido-, yo tenía apenas ocho años cuando la vieja ama lo puso a usted en mis brazos, y usted no tenía ni uno. «Toma, Tom» me dijo, «éste va a ser tu joven amo; cuídalo bien», dijo. Y ahora yo le pregunto, amo, ¿he faltado a mi palabra o le he llevado la contraria alguna vez, sobre todo desde que soy cristiano?
El señor Shelby se emocionó y se le llenaron los ojos de lágrimas.
– Mi buen muchacho -dijo-, bien sabe el Señor que dices la pura verdad; y si yo pudiera remediarlo, nadie en el mundo te compraría.
– Y tan seguro como que soy cristiana -dijo la señora Shelby-, te recuperaremos en cuanto consiga reunir el dinero. Señor-dijo a Haley-, fíjese bien a quién lo vende, y comuníquemelo.
– Sí, señor; a lo mejor -dijo el tratante-, de aquí a un año puede que lo traiga de vuelta, no muy estropeado, y se lo vuelva a vender.
– Yo se lo compraré, entonces, y se lo pagaré bien -dijo la señora Shelby.
– Por supuesto -dijo el comerciante-, a mí me da igual, no me importa a quién los venda, siempre que haga un buen negocio. Lo único que quiero es ganarme la vida, ¿sabe, señora? Supongo que eso es lo que queremos todos.
Tanto el señor como la señora Shelby se sintieron molestos por la familiaridad impertinente del comerciante, y, sin embargo, ambos veían la necesidad de frenar sus sentimientos. Cuanto más mezquino e insensible parecía, más miedo tenía la señora Shelby de que consiguiera atrapar a Eliza y su hijo y, por supuesto, más motivos encontraba para detenerle con todas las tretas femeninas. Por lo tanto, sonrió, asintió, charló amistosamente e hizo todo lo que pudo por hacer correr imperceptiblemente el tiempo.
A las dos, Andy y Sam acercaron los caballos al apeadero, aparentemente muy reanimados y fortalecidos por los correteos de la mañana.
A Sam le había reavivado la comida, y estaba lleno de fervorosa oficiosidad. Al acercarse Haley, presumía ante Andy, con un estilo floreciente, del éxito evidente y notable de la operación, ahora que él «se empeñaba de verdad».
– ¿Supongo que vuestro amo no tendrá perros? -preguntó pensativo Haley al ir a montar.
– Montones -dijo Sam, triunfante-; está Bruno: ¡es estupendo! Y, además, casi todos los negros tenemos un cachorro de alguna clase.
– ¡Bah! -dijo Haley, y dijo algo más también, refiriéndose a los perros, que hizo murmurar a Sam:
– No veo el sentido de maldecirlos, de cualquier forma.
– ¿Pero vuestro amo no tiene perros (ya me supongo que no) para cazar a los negros?
Sam sabía perfectamente a lo que se refería, pero mantuvo desesperadamente una apariencia de simpleza grave.
– Nuestros perros tienen todos muy buen olfato. Creo que son buenos, aunque no hayan tenido práctica. Sin embargo, son buenos perros para casi todo, una vez que los pones. Ven, Bruno -llamó en un susurro al pesado perro de Terranova, que se abalanzó tumultuosamente en dirección a ellos.
– ¡Que te ahorquen! -dijo Haley, levantándose-. Vamos, ponte en marcha.
Sam se puso en marcha en el acto, ingeniándoselas para hacerle cosquillas a Andy al mismo tiempo, lo que provocó que Andy rompiese a reír, con gran indignación de Haley, que le golpeó con la fusta.
– Me asombras, Andy -dijo Sam, con formidable gravedad-. Éste es un asunto serio, Andy. No debes tomarlo a broma. Así no ayudarás al amo.
– Tomaré el camino del río -dijo Haley con decisión, cuando llegaron a los confines de la hacienda-. Conozco las costumbres de éstos: siguen las pistas de la ruta clandestina [8].
– Desde luego -dijo Sam-, así es. El señor Haley ha dado en el clavo. Bien, hay dos caminos para ir al río, la carretera de tierra y la cañada, ¿cuál va a tomar el señor?
Andy miró inocente a Sam, sorprendido por este nuevo dato geográfico, pero confirmó inmediatamente lo que dijo, repitiéndolo con vehemencia.
– Porque -dijo Sam-, yo me inclino a creer que Lizy iría por el camino de tierra, ya que va menos gente por él.
Haley, aunque era un pájaro viejo y desconfiaba por naturaleza de la broza, estaba bastante impresionado con esta visión del asunto.
– Si no fuerais tan embusteros los dos… -dijo, al deliberar contemplativo durante un momento.
El tono pensativo y reflexivo con el que pronunció estas palabras le hizo tanta gracia a Andy que se rezagó un poquito y temblaba de tal manera que parecía correr un gran riesgo de caerse del caballo, mientras que el rostro de Sam había adoptado una expresión de lastimosa gravedad de lo más inconmovible.
– Por supuesto -dijo Sam-, el amo puede hacer lo que prefiera; puede tomar el camino recto, si le parece mejor; a nosotros nos da lo mismo. La verdad es que, si lo pienso, creo que el camino recto es el mejor, sin duda.
– Es lógico que cogiera un camino poco transitado -dijo Haley, pensando en voz alta y haciendo caso omiso del comentarlo de Sam.
– No hay forma de saberlo -dijo Sam-; las chicas son raras; nunca hacen lo que se espera que hagan, sino generalmente todo lo contrario. Las chicas son contradictorias por naturaleza, de modo que si uno piensa que han ido por un camino, hay que ir por el otro y seguro que las encuentras. Ahora, personalmente creo que Lizy habrá ido por la carretera, así que deberemos ir por el camino recto.
Esta profunda visión genérica del sexo femenino no pareció predisponer a Haley a optar por el camino recto; y declaró tajantemente que tomaría el otro, preguntándole a Sam cuándo llegarían allí.
– Está un poco más adelante -dijo Sam, guiñando el ojo que estaba en el lado de su cabeza donde se hallaba Andy; y añadió muy serio--, pero he estudiado el asunto y estoy seguro de que no deberíamos ir por ahí. Nunca lo he recorrido. Es muy solitario y podríamos perdemos; Dios sabe dónde acabaríamos.
– No obstante -dijo Haley-, iré por ahí.
Ahora que lo pienso, creo que he oído decir que ese camino está todo vallado a la altura del arroyo, ¿no es así, Andy?
Andy no estaba seguro; sólo «había oído hablan» de ese camino, pero nunca lo había pisado. En resumen, su respuesta fue estrictamente evasiva.
Haley, acostumbrado a sopesar las probabilidades entre mentiras de mayor o menor magnitud, creyó que el balance caía a favor de la carretera de tierra ya nombrada. Le pareció percibir que Sam lo había mencionado involuntariamente en primer lugar, y achacó los intentos desesperados de éste de disuadirle de usarla a que había recapacitado posteriormente por no querer comprometer a Liza.
Entonces, cuando Sam señaló el camino, Haley se precipitó por él, seguido de Sam y Andy.
De hecho, era una vieja carretera, antiguamente el camino principal al río, aunque abandonada hacía muchos años tras el trazado de la nueva carretera. Quedaba abierta durante una hora de cabalgadura, más o menos, y después quedaba cortada por varias granjas y vallas. Sam conocía perfectamente este hecho, a decir verdad, llevaba tanto tiempo cerrada la carretera que Andy ni siquiera había oído hablar de ella. Por lo tanto iba montando con un aire de sumisión concienzuda, simplemente murmurando y quejándose de vez en cuando de que «era muy accidentado, y hacía daño a la pata de Jerry».
– Os advierto -dijo Haley-, que os conozco; no me haréis desviarme de este camino con ninguna de vuestras tretas, ¡así que callaos!
– El amo va por donde quiere -dijo Sam, con pesarosa sumisión, guiñándole prodigiosamente el ojo al mismo tiempo a Andy, cuyo goce estaba ya a punto de estallar.
Sam estaba de excelente humor; fingía buscar con gran diligencia, y tan pronto exclamaba que veía «un sombrero de mujer» en lo alto de alguna loma lejana, como gritaba a Andy «allí abajo está Lizy en la hondonada», cuidando de hacer estas exclamaciones siempre cuando se encontraban en un trecho muy rugoso o dificil del camino, donde apresurarse suponía una inconveniencia especial para todos y de esta forma manteniendo a Haley en un estado de conmoción permanente.
Después de cabalgar alrededor de una hora de esta manera, toda la cuadrilla desembocó precipitada y tumultuosamente en el corral de un gran rancho. No se veía ni un alma, pues todos los braceros estaban trabajando en el campo; pero era evidente que habían llegado al final del camino, puesto que el granero se extendía de manera notoria de parte a parte de la carretera.
– ¿No se lo decía yo al amo? -dijo Sam, con aire de inocencia ultrajada-. ¿Cómo va a saber más un caballero forastero del país que un nativo?
– ¡Sinvergüenza! -dijo Haley-; sabías esto todo el tiempo.
– ¿No le he dicho que lo sabía, y no ha querido creerme? Le he dicho al amo que estaba todo vallado y todo cerrado y que no creía que pudiésemos pasar; me ha oído Andy.
Era todo demasiado cierto para disputarlo, y el desgraciado comerciante no tuvo más remedio que aguantarse la ira con el mejor talante posible, y los tres hombres dieron la vuelta y se encaminaron a la carretera principal.
Gracias a las diferentes demoras, hacía unos tres cuartos de hora que Eliza había acostado a su hijo en la taberna de la aldea cuando llegó el grupo al lugar. Eliza se hallaba de pie mirando por la ventana en otra dirección, cuando el ojo rápido de Sam la captó. Haley y Andy estaban unas tres yardas atrás. Ante la crisis, Sam consiguió que el viento se le llevara el sombrero, por lo que soltó en voz alta una interjección característica que la alertó en el acto; se retiró rápidamente; la cuadrilla pasó delante de la ventana y se acercó a la puerta principal.
A Eliza le dio la impresión de que se concentraron mil vidas en ese instante. El cuarto que ocupaba tenía una puerta que daba al río. Cogió a su hijo y se lanzó escaleras abajo hacia la corriente. El comerciante la vio plenamente en el momento en que desaparecía por el barranco; y, saltando del caballo y gritando a Sam y a Andy, se abalanzó tras ella como un perro tras un ciervo. En ese momento vertiginoso, los pies de Eliza apenas parecían tocar el suelo, y en un momento se halló junto al agua. Ellos la seguían de cerca; ella, armada de esa fortaleza que Dios dispensa sólo a los desesperados, con un grito salvaje y un salto descomunal, pasó por encima de la corriente turbulenta para alcanzar la placa de hielo. Fue un salto desesperado, imposible sin padecer locura o desesperanza; Haley, Sam y Andy gritaron instintivamente, alzando las manos, al verlo.
La enorme mole verde de hielo sobre la que cayó arfó y crujió al recibir su peso, pero ella no se detuvo ni un momento. Gritando alocada, con una energía desesperada, saltó a otra placa y a otra; ¡tropezando, brincando, resbalando, levantándose de nuevo! Sus zapatos han desaparecido, las medias ya no están, huellas de sangre marcan cada paso; pero no vio ni sintió nada hasta que, borrosamente, como en un sueño, vio la orilla de Ohio y a un hombre que la ayudaba a subir por el barranco.
– ¡Eres una muchacha valiente, seas quien seas! -dijo el hombre, con un juramento.
Eliza reconoció la voz y el rostro de un granjero que vivía cerca de su antiguo hogar.
– ¡Oh, señor Symmes, sálveme, por favor, sálveme, escóndame! -dijo Eliza.
– ¿Qué ocurre? -dijo el hombre- ¡pero si es la muchacha de Shelby!
– ¡Mi hijo, este niño… lo ha vendido! Ahí está su amo -dijo, señalando la otra orilla-. Oh, señor Symmes, usted tiene un hijito.
– Lo tengo -dijo el hombre, al subirla, ruda aunque amablemente, por el empinado barranco-. Además, eres una muchacha muy valiente. Me gusta el coraje, venga de donde venga.
Cuando llegaron a lo alto del barranco, se detuvo el hombre.
– Estaría encantado de hacer algo para ayudarte -dijo-, pero no tengo a donde llevarte. Lo mejor que puedo hacer es decirte que te dirijas allí -dijo, señalando una gran casa blanca que se alzaba sola, junto a la calle principal de la aldea-. Vete allí; son personas amables. Te ayudarán en cualquier tipo de peligro, son de esa clase de gente.
– ¡Que el Señor le bendiga! -dijo Eliza de corazón.
– ¡No hay de qué, no hay de qué! -dijo el hombre-. Lo que he hecho no tiene importancia.
– Y, señor, ¿no se lo contará a nadie?
– ¡Demonios, muchacha! ¿Quién te crees que soy? Por supuesto que no -dijo el hombre-. Venga ya, márchate como muchacha sensata que eres. Te has ganado la libertad y, por lo que a mí atañe, la tendrás.
La mujer apretó a su hijo contra el pecho y se alejó firme y velozmente. El hombre se quedó mirándola.
«Puede que a Shelby esto no le parezca de buenos vecinos pero, ¿qué iba uno a hacer? Si él coge a alguna de mis muchachas en la misma situación, puede pagarme con la misma moneda. Nunca he podido ver a ninguna criatura esforzándose y jadeando para escapar, con los perros detrás persiguiéndola. Además, no veo motivo por el que deba hacer de cazador de los demás.»
Así habló este pobre kentuckiano medio pagano, al que el no haber recibido instrucción en relaciones constitucionales llevó a actuar de manera casi cristiana, que, si hubiera sido de clase más elevada y mejor enseñado, no se le hubiera permitido.
Haley se quedó viendo asombrado la escena hasta que desapareció Eliza tras el barranco; entonces se volvió hacia Sam y Andy con una mirada interrogativa.
– Esa ha sido una hazaña considerable -dijo Sam.
– ¡Creo que esa muchacha lleva los demonios dentro! -dijo Haley-. ¡Ha saltado como un gato salvaje! -Bueno, pues -dijo Sam, rascándose la cabeza-, espero que el amo nos permita no coger ese camino. Desde luego, yo no me siento lo bastante ágil como para hacer eso, ¡ni hablar! -y Sam soltó una áspera risotada.
– ¡Te ríes tú! -dijo el comerciante gruñendo.
– ¡Que el Señor le bendiga, amo, no podía remediarlo! -dijo Sam, entregándose a la alegría de su alma, largo tiempo reprimida-. Tenía un aspecto tan curioso… saltando y brincando… el hielo rajándose… ¡bum, paf, plas! ¡Qué saltos! ¡Señor, cómo salta! y Sam y Andy se rieron hasta que cayeron las lágrimas por sus mejillas.
– ¡Ya os haré reír yo! -dijo el comerciante, dándoles en la cabeza con la fusta.
Los dos se escabulleron, subieron gritando el barranco y montaron antes de que él pudiera alcanzarlos.
– ¡Buenas noches, amo! -dijo Sam, muy serio-. Estoy seguro de que la señora estará preocupada por Jerry. Al señor Haley ya no le haremos falta. ¡La señora no toleraría que cruzáramos el puente de Lizy esta noche! y dándole jocosamente a Andy en las costillas, emprendió la marcha a toda velocidad, seguido por Andy, oyéndose durante un rato sus carcajadas transportadas por el viento.