31

John Thigpen tenía mala cara. Además, llegaba una hora tarde, algo que a Isabel le sorprendió, ya que le había parecido encantado de tener noticias suyas.

– Hola -lo saludó al abrir la puerta-. Estaba empezando a creer que no ibas a venir.

Él miró el reloj y pareció sorprenderle lo que vio.

– Lo siento -dijo-. He tenido una noche movidita. Y también la mañana. -Se quedó de pie torpemente en la puerta e Isabel cayó en la cuenta de que aún no lo había invitado a pasar. Era extraño recibir a un hombre en su habitación. Probablemente a él también se le hacía raro, sobre todo porque estaba casado.

– Pasa -le dijo-. Por favor, ponte cómodo. -Mientras él iba hacia el sofá, se percató de que le echaba un vistazo al tique de la gasolinera en el que había apuntado su nombre y su número.

Isabel cerró la puerta y se quedó delante de él, retorciéndose los dedos.

– ¿Quieres un café? Tengo una de esas maquinitas.

– No, gracias. Estoy bien.

Isabel le dio la vuelta a la silla del escritorio para ponerla de cara al sofá y tomó asiento. John la estaba mirando y ella se dio cuenta de que, por supuesto, debía de estar impresionado por cómo había cambiado. Giró la cara para que pudiera verla de perfil.

– ¿Ves? -dijo, pasando el dedo por el puente de la nariz-. No está mal, pero no es la mía. Bueno, supongo que ahora sí, teóricamente.

Thigpen parpadeó unas cuantas veces y se pasó los dedos por el pelo, dejándolo levantado en picos desiguales.

– Dios, lo siento. No quería quedarme así mirando. Hoy estoy un poco ido.

– No pasa nada -dijo ella.

– En fin, ¿te importa si acepto ese café?

– No, claro que no -respondió Isabel. A decir verdad, agradecía tener una excusa para salir de la habitación. Se quedó de pie delante del espejo del baño mientras esperaba a que se hiciera el café. La última vez que se habían visto, le había dado la sensación de que habían conectado. Sin embargo, hoy la situación era un poco rara. ¿Se estaría equivocando?

La máquina de café terminó con un chisporroteo y un silbido.

– ¿Con leche y azúcar? -le gritó.

– Solo, gracias -respondió él.

Se lo llevó; él se quedó mirando la taza sujetándola con ambas manos y respiró hondo.

– Oye, antes de empezar necesito quitarme un peso de encima. -Hizo una pausa y levantó la vista hacia ella.

El pulso de Isabel se aceleró. Según su experiencia, después de aquellas palabras nunca venía nada bueno.

– He dejado que Francesca de Rossi creyera que trabajo para Los Angeles Times y no es así. Trabajo para el Weekly Times. No fue una mentira exactamente, pero no la corregí y ahora me avergüenzo muchísimo. El Weekly Times es una bazofia sensacionalista de la peor calaña y, aunque estoy haciendo lo que puedo para añadirle cierta integridad periodística, no sé hasta qué punto lo lograré. Dicho de otra manera: mi editor me ha pedido que no abuse de los bebés alienígenas de tres cabezas en mis artículos, pero, aparte de eso, todo vale.

La miró a los ojos con los labios tan apretados y la piel tan gris que pensó que debía de estar aguantando la respiración.

¿Eso era todo? ¿Se avergonzaba de para quién trabajaba? A Isabel le entraron ganas de reírse aliviada, aunque lo entendía: conocía el Weekly Times. Su madre había estado suscrita a él. Y probablemente seguía estándolo.

– ¿Y qué ha pasado con el Philadelphia Inquirer?

Cat Douglas es lo que ha pasado.

– ¡Ja! No sé por qué no me sorprende -dijo, dando una palmada sobre la mesa.

John le dedicó una fugaz sonrisa.

– Y luego me mudé a Los Angeles, donde no hay verdaderos empleos para periodistas.

– ¿Por qué a Los Angeles?

– Por el trabajo de mi mujer.

– ¿A qué se dedica?

– Es escritora.

– ¿Ha escrito algo conocido?

– Publicó una novela hace algo más de un año: Las guerras del río. Pero ahora trabaja escribiendo guiones.

Isabel se echó hacia delante.

– ¡La he leído!

– ¿En serio? -John arqueó las cejas, sorprendido.

– Sí, en el hospital. Me encantó. ¿Va a escribir otra?

– Como todo, es complicado, pero ahora está trabajando en una serie de televisión.

– Y tú en un periódico sensacionalista.

– Sí, y Cat Douglas se ha quedado con mi historia y aparece con regularidad en la primera plana del Inquirer.

Isabel se recostó contra la mesa y cruzó las piernas. Notó que una sonrisa se le filtraba en la cara.

– Bueno, pues ahora te voy a dar algo que ella desea con todas sus fuerzas.

John Thigpen cerró los ojos, aliviado.

– Gracias -dijo con la voz quebrada.

Una hora más tarde, tras haber jurado solemnemente proteger sus fuentes a toda costa, se fue con los resúmenes e informes que Joel había sacado de la base de datos del IEP y con la promesa de que Isabel le reenviaría los correos electrónicos que demostraban que Peter Benton había vendido el programa lingüístico en cuanto Celia se los enviara a ella.


* * *

– ¿Quién es? -gritó Isabel, acercándose a la puerta. John Thigpen se había ido hacía un cuarto de hora.

– Soy yo -dijo Celia.

Isabel pegó el ojo a la mirilla para comprobar si había alguien más al otro lado de la puerta. Celia estaba allí de pie sola, con las manos en los bolsillos, mirando a su alrededor. Tenía un aire de despreocupación claramente fingido.

– Está contigo, ¿no? -le preguntó.

– ¿Quién?

– Tu amiguito del pelo verde.

Se produjo una larga pausa.

– No -respondió Celia, bajando la cabeza y poniendo una mano en la parte de atrás del cuello, como si estuviera intentando hacerlo crujir.

– ¡Sí que está, lo sé! -dijo Isabel con severidad-. No quiero que entre aquí.

Celia suspiró y puso los ojos en blanco.

– Vale, le diré que baje.

– No creo que tampoco sea bien recibido allí. A decir verdad, incluso me sorprende que le dejen llegar hasta los ascensores.

Celia dobló la esquina y desapareció. Tras una discusión en voz baja, volvió a aparecer.

– ¿Se ha ido? -preguntó Isabel.

– Sí -le aseguró Celia cansinamente-. ¿Ya puedo entrar?

Isabel abrió la puerta, sacó la cabeza., estiró el cuello en ambas direcciones y movió la cabeza para mirar alrededor de Celia.

– ¿Adónde ha ido?

– Me está esperando en el bar, hay menos luz que en el restaurante. Además, lleva un gorro puesto. -Isabel abrió la puerta y Celia entró. Se dirigió rápidamente al sofá y se dejó caer cuan larga era-. Que conste que venía a disculparse.

– No es a mí a quien tiene que pedirle disculpas.

– Lo sé, pero creía que Pigpen iba a estar aquí. De todos modos, no deberías ser tan dura con Nathan.

– ¿Por qué? -inquirió Isabel. Se acercó al sofá y le quitó las piernas a Celia para hacerse sitio junto a ella.

Celia se irguió y puso los pies, que llevaba enfundados en unas botas militares, sobre la mesa de centro.

Clac, clac.

Isabel abrió la boca para protestar por la porquería y los gérmenes, pero como la mesa ya estaba contaminada decidió que ya la rociaría más tarde con desinfectante para las manos.

– Porque tú hiciste exactamente lo mismo -dijo Celia.

– ¿A qué te refieres?

– A lo de Larry-Harry-Garry. Le tiraste la comida. En Rosa's Kitchen. ¿Te acuerdas?

Isabel se quedó allí de pie, petrificada y con la boca abierta. Luego se dejó caer en el sofá mirando fijamente el escritorio que tenía delante.

– Dios mío, tienes razón.

– Quiere pedirle perdón. La otra noche se llevó una impresión equivocada cuando unas amigas suyas creyeron que Pigpen estaba denigrando a las mujeres. Oye, ¿puedes darme su número? El de Pigpen, digo. ¿Puedes?

– ¡No pienso darle su número a nadie! Al menos no sin preguntarle a él.

– ¿Y lo vas a hacer?

Isabel suspiró. Si no acabara de recordarle lo que había hecho con el curry de Gary Hanson, ni siquiera se lo habría planteado.

– Puede ser -respondió.

– ¡Bien! -Celia se puso en pie de un brinco y fue hacia el escritorio. Hojeó el periódico durante unos segundos. Era el USA Today que el hotel dejaba cada mañana delante de la puerta de la habitación. El artículo sobre los disturbios de las pistolas de fogueo delante de la casa de los primates estaba en primera plana.

– Puedes llevártelo, si quieres. Yo ya lo he leído. -Entonces ¿no quieres venir a comer con nosotros?

– Acabo de comer -mintió. Por mucho que ella también le hubiese tirado la comida a alguien, no estaba preparada para compartir el pan con Nathan.

– Vale -dijo Celia, cogiendo el periódico-. Nos vemos luego.

– Celia, ¿podrías reenviarme esos correos electrónicos lo antes posible? Acabo de prometerle a John que se los enviaría.

– No problemo -dijo Celia empujando la puerta.


* * *

Por la tarde, a Jelani le dio por hacer sus característicos saltos hacia arriba y hacia atrás en todas las paredes. Makena, que solía bailar emocionada e incitarlo con agudos chillidos, ese día lo observó por encima del hombro y se quedó mirando al infinito por la ventana del jardín. Jelani se acercó a ella y le tocó el hombro un par de veces, pero, en lugar de girarse y pelearse con él, lo ignoró. Finalmente Jelani desistió y abordó a Sam.

Isabel, que no dejaba de dar vueltas por la habitación mientras consultaba de vez en cuando el correo electrónico para ver si Celia le había reenviado los mensajes incriminatorios, se detuvo en seco. Una alarma se activó dentro de ella al recordar que cuando Bonzi había dado a luz a Lola, se había pasado cuatro horas sentada sola en una esquina antes de ponerse de pie y expulsar al bebé. Le dio la vuelta a la silla para ponerla delante de la televisión y, aunque no estaba totalmente paralela, se sentó en ella igualmente sin despegar los ojos de la pantalla.

Al cabo de un rato, Makena entró como si tal cosa en la sala del ordenador y le dirigió una serie de pitidos a Bonzi antes de recostarse contra la pared. Efectivamente, debía de estar de parto, e Isabel conocía lo suficiente a Faulks como para tener la certeza de que no habría ningún veterinario cerca. Por mucho que proclamara a los cuatro vientos que había contratado a un «experto en primates», Peter era un científico conductual y cognitivo, no un obstetra. Isabel tampoco lo era, pero después de haber vivido el embarazo de Bonzi de Lola, estaba claro que más que Peter sabía. Isabel se planteó salir corriendo hacia la casa, aunque sabía que la gente de Faulks nunca le permitiría entrar. Se arrodilló delante de la televisión.

Bonzi, que había estado pidiendo pizza para Jelani, saltó de la silla metálica.

Makena estaba echada contra la pared y empezó a comunicarse por señas. Golpeó los nudillos de una mano contra la palma de la otra. Era el signo que significaba «campana» [4], que era como los bonobos se referían a Isabel.

ISABEL RÁPIDO. BONZI HACER ISABEL VENIR. ISABEL RÁPIDO VENIR YA.

Bonzi se volvió hacia el ordenador y buscó en vano. En el ordenador del laboratorio había un símbolo que representaba a Isabel y que era diferente del de «campana», pero en aquel no. Los oscuros y callosos dedos de Bonzi recorrieron cada una de las categorías siguiendo cada hilo hasta el final, pero aun así no desistió. Volvió a empezar buscando metódicamente una forma de solicitar lo que Makena le había pedido.

Isabel dejó caer la cabeza entre las manos y se echó a llorar. Makena, que sabía que estaba a punto de tener al bebé, estaba intentando pedir que le llevaran a Isabel.


* * *

John estaba tumbado en la cama, recuperándose de su estancia con Amanda y consultando periódicamente el correo para ver si Isabel le había reenviado los mensajes inculpatorios de Peter Benton.

Tenía puesto de fondo La casa de los primates. Se levantó para coger un vaso de agua y vio que Bonzi estaba sentada delante del ordenador y que Makena hablaba con ella por señas. El bocadillo que había sobre la cabeza de Makena decía: CAMPANA VENIR PRONTO. CAMPANA CAMPANA. MAKENA QUIERE CAMPANA RÁPIDO CAMPANA PRONTO CAMPANA.

Los ingenieros de sonido respondieron añadiendo campanadas del Big Ben a la música de fondo, pero, curiosamente, en la lista de la compra no aparecía ninguna campana. Bonzi parecía estar buscando algo más, algo que no estaba allí. Makena se expresaba por signos con una urgencia que John no había visto antes.

Se olvidó del vaso de agua y se sentó a los pies de la cama.

Makena se recostó contra la pared en cuclillas y probó varias posturas. Luego, simplemente empezó a empujar. Los otros bonobos se reunieron alrededor de ella, estirando el cuello para poder ver e impidiendo a las cámaras del techo captar imágenes. Makena hizo un par de muecas, extendió los brazos hacia abajo y se llevó un bebé al pecho, con el cordón umbilical todavía sin cortar.

Era tan diminuto que la cabeza le cabría en una taza de té. El resto de los bonobos lo celebraron emitiendo pitidos de alegría y se turnaron para echar un vistazo al nuevo miembro. Minutos después, Makena bajó los brazos y recogió la placenta.

John se quedó sin aliento intentando averiguar si el bebé estaba vivo. Como Makena seguía reacomodándose, no podía ver si el bebé era responsable de alguno de los movimientos. Cuando finalmente Makena lo acunó contra el pecho y le puso la boca sobre uno de sus pezones, este levantó un brazo en miniatura con unos deditos minúsculos y perfectos.

John se quedó mirando atónito, sintiendo un alivio tal que casi le dolía, pero también algo más, algo más primario.

Mientras Makena amamantaba a su diminuto bebé, John posó una mano sobre la pantalla de televisión.

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