10

Uno de los peores enfrentamientos de las montañas de Kentucky se inició […] en Hindman como consecuencia del asesinato de Linvin Higgins. Dolph Drawn, ayudante del sheriff del condado de Knott, organizó una patrulla y se dirigió al condado de Letcher con varias órdenes judiciales para detener a William Wright y a otros dos hombres acusados de dicho asesinato […]. En la pelea subsiguiente, varios hombres resultaron heridos y mataron al caballo del sheriff. (John «Diablo» Wright, líder de la banda de los Wright, más adelante pagó por el animal porque «lamentaba haber matado a tan buen caballo»). La contienda duró varios años y se llevó por delante a ciento cincuenta hombres.

WPA, Guía de Kentucky

El invierno había llegado con crudeza a la montaña y Margery se enroscó en el torso de Sven en la oscuridad, rodeándolo con una pierna para que le diera más calor, consciente de que allá fuera habría diez centímetros de hielo que romper sobre el pozo y un montón de animales esperando malhumorados a que los alimentaran. Aquellos dos hechos hacían que, cada mañana, los últimos cinco minutos bajo el enorme montón de mantas fuera aún más placentero.

—¿Esta es tu forma de persuadirme para que haga café? —murmuró Sven, soñoliento, dándole un beso en la frente antes de cambiarse de postura para que le quedara claro lo placentero que le resultaba también a él.

—Solo te estaba dando los buenos días —dijo Margery, antes de exhalar un largo suspiro de satisfacción. La piel de Sven olía tan bien… A veces, cuando él no estaba, dormía envuelta en su camisa, solo para sentirlo cerca. Deslizó un dedo por su pecho, inquisitivamente, una pregunta a la que él respondió en silencio. Los minutos pasaron lenta y gratamente, hasta que Sven volvió a hablar.

—¿Qué hora es, Marge?

—Pues… las cinco menos cuarto.

Sven gruñó.

—¿Te das cuenta de que, si vivieras conmigo, podría pasar media hora más hasta que nos levantáramos?

—Y sería igual de difícil hacerlo. Además, últimamente a Van Cleve le hace tanta gracia que me acerque a su mina como le haría que tomara el té en su casa.

Sven tuvo que admitir que tenía razón. La última vez que había ido a verlo para llevarle la fiambrera de la comida que se había olvidado, Bob, el guardia de Hoffman, la había informado con pesar de que tenía órdenes estrictas de no dejarla entrar. Obviamente, Van Cleve no tenía ninguna prueba de que Margery O’Hare tuviera nada que ver con las cartas legales para impedir la creación de la mina a cielo abierto de North Ridge, pero había muy poca gente con los recursos o el valor suficientes para estar detrás de aquello. Y su vituperio público sobre los mineros de color le había dado donde más le dolía.

—Entonces, supongo que celebraremos la Navidad aquí —dijo Sven.

—Con todos los parientes habituales. La casa estará llena —confirmó ella, con los labios a un centímetro de los suyos—. Tú, yo… y Bluey. ¡Abajo, Blue! —exclamó Margery. El perro, que había creído que lo llamaba para comer, se había subido a la cama de un salto y había aterrizado sobre la colcha, donde se había puesto a caminar sobre sus cuerpos entrelazados con sus patas huesudas, lamiéndoles la cara—. ¡Ay! ¡Por favor, perro! Ya está bien. Vale. Haré el café. —Margery se sentó y empujó al animal, luego se frotó los ojos para espabilarse y apartó a regañadientes la mano que se había deslizado sobre su vientre.

—¿Me estás salvando de mí mismo, pequeño Bluey? —preguntó Sven, mientras el perro se tumbaba boca arriba entre ambos, con la lengua fuera, para que le hicieran cosquillas en la barriga—. Los dos lo estáis haciendo, ¿verdad?

Margery sonrió mientras el muy tonto mimaba al perro y siguió sonriendo hasta llegar a la cocina, donde se inclinó, temblando, para encender la estufa.

—Dime una cosa —le pidió Sven, mientras se comían los huevos con las botas entrelazadas bajo la mesa—. Pasamos casi todas las noches juntos. Comemos juntos. Dormimos juntos. Sé cómo te gustan los huevos, cómo quieres de fuerte el café y que odias la nata. Sé lo caliente que quieres el agua de la bañera, que te cepillas el pelo cuarenta veces, que te lo recoges y que no vuelves a hacerle el menor caso el resto del día. Diablos, si hasta sé cómo se llaman todos tus animales, incluida esa gallina del pico romo. Minnie.

—Winnie.

—Vale. Casi todos tus animales. Así que ¿cuál es la diferencia entre vivir así y seguir haciendo lo mismo pero con un anillo en el dedo?

Margery bebió un sorbo de café.

—Dijiste que no íbamos a pasar por esto nunca más. —Intentó sonreír, pero se trataba de una advertencia velada.

—No pienso pedírtelo, te lo prometo. Pero siento curiosidad. Porque a mí no me parece que haya tanta diferencia.

Margery posó el cuchillo y el tenedor juntos sobre el plato.

—Bueno, sí es diferente. Porque ahora mismo puedo hacer lo que me plazca sin que nadie pueda impedírmelo.

—Te he dicho que eso no cambiaría. Tenía la esperanza de que, después de diez años, te hubieras dado cuenta de que soy un hombre de palabra.

—Y lo he hecho. Pero no se trata solo de disponer de libertad para actuar sin tener que pedir permiso, se trata de ser mentalmente libre. De saber que no he de rendir cuentas a nadie. Que puedo ir a donde quiera. Hacer lo que quiera. Decir lo que quiera. Te quiero, Sven, pero te quiero como una mujer libre. —Margery se inclinó hacia él y le cogió la mano—. ¿No crees que saber que estoy aquí solo porque quiero, no porque un anillo me diga que tengo que hacerlo, implica un amor mucho mayor?

—Entiendo tu razonamiento.

—¿Entonces?

—Creo… —Sven apartó su plato—. Supongo que, simplemente…, tengo miedo.

—¿De qué?

El hombre suspiró e hizo girar su mano sobre la de él.

—De que un día me digas que me vaya.

¿Cómo transmitirle lo equivocado que estaba? ¿Cómo hacerle saber que él era, en todos los sentidos, el mejor hombre que había conocido y que, durante los pocos meses que había pasado sin él, cada día había sido el más crudo de los inviernos? ¿Cómo decirle que, incluso entonces, diez años después, el mero hecho de que él posara una mano sobre su cintura hacía que algo se revolucionara y chisporroteara en su interior?

Margery se levantó de la mesa y le rodeó el cuello con los brazos, sentándose en su regazo. Luego apoyó su mejilla en la de él para susurrarle al oído:

—Nunca jamás te dejaré. Es imposible que eso suceda, señor Gustavsson. Estaré contigo día y noche, todo el tiempo que seas capaz de aguantarme. Y sabes que nunca digo nada que no piense.

Sven llegó tarde al trabajo, por supuesto. Y tuvo que esforzarse para sentirse mal por ello durante todo el día.

Una corona de acebo, una muñeca de hojas de maíz, un tarro de frutas en conserva o una pulsera de piedra pulida; a medida que la Navidad se acercaba, las muchachas regresaban a diario con algún regalito de agradecimiento de las familias a las que visitaban. Los acumulaban en la biblioteca, ya que todas coincidían en que debían darle algo a Fred Guisler por el apoyo que les había prestado durante los últimos seis meses, aunque debían reconocer que las pulseras y las muñecas probablemente estaban un poco fuera de lugar. Margery sospechaba que solo había un regalo que pudiera hacerlo feliz, y era algo que no podía pedirle a Papá Noel.

La vida de Alice, últimamente, parecía girar en torno a la biblioteca. Era extremadamente eficiente, había memorizado todas las rutas de Baileyville a Jeffersonville y nunca se negaba a hacer algún kilómetro de más si Margery se lo pedía. Era la primera en llegar por las mañanas, caminando por la carretera oscura y cubierta de escarcha, y la última en irse por las noches, tras haber estado cosiendo con determinación los libros que Sophia desarmaba y reajustaba, después de que ella se hubiera ido. Se había quedado en los huesos, sus brazos se habían vuelto musculosos, tenía la piel curtida por los largos días de exposición a los elementos y el rostro tenso, de manera que su preciosa sonrisa ya raras veces iluminaba su cara y aparecía únicamente cuando era necesario y sin extenderse a sus ojos.

—Es la muchacha más triste que he visto jamás —declaró Sophia, mientras observaba cómo Alice metía dentro la silla y volvía a salir de inmediato, en la oscuridad, para cepillar a Spirit—. Algo no va bien en esa casa. —La mujer sacudió la cabeza mientras chupaba un hilo de algodón para volver a enhebrar la aguja.

—Yo antes creía que Bennett van Cleve era el mejor partido de Baileyville —comentó Izzy—. Pero le vi volviendo de la iglesia con Alice el otro día y la trata como si tuviera chinches. Ni siquiera la coge del brazo.

—Es un cerdo —opinó Beth—. Y la condenada de Peggy Foreman está siempre pavoneándose delante de él, toda emperifollada, con sus amiguitas, intentando atraer su atención.

—¡Chist! —dijo Margery, serenamente—. No está bien chismorrear. Alice es nuestra amiga.

—Lo decía de buena fe —protestó Izzy.

—No deja de ser un chismorreo —replicó Margery, antes de mirar a Fred, que estaba concentradísimo enmarcando tres mapas de las nuevas rutas que habían inaugurado esa semana. El hombre solía quedarse hasta tarde y buscaba excusas para bajar a arreglar cosas que no necesitaban ser arregladas mucho después de haber acabado con sus caballos. Se ponía a amontonar leña para la estufa o tapaba las grietas por donde entraba el aire con algunos trapos. No hacía falta ser un genio para saber por qué.

—¿Cómo le va, Kathleen?

Kathleen Bligh se secó la frente e intentó esbozar una sonrisa.

—Bueno, vamos tirando.

La ausencia de Garrett Bligh había dejado un extraño y pesado silencio. Sobre la mesa, había una serie de cuencos y cestos llenos de comida que los vecinos les habían regalado, así como algunas tarjetas de duelo en la repisa de la chimenea. Delante de la puerta trasera, dos gallinas se acicalaban las plumas sobre un gran montón de leña que había aparecido, sin previo aviso, durante la noche. Más arriba, en la ladera, la lápida recién tallada y blanqueada destacaba entre las demás. La gente de las montañas, dijeran lo que dijeran de ella, sabía cómo cuidar de los suyos. Así que en la cabaña hacía calor y había comida lista para comer, pero el interior estaba silencioso, en el aire impertérrito flotaban motas de polvo y los niños estaban inmóviles en la cuna, abrazándose unos a otros mientras echaban la siesta de la tarde, como si todo aquel retablo doméstico se hubiera quedado suspendido en el tiempo.

—Le he traído unas revistas. Sé que no fue capaz de leer las últimas, pero he pensado que unos relatos cortos quizá le apetezcan más. ¿O tal vez algo para los niños?

—Es usted muy amable —dijo Kathleen.

Alice la miró a hurtadillas. No sabía cómo actuar ante la enorme pérdida de aquella mujer. Kathleen la llevaba grabada en el rostro, en los párpados caídos y en las arrugas nuevas que le habían salido alrededor de la boca. Era visible en el esfuerzo que parecía suponer para ella simplemente pasarse la mano por la frente. Parecía casi extenuada, como si solo deseara tumbarse y dormir durante un millón de años.

—¿Quiere tomar algo? —preguntó Kathleen de repente, como si acabara de acordarse. Luego miró hacia atrás—. Creo que tengo algo de café. Aún debería estar caliente. Estoy segura de haberlo hecho esta mañana.

—Estoy bien, gracias.

Ambas mujeres se sentaron en la pequeña habitación y Kathleen se enroscó en su chal. Fuera, las montañas estaban en calma, los árboles, desnudos, y el cielo gris flotaba justo por encima de las estilizadas ramas. Un cuervo solitario rompió el silencio con su graznido estridente y desagradable sobre la cima de la montaña. Spirit, que estaba atada al poste de la valla, dio una patada en el suelo, exhalando vapor por las fosas nasales.

Alice sacó los libros de la alforja.

—Sé que al pequeño Pete le encantan las historias de conejos y esta es una nueva, acaba de llegar directamente de la editorial. También he señalado algunos pasajes de la Biblia en esta que le he traído y que podrían ofrecerle consuelo, si sigue sin apetecerle leer algo más largo. Y le he traído poesía. ¿Le suena George Herbert? Tal vez quiera echarle un vistazo. Yo también he estado… leyendo bastante poesía, últimamente. —Alice posó los libros con cuidado sobre la mesa—. Puede quedárselos hasta Año Nuevo.

Kathleen observó el montoncito durante unos instantes. Luego, extendió un dedo y siguió el título del libro por la cubierta, antes de apartarlo.

—Señorita Alice, será mejor que se los lleve. —La mujer se apartó el pelo de la cara—. No querría desaprovecharlos. Sé lo desesperados que están todos por leer. Y eso es una larga espera para algunos.

—No hay problema.

Kathleen esbozó una sonrisa vacilante.

—De hecho, no creo que le merezca la pena perder el tiempo viniendo hasta aquí arriba, en estos momentos. A decir verdad, no soy capaz de retener ningún pensamiento en mi cabeza y los niños… Bueno, no creo que tenga mucho tiempo ni energía para leerles a ellos, tampoco.

—No se preocupe. Hay muchos libros y revistas para repartir. Y le traeré solo libros ilustrados para los niños. No tendrá que hacer nada y ellos podrán…

—No puedo… No soy capaz de concentrarme. No puedo hacer nada. Me levanto cada día, hago las tareas del hogar, alimento a los niños y me ocupo de los animales, pero todo me parece… —Kathleen bajó la cabeza y ocultó la cara entre sus manos, dejando escapar un suspiro sonoro y trémulo. Permaneció así unos segundos. Entonces, sus hombros empezaron a agitarse en silencio y, justo cuando Alice se estaba preguntando qué decirle a Kathleen, un aullido grave y desgarrador emergió de lo más hondo de su ser, un grito descarnado y animal. Era el sonido más doloroso que Alice había escuchado jamás. El alarido, que subió y bajó como una marea de pesar, parecía venir de un lugar totalmente desolado—. Le echo de menos —sollozó Kathleen, apretando con fuerza las manos sobre la cara—. Le echo mucho de menos. Echo de menos acariciarle y tocarle, y echo de menos su pelo y la forma en que decía mi nombre, y ya sé que estuvo mucho tiempo enfermo y que, al final, apenas era una sombra de sí mismo, pero, Señor, ¿cómo voy a poder seguir adelante sin él? Dios. Dios mío, no puedo hacerlo. No puedo. Señorita Alice, quiero que mi Garrett vuelva. Solo quiero que vuelva.

Aquello fue doblemente impactante para Alice porque, quitando la indignación, Alice nunca había visto a ninguna de las familias locales expresar una emoción mayor que un leve desagrado o una alegría moderada. La gente de las montañas era estoica, poco dada a dar muestras inesperadas de vulnerabilidad. Y eso hacía que aquello resultara, en cierto modo, aún más insoportable. Alice se inclinó hacia delante y estrechó a Kathleen entre sus brazos. El cuerpo de la joven se sacudía con unos sollozos tan violentos que el propio cuerpo de Alice se agitaba con ellos. La rodeó fuertemente con sus brazos, la estrechó contra ella y la dejó llorar mientras la abrazaba tan fuerte que la tristeza que Kathleen rezumaba se convirtió casi en algo tangible, como si la pena que arrastraba fuera un peso que se había instalado sobre ambas. Alice apretó la cabeza contra la de Kathleen, intentando sustentar parte de su tristeza y decirle en silencio que aún había belleza en ese mundo, aunque algunos días necesitara toda su fuerza y obstinación para encontrarla. Finalmente, como una ola que hubiera roto en la costa, los sollozos de Kathleen se ralentizaron y se acallaron convirtiéndose en resuellos e hipidos, y la mujer empezó a negar con la cabeza, avergonzada, mientras se secaba los ojos.

—Lo siento, lo siento, lo siento.

—Tranquila —le susurró Alice—. Por favor, no lo sienta. —Tomó las manos de Kathleen entre las suyas—. Es maravilloso haber llegado a amar tanto a alguien.

Kathleen levantó entonces la cabeza y sus ojos hinchados y enrojecidos buscaron los de Alice, mientras le apretaba las manos. Ambas estaban endurecidas por culpa del trabajo, eran delgadas y fuertes.

—Lo siento —repitió la mujer, y esa vez Alice se dio cuenta de que se refería a otra cosa. Siguió mirándola a los ojos hasta que Kathleen finalmente le soltó la mano y se limpió las lágrimas con la palma abierta, antes de echar un vistazo a los niños, que seguían dormidos—. Dios santo. Será mejor que se vaya. Tiene rondas que hacer. Está claro que el tiempo va a empeorar. Y yo debería despertar a esos críos, o volverán a hacerme pasar media noche en vela otra vez.

Alice no se movió.

—¿Kathleen?

—¿Sí? —La mujer esbozó de nuevo aquella sonrisa desesperada, radiante y trémula, pero aun así determinada. Parecía costarle todo el esfuerzo del mundo.

Alice levantó los libros que tenía en el regazo.

—¿Quiere…? ¿Quiere que lea para usted?

Para todo hay una estación, y un momento para cada cosa en esta tierra: un momento para nacer y un momento para morir; un momento para sembrar y un momento para recoger lo que se ha sembrado; un momento para matar y un momento para curar; un momento para destruir y un momento para construir; un momento para llorar y un momento para reír; un momento para lamentarse y un momento para bailar.

Las dos mujeres estaban sentadas dentro de la diminuta cabaña, en la ladera de la vasta montaña, mientras el cielo se oscurecía lentamente y, desde el interior, las lámparas proyectaban rayos de luz dorada a través de las rendijas de los anchos tablones de roble. Una leía, con voz suave y clara, y la otra estaba sentada con los pies cubiertos con calcetines recogidos sobre el asiento, con la cabeza apoyada en la palma de la mano, perdida en sus pensamientos. El tiempo pasaba lentamente sin que ninguna se diera cuenta y, cuando los niños se despertaron, en lugar de llorar se sentaron en silencio, escuchando, aunque apenas entendían nada de lo que allí se decía. Una hora después, ambas mujeres estaban de pie en la puerta y, casi como por impulso, se abrazaron con fuerza.

Se desearon la una a la otra feliz Navidad y ambas sonrieron con ironía, conscientes de que, ese año, a ninguna de las dos les quedaba más remedio que aguantar.

—Vendrán tiempos mejores —dijo Kathleen.

—Sí —respondió Alice—. Vendrán tiempos mejores. —Y, con ese pensamiento, se enroscó la bufanda alrededor del cuello dejando solo los ojos al descubierto, se montó en su pequeño caballo marrón y blanco, y emprendió el camino de regreso al pueblo.

Tal vez era porque se aburría encerrado en casa, tras años llenos de largos días en compañía de otros mineros, pero a William le gustaba que Sophia le contara lo que sucedía en la biblioteca cada día. Lo sabía todo sobre las cartas anónimas de Margery a las familias de North Ridge, sobre quién había pedido tal o cual libro en la cabaña, sobre el amor cada vez más profundo del señor Frederick por la señorita Alice, y sobre la forma en que ella parecía estar endureciéndose, como el hielo que se deslizaba lentamente por el agua, a medida que ese cretino de Bennett Van Cleve le hacía el vacío y mataba su amor por él, centímetro a centímetro de hielo.

—¿Crees que es uno de esos? —preguntó William—. ¿De esos hombres a los que les gustan… otros hombres?

—¿Quién sabe? Por lo que yo puedo ver, lo único que ama ese muchacho es su propio reflejo. No me sorprendería que se pusiera delante del espejo y besara cada día el cristal, en vez de a su mujer —respondió ella, y disfrutó de la imagen poco frecuente de su hermano muerto de risa.

Pero ese día se las estaba viendo y deseando para encontrar algo que contarle. Alice se había dejado caer pesadamente en la pequeña silla de bambú que había en una esquina, con los hombros caídos, como si estuviera soportando todo el peso del mundo.

Eso no era cansancio. Cuando estaban físicamente cansadas, las chicas se quitaban las botas y maldecían, se quejaban y se frotaban los ojos, mientras se burlaban las unas de las otras. Pero Alice simplemente se había quedado allí sentada, inmóvil como una piedra, con los pensamientos muy lejos de la pequeña cabaña. Fred se dio cuenta. Sophia vio que él se moría por acercarse a ella y consolarla, pero, en lugar de ello, fue hacia la cafetera, le sirvió otra taza de café a Alice y se la puso delante tan cuidadosamente que ella tardó un rato en ser consciente de que lo había hecho. Se te rompía el corazón al ver la ternura con que la miraba.

—¿Está bien, muchacha? —le preguntó Sophia, en voz baja, cuando Fred salió a buscar más troncos.

Alice se quedó callada unos instantes y luego se secó los ojos con las palmas de las manos.

—Estoy bien, Sophia. Gracias. —La joven se volvió para mirar hacia la puerta—. Hay muchos que están peor que yo, ¿no? —Alice lo dijo como si fuera algo que se repitiera a sí misma constantemente. Como si estuviera intentando autoconvencerse.

—Eso no siempre es verdad —señaló Sophia.

Entonces llegó Margery. Entró como un tornado al anochecer, con los ojos desorbitados, el abrigo lleno de nieve y tan crispada que olvidó cerrar la puerta y Sophia tuvo que regañarla recordándole que allá fuera aún seguía la ventisca y preguntándole si había nacido en un establo o qué.

—¿Ha venido alguien? —preguntó Margery. Tenía la cara tan blanca como si hubiera visto un fantasma.

—¿A quién está esperando?

—A nadie —respondió ella, con rapidez. Le temblaban las manos, pero no era de frío.

Sophia dejó el libro.

—¿Se encuentra bien, señorita Margery? No parece usted misma.

—Estoy bien. Estoy bien. —La mujer se asomó a la puerta, como si estuviera esperando algo.

Sophia se fijó en su bolsa.

—¿Quiere darme esos libros, para que pueda registrarlos?

Margery no respondió. Seguía concentrada en la puerta, así que Sophia se levantó, los cogió ella misma y los fue poniendo uno a uno sobre la mesa.

¿Mack Maguire y el jefe indio? ¿No iba a subírselo a las hermanas Stone a Arnott’s Ridge?

Margery giró la cabeza de repente.

—¿Qué? Ah, sí. Ya…, ya se lo llevaré mañana.

—¿Ridge estaba impracticable?

—Sí.

—Entonces, ¿cómo piensa subir mañana? Aún sigue nevando.

Margery se quedó callada unos instantes.

—Me…, me las apañaré.

—¿Dónde está Mujercitas? También se lo llevó, ¿se acuerda?

Margery se estaba comportando de una manera muy extraña. Y entonces, como Sophia le contó a William, el señor Frederick entró y todo se volvió de lo más raro.

—Fred, ¿tienes armas de sobra?

El hombre dejó una cesta de troncos al lado de la estufa.

—¿Armas? ¿Para qué las quieres, Marge?

—Había pensado… Había pensado que estaría bien que las chicas aprendieran a disparar. Para llevarse un arma de fuego a las rutas más aisladas. Por si acaso —añadió, parpadeando un par de veces—. Por si hay serpientes.

—¿En invierno?

—Pues osos.

—Están hibernando. Además, hace cinco o diez años que nadie ve un oso en estas montañas. Lo sabes tan bien como yo.

Sophia la miró con incredulidad.

—¿Cree que la señora Brady permitiría que su niñita llevara un arma? Se supone que deben llevar libros, Marge, no armas. ¿Cree que las familias que no se fían de ustedes, muchachas, van a fiarse más si aparecen en su casa con un rifle de caza colgado a la espalda?

Fred la observó con el ceño fruncido. Él y Sophia intercambiaron una mirada perpleja.

Margery pareció salir de la extraña crisis en la que estaba sumida.

—Es verdad. Es verdad. No sé en qué estaba pensando. —La mujer esbozó una sonrisa nada convincente.

Y ahí se quedó la cosa, según le contó Sophia a William mientras estaban cenando en su pequeña mesa. Dos días después, cuando Margery volvió, Sophia cogió su alforja para vaciarla mientras Margery salía para usar el retrete. Los días eran fríos y duros, y a ella le gustaba ayudar a las chicas en todo lo que podía. Sacó el último libro y a punto estuvo de dejar caer la bolsa de lona, asustada. En el fondo, cuidadosamente envuelto en un pañuelo rojo, pudo ver la empuñadura de hueso de un revólver Colt del calibre 45.

—Bob me ha dicho que estabas esperando fuera. Me preguntaba por qué habías cancelado nuestra cita de anoche —dijo Sven Gustavsson, saliendo por las puertas de la mina, todavía con el mono de trabajo pero con la gruesa chaqueta de franela encima y las manos metidas en los bolsillos. El hombre fue hacia el mulo y le acarició el cuello, dejando que el suave morro de Charley le diera golpecitos en los bolsillos en busca de premios—. Tenías una oferta mejor, ¿no? —Sven sonrió, antes de posar la mano sobre la pierna de Margery. La joven se estremeció.

El hombre apartó la mano y su sonrisa se desvaneció.

—¿Estás bien?

—¿Puedes venir a mi casa cuando hayas acabado?

Él la miró fijamente.

—Claro. Pero creía que no íbamos a vernos hasta el viernes.

—Por favor.

Margery nunca pedía nada por favor.

A pesar de las gélidas temperaturas, Sven se encontró a Marge en la mecedora de la entrada, en la oscuridad, con el rifle sobre las piernas y la luz de la lamparita de aceite parpadeando sobre su rostro. Estaba tensa, con la mirada fija en el horizonte y la mandíbula apretada. Bluey estaba sentado a sus pies y levantaba la vista hacia ella de vez en cuando, como si su ansiedad se le hubiera contagiado, mientras temblaba de frío.

—¿Qué pasa, Marge?

—Creo que Clem McCullough va a por mí.

Sven se acercó a ella. Había algo en su manera de hablar que la hacía parecer ausente y vigilante, como si apenas se hubiera dado cuenta de que él estaba allí. Le castañeteaban los dientes.

—¿Marge? —Sven iba a ponerle la mano sobre la rodilla, pero recordó cómo había reaccionado hacía un rato y, en lugar de ello, le tocó suavemente el dorso de la mano. Estaba helada—. Marge, hace demasiado frío para sentarse aquí fuera. Tienes que entrar.

—Tengo que estar preparada para cuando venga.

—El perro nos avisará si viene alguien. Vamos. ¿Qué ha pasado?

Finalmente, la mujer se levantó y le permitió que la condujera adentro. La cabaña estaba helada y Sven se preguntó si ella habría entrado en algún momento. Encendió la estufa y salió a buscar unos cuantos troncos más, mientras Margery miraba por la ventana. Luego le dio de comer a Bluey e hirvió agua.

—¿Ayer pasaste toda la noche en vela, así?

—No pegué ojo.

Por fin, Sven se sentó a su lado y le tendió un cuenco de sopa. Ella lo miró como si no la quisiera, pero al final se la bebió a grandes sorbos y con avidez. Y, al acabar, le contó la historia de su viaje a Red Lick, con una voz quebrada impropia de ella, los puños apretados y temblando, como si todavía pudiera sentir a McCullough agarrándola y su aliento caliente sobre la piel. Y Sven Gustavsson, un hombre conocido por tener un temperamento excepcionalmente equilibrado en un pueblo lleno de exaltados, un hombre que interrumpía una pelea de bar diecinueve veces de cada veinte, cuando cualquier otro sería incapaz de resistirse a la satisfacción de dar un puñetazo, se descubrió poseído por una rabia poco habitual, por una neblina roja que se cernía sobre él y lo instaba a ir a buscar a McCullough y vengarse dándole un poco de su propia medicina, una medicina que incluía sangre, puños y dientes rotos.

Sin embargo, nada de aquello se reflejó en su cara, ni en la tranquilidad de su voz cuando volvió a hablar.

—Estás agotada. Vete a la cama.

Margery levantó la vista hacia él.

—¿Tú no vienes?

—No. Me quedaré aquí fuera mientras duermes.

Margery O’Hare no era una mujer a la que le gustara depender de nadie. Sven se dio cuenta de que debía de estar muy afectada, porque le dio las gracias en voz baja y se fue a la cama sin rechistar.

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