LXV

Los ocho miembros de la misión de Quebec habían acompañado a Laliberté y Sanscartier hasta Roissy, al vuelo de las dieciséis cincuenta hacia Montreal. Era la sexta vez, en siete semanas, que Adamsberg se hallaba en aquel aeropuerto, y con seis estados de ánimo distintos. Al reunirse bajo el panel de las llegadas y las salidas, se sintió casi extrañado de no encontrar a Jean-Pierre Émile Roger Feuillet, a quien de buena gana habría estrechado la mano. Un buen tipo el tal Jean-Pierre.


Se había alejado unos metros del grupo con Sanscartier, que quería darle su chaqueta especial para la intemperie, con doce bolsillos.

– Pero cuidado -explicaba Sanscartier-. Es una chaqueta cojonuda, porque es reversible. Por el lado negro, estás bien abrigado, y la nieve y el agua te corren por encima sin que las sientas. Y por el lado azul, te ven muy bien en la nieve, pero no es impermeable. Puedes mojarte. De modo que, según tu humor, te la pones de un modo o del otro. No te lo tomes como algo personal, es como en la vida.

Adamsberg se pasó la mano por sus cortos cabellos.

– Comprendo -dijo.

– Tómala -prosiguió Sanscartier poniendo su chaqueta en los brazos de Adamsberg-. Así no me olvidarás.

– No hay ningún peligro -murmuró Adamsberg.

Sanscartier le golpeó el hombro.

– Enciende tus luces, toma tus esquís y sigue las huellas, tío. Y bienvenido.

– Saluda a la ardilla de guardia por mí.

– Criss, ¿te fijaste en ella? ¿En Gérald?

– ¿Así se llama?

– Sí. Por la noche, se cuela en el agujero del canalón, que está cubierto de antihielo. Astuto, ¿no te parece? Y de día quiere sernos útil. ¿Sabes que ha tenido algunas penas?

– No sé nada. También yo estaba en un agujero.

– ¿No te fijaste en que estaba con una rubia?

– Claro.

– Pues bien, la rubia, en un momento dado, abandonó la partida. Gérald se quedó hecho un trapo, se pasaba todo el día metido en el agujero. De modo que al anochecer, en casa, yo le machacaba unas avellanas y, por la mañana, se las ponía junto al canalón. Tres días después, acabó cediendo y salió a alimentarse. El boss preguntó gritando quién era el tonto que llevaba avellanas a Gérald, pero cerré la boca, como te puedes imaginar. Me llamaba de todo ya, con lo de tu asunto.

– ¿Y ahora?

– No estuvo mucho tiempo en el dique seco, volvió al curro y la rubia también regresó.

– ¿La misma?

– Ah, eso no lo sé. No es fácil distinguir a las ardillas. Salvo a Gérald, lo reconocería entre mil. ¿Tú no?

– Creo que sí.

Sanscartier le sacudió de nuevo el hombro y Adamsberg, lamentándolo, dejó que se alejara por la puerta de embarque.


– ¿Volverás? -le preguntó Laliberté estrechándole con fuerza la mano-. Estoy en deuda contigo y me complace decírtelo. Cuando te sientas bien ven a ver, de nuevo, las hojas rojas y el sendero. No es ya un maldito sendero, y puedes volver a pisarlo cuando quieras.

Laliberté sujetaba la mano de Adamsberg en su férreo puño. Por la mirada del superintendente, donde nunca había encontrado más que tres expresiones, la calidez, el rigor y la cólera, pasaba una neblina meditativa que transformaba su rostro. Siempre hay algo más bajo la superficie de las aguas, pensó recordando el lago Pink.

– ¿Quieres que te diga algo? -prosiguió Laliberté-. Tal vez también entre los cops haga falta gente que juegue con las nubes.

Soltó su mano y se retiró. Adamsberg siguió con la mirada su espalda maciza que se alejaba entre la multitud. Distinguía aún, a lo lejos, la cabeza de Sanscartier el Bueno. Le habría gustado tomar una muestra de su bondad, en una caja, para ponerla en un medallón de papel y, luego, en un alvéolo, e inyectárselo más tarde en las briznas de su ADN.


Los siete miembros de la brigada se dirigían a la salida. Escuchó la voz de Voisenet que le llamaba. Se volvió y se reunió con el grupo que caminaba con lentitud, llevando el abrigo con forro del sargento en sus hombros.

Toma tus esquís y sigue las huellas, amontonador de nubes.

Y siéntate encima, man.

Y da vueltas luego.

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