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El inspector Forrester estaba al teléfono, concertando una reunión con Janice Edwards. Quería preguntarle su opinión sobre el caso Cloncurry porque era experta en psicología evolutiva. Había escrito libros sobre la materia, densos, pero con buena acogida.

La secretaria de la terapeuta fue evasiva. Le dijo que Janice estaba muy ocupada y que la única hora que tenía disponible en la semana era al día siguiente, en el Real Instituto de Cirugía para sus reuniones mensuales con la fundación del instituto.

– Bueno. Está bien. Entonces la veré allí.

La secretaria dejó escapar un suspiro.

– Tomo nota.

A la mañana siguiente Forrester cogió el metro hasta Holborn y esperó en el vestíbulo lleno de columnas del instituto hasta que Janice llegó para conducirlo al interior del enorme y resplandeciente museo de acero y cristal del edificio, puesto que aquél era «un lugar agradable para charlar».

El museo era impresionante. Un laberinto de enormes estantes de cristal llenos de tarros y muestras.

– A esto se le llama la Galería de Cristal -dijo Janice, señalando a los relucientes estantes de disecciones-. Fue restaurada hace un par de años. Estamos muy orgullosos de ella. Costó millones.

Forrester asintió con educación.

– Aquí está uno de mis objetos preferidos -le explicó la doctora-. ¿Ve? La garganta conservada de un suicida. Este hombre se cortó la garganta. Puede verse la explosión en la carne. Hunter era un disector brillante -dijo, sonriendo a Forrester-. Y bien. ¿Qué me decía, Mark?

– ¿Cree que puede haber un gen asesino?

– No -contestó, moviendo la cabeza.

– ¿Ninguno?

– Ni un solo gen. No. Pero quizá sí una agrupación de genes. No pienso que sea imposible. Pero no se sabe con seguridad. Es una ciencia incipiente.

– Bien.

– No hemos hecho más que empezar a descifrar la genética. Por ejemplo, ¿alguna vez ha pensado en la interconexión entre la homosexualidad y el alto nivel de inteligencia?

– ¿La hay?

– Sí. -Sonrió-. Los homosexuales tienen un coeficiente intelectual diez puntos por encima de la media. Está claro que aquí participa un elemento genético. Un grupo de genes. Pero no estamos en absoluto seguros de su mecánica.

Forrester asintió. Echó un vistazo a algunos especímenes animales. Un tarro que contenía lampreas. El estómago gris pálido de un cisne.

– En cuanto al carácter hereditario del instinto homicida, pues… depende de cómo interactúen los genes -continuó Janice Edwards-. Entre sí y con lo que les rodea. Alguien que tenga ese rasgo puede, aun así, llevar una vida perfectamente normal si sus deseos no son catalizados ni provocados de algún modo.

– Pero… -Forrester estaba confuso-. ¿Cree que los instintos asesinos pueden heredarse?

– Pongamos por ejemplo la habilidad musical. Parece que es parcialmente hereditaria. Pensemos en la familia Bach, brillantes compositores a lo largo de varias generaciones. Por supuesto, el entorno desempeñó un papel importante, pero es seguro que los genes también tienen algo que ver. Así pues, si algo tan complejo como la composición musical es hereditario, entonces, sí, ¿por qué no un deseo tan primario como el de asesinar?

– ¿Y qué me dice de los sacrificios humanos? ¿Se puede heredar el deseo de hacer sacrificios humanos?

Ella frunció el ceño.

– No estoy segura de ello. Es un concepto algo extraño. Dígame los antecedentes.

Forrester le contó la historia de los Cloncurry. Una familia aristocrática con un historial de logros marciales, y algunos de sus miembros llevaron la agresividad hasta un morboso punto cercano al sacrificio humano. Y ahora habían engendrado a Jamie Cloncurry, un asesino que cometía sacrificios sin ninguna excusa ni motivo. Y lo que resultaba más extraño, parecía que la familia se sentía atraída por los lugares donde se llevaban a cabo sacrificios humanos. Vivían cerca de la mayor fosa de sacrificados de Francia y de los campos de batalla de la Gran Guerra masacrados por su atroz antepasado, el general Cloncurry.

Janice asentía pensativa.

– Interesante. Supongo que los asesinos regresan a menudo al escenario del crimen, ¿no? -Se encogió de hombros-. Pero es bastante extraño. ¿Por qué vivir allí, cerca de los campos de batalla? Podría ser una coincidencia. Quizá estén, en cierto modo, homenajeando a sus antepasados. Tendría que preguntárselo a un antropólogo.

Caminó a lo largo de la Galería de Cristal. Había dos chicas sentadas en el suelo con las piernas cruzadas y con cuadernos de dibujo en el regazo y pequeñas cajas de pintura a un lado. Estudiantes de arte, conjeturó Forrester. Una de las chicas era china. Miraba con los ojos entrecerrados y una gran concentración a cinco inquietantes fetos en conserva: quintillizos humanos deformados.

Janice Edwards se giró hacia Forrester.

– Lo que de verdad me parece es que se trata de una psicosis heredada y homicida que posiblemente se muestre en forma de sacrificios en ciertas situaciones.

– ¿Qué significa eso?

– Creo que una psicosis que predisponga a la violencia extrema puede ser heredada. ¿Cómo podría sobrevivir un rasgo así en términos darwinianos? Generalmente en la historia puede darse que la tendencia a una violencia monstruosa no sea siempre algo malo. Por ejemplo, si las ansias de matar y la brutalidad se canalizaran, podrían adaptarse.

– ¿Cómo?

– Si, por ejemplo, existiera una tradición militar en la familia. El vástago más violento podría ser enviado al ejército, donde su agresividad y sus ansias de matar serían una ventaja.

Siguieron caminando, dejando atrás a los estudiantes. Más adelante, en la misma galería, había una serie de diminutos fetos que mostraban el desarrollo del embrión desde las cuatro semanas hasta los seis meses. Estaban increíblemente bien conservados, flotando en su espacio de líquido claro como pequeños alienígenas en gravedad cero. Sus expresiones eran humanas desde una primera fase, haciendo muecas de dolor y gritando. En silencio.

Forrester tosió y miró su cuaderno.

– Entonces, Janice, si estos tipos tuvieran los genes del asesinato y el sadismo, ¿podrían haberlos tenido ocultos hasta ahora y ser debidos, por ejemplo, al historial imperialista de Gran Bretaña y a todas las guerras en las que hemos participado?

– Es muy posible. Pero hoy día dicho rasgo sería problemático. La agresividad intensa no tiene salida en una época de prohibiciones de tabaco y bombas inteligentes. A menudo, asesinamos mediante apoderados, si es que lo hacemos. Y ahora tenemos al joven Jamie Clon curry, que puede ser lo que llamamos una «celebridad genética». Lleva los genes sádicos de sus antepasados, pero del modo más monstruoso. ¿Qué puede hacer con ese talento además de asesinar? Comprendo su dilema, sin intención de parecer despiadada.

Forrester se quedó mirando un cerebro humano en conserva. Parecía una coliflor vieja y mustia. Leyó el letrero que lo acompañaba. El cerebro perteneció a Charles Babbage, «inventor de la computadora».

– ¿Y qué hay de la propensión al sacrificio? ¿Está segura de que no se podría, ya sabe, heredar como un rasgo?

– Quizá en tiempos históricos esta agrupación de genes podía conducir a alguien a cometer sacrificios humanos en una sociedad religiosa ya estructurada para acciones semejantes.

Forrester pensó en ello durante un momento. Después sacó un papel del bolsillo, una copia impresa del correo electrónico que habían enviado a Rob Luttrell. Se lo enseñó a Janice, quien le echó un rápido vistazo.

– Antisemitismo. Sí, sí. Este tipo de cosas es un síntoma muy común de la psicosis. Especialmente si la víctima es muy brillante. Los psicóticos más débiles simplemente piensan que hay alienígenas que viven en su tostadora, pero un hombre inteligente que se ha vuelto loco percibirá conductas y conspiraciones más misteriosas. Y el antisemitismo es un rasgo bastante habitual. ¿Recuerda al matemático John Nash?

– ¿El tipo de aquella película…, Una mente maravillosa?

– Uno de los matemáticos más importantes de su tiempo. Ganó el Nobel, creo. Era completamente esquizofrénico a los veinte y a los treinta años y un antisemita obsesivo. Pensaba que los judíos estaban por todas partes, adueñándose del mundo. Un alto índice de inteligencia no evita un grado de locura peligroso. El coeficiente intelectual de los líderes nazis era de alrededor de ciento treinta y ocho. Muy alto.

Forrester volvió a coger el papel y lo dobló, metiéndoselo de nuevo en el bolsillo. Tenía una última pregunta. Una apuesta muy arriesgada. Lo intentó.

– Tal vez pueda ayudarme en un último asunto. Cuando encontramos al pobre De Savary, había escrito una palabra, una única palabra en la primera página de un libro. El papel estaba empapado con manchas de sangre aspirada.

– ¿Cómo dice?

– Escribió con la boca. El bolígrafo lo tenía en la boca y él estaba expulsando sangre mientras escribía.

La doctora hizo un gesto de dolor.

– Es horrible.

Forrester asintió.

– No es de sorprender que la letra sea apenas legible.

– Ya…

– Pero la palabra parece ser «Undish».

– ¿Undish?

– Undish.

– No tengo ni idea de qué significa eso.

El inspector suspiró.

– He estado investigando y hay un grupo polaco de música death metal llamado Undish.

– Ah. Bien… Ahí tiene su respuesta, ¿no? ¿Estos cultos satánicos no están a menudo influenciados por esa horrible música de rock gótico o lo que sea?

– Sí -contestó Forrester. Janice se dirigía a la salida mientras pasaba por antiguos tablones oscuros manchados de venas diseccionadas. Él siguió hablando-: Pero ¿por qué iba a saber alguien como De Savary algo sobre un grupo de música death metal? Y, de todos modos, ¿por qué nos habla de él? Si tenía una última palabra que escribir cuando estaba sintiendo dolor por todo el cuerpo, ¿por qué precisamente ésa?

La doctora Edwards miró su reloj.

– Lo siento. Tengo que irme. Tenemos otra reunión. -Sonrió-. Si lo desea, podemos tener otra sesión la semana que viene. Llame a mi secretaria.

Forrester se despidió y bajó las escaleras, dejando atrás los pedestales con sombríos y severos bustos de célebres hombres de la medicina. Después salió, con cierto alivio, a las calles soleadas de Bloomsbury. Su conversación con Janice le había dado algunas ideas fascinantes. Quería revisarlas. Ahora mismo. La expresión que había utilizado la doctora, «homenajear a sus antepasados», le dio que pensar. Y mucho. Le sonaba a algo que había en el artículo de Rob Luttrell en The Times. Algo sobre los ancestros. Y sobre dónde se elegía vivir.

Se dirigió a la estación de Holborn, tarareó canciones con impaciencia en el vagón del metro y se abrió paso a través de las calles comerciales de Victoria. Cuando llegó a Scotland Yard subió corriendo las escaleras y cerró de golpe la puerta de su despacho. Habría tirado al pasar la fotografía de su hija fallecida si no hubiera estado ya boca abajo sobre el escritorio.

Inmediatamente encendió su ordenador y buscó en Google «casa con antepasados enterrados».

Lo encontró. Había dado en el clavo. Su premio. Lo que él buscaba; lo que recordaba que se había mencionado en el artículo de The Times.

Canoyu y Catalhóyük. Dos antiguos yacimientos turcos cerca del templo de Gobekli Tepe.

El aspecto fundamental de estos lugares, para Forrester, era lo que había ocurrido debajo de las casas y edificios. Porque sus habitantes habían enterrado los huesos humanos de sus víctimas sacrificadas bajo sus casas. Por consiguiente, estas personas vivían, trabajaban, dormían, follaban, comían y hablaban justo encima de sus propias víctimas. Y, al parecer, esto sería así durante siglos; nuevos estratos de huesos y cadáveres humanos, después otro suelo y luego más huesos. Vivir sobre las víctimas sacrificadas de tus antepasados. En la Cámara de la Calavera.

Tomó un trago de agua de una botella de Evian. ¿Por qué querría alguien vivir cerca o incluso encima de sus propias víctimas? ¿Por qué tantos asesinos querían hacerlo? Miró por la ventana hacia el cielo soleado de Londres y pensó en el curioso eco de este hecho en tantos casos actuales de asesinato. Como el de Fred West en Inglaterra, que enterró a sus hijas asesinadas en el patio de atrás. O el de John Wayne Gacy en Indiana, que sepultó a docenas de chicos que había matado justo debajo de su propia casa. Siempre que aparecían asesinatos en serie, el primer lugar en el que se buscaban los cadáveres era en casa del asesino o bajo su suelo. Se trataba de un procedimiento habitual de la policía. Porque los asesinos ocultaban muy a menudo a sus víctimas en las cercanías.

Nunca antes le había dedicado Forrester la suficiente atención a este fenómeno, pero ahora que sí lo hacía se sentía sorprendido por su extrañeza. Existía claramente un profundo y puede que inconsciente deseo de vivir cerca o encima de las víctimas muertas, un deseo que podría decirse que ha existido en la humanidad desde hacía diez mil años. Y puede que fuera eso lo que estaba haciendo la familia Cloncurry, vivir sobre los cuerpos de sus propias víctimas: todos aquellos soldados asesinados por el Carnicero de Albert.

Sí.

Dio otro trago de la tibia Evian. ¿Y qué decir de la fosa? Puede que a la familia Cloncurry le gustara sentir también cierta afinidad por esas víctimas. Al fin y al cabo, las víctimas de la fosa de Ribemont eran célticos. Guerreros galos…

Forrester se incorporó en su asiento. Algo tiraba de sus pensamientos como un clavo suelto que se engancha en un hilo y descose un jersey. Célticos. Celtas. ¿Celtas? ¿De dónde procedían los Cloncurry? Decidió buscar «antepasados de Cloncurry».

En apenas dos minutos lo encontró. La familia Cloncurry descendía, por matrimonio, de una antigua familia irlandesa. Pero no de una familia irlandesa cualquiera. Sus antepasados eran… los Whaley.

La familia Cloncurry descendía de Buck y Burnchapel Whaley. ¡Los fundadores del Club del Fuego del Infierno!

Sonrió a la pantalla. Estaba en racha, eufórico. Sintió que sería capaz de descifrarlo todo. Había dado en el clavo y marcado todos los goles. Ahora podría resolver aquel maldito asunto. Allí y ahora. Justo allí, en su mesa.

Entonces, ¿dónde podría estar la banda? ¿Dónde podrían esconderse? Durante mucho tiempo, Boijer y él junto con el resto de la brigada habían supuesto que aquellos asesinos estaban saliendo y entrando de Gran Bretaña sin ser vistos, yéndose a Italia o Francia, en un avión privado o quizá en barco. Pero puede que él y Boijer estuvieran buscando en el lugar equivocado. El hecho de que algunos miembros de la banda fueran italianos o franceses no significaba que viajaran a esos países. Quizá estuvieran en otro, pero podrían encontrarse en el único sitio donde no se necesitara pasaporte para salir de Gran Bretaña. Forrester levantó la vista. Boijer estaba entrando por la puerta.

– ¡Amigo finlandés!

– ¿Señor?

– Creo que ya lo sé.

– ¿Qué?

– Dónde se esconden, Boijer. Creo que sé dónde se esconden.

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