XIV. Sobre Blancanieves, que, efectivamente, es muy desagradable


– ¡Llegáis tarde! Los tímpanos de David resonaron como tambores cuando el Camarada Hermano Número Uno abrió la puerta principal de la casita y gritó, muy nervioso: «¡Yuju! ¡Ya estarnos en casa!». Utilizó la misma voz que el padre de David cuando llegaba tarde del bar y sabía que se había metido en un lío con la madre del chico.

– ¡No me vengas con ésas! -le respondió la voz-. ¿Dónde habéis estado? Estoy muerta de hambre. Tengo la tripa como un barril vacío.

El niño no había oído nunca una voz como aquélla: era una voz de mujer, pero conseguía ser profunda y aguda a la vez, como esas enormes zanjas que se supone yacen en el fondo del mar, pero no tan húmeda.

– Oooh, ya empieza a hacerme ruido -dijo la voz-. Tú, ven, escucha.

Una gran mano blanca cogió al Hermano Número Uno por el pescuezo, lo levantó en el aire y lo metió dentro de la casa.

– Oh, sí -contestó el Hermano Número Uno, después de unos segundos, con la voz algo amortiguada-. Lo foigo, lo foigo.

David dejó que los otros enanos entrasen en la casita titilante de él. Caminaban como prisioneros que acababan de saber que el verdugo tenía un poco de tiempo libre y podía encargarse de unas cuantas decapitaciones más antes de irse a casa a tomar el té. El niño miró largo rato el bosque oscuro y se preguntó si no habría sido mejor quedarse fuera.

– ¡Cerrad esa puerta! -gritó la voz-. Me estoy helando, me castañetean los dientes.

David vio que no tenía elección, así que entró en la casita, cerró la puerta con fuerza detrás de él y se encontró con la mujer más grande y gorda que había visto en su vida. Tenía la cara cubierta de maquillaje, su pelo era negro y se lo sujetaba con una cinta de algodón de color fuerte, y tenía los labios pintados de morado. Llevaba un vestido rosa lo bastante grande para alojar a un circo de pequeño tamaño. El Hermano Número Uno estaba apretado contra los pliegues del vestido, de forma que pudiera oír bien los extraños ruidos que aquel gran estómago producía. Los piececillos del enano apenas rozaban el suelo. El vestido tenía tantos botones, lazos y cintas que David no entendía cómo la dama podía recordar cuáles servían para quitárselo y cuáles estaban sólo de adorno. Tenía los pies apretujados dentro de un par de zapatillas de seda que eran, por lo menos, tres tallas más pequeñas de lo necesario, y los anillos que llevaba en los dedos se le perdían entre la carne.

– ¿Y quién eres tú? -preguntó la mujer.

Ef compafñía -respondió el Hermano Número Uno.

– ¿Compañía? -exclamó la dama, soltando al Hermano Número Uno como si fuese un juguete viejo-. Vaya, ¿por qué no me dijisteis que traíais compañía? -Se ahuecó el cabello y sonrió, dejando al aire unos dientes manchados de pintalabios-. Me habría vestido y me habría puesto guapa.

David oyó al Hermano Número Tres susurrarle al Hermano Número Ocho. Sólo pudo distinguir a duras penas las palabras «como si» y «mejora», pero, por desgracia, las dijo demasiado alto para el gusto de la dama, y el Hermano Número Tres recibió un manotazo en la cabeza por las molestias.

– Cuidado con lo que dices -lo regañó la mujer-, idiota descarado. -Después le ofreció una enorme mano pálida a David e hizo una pequeña reverencia-. Blancanieves -se presentó-, encantada de conocerte, sin duda.

David le dio la mano y contempló, alarmado, cómo la palma esponjosa de Blancanieves se tragaba sus dedos.

– Yo soy David.

– Qué nombre más bonito -dijo Blancanieves, soltando una risita y enterrando la barbilla en el pecho. Aquella acción creó tantas olas de grasa que parecía que se le derretía la cabeza-. ¿Eres un príncipe?

– No, lo siento.

Blancanieves no ocultó su decepción; soltó la mano de David e intentó jugar con uno de sus anillos, pero el anillo estaba tan apretado que no se movía.

– ¿Un noble, quizá?

– No.

– ¿El hijo de un noble, con una gran herencia esperándote el día de tu decimoctavo cumpleaños?

– Eeeh -dijo David, después de fingir que se lo pensaba-, tampoco.

– Bueno, entonces ¿qué eres? No me digas que eres otro de sus aburrrrrridos amigos que vienen a hablar sobre trabajadores y opresión. Ya se lo advertí, se lo dije: nada de charlas sobre revoluciones hasta que me tome el té.

– Pero es que estamos oprimidos -protestó el Hermano Número Uno.

– ¡Claro que estáis oprimidos! -exclamó Blancanieves-. ¡Sólo medís un metro! Ahora empezad a hacerme el té antes de que pierda el buen humor. Y quitaos las botas, que no quiero que me ensuciéis el suelo, con lo reluciente que lo tengo. ¡Que lo limpiasteis ayer!

Los enanos se quitaron las botas y las dejaron junto a la puerta, con las herramientas; después se pusieron en fila para lavarse las manos en el pequeño fregadero antes de preparar la comida de la noche. Cortaron pan y verduras, mientras dos conejos se asaban en la chimenea. A David se le hizo la boca agua con el olor.

– Supongo que querrás comida y todo eso -le dijo Blancanieves a David.

– Tengo bastante hambre -reconoció el niño.

– Bueno, puedes compartir su conejo, pero no te voy a dar nada del mío.

Blancanieves se dejó caer en un gran sillón junto al fuego, infló las mejillas y suspiró en voz alta.

– Me lo comeré aquí -dijo-. Estoy taaan aburrida…

– ¿Y por qué no te vas? -le preguntó David.

– ¿Irme? -contestó Blancanieves-. ¿Y adonde me voy a ir?

– ¿No tienes una casa?

– Mi padre y mi madrastra se mudaron. Decían que su casa era demasiado pequeña para mí. De todos modos, son aburridííísimos, y prefiero aburrirme aquí que con ellos.

– Oh -dijo David, preguntándose si debía sacar el tema del juicio y el intento de envenenamiento de los enanos. Le interesaba mucho el asunto, pero no sabía si era educado preguntar. Al fin y al cabo, no quería meter a los enanos en más problemas de los que ya tenían.

Al final, Blancanieves tomó la decisión por él. Se inclinó hacia delante y susurró, con una voz como dos rocas frotándose:

– La verdad es que tienen que cuidar de mí. El juez se lo dijo, por haber intentado envenenarme.

David pensó que no querría seguir viviendo con alguien que ya había intentado envenenarlo una vez, pero suponía que a Blancanieves no le preocupaba que los enanos volviesen a intentarlo. Si lo hacían, los ejecutarían, aunque la expresión del Hermano Número Uno le hacía sospechar al niño que la muerte podría ser una opción deseable después de vivir un tiempo con Blancanieves.

– Pero ¿no quieres conocer a un guapo príncipe? -le preguntó.

– Ya he conocido a un guapo príncipe -respondió la mujer, mirando con aire soñador por la ventana-. Me despertó con un beso, pero después tuvo que marcharse. Aunque me dijo que volvería cuando hubiese matado a no sé qué dragón.

– Tendría que haberse quedado para encargarse primero de éste -murmuró el Hermano Número Tres. Blancanieves le tiró un tronco.

– ¿Ves lo que tengo que aguantar? -le dijo Blancanieves a David-. Me quedo sola todo el día mientras ellos trabajan en la mina y después tengo que oírles quejarse en cuanto llegan a casa. Ni siquiera sé por qué se molestan con tanta mina, ¡si nunca encuentran nada!

David vio que los enanos intercambiaban miradas al oír lo que decía la mujer. Incluso le pareció que el Hermano Número Tres soltaba una risilla, hasta que el Hermano Número Cuatro le dio una patada en las espinillas y le dijo que se callase.

– Así que voy a quedarme aquí con esta panda hasta que mi príncipe regrese -explicó Blancanieves-. O hasta que llegue otro príncipe que decida casarse conmigo, lo que pase primero. -Se mordió una uña suelta del dedo meñique y la escupió al fuego-. Ahora -dijo, dando por concluido el asunto-, ¿¡dónde está mi té!?

Temblaron todos los platos, tazas, ollas y sartenes de la casita, y cayó polvo del techo. David vio a una familia de ratones huir de su agujero y marcharse a través de una grieta de la pared, para no regresar jamás.

– Siempre me pongo un poco gritona cuando tengo hambre, así soy yo -dijo Blancanieves-. Bueno, que alguien me pase ese conejo…


Comieron en silencio, sin contar los sorbidos, arañazos, masticaciones y eructos que llegaban del lado de la mesa que ocupaba Blancanieves. Lo cierto era que comía una barbaridad: no dejó más que los huesos de su conejo y después se puso a coger carne del plato del Hermano Número Seis sin ni siquiera pedir permiso. Devoró una barra entera de pan y medio bloque de un queso muy oloroso. Bebió una jarra tras otra de la cerveza que los enanos preparaban en su cobertizo y lo bajó todo con dos pedazos de pastel de fruta horneado por el Hermano Número Uno, aunque se quejó cuando una pasa le astilló un diente.

– Te dije que estaba un poco seco -le susurró el Hermano Número Dos al Hermano Número Uno, que se limitó a fruncir el ceño.

Cuando no quedó nada para comer, Blancanieves se alejó tambaleándose de la mesa y se hundió en su sillón junto al fuego, donde se quedó dormida al instante. David ayudó a los enanos a recoger la mesa y lavar los platos, y después se unió a ellos en un rincón, donde todos empezaron a fumar en pipa, el tabaco apestaba, como si alguien estuviese quemando viejos calcetines húmedos. El Hermano Número Uno se ofreció a compartir su pipa con él, pero David rehusó la oferta con mucha educación.

– ¿Qué sacáis de la mina? -preguntó.

Algunos de los enanos empezaron a toser, y el niño se dio cuenta de que ninguno quería mirarlo a los ojos. Sólo el Hermano Número Uno parecía dispuesto a responder la pregunta.

– Una especie de carbón -respondió.

– ¿Una especie?

– Bueno, es un tipo de carbón. Es una cosa que antes era carbón, más o menos, en cierto sentido.

– Es acarbonado -intervino el Hermano Número Tres, para aclarar la cuestión.

– Entonces… ¿queréis decir diamantes? -preguntó David, después de pensarlo durante un momento.

Siete pequeñas figuras saltaron sobre él, y el Hermano Número Uno le tapó la boca con una manita, mientras decía:

– No digas ni una palabra aquí dentro, nunca.

David asintió. Cuando los enanos quedaron convencidos de que entendía la gravedad de la situación, lo soltaron.

– Entonces, no le habéis contado nada a Blancanieves sobre el, eh, material acarbonado, ¿no?

– No -respondió el Hermano Número Uno-. Nunca… nunca parece ser el momento correcto.

– ¿No confiáis en ella?

– ¿Confiarías tú? -le preguntó el Hermano Número Tres-. El invierno pasado, cuando resultaba difícil encontrar comida, el Hermano Número Cuatro se despertó por la noche y la descubrió mordisqueándole el pie.

El Hermano Número Cuatro asintió con solemnidad, para que David supiera que todo era completamente cierto.

– Todavía tengo las marcas -dijo.

– Si descubriese que la mina está funcionando, nos exprimiría hasta gastarse todas las piedras -siguió diciendo el Hermano Número Tres-. Después estaríamos aún más oprimídos… y seríamos más pobres.

David examinó la casita, aunque no había mucho que ver. Tenía dos habitaciones: el cuarto en el que estaban sentados y un dormitorio que Blancanieves se había quedado para ella, Los enanos dormían todos juntos en una cama situada en un rincón, junto al fuego, tres en un extremo y cuatro en el otro.

– Si no estuviese aquí, podríamos arreglar un poco la casa -comentó el Hermano Número Uno-. Pero si empezamos a invertir dinero en ella, Blancanieves sospechará, así que tenemos que dejarlo todo como está. Ni siquiera podemos comprar otra cama.

– Pero ¿no hay gente cerca que sepa lo de la mina? ¿Es que nadie sospecha nada?

– Bueno, siempre le hemos dicho a la gente que sacamos poco de la mina -respondió el enano-. Lo suficiente para mantenernos. La minería es un trabajo duro, y nadie quiere hacerlo a no ser que esté seguro de que se va a hacer rico. Mientras mantengamos la cabeza gacha y no vayamos por ahí gastando dinero en ropa bonita y cadenas de oro…

– O camas -añadió el Hermano Número Ocho.

– O camas -coincidió el Hermano Número Uno-, todo irá bien. El problema es que nos hacemos viejos, y sería agradable que las cosas fuesen un poquito más fáciles y, quizá, permitirnos algunos lujos.

Los enanos miraron a Blancanieves, que roncaba en su sillón, y todos suspiraron al unísono.

– Lo cierto es que esperamos poder sobornar a alguien que nos la quite de encima -admitió el Hermano Número Uno al fin.

– ¿Quieres decir que pensáis pagarle a alguien para que se case con ella? -le preguntó el niño.

– Tendría que ser alguien muy desesperado, por supuesto, pero se lo compensaríamos con creces -respondió el Hermano Número Uno-. Bueno, no sé si habrá suficientes diamantes en el mundo para hacer que vivir con ella mereciese la pena, pero le daríamos un buen montón para aliviar su carga. Podría comprarse unos tapones estupendos para los oídos y una cama realmente grande.

Algunos de los enanos comenzaban a cabecear, así que el Hermano Número Uno cogió un palo muy largo y se acercó con aire nervioso a Blancanieves.

– No le gusta que la despierten -le explicó a David-. Ésta es la mejor forma para todos.

Después de decirlo, pinchó a Blancanieves con el extremo del palo, pero no pasó nada.

– Creo que tienes que darle más fuerte -apuntó David.

La segunda vez, el enano le dio a Blancanieves un buen empujón, y pareció funcionar, porque la mujer agarró el palo al instante y le dio un tirón, lo que estuvo a punto de enviar al Hermano Número Uno directo a la chimenea; por suerte, recordó a tiempo que tenía que soltarlo y aterrizó en la carbonera.

– Buf-dijo Blancanieves-, arf. -Se limpió las babas que le caían de la comisura de los labios, se levantó del sillón y fue dando traspiés hasta su dormitorio-. Panceta por la mañana -ordenó-, cuatro huevos y una salchicha. No, mejor ocho salchichas.

Tras decir aquello, cerró la puerta detrás de ella, se dejo caer en la cama y se durmió de inmediato.

David se acurrucó en el sillón que estaba junto al fuego. La casa retumbaba con los ronquidos de Blancanieves y los enanitos, una complicada mezcla de ronquidos, silbidos y toses, polvorientas. El niño pensó en el Leñador y en la sangre que se dirigía al bosque. Recordó a Leroi y la expresión de sus ojos, y supo que no podía arriesgarse a quedarse más de una noche allí. Tenía que seguir moviéndose y llegar hasta el rey.

Se levantó y se acercó a la ventana. Aunque la oscuridad era tan intensa que no podía ver nada fuera, intentó escuchar algo, pero sólo pudo oír el aullido de un buho. No se le había olvidado la razón que lo había llevado hasta aquel lugar, pero la voz de su madre no había vuelto a él desde que había entrado en el nuevo mundo. Sólo podría encontrarla si lo volvía a llamar.

– Mamá -susurró-, si estás ahí, necesito tu ayuda. No podré encontrarte si no me guías.

Pero no hubo respuesta.

Volvió a su sillón, cerró los ojos, se quedó dormido y soñó con su dormitorio de casa, y con su padre y su nueva familia, aunque no estaban solos. En su sueño, el Hombre Torcido acechaba en el pasillo hasta llegar al cuarto de Georgie, donde permanecía un buen rato observando al niño antes de salir de la casa y regresar a su propio mundo.


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