Lunes por la tarde. Thomas sentado ante su mesa de trabajo, haciendo un poema pictórico.
Derek le ayudaba. O creía hacerlo. Clasificaba los recortes de revistas que llenaban una caja. Elegía fotografías y se las entregaba a Thomas. Si una fotografía era aceptable, Thomas la recortaba y la pegaba en la página. La mayoría de las veces no era la fotografía adecuada, así que la ponía a un lado y pedía otra y otra hasta que Derek le daba algo utilizable.
No revelaba a Derek la tremenda verdad. Y la tremenda verdad era que Thomas quería hacer los poemas solo. Pero no quería herir los sentimientos de Derek, pues Derek estaba ya bastante herido. Demasiado. El ser tonto hacía daño de verdad, y Derek era más tonto que Thomas. Además Derek tenía aspecto de tonto, lo cual dolía aún más. Su frente estaba más inclinada que la de Thomas que tenía una forma aplastada y su nariz era más chata. La tremenda verdad.
Más tarde, cansados de hacer poemas pictóricos, Thomas y Derek se trasladaron a la sala de juego, y allí fue donde sucedió todo. Derek resultó lastimado. Tan lastimado que lloró. Lo hizo una chica, Mary. En la sala de juego.
Unos estaban jugando a las canicas en un rincón. Otros veían la televisión. Thomas y Derek se habían sentado en un diván, cerca de las ventanas, procurando «ser sociables» con cualquiera que se les acercara. Los ayudantes querían siempre que los inquilinos del Hogar «fueran sociables». El «ser sociable» era bueno para ti. Cuando nadie se les acercaba para darles la oportunidad de «ser sociables», Thomas y Derek optaban por contemplar los colibríes que no zumbaban verdaderamente pero iban como balas de un lado a otro y eran divertidos de ver. Mary, que era nueva en el Hogar, no iba como una bala de un lado a otro ni era divertida de ver, pero zumbaba mucho. No, ella matraqueaba. Matraqueaba y matraqueaba todo el tiempo.
Mary sabía decir tacos con los ojos. Según ella, los tacos con los ojos importaban mucho, y tal vez fuera así, pero Thomas no había oído mencionarlos jamás y no entendía lo que eran, si bien muchas de las cosas que él no entendía eran importantes, al fin y al cabo. Sabía lo que eran los ojos, por descontado. Y sabía que un taco era un bastón con el que golpeabas las bolas, pues ellos tenían una mesa de billar allí mismo, en la sala de juego, cerca de donde él y Derek estaban sentados, pero nadie la utilizaba demasiado. Él se figuraba que golpearse el ojo con un taco sería una cosa mala, mala de verdad, pero esa Mary aseguraba que decir tacos con los ojos era muy bueno y que ella tenía uno muy grande para un chico Down.
– Yo soy una subnormal de altura -decía ella muy satisfecha consigo misma, como podía verse.
Thomas no sabía lo que era subnormal, pero tampoco podía ver ninguna altura en Mary porque era gorda y se caía por todas partes.
– Probablemente, tú eres también un subnormal, Thomas, pero sin tanta altura como yo. Yo soy casi normal, y tú no eres ni mucho menos tan normal como yo.
Esa explicación sirvió sólo para confundir a Thomas.
Y, como se pudo ver, confundió aún más a Derek, quien dijo con su voz espesa y a veces difícil de entender:
– Yo no soy subnormal. -Negó con la cabeza-. Sino vaquero. -Y sonrió-. Vaquero.
Mary se rió de él.
– Tú no eres un vaquero ni lo serás jamás. Lo que eres es un imbécil.
Los dos necesitaron pedirle que lo repitiera unas cuantas veces para poder captarlo, pero ni así lo comprendieron.
Pudieron pronunciarlo y, sin embargo, su significado fue para ellos tan oscuro como el de aquellos tacos con los ojos.
– Tenemos la gente normal -explicó Mary-, luego los subnormales, luego los imbéciles, quienes son más tontos que los subnormales, y luego los idiotas, quienes son aún más tontos que los imbéciles. Yo soy una subnormal de altura, y no voy a estar aquí para siempre. Seré buena, me comportaré bien, trabajaré mucho para ser normal y algún día llegaré a medio camino.
– ¿Medio camino, adonde? -preguntó Derek. Precisamente lo mismo que se preguntaba Thomas.
Mary se rió en sus narices.
– Medio camino de ser normal, mucho más de lo que tú serás jamás, maldito imbécil.
Esta vez Derek se dio cuenta de que ella le estaba despreciando, burlándose, y se esforzó por no llorar, pero lo hizo. Se puso muy rojo y lloró mientras Mary sonreía algo aviesa y se excitaba como si hubiera ganado un gran premio. Había utilizado una palabra fea, maldito, y debería avergonzarse, pero se vio que no lo hacía Por el contrario, repitió la otra palabra, imbécil, y entonces Thomas comprendió que era también una palabra fea. Y ella siguió diciéndola hasta que el pobre Derek se levantó y huyó corriendo, e incluso así ella se la gritó a sus espaldas.
Thomas regresó a su habitación buscando a Derek, y lo encontró encerrado en el retrete y berreando. Algunas de las ayudantes acudieron y dijeron cosas muy amables a Derek, pero éste no quería salir del retrete. Tuvieron que hablar mucho tiempo con él para hacerle salir de allí, pero no pudieron hacerle callar, así que al cabo de un rato le hicieron «tomar algo». Algunas veces, cuando estabas enfermo, como con la gripe, las ayudantes te pedían que «tomaras algo», lo que significaba una píldora de una forma u otra, de un color u otro, grande o pequeña Pero cuando ellas tenían que «darte algo» eso significaba casi siempre una aguja, lo que era una cosa mala. Ellas nunca habían necesitado «dar algo» a Thomas, porque siempre era bueno. Pero algunas veces Derek, aun siendo bondadoso como era, se sentía tan mal acerca de sí mismo que no podía parar de llorar, y a veces se golpeaba la mano hasta abrírsela y llenarse de sangre, e incluso así no se detenía, y entonces ellas tenían que «darle algo» por su «propio bien». Derek no golpeaba nunca a nadie, era bondadoso, pero resultaba preciso «por su propio bien» hacerle tranquilizarse o incluso dormir. Y esto fue, precisamente, lo que sucedió el día en que Mary, la subnormal de altura, le llamó imbécil.
Después de hacer dormir a Derek, una de las ayudantes se sentó al lado de Thomas en la mesa de trabajo. Era Cathy. Thomas simpatizaba con Cathy. Era mayor que Julie pero no tan vieja como para ser la madre de alguien. Era guapa. No tanto como Julie pero guapa, tenía una voz agradable y unos ojos que no te importaba mirar de frente. Cogió una mano de Thomas entre las suyas y le preguntó si se encontraba bien. Él dijo que sí, pero no era verdad y ella lo sabía. Ambos hablaron durante un rato. Eso era una ayuda, el «ser sociable».
Ella le habló de Mary para hacerle comprender todo, y eso fue también una ayuda.
– Ella se siente muy frustrada, Thomas. Durante algún tiempo estuvo fuera, en el mundo, a mitad de camino, e incluso consiguió un empleo a tiempo parcial y ganó un poco de dinero para sus gastos. Se esforzó cuanto pudo pero la cosa no funcionó, tuvo demasiados problemas, tantos que fue preciso ingresarla aquí otra vez. Creo que lamenta lo que ha hecho a Derek. Era tanta su decepción que necesitaba sentirse superior a alguien.
– Yo… estuve… estuve una vez ahí fuera, en el mundo -dijo Thomas.
– Lo sé, cariño.
– Con mi papá. Luego con mi hermana. Y Bobby.
– ¿Te gustó estar ahí fuera?
– Algunas cosas… me asustaban. Pero cuando estaba con Julie y Bobby…, eso me gustaba.
Ahora Derek roncaba en la cama.
La tarde declinaba. El cielo tenía un aspecto feo, tormentoso. La habitación se llenaba de sombras. Sólo la lámpara de la mesa estaba encendida. La cara de Cathy parecía bonita al resplandor de la lámpara. Su piel era como el satén de color melocotón. Sabía lo que era el satén. Una vez, Julie había venido con un vestido de satén.
Durante un rato, él y Cathy permanecieron callados.
Por fin, él dijo:
– Algunas veces es difícil.
Ella puso la mano sobre su cabeza y le alisó el pelo.
– Sí, lo sé, Thomas, lo sé.
¡Era tan amable! Thomas no se explicaba por qué comenzó a llorar cuando ella se mostró amable, pero lo hizo. Tal vez fuera porque ella era tan amable.
Cathy acercó su silla a la de él. Thomas se recostó sobre ella. Cathy le rodeó con ambos brazos. Él lloraba y lloraba. No era un llanto tan terrible como el de Derek. Manso. Pero le era imposible detenerlo. Hizo cuanto pudo por no llorar, porque el llanto le hacía sentirse tonto, y él aborrecía eso.
– Aborrezco sentirme tonto -dijo, a través de sus lágrimas.
– Tú no eres tonto, cariño.
– Sí, lo soy. Y lo aborrezco. Pero no puedo ser otra cosa. Procuro no pensar en mi tontería, pero no puedes dejar de pensarlo cuando es eso lo que eres y cuando otras personas no lo son y van por el mundo cada día y viven, pero tú no sales al mundo ni quieres hacerlo siquiera… ¡ah!, sí quieres hacerlo aunque digas que no. -Aquello fue un largo discurso para él. Le sorprendió haber sido capaz de soltarlo pero también le frustró, porque anhelaba explicarle lo que significaba sentirse tonto y tener miedo de salir al mundo, pero había fracasado, había sido incapaz de encontrar las palabras justas, así que ese sentimiento seguía embotellado dentro de su ser-. ¡El tiempo! Cuando eres tonto y no puedes salir al mundo tienes montañas de tiempo, montañas de tiempo para llenar, y sin embargo no hay «bastante» tiempo, no el suficiente para aprender cómo no asustarse de las cosas, y yo necesito aprender a no asustarme para poder volver con Julie y Bobby, lo que deseo hacer de verdad antes de que se agote el tiempo. Hay gran cantidad de tiempo y no el suficiente, lo cual suena tonto, ¿verdad?
– No, Thomas. No suena tonto.
Él no hizo nada para escapar de sus brazos. Quería que le abrazaran.
– Mira, a veces la vida es difícil para todo el mundo -dijo Cathy-. Incluso para las personas inteligentes. Incluso para las más inteligentes de todas.
Él se secó los ojos húmedos con la mano.
– ¿De verdad? ¿Es difícil a veces para ti?
– A veces. Pero yo creo que hay un Dios, Thomas, y que él nos ha puesto aquí por alguna razón, y que cada una de las dificultades que afrontamos es una prueba, y que salimos mejor librados por soportarla.
Él levantó la cabeza para mirarla. ¡Qué bonitos ojos! Estupendos ojos. Ojos que mostraban cariño. Como los de Julie o los de Bobby.
– ¿Me hizo tonto Dios para probarme? -preguntó.
– No eres tonto, Thomas. En ciertos aspectos, no. Y no me gusta nada oírtelo decir. No eres tan listo como algunos, pero eso no es culpa tuya. Eres diferente, eso es todo. El ser… diferente es tu dificultad, y estás soportándola muy bien.
– ¿De verdad?
– Magníficamente. Mírate. No estás amargado. Ni entristecido. Te comunicas con la gente.
– El «ser sociable».
Ella sonrió, sacó un papel de la caja de Kleenex que había sobre la mesa y secó las lágrimas de su rostro.
– Entre todas las personas inteligentes del mundo, Thomas, no hay ni una que afronte sus dificultades mejor que tú, y muchas no tan bien.
Él comprendió lo que ella quería decir y sus palabras le hicieron feliz, incluso aunque no creyera que la vida resultara difícil para las personas inteligentes.
Cathy permaneció allí un poco más. Se aseguró de que se encontraba bien. Luego, se marchó.
Derek continuaba roncando.
Thomas se sentó ante la mesa. Intentó hacer más poemas.
Al cabo de un rato, se acercó a la ventana. Ahora, la lluvia caía. Resbalaba por los cristales. La tarde se extinguía. Pronto llegaría la noche encima de la lluvia.
La «cosa malévola» seguía todavía allí fuera. Podía sentirla. Un hombre pero no sólo hombre. Algo más que hombre. Muy malo. Feo, repugnante. Lo había sentido durante días, pero desde la semana pasada no había televisado ningún aviso a Bobby porque la «cosa malévola» no se acercaba más. Se hallaba muy lejos, ahora mismo Julie estaba a salvo, y si él hubiese televisado demasiados avisos a Bobby éste habría dejado de prestarles atención, y cuando la «cosa malévola» se presentara al final, Bobby no creería ya en ella, y entonces la «cosa malévola» apresaría a Julie porque Bobby habría perdido todo interés.
Lo que más temía Thomas era que la «cosa malévola» llevara a Julie al «lugar maldito». Su madre había ido al «lugar maldito» cuando Thomas tenía dos años. Así que él no la había conocido. Más tarde, su papá fue también al «lugar maldito» dejándole solo con Julie.
Él no se refería al «infierno». Él sabía acerca del «cielo» y del «infierno». El cielo era de Dios. El diablo poseía el infierno. Si hubiese un cielo, él estaba seguro de que sus papas se encontrarían allí. Uno quería subir al cielo si podía. Allí las cosas marchaban mejor. En el infierno, las ayudantes no eran amables.
Pero para Thomas el «lugar maldito» no era el infierno. Era la «muerte». El infierno era un lugar malsano, pero la muerte era «el lugar maldito». La «muerte» era una palabra que no podías pintar. La «muerte» significaba que todo se detenía, desaparecía, todo tu tiempo finalizaba, se esfumaba. ¿Cómo podías pintar tal cosa? Una cosa era real si podías pintarla. Él no podía ver la «muerte», no podía tener en la cabeza una imagen de ella, no si la tomaba por lo que otras personas parecían tomarla. Él era demasiado tonto, tenía que pintarla en su cabeza como un «lugar». Se decía que la «muerte» llegaba para llevarte consigo, y ella había llegado una noche para llevarse a su padre, cuyo corazón le había atacado, pero si ella llegaba para llevársete consigo tendría que llevarte a algún «lugar». Y ése era el «lugar maldito». Era el sitio adonde ibas para no regresar nunca más. Thomas no sabía lo que le sucedía allí a una persona. Quizá nada malo. Excepto que no se permitía regresar para ver a las personas queridas, lo que ya era bastante malo aunque la comida fuese buena allí. Tal vez algunas personas fueran al «cielo» y otras al «infierno», pero no podías regresar de ninguno de los dos, así que ambos formaban parte del «lugar maldito», tan sólo eran habitaciones diferentes. Y él no estaba seguro de que el «cielo» y el «infierno» fueran reales, de modo que tal vez todo cuanto hubiera en el «lugar maldito» fuese oscuridad y frío y tanto espacio vacío que cuando fueras allí no encontrarías a las personas que se te adelantaron.
Eso era lo que más le asustaba. No sólo perder a Julie en el «lugar maldito» sino también, y sobre todo, no poder encontrarla cuando él fuera allá.
Por lo pronto le asustó ya la noche. ¡Todo aquel inmenso vacío! La tapadera del mundo. Así, pues, si la noche era tan temible, el «lugar maldito» lo sería mucho más. Con toda seguridad el «lugar maldito» sería mucho mayor que la noche, y la luz del día no lo iluminaría jamás.
Fuera, el cielo se oscureció.
El viento sopló entre las palmeras.
La «cosa malévola» seguía muy lejos.
Pero iba a acercarse. Y pronto.