Harry Crater estaba sentado en la butaca de su camarote, con los nervios de punta. Los cardenales del cuello se habían tornado de un color morado oscuro Y se habían extendido por la piel como manchas de vino. La pesadilla que se había convertido en realidad seguía rondándole la cabeza. Se quedaría en su camarote y haría que le llevaran las comidas, se dijo. Solo tenía que aguardar al amanecer. Nadie podría entrar mientras tuviera la puerta cerrada con llave.
Había devorado la mayor parte del desayuno que había pedido. El plato vacío, que antes contenía huevos revueltos con beicon, era otro recordatorio de la suerte que tenía de estar vivo, de haber podido desayunar esa mañana. Le preocupaba Bala Rápida, y presentía que el gran jefe había colocado a alguien en el barco. ¿Quién sería? ¿Y qué haría cuando aterrizara el helicóptero?
Tendió la mano hacia la cafetera, esperando que quedara algún sorbo. Unos golpes en la puerta le sobresaltaron, tanto que dio un respingo y el resto del café terminó en la bandeja.
– ¡Tío Harry!
– Estoy en la cama, marchaos.
– ¡Tenemos una invitación para usted!
– ¿Para qué?
– Vamos a cantar en la ceremonia, cuando el comodoro tire las cenizas de su madre al mar.
Harry se puso pálido. Se levantó y se apresuró a abrir la puerta.
Gwendolyn y Fredericka le sonrieron radiantes.
– Acabamos de ir a ver al comodoro -explicaron, interrumpiéndose la una a la otra para contar las importantes noticias-. Tiene que venir esta noche. ¡Tiene que venir! Vamos a cantar. Nosotras vendremos a recogerle. Le vamos a reservar una silla.
– ¿Que va a tirar las cenizas de su madre al mar esta noche? Querréis decir al amanecer. Mañana por la mañana.
– ¡Esta noche! -aseguró Fredericka muy segura-. Es esta noche.
– Iré -les espetó. Cerró la puerta y corrió a su móvil-. Tenemos que cambiar el plan -exclamó en cuanto le cogieron la llamada-. Nos habréis estado siguiendo, espero. ¿Estáis muy lejos?
– Estamos en Shark Island -le contestaron-. A dos horas de vuelo. Tenemos un depósito extra de combustible para llegar, si tenemos que salir ya.
– ¡Pues moveos! El comodoro ha adelantado la ceremonia. Se va a celebrar al atardecer. Sabía que no podíamos contar con él para que esperase al cumpleaños de su madre. No podemos correr el riesgo de que vuelva a cambiar la hora. En cuanto lleguéis diré que no quiero marcharme hasta después del acto. -Luego añadió sarcástico-: El comodoro se emocionará mucho. Mis tres «médicos» pueden ser la guardia de honor que rodee mi silla de ruedas. -Escuchó un momento-. No me digas que me lo tome con calma. Alguien intentó matarme anoche. Y estoy bastante seguro de quién es.
Y con estas palabras colgó de golpe.