Maureen entró en la penumbra del garaje, situado a un centenar de metros de su casa, donde guardaba el coche. En cuanto la vio llegar, Duilio, el encargado, salió de su caseta de cristal y fue a su encuentro. Aunque por su edad no era un hombre peligroso, siempre había declarado con simpatía y afecto que tenía debilidad por ella. Maureen aceptaba ese inocente cortejo que duraba desde hacía tiempo, porque nunca era insolente o fastidioso.
– Si quiere, le enciendo el motor, doctora Martini. Siempre es un placer conducir una joya como esta.
Maureen le tendió las llaves.
– De acuerdo, y diviértase.
Duilio desapareció en la oscuridad de la bajada. Mientras esperaba oír el ruido de su Boxster subiendo por la rampa, Maureen pensó que, en general, podía considerarse una mujer afortunada. Su familia era dueña del restaurante Martini casi desde siempre, y con el tiempo su padre, Carlo, gracias a una eficaz administración, había sabido transformarlo de la simple fonda que era en sus principios en uno de los referentes de la gran cocina italiana. Cuando conoció a la madre de Maureen y se casaron, la aventura prosiguió al otro lado del océano y ahora existía en Nueva York el famoso Martini's, donde no era difícil encontrar de vez en cuando a alguna estrella del cine o la televisión. Su madre, mientras tanto, se había convertido en una de las mejores abogadas criminalistas de la ciudad; poco a poco, su matrimonio se resquebrajó a causa de la distancia. Distancia en tiempo, en espacio, en mentalidad y en carácter.
Pero, sobre todo, a causa de la insalvable distancia de un amor terminado.
La relación de Maureen con su madre nunca había sido digna de llamarse así. Por otra parte, el temperamento frío y pragmático de Mary Ann Levallier dejaba poco espacio para una complicidad afectuosa y divertida como la que existía, en cambio, con su padre. Así, cuando llegó el momento del divorcio ella eligió quedarse a vivir con él en Roma, y después de licenciarse en Derecho decidió ingresar en la Policía del Estado.
Maureen recordaba perfectamente lo mal que se tomó su madre aquella decisión. Estaban sentadas en la terraza del Hilton, donde se alojaba cuando viajaba a Roma. Mary Ann estaba, como de costumbre, perfecta y elegante con su conjunto Chanel; cuidaba su aspecto de manera obsesiva, hasta en los menores detalles.
– ¿Policía, dices? Qué tontería. Pensaba que te labrarías un futuro en Nueva York. En mi estudio tratamos muchos casos junto con Italia. Podría haber un brillante porvenir para una abogada bilingüe con tu preparación.
– Una vez más, mamá, ¿por qué antepones lo que tú deseas para mí a lo que yo deseo?
– Por lo que acabas de decir, dudo que puedas tener las ideas claras con respecto a tus aspiraciones.
– No, claro que no las tengo. Sobre todo comparado contigo, que las tienes clarísimas. Es una cuestión de actitud. Yo deseo un trabajo que me permita atrapar a criminales y mandarlos a la cárcel, independientemente de lo que gane. En cambio, tu trabajo consiste en lo contrario: ayudas a los criminales a salir de la cárcel en función de lo que ganas.
Su madre la sorprendió una vez más con un lenguaje muy explícito.
– Eres una gilipollas, Maureen.
Maureen se permitió al fin el lujo de una sonrisa angelical.
– Solo un poco, por parte de madre…
Se levantó y se marchó. Dejó a Mary Ann Levallier con su cóctel de gambas, que probablemente la irritaba porque no combinaba con el color de su ropa.
Duilio salió del subterráneo del garaje conduciendo el Porsche con la capota abierta y se detuvo a su lado. Se apeó del coche y mantuvo la puerta abierta.
– Aquí está. Fin del sueño.
– ¿Qué sueño?
– Un agradable paseo por Roma con un coche como este, en un día como hoy y con una mujer tan hermosa como usted.
Maureen se sentó y le sonrió mientras se abrochaba el cinturón.
– A veces hay que lanzarse, Duilio.
– ¿A mi edad, doctora? Cuando era joven temía que las muchachas me dijeran que no. Ahora tengo pánico a que me digan que sí.
Maureen se vio obligada a reír, aunque en aquel momento no estaba de humor.
– Buenos días, Duilio.
– También para usted, doctora.
El Porsche era un regalo de su padre. Le causó un enorme placer, pero era un símbolo que la clasificaba entre la gente acaudalada. Maureen era una persona discreta, como todo el que está seguro de sí mismo. No solía usar aquel coche, y menos aún para ir a la comisaría. Por el bien de la convivencia, prefería no dar a sus colegas la posibilidad de considerarla una niña rica que había optado por entrar en la policía por esnobismo.
Se metió de lleno en el tráfico y recorrió con calma algunas callejuelas hasta desembocar en la calle dei Fori Imperiali. Oculta bajo las gafas de sol, trataba de hacer caso omiso de las miradas de los conductores de los coches que se detenían a su lado cuando el semáforo se ponía en rojo. Algunas eran amistosas; otras, curiosas, y muchas, envidiosas.
Mientras bajaba en dirección a Lungotevere, comenzó a sonar el móvil que había dejado en el asiento de al lado.
– Hola. Soy un hombre que está solo cerca del cielo. ¿Cuándo vuelves?
– Pero si acabo de salir…
– No vas a creerlo, pero es la misma excusa que le dio Ulises a Penélope cuando llegó a su casa, pasados veinte años.
– Entonces debemos sincronizar nuestros relojes. No han pasado ni siquiera veinte minutos.
– Mientes. Han pasado por lo menos veintiuno.
Maureen le agradeció la alegría que conseguía transmitirle; no la encontraba en absoluto fuera de lugar. Connor sabía muy bien adónde iba, y en qué estado de ánimo se encontraba. Era su modo de hacer que se sintiera acompañada en ese delicado momento.
– ¿Por qué no vas a pasear por Roma, admiras a bellas mujeres y dentro de una hora y media nos encontramos en la entrada del edificio del abogado?
– Prométeme que después iremos a cenar al restaurante de tu padre.
– ¿No estás harto de comer allí?
– No mientras sea gratis.
Maureen le dio la dirección del abogado y continuó su camino. Pese a lo que acababa de decirle, si había algo que no formaba parte de las preocupaciones de Connor era el dinero. Aunque sus discos comenzaban a darle considerables ganancias, Maureen tenía la sensación de que ni siquiera sabía cuánto dinero tenía en el banco. Cuando ella salió de casa, él estaba hablando por teléfono con Bono, el cantante de U2, acerca de un futuro proyecto; sus ojos brillaban como los de un niño.
Recorrió con calma el Lungotevere, disfrutando del resplandor del sol, que jugueteaba con las ramas de los árboles que flanqueaban el camino. Conducía sin prisa, con la capota abierta; notaba el aire cálido de la primavera en el pelo y una sensación de hielo en el corazón. A su izquierda, el lecho del río era un reflejo indeciso más allá del muro que lo delimitaba. Un camino de agua sucia que cortaba en dos la ciudad, que no estaba mucho más limpia.
Ella, que había pasado su vida entre Italia y Estados Unidos, podía entender el entusiasmo de Connor por Roma. Allí, a cada paso se respiraba el perfume de lo que los estadounidenses habían intentado construir obstinadamente: un pasado. Pero no habían tenido en cuenta que no se puede construir un pasado a medida, sino que viene impuesto por hechos ajenos a la voluntad. Ahora, lamentablemente, cuando algún norteamericano cualquiera se encontraba ante las ruinas de la Zona Cero podía entender qué se sentía al pasar junto a los restos del Coliseo.
Ruinas. Solo ruinas.
Y el recuerdo del dolor, que poco a poco se apagaba y dejaba imágenes de postal.
Todavía no había tenido la oportunidad de explicarle a Connor que esta ciudad no era más que apariencias. Roma era la mujer de Fellini en el cartel publicitario de la película. Era una amante vistosa, amigable, alcahueta, que te recibía con los brazos abiertos, ansiosa de venderte sus putas. Pero solo algunas lo eran en el verdadero sentido de la palabra.
Mientras, había pasado ante el Ministerio de Marina; en la plaza de las Bellas Artes dobló a la izquierda por el puente del Risorgimento. Cogió el viale Mazzini y, apenas pasada la plaza, tuvo la suerte de encontrar aparcamiento justo bajo el estudio del abogado penalista Franco Roberto.
Maureen llegó ante la entrada del edificio, llamó al portero automático y le respondió el ruido de la puerta al abrirse, una puerta de madera perfectamente restaurada. Subió a pie por la escalera hasta la primera planta, donde se hallaba la oficina de su abogado defensor. Aunque formaba parte de los riesgos de su trabajo, jamás habría imaginado que lo necesitaría tan pronto.
Cuando la vio entrar en su oficina, acompañada por su secretaria, Franco se levantó y cruzó la habitación para ir a su encuentro. Era un hombre alto y delgado, de tez morena, ojos castaños y pelo tan negro que tenía reflejos azules. No podía decirse que fuera guapo, pero la luz de la inteligencia iluminaba su mirada y su cara. Había sido un buen compañero en la universidad, y tras graduarse de forma brillante estaba abriendo nuevos caminos en la práctica de su profesión, no solo en Roma sino en toda Italia. Maureen sospechaba que cuando eran estudiantes a él no le habría desagradado que su amistad se convirtiera en algo más. Pero la actitud estrictamente cordial de Maureen le aconsejó dejar de lado esas intenciones, si las había.
Franco se acercó y la besó afectuosamente en las mejillas.
– Hola, comisario, ¿todo bien?
– Algunas cosas sí y otras no. Lamento que en esta ocasión te veas obligado a representar las «otras no».
– Haremos lo posible por convertirlas en «algunas sí».
Volvió a sentarse tras su escritorio y abrió la carpeta que tenía ante él. La había estudiado a fondo antes de que ella llegara. Maureen se sentó frente a él en uno de los elegantes sillones de piel.
– La situación es algo complicada, pero creo que una persona con tu hoja de servicio puede enfrentarse a esta audiencia con confianza.
– Franco, eres un hombre positivo por naturaleza y yo no soy una persona negativa. Pero no creo equivocarme si defino la situación como mucho más que complicada.
– ¿Quieres volver a hablar de ello?
Maureen se encogió de hombros. Aquella historia le estaba amargando la vida, y ni siquiera había comenzado. De repente, la tarde con Connor estaba muy lejana; le parecía un momento de su vida del que se había apoderado derribando una puerta y que en realidad, como todas las cosas robadas, no le pertenecía.
– De acuerdo -asintió Franco. Se puso de pie y fue a apoyarse contra el alféizar de la ventana abierta-. Trata de resumir los hechos.
– Ese albanés, Avenir Gallani, apareció en Roma de la nada y empezó a andar por ahí en coches de lujo, a frecuentar los locales de moda y a la gente del espectáculo presentándose como productor discográfico y cinematográfico. Su actitud y el dinero que gastaba empezaron a llamar la atención. Llegó una orden de arriba de tenerlo vigilado; había sospechas de que pudiera estar vinculado de algún modo con la mafia albanesa y en particular con un importante negocio de tráfico de estupefacientes. Confirmamos que en su país tenía antecedentes penales. Le pusimos bajo vigilancia durante casi un año, pero lo único que descubrimos fue que Avenir Gallani era un perfecto idiota. Tenía mucho dinero, cuya procedencia no era clara, pero no era más que un idiota. Pero al mismo tiempo era listo. Aunque, como sabes, ese tipo de gente no puede resistirse a la tentación de exhibir su astucia. Y por supuesto cayó en esa trampa. Empezó una relación con una aspirante a estrella de la televisión, una de esas que están dispuestas a todo con tal de prosperar en su carrera. Gallani se enamoró e intentó impresionar a su amada. Habíamos puesto micrófonos en su casa, y una noche oímos cómo se jactaba de que en pocos días cerraría un negocio de muchos millones de euros. Después produciría una película para lanzarla al estrellato. Intensificamos la vigilancia; lo seguíamos veinticuatro horas al día. Al final logramos descubrir que en el bosque de Manziana, al norte de Roma, en la Braccianese, se haría una importante entrega de drogas que Avenir había planeado a través de sus canales. Montamos la operación en colaboración con la policía de Viterbo. Cuando llegamos al lugar los sorprendimos en plena operación. Detuvimos a todos los involucrados, menos a Gallani, que nos vio llegar y consiguió huir. Yo lo perseguí a través del bosque, hasta que llegamos a un pequeño claro donde había un BMW aparcado. Él llegó al coche, abrió la puerta y se inclinó para coger algo del interior. Cuando se incorporó tenía una pistola en la mano. Me apuntó y disparó.
– ¿Cuántos tiros?
– Uno.
– ¿Y tú qué hiciste?
– Respondí.
Las palabras de Maureen resonaron en la habitación, secas como disparos de pistola.
– Y lo mataste.
El tono era de afirmación, no interrogativo.
Maureen respondió con un monosílabo que sonó como una confesión.
– Sí.
– ¿Y después qué ocurrió?
– Oí un ruido que venía de los matorrales que había a mi derecha. Me escondí detrás de un árbol y después me adentré en el bosque. Miré a mí alrededor pero no vi ni oí a nadie. Pensé que el ruido lo había causado algún animal al que había asustado el disparo.
– ¿Y después qué hiciste?
– Volví al coche.
– ¿Y qué encontraste?
– El cuerpo de Avenir Gallani, en la misma posición en que había caído.
Maureen jamás olvidaría aquel momento. Era la primera vez que mataba a alguien. Se quedó inmóvil, mirando ese cuerpo tendido en el suelo con la boca abierta, como si por allí hubiera huido la vida, y no por el agujero que tenía a la altura del corazón; la sangre había formado un charco sobre la hierba húmeda. Alrededor había luces que relampagueaban, gritos, órdenes dadas en tono imperioso, coches que llegaban y el ruido de neumáticos de coches que arrancaban. Ella seguía allí, todavía empuñando la pistola con una mano caída a un costado del cuerpo, sola frente a la responsabilidad de haber truncado una vida humana. Podía decirse que Avenir Gallani se había buscado y merecido sobradamente lo sucedido. En efecto, oyó unos pasos a su espalda y el comentario lapidario de uno de sus compañeros.
– Cuando vives tratando de romperle el culo al mundo, es inevitable que tarde o temprano el mundo te lo rompa a ti.
Todavía oía aquella voz cerca de su oreja, pero no lograba recordar a quién pertenecía.
La voz profesional del abogado Franco Roberto se superpuso a la del recuerdo.
– ¿Y la pistola?
Maureen borró aquella imagen de su mente y volvió al despacho.
– La pistola ya no estaba.
– ¿Ya no estaba, o no estuvo nunca?
Maureen se levantó de golpe.
– Pero ¿qué clase de pregunta es esta?
Franco meneó la cabeza. Maureen supo que había suspendido el examen.
– No es lo que yo te pregunte, sino lo que te preguntará el fiscal. Y no creo que esta sea la reacción más adecuada.
Maureen se dejó caer otra vez en el sillón.
– Discúlpame, Franco. Tengo los nervios destrozados.
– Entiendo. Pero no es el mejor momento para perder el control.
Maureen se rebeló contra la actitud paternalista de su amigo.
– Franco, ese hombre tenía una pistola, y la usó contra mí. No estoy loca, y no estoy mintiendo. Y sobre todo no soy estúpida. ¿Por qué debo seguir insistiendo en esta versión incluso contigo?
El silencio de su interlocutor solo le provocó desaliento.
– Pero tú me crees, ¿verdad?
– Lo que yo crea, Maureen, no es importante. A mí me pagan para pensar y para hacer pensar. Y lo que debo conseguir ahora es que los jueces piensen que esa pistola estaba ahí.
Maureen se dio cuenta de que en realidad él no había respondido a su última pregunta. Y pensó cómo podría Franco convencer a alguien de su inocencia, si él mismo no estaba convencido.
Tal vez el abogado vio ese pensamiento en su rostro, porque trató de aliviar la tensión.
– Ya verás como todo saldrá bien. Quiero darme la satisfacción de cobrar un buen cheque con el membrete de la Policía.
Cualquier representante de la ley que mate a una persona durante una acción policial debe ser sometido a juicio penal. En el caso en que se constate la legitimidad del hecho y se declare su inocencia, la Policía del Estado debe cargar con los gastos de la defensa.
Franco le hizo firmar los escritos y poderes que necesitaba; esa concesión a la burocracia no hizo más que aumentar la sensación de inexorabilidad que Maureen tenía en aquella oficina. Finalmente, con una última firma, concluyeron las formalidades de las que dependía su futuro. Se levantó del sillón y se asomó a la ventana. Abajo se veía el tráfico de la noche romana, caótico y agresivo. Desde lo alto vio la cabeza rizada de Connor que se acercaba andando. Le vio llegar bajo la ventana y alzar la vista para mirar el número del edificio.
Maureen, por primera vez desde su llegada al despacho, sonrió.
Franco se le acercó y siguió la dirección de su mirada.
– Esa persona tiene todo el aspecto de venir a buscarte.
– Así es.
– No sabría definir la expresividad con la que me lo has dicho, pero creo que te alegrará saber que ya no te necesito.
Maureen se volvió y le dio un rápido beso en la mejilla.
– Gracias, Franco. Gracias por todo.
– Anda, vete. Nadie merece el suplicio de esperarte.
En su impaciencia, captó el halago de aquellas palabras solo cuando ya se había marchado. Bajó la escalera en dirección hacia la salida con una sensación de liberación. Los hechos y los recuerdos con los que había debido enfrentarse le habían dejado un vacío en el estómago por la falta de Connor.
Con él se sentía distinta. Con él se sentía segura. Maureen sonrió con la incredulidad que muestra cualquier enamorado ante esa sensación: sentirse protegida por un hombre que se enfrentaba a la vida completamente desarmado. Fortalecida porque sabía que él la esperaba fuera, cogió el picaporte, tiró de la puerta hacia sí y salió a la calle. Lo que sucedió a continuación lo recordaría durante toda la vida con la secuencia rítmica de las imágenes de un proyector de diapositivas.
El ruido de la puerta que se cerraba.
La cara de Connor, que la esperaba de pie bajo un árbol, al otro lado de la calle.
La sonrisa con la que él le devolvió la suya, mientras cruzaba la calle para reunirse con ella.
La luz de sus ojos, que la miraban como siempre había deseado que la mirara un hombre.
La distancia de un paso.
El chirrido de neumáticos del Voyager con los cristales ahumados que llegaba a gran velocidad y se detenía frente a ellos.
Y las personas que bajaron corriendo del coche.
Cuatro hombres que, aquella noche que parecía que iba a ser mágica, les pusieron una capucha negra en la cabeza y se los llevaron.