30

Cuando Maureen volvió en sí, lo primero de lo que se dio cuenta fue que estaba tendida en el suelo y que una mano sostenía su cabeza. Poco después, notó la sensación de arena en los ojos que le causaba la luz. Volvió a cerrarlos con una mueca de fastidio.

– Las gafas.

Alargó una mano y sintió bajo la palma la superficie pulida del suelo de madera. Las buscó a tientas a su lado; probablemente se le habían caído cuando se desmayó. Percibió un movimiento a sus espaldas, notó que las patillas se deslizaban delicadamente detrás de sus orejas y luego sintió el bienvenido alivio de las gafas oscuras. Abrió los ojos y se alegró de que los dos hombres no se los vieran, porque estaban brillantes a causa de las lágrimas. Trató de recobrar la respiración normal y calmar los latidos de su corazón.

La voz de Jordan le llegó de lejos, tras romper esa aura que trataba de reconstruir a su alrededor.

– ¿Está usted bien?

– Sí -respondió Maureen.

«No», pensó.

«Nada está bien. Si este es el precio que debo pagar por ver prefiero volver a la oscuridad y a las imágenes de mis pesadillas, no a las de otro.»

– ¿Desea beber algo?

Maureen negó con la cabeza. Las imágenes de lo que había visto desaparecían de sus ojos como las partes de un rompecabezas que se desmonta pieza a pieza. Solo la angustia permanecía en el estómago como una hoja de hielo y acero. Trató de sentarse y se encontró ante la cara de Jordan. Sintió el olor de su aliento. Olía a hombre bueno y sano y solo en el fondo se notaba un ligero aroma a tabaco. Sin duda había sido él quien la sujetó y la recostó con cuidado en el suelo para que no cayera.

– Ayúdeme a ponerme en pie, por favor.

Jordan pasó las manos bajo sus axilas y con delicadeza pero aparentemente sin esfuerzo la sostuvo mientras se levantaba. La guió para que volviera a sentarse en la silla donde estaba cuando…

– ¿Se siente bien? -preguntó Jordan.

– Sí, gracias. Ya pasó.

– ¿Qué ha sucedido?

Maureen se pasó una mano por la frente. A pesar de lo que les había contado a los dos hombres hacía un momento, no podía evitar una sensación de vergüenza por ese nuevo…

«este nuevo… ¿qué?»

Al fin Maureen decidió definirlo como «episodio». Ni siquiera en su interior quería emplear la palabra «ataque».

– He visto algo.

Christopher Marsalis salió del rincón de la habitación en que se había refugiado para aliviar su inesperada desazón. Se sentó en la silla situada frente a ella, del otro lado del escritorio.

– ¿Qué?

Maureen señaló las fotos esparcidas por la mesa.

– He visto el Vassar College. Pero no tal como es ahora, sino como era hace mucho tiempo.

– ¿Y cómo puede saberlo?

Maureen indicó con un dedo los árboles junto al sendero que llevaba a la gran construcción del fondo.

– Estos árboles eran más pequeños cuando los he visto.

– Continúe.

Una breve vacilación. Después, las palabras que se agolpaban para salir.

– Estaba allí y corría por un sendero hacia el edificio que se ve en la foto. Luego, de pronto estaba en otro lugar. Con Lucy y Snoopy.

Todavía bajo la impresión de lo que había presenciado en su mente, Maureen no vio el sobresalto de Christopher Marsalis ni la mirada de espanto que lanzó a su hermano. Los dos hablaron casi al unísono.

– ¿Lucy y Snoopy?

Maureen no notó el ansia de sus voces, solo la sorpresa. Se apresuró a explicar en detalle lo que había visto.

– No estoy loca. Lo que quiero decir es que estaba con dos personas que llevaban máscaras que representaban a Lucy y a Snoopy. También yo llevaba una máscara…

Jordan se sentó ante ella y le cogió las manos.

– Maureen, disculpe si la interrumpo…

Ese contacto sin malicia la reconfortó. La tranquilizó oír que la llamaba por su nombre.

Era familiar, era protector, era… humano.

Lo que experimentaba ella, en cambio, no lo era en absoluto. Y no estaba segura de hallarse en condiciones de enfrentarse a ello. Tenía terror a que su mente la traicionara y resbalara en ese abismo del cual quizá jamás lograría volver. Aquello ante lo que se encontraba no estaba hecho de simples visitas a ese lugar donde nacían las formas ficticias de los sueños o las pesadillas. Era internarse en un agujero negro lleno de imágenes procedentes del peor lugar que podía existir: la realidad.

Los ojos azules de Jordan lograron superar también la pantalla polarizada de las gafas.

– Hay algo que no le he dicho. Y creo que lo que ha sucedido ahora disipará cualquier resto de perplejidad. ¿Conoce usted Snoopy?

– ¿Y quién no?

– Bien. El que mató a Gerald y a Chandelle dejó los cuerpos en una posición que recuerda a dos de sus personajes. Mi sobrino tenía una manta pegada a una oreja y un dedo en la boca, como Linus. Chandelle Stuart estaba apoyada en un piano, como Lucy cuando escucha tocar al pequeño Schroeder. Y el asesino nos ha dejado un indicio de que la próxima víctima será justamente Snoopy.

La voz de Jordan era tranquila y despertaba confianza; Maureen lo admiró por cómo conseguía disimular la impaciencia ante la velocidad con que sin duda creía que pasaba el tiempo.

– Usted ha mencionado un asesinato -prosiguió Jordan.

– Sí. En la habitación donde estábamos había una persona de pie delante de una mesa. Sobre ella estaba tendido un cuerpo pequeño, de un niño o una niña, quizá. No logré verlo bien porque el hombre estaba de espaldas y me tapaba la vista. Después levantó los brazos y en la mano derecha tenía un cuchillo ensangrentado.

– ¿Y luego?

– Luego de golpe me encontré en otro lugar. Estaban otra vez los dos con las máscaras, y la persona que llevaba la de Snoopy se la quitó y lloraba.

– ¿Y le ha visto usted la cara?

– Sí.

– ¿Sabría reconocerlo?

– Creo que sí.

– Dios santo.

Jordan se levantó de golpe y de pronto empezaron a agolparse palabras por los hilos del teléfono y corriente eléctrica por los cables de alta tensión. Con el dedo índice apuntó hacia su hermano, que se había quedado mirándolos en silencio.

– Christopher, llama pronto al rector Hoogan. Dile que tenemos que entrar urgentemente en la base de datos del Vassar y que nos dé la contraseña de acceso.

Christopher se puso de inmediato al teléfono. Con una frase Jordan borró la expresión interrogativa de Maureen y compartió con ella su esperanza.

– Lo único que tenemos que podría ser probable es que también ese Snoopy fuera uno de los alumnos del Vassar. Si es así, a través de los archivos del college podremos intentar identificarlo y ponerle bajo protección, si todavía estamos a tiempo.

La voz agitada de Christopher Marsalis, que hablaba por teléfono, subió de tono y superó la de Maureen y la de Jordan.

– Travis, te digo que es cuestión de vida o muerte. Me importa un comino la privacidad. Dentro de un cuarto de hora te hago llegar todas las órdenes que quieras, pero ahora dame lo que te he pedido. Y dámelo ya.

Esperó unos instantes y enseguida volvió al ataque. El acaloramiento de la conversación hizo que le salieran unas leves manchas rojas en las mejillas.

– Le ha dado a Hoogan mi dirección de correo electrónico privada. En unos instantes nos enviará el archivo con la contraseña para entrar.

– Muy bien. Maureen, ¿cómo te llevas con el ordenador? -preguntó Jordan.

La situación en que se hallaban contribuyó a facilitar el trato entre ambos. Eran dos desconocidos, pero sobre todo eran dos policías.

– Hice un curso avanzado sobre delitos informáticos. No soy un hacker, pero me defiendo.

– Estupendo.

Arrastrados por la fuerza magnética que parecía desprender Jordan, se trasladaron a otro estudio, en el ala opuesta de la casa, un lugar más amplio y lleno de aparatos electrónicos. Había ordenadores con monitores de plasma, impresoras, escáneres, fax y fotocopiadoras.

Ruben Dawson, irreprochablemente vestido y tan lacónico como siempre, estaba sentado en un sillón delante de un teclado. La entrada del trío no cambió su expresión. Jordan se preguntó si existía algo en el mundo capaz de alterar la superficie de ese lago helado que era el secretario del alcalde.

Las palabras agitadas de Christopher no hicieron mella en su impasibilidad.

– Ruben, abre mi correo personal. Tiene que haber un mensaje del Vassar College de Poughkeepsie. Después deja libre el lugar.

Dawson abrió el programa y pronto apareció en la pantalla una cascada de títulos, escritos en negrita, que indicaban los mensajes aún no abiertos. Se levantó y, sin una arruga ni en el rostro ni en la ropa, dejó su lugar a Maureen.

Maureen se quitó las gafas y se sentó ante el teclado. Encontró el mensaje que provenía del Vassar College. Lo abrió y poco después fue al sitio indicado por el enlace. Cuando se abrió y apareció la solicitud de contraseña, escribió el nombre de usuario y la contraseña que les había adjuntado el rector.

Accedieron a una pantalla donde había una secuencia de fechas que correspondían a los años académicos. La lista parecía interminable.

– ¿Y ahora?

Jordan se volvió hacia su hermano, sin apartar los ojos de la pantalla.

– Christopher, ¿en qué año estuvo Gerald en el college?

– En el 92 y en el 93, me parece.

Ese «me parece» decía mucho de las relaciones entre padre e hijo.

Arriba, a la izquierda, había una pequeña ventana con las herramientas para definir los criterios de búsqueda.

– Propongo que veamos el período entre 1992 y 1994. ¿Hay algún criterio para reducir la búsqueda? ¿Es posible separar a los hombres de las mujeres? -preguntó Jordan.

Maureen se encogió de hombros.

– Me temo que no. Es la base de datos de una universidad, no un programa de investigación. Suele existir la posibilidad de llegar a una ficha personal si se conoce el nombre, pero creo que cualquier recorrido inverso será un poco difícil.

Jordan apoyó las manos en los hombros de la mujer. No era un gesto de exceso de confianza, sino de solidaridad.

– Ahora creo que tendremos que ver algunas caras. Esperemos que entre ellas esté la que buscamos.

Empezaron a mirar una larga serie de rostros. Chicos y chicas que ya estaban en otra parte convertidos en hombres y mujeres, distribuidos por la casualidad en algún lugar, transformados en lo que habían elegido ser o debatiéndose en lo que se habían visto obligados a convertirse. En esa larga, interminable, sucesión de rostros se hacía patente la sensación del paso del tiempo y de su ineluctabilidad. Patente también era el escozor de la arena en los ojos de Maureen a causa de las emanaciones luminosas de la pantalla. Cuando en ese desfile silencioso y carente de alegría, vio las caras de Gerald Marsalis y Chandelle Stuart, Maureen intentó no pensar que para algunos de ellos el tiempo había terminado, evitó que volviera el recuerdo de Connor.

Se concentró en una lista sin fin de nombres: Alan, Margaret, Jamie, Robert, Allison, Scarlett, Loren…

– ¡Aquí está! ¡Es él!

Un joven con el cabello de color castaño rojizo y unos rasgos delicados les dirigía una sonrisa tímida, congelada en una foto de hacía diez años. Maureen se estremeció al pensar que en aquel momento la versión adulta de aquella imagen se hallaba en alguna parte, sin saber que ellos estaban luchando contra el tiempo para salvarle la vida.

La voz de Jordan llegó desde atrás.

– Alistair J. Campbell, nacido en Filadelfia el…

La voz de Christopher Marsalis interrumpió la exposición de datos personales.

– Pues claro. Es el hijo de Arthur «Águila» Campbell, el campeón de golf. Su padre es inglés pero vive en Estados Unidos desde hace años. Creo que ya debe de tener la ciudadanía estadounidense. Ahora vive en Florida y juega en el circuito sénior.

Maureen completó la ficha biográfica del muchacho que seguía mirándolos sonriendo tímidamente.

– Sí, pero Alistair Campbell es también escritor. Figuró hace un par de años en la lista de los más vendidos con una novela que generó, además, bastante sensación. Me parece que se titulaba El alivio de un hombre acabado. La he leído. Creo que la publicó Holland & Castle.

Fue Jordan quien dijo en voz alta lo que estaban pensando todos.

– Y la frase que encontré en el piano en la casa de Chandelie Stuart recuerda a Snoopy cuando se las da de escritor.

Hubo un instante de calma tensa, el breve lapso de tiempo entre el relámpago y el trueno. Luego Jordan sacó el móvil de la chaqueta como si quemara.

Marcó un número. Expuso los hechos deprisa, pero claramente.

– Burroni, soy Jordan. Escúchame y toma nota. Tenemos otro nombre. Ex alumno del Vassar College. Es escritor. Se llama Alistair Campbell y publica en una editorial que se llama Holland & Castle. Su padre es Arthur Campbell, un campeón mundial de golf que vive en Florida. Tal vez él sea Snoopy. ¿Has tomado nota?

Se quedó escuchando y luego asintió satisfecho tras la respuesta.

– Perfecto. Búscalo, pero con discreción y sin crear alarma. Debemos encontrarlo antes que nuestro hombre.

Jordan cortó. Se hizo el silencio en la habitación. Solo se oía el ligero zumbido de una pantalla y de sus pensamientos. Ahora que la máquina se había puesto en movimiento y que había una pequeña esperanza, solo quedaba esperar y rogar que con eso bastara. Todos sabían que era un viaje en el que descubrirían si a la llegada les aguardaba otro cadáver o no.

Maureen se levantó de la silla y se volvió hacia Jordan. Instintivamente, desde el primer momento lo había considerado su único referente, como un animal cazador al que basta el olfato para reconocer a su semejante. Acaso también Jordan sentía lo mismo. Lo miró a los ojos y pareció que le leyera los pensamientos. Luego, casi como una confirmación, expresó en voz alta la hipótesis que todos tenían en la cabeza.

– Tal vez el vínculo que une a las víctimas es justamente lo que tú has dicho. Todos fueron testigos de un asesinato. Y si no conseguimos encontrar a Alistair Campbell a tiempo, quizá nunca sepamos cuál fue.

Maureen no respondió. Se puso las gafas oscuras porque le dolían los ojos y la incomodaba sentirse protagonista en ese momento y de ese modo. Con ese gesto recuperó la soledad y se volvió impermeable a las miradas de las personas que estaban presentes en la habitación. De ese modo, obtuvo la respuesta a una pregunta que nunca había hecho. Jamás se lo había preguntado a Connor, pero ahora sabía qué gélida sensación podía tenerse frente al calor de un aplauso.

Загрузка...