La mujer abrió los ojos y los cerró enseguida, cegada por la luz del día que entraba por los ventanales. La noche anterior había bebido mucho champán y ahora notaba la lengua pastosa y un sabor horrible en la boca.
Se dio cuenta de que había dormido completamente desnuda sobre el suelo y que la había despertado el frío. Tiritaba; se acurrucó buscando calor en la misma posición en que la noche anterior intentó refugiarse de un orgasmo demasiado violento. Había sido una experiencia devastadora. Por primera vez en su vida se había sentido por entero partícipe de algo; había sido protagonista y víctima de un acontecimiento sin igual y del cual quedaría una huella que conservaría para siempre. Mantuvo los ojos cerrados un momento más, para conservar en ellos las imágenes de lo que había vivido; sentía que la carne de gallina cubría todo su cuerpo, debido al frío y a la excitación.
Luego, con un suspiro, entreabrió despacio los ojos, preparada para las luces que los recibirían. Lo primero que vio fue la espalda de Jerry Kho, todavía desnudo y cubierto de pintura roja ya seca, que se agitaba con un movimiento que no conseguía reconocer. El loft estaba iluminado por la claridad azul de las primeras horas de la mañana, a la que se unían los saltos luminosos de las pantallas de televisión. Probablemente habían permanecido encendidas toda la noche. La mujer se preguntó si era ese el módulo que…
Como si hubiera percibido un cambio a sus espaldas, Jerry se volvió y la miró con ojos tan enrojecidos como si hubiera absorbido la pintura con la que se había embadurnado la noche anterior.
Jerry la miró como si no la viera.
– ¿Quién eres?
Aquella pregunta la perturbó. De repente sintió una absurda vergüenza por su desnudez. Se sentó y se encogió, juntando las piernas entre los brazos. Tenía la piel tirante, a causa de la pintura seca que todavía la cubría. Parecía que miles de agujas microscópicas la pincharan al mismo tiempo. El movimiento hizo que su epidermis se arrugara y algunos fragmentos de pintura cayeran sobre la tela blanca.
– Soy Meredith.
– Pues claro, Meredith.
Jerry Kho asintió apenas con la cabeza, como si el nombre de la mujer conllevara el signo de lo ineluctable. Le volvió la espalda y se puso a esparcir los colores sobre la tela mojando directamente las manos en los botes de pintura que se hallaban a su lado. Meredith tuvo la impresión de que con ese simple movimiento el hombre había borrado su presencia de la habitación y del mundo entero.
Su voz ronca la sorprendió mientras trataba de levantarse sin rasparse la piel.
– No te preocupes por la pintura. Es al agua, no tóxica, como las que se dan a los niños para jugar. Basta con que te des una ducha, y desaparece. El cuarto de baño está al fondo, a la izquierda.
Jerry oyó a su espalda los pasos de la mujer que se alejaba. Poco después, el ruido de la ducha.
«Lávate y vete, Meredith-sin-nombre.»
Conocía a ese tipo de mujer. Si le dejara el menor espacio se le pegaría como un tatuaje, y él no era ese tipo de hombre. Ella solo había sido un medio para llegar a la obra que trazaba sobre el suelo, nada más. Ahora que su tarea estaba terminada, debía desaparecer. En su mente, confusa por el bajón de la droga, creía recordar haberla conocido la noche anterior en una inauguración a la que le arrastró LaFayette Johnson, su galerista. En la calle Broadway, le parecía. Una exposición de fotografía de una reportera que había vivido unos años en algún recóndito lugar de África, en la que mostraba a los integrantes de una tribu en un hábitat que pretendía hacer pasar por natural e incontaminado. Jerry observó la curiosa semejanza que tenían los ornamentos, los amuletos y los fetiches africanos con los de los nativos de América, vinculados por el uso forzoso de los mismos materiales.
Piel, huesos, piedras de colores. También allí, la esencia y la vanidad.
La única diferencia era la ausencia de flecos en los atuendos. Aunque, no tenían razón de ser. ¿Por qué usar un artificio ideado para escurrir de la ropa las gotas de lluvia, en un lugar donde no llueve casi nunca?
Dio vueltas durante un rato entre esos rostros, esas voces y esos vestidos sin la menor curiosidad por saber quién era quién y qué era qué. Atravesó, sintiéndose impermeable, ese muro invisible hecho de palabras que los seres humanos erigen entre ellos cuando creen comunicarse. Al cabo de un rato el aburrimiento comenzó a imponerse al efecto de la pastilla de éxtasis que había tomado antes de salir de su casa. Para Jerry era una de esas noches en las que se arrastraba por todos los lugares de Manhattan en los que hubiera un modo de alterar su realidad. Y sin duda ese no era uno de ellos.
– ¿Usted es Jerry Kho?
Se volvió hacia la voz que le hablaba a sus espaldas y se encontró frente a un ser de sexo femenino de apariencia gris. Solo el pintalabios aportaba una mancha de rojo encendido. Le recordó uno de esos cortos en blanco y negro en los que, por elección estilística, hay un único detalle de color. La adoración que reflejaban los ojos de la mujer hacía que estos brillaran como el pintalabios; era el segundo detalle de color en esa gama de grises que debía de ser su vida.
– ¿Tengo alternativa? -respondió, apartando la mirada.
La mujer no captó la despedida implícita que contenía su actitud. Siguió hablando, quizá enamorada de su propia voz, como todos.
– Conozco sus obras. He visto su última exposición. Era tan…
Jerry no supo nunca «tan…» qué había sido su última exposición. Siguió mirando fijamente los labios rojos de la mujer sin oír las palabras que salían de ellos, y allí, en esa especie de encuadre de la película muda que estaban rodando sus ojos, nació la idea. Y la idea, como todas las bendiciones, obedecía a un ritual.
La cogió por un brazo y la arrastró hacia la puerta.
– Si te gustan mis obras, ven conmigo.
– ¿Adónde?
– A formar parte de la próxima.
Salieron a la calle y, mientras trataban de encontrar un taxi, pasaron ante los escaparates de Dean & Deluca, la tienda de alimentos a precios de Tiffany. Jerry se echó a reír. De golpe vio una imagen de uno de los sujetos africanos de la exposición: lo imaginó recorriendo la tienda, empujando un carrito lleno de productos que costaban más que su miserable vida.
Un taxi que se detuvo tras un gesto de Meredith-sin-nombre le evitó dar una explicación de su carcajada.
Jerry recordaba ahora la servil pasividad de la mujer cuando le pidió que se desnudara y su excitación cuando empezó a cubrirla con pintura. De algún modo lo había intuido, y se entregaba en silencio a aquello a lo que estaba a punto de formar parte.
Y ahora, el ruido del agua en la ducha. El arte, devorado por la tela, expelía sus excrementos de color a través de la descarga del baño. Jerry se preguntó si no valía más lo que estaba bajando por la tubería que lo que él estaba realizando en aquel momento.
«Arte y mierda son lo mismo. Y siempre hay alguien que logra venderlos, ya sea uno u otra.»
El cansancio empezó a hacerse sentir. Le ardían los ojos, pero unas lágrimas reparadoras acudieron para aliviar la molestia. Movió la cabeza lateralmente para estirar los doloridos músculos del cuello. Necesitaba algo, cualquier cosa que le ayudara a superar ese malestar físico. Y había una sola persona que podía procurársela. Se levantó y fue hasta el teléfono. Cogió el auricular sin que le preocupara manchar el aparato con la pintura fresca que tenía en las manos. Marcó un número y poco después le respondió una voz soñolienta.
– ¿Quién coño es a esta hora?
– LaFayette, soy Jerry. Estoy trabajando y necesito verte.
– ¡Joder, Jerry! Son las seis de la mañana.
– No sé qué hora es. Pero necesito verte, ahora.
Colgó sin esperar la respuesta. LaFayette Johnson le insultaría un rato, pero después se levantaría y acudiría corriendo a verle. Todo lo que tenía se lo debía en gran parte a él y era justo que se comportara en consecuencia.
Alzó los ojos y observó su imagen reflejada en el espejo colgado encima del teléfono. Vio el horror y el diabólico color de su cara demonizada, descompuesta como carne infecta por el modo como se había secado.
Sonrió a su imagen, que desde el espejo le devolvió una mueca indescifrable.
– Todo según los planes, Jerry Kho, todo según los planes…
El retorno de Meredith-sin-nombre le distrajo de esa conversación consigo mismo, un diálogo que nunca tendría fin porque nunca había tenido un comienzo. La mujer entró en el campo de visión que se reflejaba a sus espaldas, y Jerry se volvió hacia ella. Se había lavado el pelo y llevaba un albornoz de él cubierto de manchas de pintura que desde hacía tiempo había abandonado el saludable hábito de un lavado. Ahora que se había quitado la pintura de encima y había desaparecido hasta el último rastro de maquillaje, se la veía indefensa ante la despiadada luz del día. Su vulnerabilidad era tan manifiesta que Jerry sintió que la detestaba, por su apego a la vida, por su desesperada busca de recuerdos, por esa ridícula luz de adoración que tenía en la mirada cuando sus ojos se posaban en los de él. La detestaba profundamente y al mismo tiempo envidiaba la perfección de su insignificancia.
– Coge tu ropa y vete. Tengo que trabajar.
Meredith-sin-nombre se sonrojó y se convirtió en Meredith-sin-palabras. En silencio, comenzó a recoger sus prendas dispersas por el suelo, mientras mantenía cerrado el albornoz con una mano para evitar que se abriera al agacharse. Se volvió de espaldas y empezó a vestirse. Jerry vio cómo su cuerpo desaparecía poco a poco, casi milagrosamente, bajo las ropas. Cuando se volvió de nuevo hacia él, volvía a ser la mujer gris de la noche anterior, vaciada de la idea que, por pocas horas, la hizo atractiva a sus ojos. Tendió hacia él el albornoz manchado con que se había secado.
– ¿Puedo quedármelo?
– Sí. Puedes quedártelo.
Meredith-sin-nombre sonrió. Aferró el albornoz contra el pecho y se dirigió hacia la puerta. Jerry le agradeció mentalmente que le ahorrara una última mirada, que se marchara sin un empalagoso último saludo. Se quedó solo con sus maldiciones. Cuando oyó que el ascensor se ponía en movimiento, fue a tenderse boca arriba en el centro de la tela fijada al suelo. Abrió los brazos y el espejo del techo le devolvió la imagen de su cuerpo crucificado a su propia obra.
Se quedó contemplándola y contemplándose sin encontrar fuerzas para seguir trabajando. A su izquierda, la enorme pantalla fragmentada en otras tantas seguía emitiendo sus manchas de colores y sus crudas y lascivas imágenes. Le habían encargado una obra para exponerla en el enorme vestíbulo del palacio de gobierno del estado de Nueva York, en Albany. El día de su instalación, con la asistencia del gobernador y de un público selecto, se oyó un murmullo de espera e impaciencia en el momento en que se encendió el módulo. A medida que se sucedían las imágenes, el murmullo fue sustituido poco a poco por un profundo silencio, tanto que todos los presentes parecían hechos de piedra.
El gobernador fue el primero en recobrarse. Su voz estentórea resonó en el inmenso salón como el aviso de una estampida.
– ¡Apaguen ese escándalo!
El escándalo se apagó, pero pronto se encendió uno mayor. Jerry Kho fue denunciado por ofender a las instituciones y mostrar actos obscenos, aunque el juez que firmó la acusación lo proyectó, al mismo tiempo, hacia la fama y la notoriedad. LaFayette Johnson, el galerista que le proporcionaba las drogas, comenzó a añadir ceros al precio de sus obras, y él aceptó las consecuencias de su acción. A continuación llegó la condena, pero también la posibilidad de joder con todas las mujeres que quería y todo el dinero necesario para pagar lo que su marchante le conseguía.
El timbre sonó; para los oídos de Jerry tenía el significado de las palabras lupus in fabula.
Sin preocuparse por echarse nada encima, atravesó el caos del loft en el que vivía y trabajaba y fue a abrir. Vio que la puerta estaba entreabierta y se quedó perplejo.
Esa idiota de Meredith no había cerrado bien la puerta al salir. Por otro lado, si fuera LaFayette habría entrado sin llamar.
Cuando abrió del todo, vio la figura de un hombre envuelta en la sombra del rellano. La bombilla debía de haberse fundido, y no lograba adivinar de quién se trataba. Sin duda no era LaFayette, porque la silueta que percibía en la penumbra era un poco más alta que la del galerista.
Hubo un instante de silencio, como cuando el tiempo y el viento parecen desaparecer antes de que empiecen a caer las primeras gotas de una tormenta de verano.
– Hola, Linus. ¿No invitas a entrar a un viejo amigo?
La voz le llegó desde una penumbra rodeada de niebla y procedente de tiempos remotos. Hacía mucho tiempo que no la oía, y sin embargo la reconoció de inmediato. Como todos, Jerry Kho había fantaseado a menudo, bajo los efectos de la droga, con su muerte, la única certeza verdadera que tiene un ser humano. Había deseado aquello que desea todo artista: poder ser él quien la representara, y decidir el color y la tela que sería su sudario.
Cuando el hombre del rellano salió a la luz y entró en la habitación, Jerry tuvo la confirmación y supo que todas sus fantasías estaban a punto de ser superadas por la realidad. Le miró a los ojos, sin preocuparse por la pistola que empuñaba. Lo único que consiguió ver con claridad fue una mano desconocida que arrojaba un cubo de pintura negra sobre ese discutible cuadro que hasta ahora había sido su existencia.