29

De pie ante una verja de color crema, Maureen esperaba.

Del otro lado de las rejas se entreveían sedanes de color oscuro aparcados en el terreno delantero, y junto a ellos, la mancha roja de una moto. Una moto italiana, según le pareció ver.

La escena que había imaginado se cumplía exactamente. Cuando ella se aproximó, el policía de servicio, un individuo con una mandíbula cuadrada, salió de la casa y avanzó hacia ella.

– Buenos días, señorita. ¿En qué puedo ayudarla?

– Buenos días, agente. Me llamo Maureen Martini y soy comisario de la policía italiana. También soy ciudadana estadounidense. Debo hablar urgentemente con el alcalde.

Tendió al agente su identificación y su pasaporte. Por cortesía el policía cogió los documentos en la mano pero no hizo el menor ademán de abrirlos.

– Creo que es un mal momento para hablar con el alcalde.

Maureen esperaba esa reacción. Pese a la molestia que le causaba, se quitó un instante las gafas de sol y miró al agente directamente a los ojos.

– Dejemos que lo decida él. Dígale solamente que tengo información sobre el homicidio de su hijo.

El tono y el significado de sus palabras cayeron como un chorro de agua caliente en la expresión glacial de su interlocutor.

– Aguarde aquí un momento.

El agente de uniforme azul entró en su caseta y Maureen lo vio, a través del cristal, coger el teléfono mientras controlaba la identificación y el pasaporte. Intercambió unas palabras con alguien que estaba al otro extremo de la línea.

Luego, mientras escuchaba la respuesta, Maureen vio que asentía con la cabeza.

Poco después el agente regresó y le devolvió los documentos.

– Pase. Saldrá alguien a recibirla.

Maureen cruzó la verja y atravesó el pequeño patio. Se dirigió hacia la puerta de entrada, que daba a una galería que ocupaba toda la fachada. Mientras subía los escalones, se abrió la puerta y apareció en el umbral un mayordomo con un aspecto muy anglosajón.

El acento del hombre que la invitó a entrar era el que había imaginado.

– Por favor, señorita, el alcalde la espera. Por aquí, sígame usted.

Maureen estaba tan tensa que no prestó la menor atención a todo lo que la rodeaba. Apenas vio a un tipo con una chaqueta de gamuza y un sombrero redondo y negro que pasó a su lado y le echó una ojeada de curiosidad. Tenía la mirada fija en una mota blanca de la chaqueta negra del mayordomo, que destacaba como la luz de Times Square. Al final del pasillo, el hombre se detuvo ante una puerta. Llamó suavemente y, sin esperar respuesta, la abrió y dio un paso al costado.

– Por favor, señorita.

Maureen dio un par de pasos y se encontró en una habitación que tenía todo el aspecto de ser un pequeño estudio. La puerta se cerró sin ruido a sus espaldas.

En la habitación había dos personas.

De pie entre ella y la ventana había un hombre alto, con el pelo canoso. Tenía unos increíbles ojos azules y, a primera vista, el rostro y la actitud del hombre que uno desearía tener al lado en un momento de peligro. El otro, parecido pero mayor, estaba sentado al escritorio; tenía la actitud de alguien que está acostumbrado al poder y, en la cara, las señales del desgaste que este provoca. Sus ojos eran tan azules como los del otro hombre, pero más apagados, y su cuerpo, con cierto exceso de peso, hablaba de demasiadas cenas oficiales y muy poco ejercicio.

Al entrar ella en el despacho, el hombre se levantó educadamente, pero en su mirada había aprensión, curiosidad y desconfianza.

Le sorprendió que la mano que le tendía el hombre estuviera tan seca.

– Buenos días, señorita. Soy Christopher Marsalis. Y este es mi hermano, Jordan.

El hombre alto no se movió ni dijo nada. Se limitó a saludarla con un simple gesto con la cabeza.

– Buenos días, señor alcalde. Le pido disculpas por presentarme de forma quizá inoportuna. Soy comisario de la policía italiana.

– Habla usted un perfecto inglés. Y su aspecto me resulta conocido. ¿No nos hemos visto ya alguna vez?

Maureen sonrió y reveló el parentesco que jamás habría mencionado de no ser por las circunstancias que la habían llevado a Gracie Mansion.

– Creo que conoce usted a mi madre. Es abogada criminalista, aquí, en Nueva York. Se llama Mary Ann Levallier. Todos dicen que nos parecemos mucho.

«Pero lo dicen solo los que no nos conocen de veras.»

Ni su cara ni su voz revelaban lo que estaba pensando. Prefería evitar cualquier otro comentario, de modo que rápidamente se presentó, para poder contar el motivo de su presencia allí.

– Me llamo Maureen Martini.

Solo cuando dijo su nombre pareció atraer la atención del hombre que le habían presentado como Jordan Marsalis. Dio un paso hacia ella, y sus ojos revelaban la misma pregunta cautelosa que expresó con la voz.

– Discúlpeme, señorita. Tal vez mi pregunta pueda resultarle dolorosa, pero ¿es usted la prometida de Connor Slave?

Maureen le agradeció mentalmente que hablara de Connor como si todavía viviera, porque era exactamente así como ella pensaba en él a cada instante.

– Sí, soy yo.

Hasta el alcalde conocía la historia, pero el comentario que hizo parecía solo una fórmula de cortesía. Maureen no podía saber que había definido de la misma forma la muerte de su hijo.

– Ha sido una gran pérdida.

A continuación, se hizo un silencio mientras cuatro ojos estaban fijos en ella.

Maureen supo que había llegado el momento. Trataría de expresar en pocas palabras un hecho difícilmente comprensible.

– Iré directamente al grano. Veo que conocen ustedes las circunstancias en que Connor y yo nos vimos envueltos. Debido a ello sufrí lesiones que hicieron necesario un trasplante de córneas. Por un problema relacionado con ciertas incompatibilidades genéticas, los posibles donantes eran extremadamente escasos. Sin embargo, encontraron a uno.

Maureen fijó los ojos en la atónita mirada azul de Christopher Marsalis. De algún modo sabía cómo iba a terminar aquello, y al mismo tiempo temía saberlo.

– Tengo serios motivos para creer que ese donante era Gerald Marsalis.

– Es posible. Yo mismo autoricé que extrajeran sus órganos cuando me enteré de que pertenecía a una asociación de donantes. Si es así, me alegra saber que gracias a ello usted haya recobrado la vista. Pero todo esto, ¿qué relevancia puede tener con respecto a la investigación de su muerte?

Maureen se quitó las gafas de sol. La luz que entraba por la ventana era como un cuchillo para sus ojos, pero sus palabras iban a ser mucho más dolorosas. Pensó que era justo ofrecerle a su interlocutor una mirada, además de una voz.

– Sé que lo que voy a decirle le parecerá imposible. En realidad, para mí también lo es. Es una locura, pero vivo obsesionada por visiones recurrentes de la vida de su hijo.

Maureen sintió que caía en la habitación el silencio de la compasión. El alcalde miró a su hermano, buscando alguna complicidad en su expresión. Le habló con una incomodidad que trató de ocultar con un tono de voz calmado y mesurado, al tiempo que intentaba, con dificultades, seguir mirándola a los ojos.

– Señorita, no quiero subestimar la experiencia que ha tenido usted. Sé que a veces no es fácil aceptar ciertos hechos. Se lo digo por experiencia personal. Su madre es una persona capaz y una buena amiga. Sin embargo, creo que debería usted permitirme…

Maureen esperaba esa reacción. Entró en aquella estancia con la absoluta certeza de que, cuando hubiera dicho lo que le sucedía, la respuesta sería aquella. No podía culparlos. Ella habría reaccionado del mismo modo si alguien le hubiera contado una historia parecida.

No obstante, continuó por el camino que había elegido recorrer.

– Señor alcalde, con el debido respeto, no me habría presentado aquí si no tuviera una razonable certeza de que lo que le digo es cierto. Me doy cuenta de que la palabra «razonable», en este caso, pueda parecerle fuera de lugar. Soy policía y me han adiestrado para basarme en hechos reales y no en conjeturas esotéricas o extrasensoriales. Créame que he reflexionado mucho antes de venir aquí, pero ahora que lo he hecho no cambiaría mi versión ni siquiera ante una junta de psiquiatras.

Se puso de pie, sintiéndose desnuda e indefensa ante el juicio de los dos hombres. Tenía que admitir que había sido ella misma quien les había dado el motivo para que se sintieran de ese modo. Volvió a ponerse las gafas oscuras y dijo lo que le quedaba por decir, todo de un tirón, sin mirar a la cara a ninguno de ellos en particular.

– Estoy viviendo durante un tiempo en la casa de mi madre. Si cree usted que estoy loca, llámela. Si piensa ofrecerme el beneficio de la duda, llámeme a mí. Señores, les pido disculpas por la molestia.

Se volvió y se dirigió hacia la puerta, dejando a sus espaldas un silencio que sabía que era de estupor, embarazo y compasión.

Cuando estaba a punto de coger el picaporte, su mirada cayó sobre una foto colocada en un marco de madera junto a la puerta. Dos hombres se estrechaban la mano y sonreían al objetivo. A uno lo conocía muy bien: era Ronald Reagan, el ex presidente de Estados Unidos. Vio que el otro era Christopher Marsalis, con el bigote y el pelo oscuros, mucho más joven y delgado a como se lo veía ahora. No lo reconoció enseguida porque había cambiado mucho, pero sus ojos azules eran inconfundibles. Maureen se dio cuenta, con sorpresa, de que ya lo había visto, no con el aspecto que tenía ahora, sino con el de la foto.

«Era el mismo hombre que en el sueño había entrado en su cuarto y le había roto un dibujo.»

Se puso rígida y habló sin volverse, por temor a leer la reacción en el rostro de los dos hombres que había dejado, perplejos, a sus espaldas.

– Hace mucho tiempo su hijo estaba haciendo un dibujo. Era infantil, pero muy preciso, de un hombre y una mujer que hacían el amor apoyados en una mesa. Usted entró en la habitación y él se lo mostró. Usted se enfureció, mucho. Rompió la hoja y como castigo encerró a su hijo en un cuarto trastero.

Solo al terminar, Maureen se volvió. Como un efecto gráfico en un ordenador, vio que la expresión de circunstancia se borraba del rostro de Christopher Marsalis y se convertía de golpe en estupor. Lo siguió con la mirada mientras se levantaba sin hablar e iba a mirar por la ventana. Maureen, por enésima vez, se asombró de cuántas connotaciones diferentes podía tener el silencio, como si la ausencia de palabras tuviera más posibilidades de expresión que las palabras mismas. La voz del alcalde de Nueva York llegó desde un rincón de la habitación pero sonaba deshilachada por un largo viaje en el tiempo y en el recuerdo.

– Es verdad. Sucedió hace muchos años. Gerald era un niño. En ese momento mi mujer todavía vivía, aunque ya había empezado a entrar y salir de los hospitales. Yo era mucho más joven que ahora y a causa de su enfermedad hacía más de un año que no tenía relaciones con ella. Había una criada muy guapa que trabajaba en casa, y yo…

Hizo la pausa que Maureen esperaba. El instante de incertidumbre antes de una confesión, por pequeña o grande que sea.

– Sucedió en la cocina. Fue algo instintivo y no volvió a repetirse. Gerald debió de habernos visto sin que nos diéramos cuenta. Cuando me mostró el dibujo estaba muy orgulloso y él no sabía lo que habíamos hecho. Solo se sentía orgulloso de su pequeña obra de arte. Yo tuve miedo de que pudiera mostrarle el dibujo a algún extraño, y lo rompí. Después le hice jurar que no hablaría de ello con nadie, y para hacerle entender que había hecho algo mal le encerré en el cuarto trastero. Era solo un niño, pero creo que nunca me lo perdonó.

Maureen volvió a ver la puerta que se cerraba sobre una cara roja de rabia. Imaginó a un niño en la oscuridad de aquel cuartucho, solo con las mentiras de la oscuridad, que transforma en monstruos de la fantasía la realidad visible y las formas inequívocas de la luz.

Jordan Marsalis acudió en ayuda de su hermano y se interpuso entre ella y el momento de debilidad de Christopher.

– Señorita Martini, como ya ha dicho antes, usted es policía, con todo lo que ello significa. También yo lo he sido, así que los dos sabemos de qué estamos hablando. Admitirá usted que en esta situación hay elementos poco normales, de difícil clasificación. Para ser más explícitos: si dijéramos algo así en un tribunal, cada uno de nosotros se vería obligado a asistir a dos sesiones de análisis por semana. Sin embargo, no me queda otra elección que tener en cuenta lo que nos ha dicho. ¿Hay algo más que usted…?

Maureen se dio cuenta de que trataba de encontrar una definición verosímil para un concepto que a ella misma también le costaba expresar en palabras.

– ¿Me está usted preguntando si he visto algo más?

– Exacto.

La palabra pareció abrirse paso desde la garganta hasta los dientes de Jordan.

Maureen, con la misma sensación de liberación que había mostrado el alcalde hacía un instante, salió de la soledad en que la había dejado su experiencia y contó las imágenes que llevaba grabadas en el cerebro. La mujer acostada bajo ella, la cara teñida de azul, la figura amenazadora de un hombre envuelto en la sombra de la escalera, que empuñaba una pistola y cuyo rostro no había logrado ver.

Estaba tan concentrada en su relato que no podía ver el efecto de sus palabras en los hombres con quienes compartía su angustia. La historia terminó en un silencio que dejó en la habitación una gran sensación de vacío. A Maureen no le habría sorprendido si de repente los objetos empezaran a flotar en el aire.

El alcalde fue el primero en hablar, y su voz fue el diapasón que rompía el cristal.

– Es una locura.

Maureen sabía que el comentario no iba dirigido hacia ella. Solo reflejaba el absurdo de una situación que lo obligaba, a pesar suyo, a dejar de lado la incredulidad. No había ninguna explicación, pero aunque la hubiera habido no habría cambiado nada de aquel indefinible testimonio que acababan de escuchar.

Jordan parecía menos conmocionado. Se sentó en la silla situada frente a ella y se apoyó con calma contra el respaldo.

– Creo que es el momento de idear una línea de acción. Tenemos dos víctimas. Las circunstancias de esas muertes nos hacen pensar que los asesinatos están relacionados entre sí por algún elemento que no conseguimos definir. Lo único que hemos logrado encontrar que vincule a Gerald Marsalis y a Chandelle Stuart es que ambos estudiaron en el Vassar College de Poughkeepsie.

Cogió unas fotos en color que estaban sobre una mesa y las empujó hacia Maureen.

– Este college.

Maureen tendió un brazo y acercó la foto hacia sí. Cogió una en la mano y…

«… estoy en un sendero que corta en dos un gran prado verde y al caminar me cruzo con unos chavales que me miran sin saludarme y a quienes tampoco saludo y ante mí hay una gran construcción austera llena de ventanales y levanto el brazo para mirar la hora y de golpe acelero el paso y echo a correr hacia la entrada y…

»… estoy en una habitación y mi campo visual es limitado como si las imágenes me llegaran a través de agujeros y además de mí en la habitación hay otras dos personas, un hombre y una mujer vestidos de oscuro que llevan máscaras de plástico que representan a dos personajes de Snoopy. Una es Lucy y la otra es Snoopy. El corazón me late con fuerza y vuelvo la cabeza siguiendo la dirección de la mirada de los otros dos…

»… y veo la espalda de un hombre inclinado sobre la mesa donde se entrevé un cuerpo tendido, parece un niño, y de golpe el hombre levanta el brazo hacia lo alto y en la mano derecha empuña un cuchillo completamente rojo de sangre y hay más sangre que gotea de sus manos y le mancha las mangas de la chaqueta y aunque no le oigo sé que el hombre de espaldas con la cabeza vuelta hacia el techo está gritando y yo…

»… estoy todavía con el hombre y la mujer vestidos de oscuro que llevan las máscaras de Lucy y Snoopy pero estamos en otra parte y el hombre se apoya en la pared y se levanta la máscara y muestra una cara joven y morena de chico mojada de lágrimas y poco después la esconde entre las manos y resbala contra la pared hasta sentarse en el suelo y ella…»

Maureen fue absorbida como por un remolino hacia el lugar donde se hallaba antes; se encontró arrodillada en el suelo. Vio ante sus ojos un trozo del suelo de madera en medio de dos zapatillas de deporte. Se dio cuenta de que los fuertes brazos que la sostenían eran los de Jordan Marsalis.

Aunque la voz era la de Jordan, parecía venir de muy lejos.

– ¿Sucede algo, señorita?

Maureen oyó otra voz muy lejana. Finalmente se dio cuenta de que era la suya.

– Un asesinato. Ha habido un asesinato.

– ¿De qué habla? ¿Qué asesinato?

No llegó a oír esta última pregunta. Su cuerpo se volvió muy pesado y se desmayó; aquella pausa era como una balsa de salvamento lanzada por una mano piadosa, antes de que llegara la helada certeza del terror.

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