Maureen Martini se despertó con una fuerte sensación de escozor en los ojos. Se pasó suavemente los dedos sobre las gasas sujetas con esparadrapo, como si ese leve gesto pudiera aliviar la molestia. Le habían advertido que sucedería, pero eso solo no bastaba para hacer cesar el irritante hormigueo.
Después de la operación, las heridas habían cicatrizado con una rapidez que sorprendió hasta al profesor Roscoe, el cirujano que realizó el trasplante. Aquella rápida recuperación había acentuado el buen humor general, y ese día descubrirían si estaban o no en lo cierto. A las once en punto le quitarían las vendas y la dejarían sola ante el futuro.
Un futuro que podría vivir, pero quizá a tientas.
Por ese motivo, durante la noche durmió poco y mal. Oscuridad, sábanas y una carrera de obstáculos entre el optimismo y el pesimismo, una alternancia continua de todos los estados de ánimo que cabían en el estrecho espacio entre el quizá sí y el esperemos que no. El sueño, a su modo, tenía la tarea de restablecer las justas proporciones; durante unas horas la unía al resto del mundo en un lugar sin color donde volvería a encontrarse sola al llegar el día.
En uno de los pocos instantes en que se deslizó en una suerte de duermevela, se encontró inmersa en un extraño sueño, que le impresionó por la extraordinaria nitidez de las visiones y del que incluso ahora, después de haberse despertado, recordaba la secuencia de imágenes.
Se hallaba en la habitación de un niño. No era el cuarto de su infancia en Roma, porque no reconocía los muebles y por la ventana se veía vegetación y la orilla de un río. En el sueño, estaba sentada tras un escritorio y veía sus manos que dibujaban. El dibujo representaba a un hombre y a una mujer. La mujer estaba apoyada en una mesa, y el hombre, de pie detrás de ella. Pese a los trazos infantiles, el dibujo era muy preciso y se veía claramente que los dos estaban haciendo el amor. Luego se abría una puerta a su izquierda y entraba en la habitación un hombre con bigote. Ella le mostraba el dibujo con el orgullo y la inocencia que solo puede tener un niño. El hombre lo miraba y luego se enfadaba muchísimo. Ella veía cómo se movían sus labios y también cómo se enfurecía mientras agitaba la hoja ante sus ojos. El hombre rompía el dibujo; luego la cogía de la mano y, arrastrándola, la metía en un cuarto trastero. Maureen recordaba con todo lujo de detalles la cara del hombre que desaparecía en la oscuridad tras la puerta que se cerraba.
Luego se despertó, empapada en sudor, y se encontró con la misma oscuridad.
Estaba en Manhattan, en el piso de su madre, en la última planta de un edificio de ladrillos oscuros, en el número 80 de Park Avenue, no muy lejos de la Grand Central Station. Maureen habría preferido quedarse en el piso que tenía su padre en el centro, pero era evidente que, en su estado, durante la convalecencia necesitaría la ayuda de otra mujer.
Así, después de la operación aceptó a regañadientes pasar un tiempo en casa de Mary Ann Levallier. Pese a la natural preocupación de su madre por lo que le había ocurrido, Maureen no quiso hacerse excesivas ilusiones sobre la relación de ambas, que en su mente podía resumirse en pocas y sintéticas palabras: impaciencia contra suficiencia. Entre ellas había un afecto atávico, genético, casi institucional, que sin embargo no contemplaba un sentimiento parecido a la amistad.
Atenuados por los cristales dobles, desde abajo le llegaban los ruidos del tráfico de Nueva York. Era la ciudad que mejor conocía, después de Roma. Y en esas dos ciudades, entre millones de seres humanos, un día encontró a alguien que por fin lograba conocerla. La suya había sido siempre una historia suspendida entre dos mundos diferentes: formaba parte de ambos, pero en realidad no pertenecía a ninguno de ellos. La única persona capaz de hacer de intermediaria era alguien que experimentara lo mismo, movida por una música que aspiraba al cielo aunque estuviera obligada a permanecer en esta tierra. Una persona que había descrito las mentiras de la oscuridad y que en esa oscuridad se había convertido en la única verdad.
Una única persona.
Y ahora…
Desde el momento en que despertó en la policlínica Gemelli, después de aquella horrible experiencia, su vida fue una continua sucesión de sensaciones monocromáticas. La oscuridad que vendaba sus ojos exigió a todos los demás sentidos que entendieran por aproximación lo que sucedía a su alrededor. Incluso el viaje de Roma a Nueva York consistió en una serie de emociones fragmentadas, sin el hilo que proporcionan las imágenes y que constituyen el esqueleto del recuerdo.
Solo ahora que ya no la tenía se veía obligada a reconocer el peso determinante de la vista. Los desplazamientos se habían convertido en ruidos de motores y turbinas de aviones; los aromas y los olores, en extraños incidentes del trayecto. Las personas no eran más que voces y perfumes. A veces un contacto con otra piel hacía que se sintiera todavía un ser humano. En esa oscuridad sin paredes, el pendiente de Arben Gallani seguía su centelleante balanceo y el cuerpo ensangrentado de Connor no había cesado ni un solo instante de caer en el polvo.
En todo ese tiempo, en su mente, Maureen no había dejado de gritar.
La voz del profesor William Roscoe, el cirujano que la operaría, era solo una voz más que por un momento había sobresalido por encima de ese largo grito silencioso. Grave, de barítono, agradable, daba seguridad al sonido de un acento que Maureen no conseguía identificar pero que no era el seco y penetrante de Nueva York. Notaba su presencia al lado de la cama. Olía a bata limpia y a hombre recién afeitado.
– Señorita Martini, la intervención a la que la someteremos es relativamente simple y tiene un postoperatorio rápido. Le implantaré dos córneas nuevas y utilizaré el cultivo de células estaminales para evitar cualquier problema de rechazo relacionado con su peculiaridad genética. Pienso que en pocos días estaremos en condiciones de quitarle las vendas, y en cuanto a la posibilidad de que vuelva usted a ver, puedo anticiparle que es casi una certeza. La única complicación es que después deberá someterse a un par de pequeñas intervenciones más, que servirán para reforzar con otras células estaminales la estabilidad definitiva de las córneas nuevas. Por otra parte, temo que después de la intervención tendrá que llevar durante un tiempo unas gafas oscuras, pero eso no hará más que añadir un toque de misterio a su encanto natural. ¿He sido suficientemente claro, o hay algo que desee que le explique?
– No, todo está absolutamente claro.
– Quédese tranquila. Como le he dicho, a lo sumo en una semana volverá a ver.
Maureen pagó con optimismo el optimismo del médico.
– Seguro que volveré a ver -respondió con confianza.
«Seguro que volveré a ver. No para lo que quiero ver, sino para lo que debo ver. Y será una cara frente al cañón de una pistola…»
La operación no fue más que el chirriar de las ruedas de una camilla, más olor a desinfectante, voces en una sala de operaciones llena de luces de las cuales sentía solo el calor, el pinchazo de una aguja en el brazo y después la nada. En definitiva, la anestesia solo fue un salto a una oscuridad más profunda, durante la cual pudo permitirse el lujo de no pensar.
Cuando despertó de la anestesia, la esperaban las voces y las manos de su padre y de su madre. Y el perfume de ella, discreto y exclusivo. Maureen trató de imaginársela, sentada junto a la cama, elegante pese a todo y cuidada hasta en el menor detalle. Una mezcla de clase y dominio de sí misma. En otros momentos lo habría definido como frialdad, pero ahora, en ese trance, volvía a concederle el beneficio de la duda. Sin embargo, le habría gustado que una repentina amnesia fruto de la preocupación maternal hubiera hecho que descuidara, al menos por una vez, la simetría de los pliegues de su fular.
Decidió no encender la radio que habían colocado en la mesita situada junto a la cama. En parte para que su madre y la criada no supieran que se había despertado, pero sobre todo para no dar con un programa en el que un pinchadiscos cualquiera se empeñara en un despiadado homenaje a la vida y la música de Connor Slave.
Un par de días atrás oyó que se proponían organizar un gran homenaje en el Carnegie Hall. Gracias a la tecnología digital y a un complejo programa de ordenador, era posible manipular las imágenes de vídeo y de las apariciones televisivas de Connor y crear una figura suya tridimensional. Habría proyectores holográficos que, en cascada virtual sobre el escenario, sincronizarían las imágenes virtuales con un concierto real, con una orquesta compuesta por músicos de carne y hueso.
Era un suplicio del que Maureen no se recuperaría jamás.
Verlo en el escenario con la consistencia de un fantasma, saber que era solo un títere animado por los hilos de una máquina, y aun así, sentir el impulso de subir corriendo a abrazarlo y tocar con las manos sus cabellos, para comprobar que solo era aire teñido de ilusión.
El escozor en los ojos se había calmado, y sintió ganas de ir al lavabo. Esa necesidad tan física y banal hizo que se sintiera viva. No quería llamar a su madre, y menos aún quería someterse a las atenciones de Estrella, la criada de origen español que la cuidaba, mientras pronunciaba palabras confusas con suave acento latino alternadas con términos en español.
Hasta esa pequeña obstinación en valerse por sí misma era una conquista. Conocía la habitación, aunque no muy bien. La había visto en otros momentos, cuando todavía no había aprendido a usar la memoria de murciélago por la que ahora se veía obligada a dejarse guiar.
Se levantó de la cama y, tanteando, se dirigió despacio hacia el cuarto de baño con pasos atentos. Eludió un mueble y rodeó un sillón. Puso una mano sobre la superficie fría y lisa de la pared y la deslizó hasta alcanzar la puerta. Buscó el picaporte y lo hizo girar hasta conseguir abrirlo. Empujó la hoja y guiándose por ella la siguió hacia el interior. Un solo paso inseguro y de golpe…
«… hay luz y la cara de una mujer teñida de azul debajo de mí. Estamos tendidos en el suelo y alrededor todo es blanco y hay manchas de color y yo estoy sobre el cuerpo de ella y siento una parte que no sabía que poseía que se mueve dentro y fuera de ella caliente y húmeda y veo su cara violácea que se va destiñendo poco a poco. La veo pero no me llega su voz. La observo mientras se pierde con un gemido que no puedo oír entre las volutas de humo del orgasmo y también yo de golpe me incorporo y debajo de mí está la sorpresa de un pene que agarro y sacudo y veo gotas de esperma que salpican todo mi alrededor mientras también yo caigo en la trampa sin fondo de un placer fuerte y desconocido. Después estoy en el suelo y…
»… estoy de pie delante del espejo y mi cara me mira, una cara roja como si estuviera cubierta con la sangre de mis heridas. Me observa desde el recuadro brillante que da hacia otro mundo, que parece haber hecho de la locura su regla elemental. Mis labios se mueven mientras apunto un dedo como una pistola hacia mi imagen y…
»… voy hacia la puerta del fondo de esta enorme habitación tan luminosa y la abro y en la sombra del rellano hay una figura inmóvil que ahora avanz…»
Maureen se encontró de rodillas en el suelo con las manos apretadas contra las sienes, de nuevo hundida en la oscuridad. Estaba exhausta, como después de una pesadilla o de un orgasmo. Probablemente era esta última sensación. Se sentía vacía como si el placer que había experimentado en ese momento de desfallecimiento hubiera sido real, pero con la percepción antinatural de haberlo vivido con el cuerpo de un hombre. La mano que había sentido que se deslizaba sobre el pene era la suya, al igual que había sentido cómo se precipitaba el chorro de líquido seminal para salir prepotente y presuntuoso por una parte del cuerpo que no debía y no podía tener.
Se inclinó despacio hacia delante hasta apoyar la frente caliente, febril, sobre el refrescante mármol del suelo.
«No es posible. No es posible…»
La puerta de la habitación se abrió un momento antes de que sucumbiera al pánico, que hace de la oscuridad el mejor lugar donde tender sus emboscadas.
– ¡Madre de Dios! ¿Qué le sucede, señorita? Espere, que la ayudo.
Oyó la voz alarmada y el paso suave de Estrella, que se le acercaba. Desde una parte lejana del piso le llegó el sonido rítmico de los tacones de su madre.
Después, el consuelo de dos manos fuertes y por suerte conectadas a unos ojos seguros.
– Venga usted, señorita, apóyese en mí; la llevaré a acostarse en la cama.
Estrella la ayudó a erguirse y la guió por la habitación apoyándola contra su cuerpo robusto, mientras Maureen intentaba, sin lograrlo, que su corazón latiera más pausadamente. La voz enérgica de Mary Ann Levallier la sorprendió a mitad de camino.
– ¿Qué ocurre, Maureen? ¿Te has hecho daño?
Ahí estaba: impaciencia contra suficiencia.
– No es nada, mamá. He tropezado y me he caído.
– Estrella, pero ¿cómo es posible? Creí que había sido clara. La señorita no debe quedarse sola ni un instante.
Maureen meneó la cabeza.
– No es culpa suya. Es solo mía. He querido ir sola al baño, y he resbalado. Ya estoy bien.
Pasada la angustia, percibía en la voz de su madre un enfado que sobrepasaba el alivio.
– Me sorprende que en tu estado todavía tengas ganas de hacer estas demostraciones de valentía. No puedo creerlo. ¿Qué sentido tiene?
Habría querido explicarle el sentido de eso que ella definía desde siempre como «demostraciones de valentía». Muchas veces lo había intentado, desde que era una niña, pero Mary Ann Levallier siempre se había negado a besar el sapo que su hija le tendía con orgullo. Para ella era solo un asqueroso animal que jamás tendría la posibilidad de convertirse en príncipe.
Los cuentos solo eran cuentos.
Maureen pensó que era inútil intentar hacérselo entender ahora. La dejó con su escepticismo y cambió de tema.
– ¿Qué hora es?
– Las nueve y media. Creo que ya es hora de que te prepares. Sabes que a las once tenemos una cita con el doctor Roscoe.
«¿Cómo podría olvidarlo? He estado contando cada segundo.»
– Sí, ya me visto.
– Perfecto. Yo voy a pedir un coche para las diez y media. Estrella, quédese aquí, y esta vez preste atención a lo que hace.
La discusión con la madre y el breve descanso en la cama la distrajeron de la angustia que le había provocado la imprevista aparición de esas imágenes salidas de la nada. Se levantó y buscó el apoyo de la criada, más para que se sintiera útil tras las palabras de la dueña de la casa que porque realmente lo necesitara.
Se dejó guiar hasta el cuarto de baño y aceptó los comentarios latinos de Estrella mientras la ayudaba a desnudarse.
– Qué bonito cuerpo tiene, señorita. Ni un gramo de grasa. Parece una estrella de cine.
Maureen guardó silencio mientras imaginaba a la voluminosa mujer y su cara madura, que debía de haber sido hermosa en otros tiempos. Abrió el grifo y salió agua tibia, en lugar de la ducha helada que le había caído encima poco antes. Siempre rodeada de los cautos cuidados de Estrella, se obligó a hablar con ella para no pensar más en lo que había sucedido ni en lo que sucedería dentro de poco.
Se secó con una toalla que era solo un tejido sin color, se vistió con prendas que había aprendido a reconocer al tacto y se peinó el pelo con unas manos que no eran las suyas y que aceptaban el veredicto de ojos diferentes de los suyos.
– Listo, señorita. Confíe en mí, está usted guapísima.
Las palabras de Estrella extrañamente le recordaron a Duilio, el encargado del garaje donde guardaba su coche en Roma. Quizá ese hombre existía todavía, al otro lado de aquella inmensa habitación oscura en la que ella estaba confinada. Quizá aún existía Roma. Quizá existía todavía el mundo.
«Quizá exista yo todavía…»
Cuando su madre, con la voz y los tacones de siempre, acudió para avisarle de que el coche ya esperaba en la calle, la siguió para intentar obtener una respuesta a esa pregunta.
Salió de la casa para ir a descubrir si había recuperado la vista y trató de dejar encerrado a sus espaldas el terror de haber perdido la razón.