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Chandelle Stuart se puso en pie de golpe, con un movimiento de la cabeza que hizo que su pelo negro y lacio escondiera un rostro de pronto alterado por la cólera. Su elegante vestido oscuro de Versace se levantó lo suficiente sobre las piernas largas y delgadas para mostrar a los dos hombres que estaban sentados en el sofá, frente a ella, la franja de piel que dejaban al descubierto las medias.

– Pero ¿qué jodida mierda me están diciendo?

Su tono de voz era altanero, como el de una persona acostumbrada a mandar aunque no se hubiera ganado el derecho a ello. Se encaró por un instante a sus interlocutores; luego se volvió y con un brusco movimiento cogió una cajetilla de cigarrillos de una repisa situada a sus espaldas. Encendió uno como si con ese gesto quisiera incendiar el mundo. Se acercó a la gran cristalera que daba a una terraza suspendida sobre Central Park, y se quedó de espaldas, devorando el cigarrillo y dejándose devorar por la ira.

Del otro lado de los cristales, en el cielo que se extendía sobre la ciudad, nubes de temporal tomaban posiciones para tapar la luz del sol.

El abogado Jason McIvory volvió la mirada hacia Robert Orlik, el otro cincuenta por ciento de la firma McIvory, Orlik & Partners, un bufete de abogados que se ocupaba de gestionar patrimonios, y que tenía su sede en un elegante edificio del downtown, frente a Battery Park. La mirada de complicidad que intercambiaron era la de dos personas expuestas desde hacía mucho tiempo a los caprichos y al lenguaje vulgar de la mujer que tenían delante.

Y que estaban hartos de soportar.

Sin embargo, por el momento se limitaron a acomodarse mejor en el sofá y esperaron tranquilamente a que se calmara aquel enésimo acceso de rabia.

McIvory se cruzó de piernas y Chandelle Stuart, si se hubiera vuelto en ese momento, habría sorprendido una ligera sonrisa de satisfacción en su cara, que tenía cierto parecido con Anthony Hopkins. McIvory llevaba el cabello blanco peinado hacia atrás y un bigote fino y bien cuidado. Cuando consideró que había dado a la mujer un tiempo razonable para recomponerse, el abogado continuó el discurso que había interrumpido el histérico ataque de palabras soeces.

– Le estamos diciendo exactamente lo que ha oído, señorita Stuart. Usted ya no tiene un céntimo. O casi.

De nuevo Chandelle se volvió hecha una furia y de nuevo su pelo negro se movió alrededor de su cabeza con el flamear amenazador de una bandera pirata.

– Pero ¿cómo es posible, condenados inútiles?

McIvory indicó con una mano el maletín de piel que había dejado en el suelo frente a sus pies, apoyado contra una mesa baja de cristal que costaba varios miles de dólares. Chandelle Stuart estaba demasiado acalorada para advertir la indiferencia y la frialdad que había en ese gesto.

– Aquí tengo los resúmenes de cuentas. Los documentos de las operaciones están todos firmados por usted y en algunos casos, por si no lo recuerda, le solicitamos que nos librara de cualquier responsabilidad por ciertas… cómo decir… inversiones suyas no demasiado ortodoxas desde el punto de vista financiero.

Chandelle Stuart apagó el cigarrillo en el cenicero con un encarnizamiento que de buena gana habría aplicado a esos dos hombres. Su voz era sibilante como la de una serpiente que descubre que la han engañado.

– ¿Y quién me asegura que no han sido ustedes quienes me han estafado durante todos estos años?

Robert Orlik, que hasta ese momento había guardado silencio, tomó la palabra. Su voz era extrañamente parecida a la de su socio, como si tantos años de trabajar juntos los hubiera asemejado.

– Señorita, por la amistad que me ligaba a su padre, haré ver que no he oído lo que acaba de decir. Durante años me he mostrado dispuesto a soportar su actitud caprichosa y su pintoresco lenguaje de taberna, pero no estoy, no estamos, dispuestos a tolerar ninguna ultrajante insinuación sobre la corrección y la honestidad de nuestro trabajo. Dicho esto, para aclarar las cosas entre nosotros, quisiera retroceder un poco y atenerme a los hechos. Cuando murió su padre, Avedon Lee Stuart, hace siete años, le dejó un patrimonio que entre inmuebles, paquetes de acciones, obligaciones y líquido sumaba cerca de quinientos millones de dólares…

La mujer le interrumpió con el arrebato de un cura que oye blasfemar en la iglesia, pero también con el rencor del que lo está haciendo.

– Teníamos decenas de millones de dólares, pero ese hijoputa los despilfarró por ahí con sus gilipolleces.

– Lo lamento, pero debo contradecirla. Los cientos de millones eran apenas cinco, y ese dinero no se despilfarró, como dice usted. Su padre destinó la mayor parte del patrimonio familiar a algunas fundaciones de beneficencia que honrarán el apellido Stuart, destinado a perdurar en el tiempo.

– Y a ustedes casualmente se los designó administradores de ese patrimonio.

La mujer bajó la voz y pronunció esas palabras con aparente dulzura, con el fin de resultar más punzante, pero solo logró sonar falsa, y su insinuación no tuvo el efecto pretendido.

La mirada del abogado Orlik era la de un profesional. Chandelle Stuart solo era una persona que llevada por el deseo de jugar se había sentado a la mesa equivocada.

– Nuestro papel de administradores fiduciarios es un aspecto de la cuestión que a usted no le concierne. Al igual que el motivo por el cual su padre solo le dejó una parte de la herencia, debe de estar relacionado con hechos que no son de nuestro conocimiento y que no nos compete juzgar.

– Eso de la beneficencia y buen nombre del apellido Stuart son patrañas. Ese megalómano lo hizo solo porque en realidad me odiaba. Ese capullo de mierda me odió siempre.

«Si eso es cierto, es imposible reprochárselo. ¡Y me asombra que no te estrangulara en la cuna, maldita furcia!»

La cara de Robert Orlik, abogado experto y por ello zorro viejo, no dejó traslucir nada de este pensamiento tan ajustado al lenguaje de su cliente. Sumó ese enésimo comentario a los elementos que componían el cuadro general de su vida y particularmente de su relación con el ámbito jurídico. La gestión del patrimonio del testamento del difunto y de las actividades de Chandelle Stuart representaba un considerable número de horas facturadas que tenían un peso importante en las cifras del balance anual de McIvory, Orlik & Partners. Ahora que la parte correspondiente a la señorita sentada frente a ellos se encontraba de golpe a cero, la disponibilidad de los abogados y su capacidad de aguante habían sufrido una auténtica caída en picado.

– Si dejar a una hija quinientos millones de dólares significa odiarla, me habría gustado que mi padre hubiera albergado por mí esos sentimientos.

Se agachó y cogió del maletín una carpeta bastante voluminosa. La apoyó con delicadeza sobre la superficie de cristal, como si el peso de lo que contenía pudiera romperlo.

– Es todo culpa de ustedes. Deberían haberme aconsejado.

– Lo hicimos, pero debo recordarle que usted nunca ha querido hacernos caso. Su actividad como productora cinematográfica y teatral…

Tras su acceso de cólera, la negra realidad con que se enfrentaba Chandelle Stuart solo quedaba matizada por la habitual palidez de su rostro. Su piel parecía la de una vieja. Aun así mostró un último destello de altanería, un intento casi patético de desdén.

– He estudiado dirección teatral. Entiendo de cine. ¿Qué tiene de malo producir una película?

– No tiene nada de malo invertir dinero en la producción de una película. Solo hay una cosa que hay que tener presente. Si los filmes aportan un margen razonable de beneficios, esa actividad se convierte en un trabajo. Si no ocurre así, solo es un pasatiempo muy caro. En su caso, demasiado, diría yo.

– ¿Cómo se atreve a hablar de arte? ¿Qué entiende usted de eso?

– Muy poco, lo admito. Pero las cifras son mi oficio, y de eso sí que entiendo.

Cogió de la mesa la carpeta, la apoyó sobre las rodillas y comenzó a hojearla. Cuando encontró la página que buscaba sacó del bolsillo de la chaqueta unas gafas con montura de oro y se las colocó sobre la nariz.

Era el resumen de cuentas.

– Aquí está. Por ejemplo, ibis redibis, cojamos la novela de ese tal Levine. Usted pagó cuatro millones de dólares solo para arrebatarle los derechos a la Universal, que por otra parte ni siquiera estaba muy interesada en adquirirlos. Una maniobra del agente del autor, que hizo que pagara una fortuna por algo que habría podido conseguir por doscientos mil dólares. Si recuerda bien, nosotros le aconsejamos sentarse y esperar. En cambio, si me permite, usted se lanzó a por ello sin pensarlo dos veces.

– Era una novela fantástica. No podía dejarla escapar.

– Y no se le escapó. Solo que con esa cifra podría haber comprado la producción entera de Scott Levine. Y después está la película que hizo. ¿Quiere que hablemos de ella?

– Era muy buena. El estreno en Los Ángeles fue glorioso.

– Pero la taquilla fue un desastre. Perdió ciento cincuenta millones de dólares para rodar un filme que dio apenas dieciocho, si no me equivoco. ¿Quiere que también hablemos de Clowns, el musical que iba a ser el nuevo Cats? Una producción de decenas de millones que nunca llegó a representarse. Escrito y dirigido por usted, con música de un pianista de club nocturno al que conoció en un crucero.

– ¡Ese hombre era un genio!

El abogado hizo un gesto que excluía a su cliente del mundo de la realidad.

– Si eso es cierto, solo usted lo ha comprendido. El resto del mundo se obstina en hacerle tocar en un barco.

Orlik cerró la carpeta y volvió a dejarla sobre la mesa.

– Creo que es inútil continuar. Hay más casos como estos. Demasiados, y demasiado determinantes. Está todo aquí, documentado, en negro sobre blanco, a disposición de cualquier otro experto legal que usted desee consultar.

Chandelle tuvo un momento de vacilación, un instante en que casi se asemejó a un ser humano. Dejó caer los hombros y pareció derrotada, humillada, sobre todo consciente de las consecuencias de su elección.

– ¿Cuánto me queda?

McIvory volvió a coger las riendas de la conversación.

– Debemos pagar los impuestos atrasados y saldar las últimas deudas con los bancos. Si se venden todas las obras de arte que hay aquí dentro, creo que quizá pueda quedarle este piso y… digamos… doscientos mil dólares. Sin embargo, creo también poder afirmar que ya no puede usted permitirse vivir en esta casa.

Los nervios de Chandelle Stuart saltaron definitivamente. Su voz salió estrangulada y tenía la cara morada de intentar gritar lo más fuerte posible.

– Esta es mi casa. Este es el Stuart Building, el edificio de mi familia. No puedo irme de aquí. No me iré nunca, ¿entiende? ¡Nunca!

Por un instante, McIvory temió que se le rompieran las cuerdas vocales. Su grito histérico era tan agudo que casi llegaba al ultrasonido. El abogado levantó un brazo y consultó la hora en su elegante Rolex Stelline, para no tener que ver la mirada de esos ojos inyectados en sangre.

– Pero nosotros sí. Debemos marcharnos. Creo que le conviene quedarse un rato a solas para reflexionar sobre lo que le hemos dicho. Buenas noches, señorita Stuart.

Los dos abogados se pusieron de pie. Ahora que por fin se había cumplido el deseo de ambos profesionales, alimentado durante años, de propinar un par de buenos bofetones morales a esa mujer presumida y altanera, tenía un sabor amargo. No se sentían responsables del desastre financiero de su cliente, que a pesar de sus consejos había sido un ejemplo de obstinada autodestrucción. Estaban desconcertados por el absoluto vacío con el que se habían encontrado por enésima vez, incluso ahora que le habían arrojado a la cara que su vida, tal como la había vivido, había terminado para siempre.

Jason McIvory y Robert Orlik dieron media vuelta y se dirigieron hacia el ascensor, que llegaba directamente a la sala. Al ver que se marchaban, Chandelle se sintió perdida. La ira se convirtió en miedo, en una sensación viscosa y helada en el estómago. Por primera vez en su vida sintió que ya no dominaba el mundo, sino que esa sombra oscura que notaba encima y por dentro era la del mundo que se cernía sobre ella.

Dio unos pasos frenéticos y se interpuso entre los dos abogados y el ascensor. Aferró a Orlik por un brazo. Jamás habrían imaginado que oirían una voz implorante salir de la boca de aquella mujer.

– Esperen. Quizá podamos hablar. Mañana iré a su despacho y conseguiremos ponerlo todo en orden. Si vendemos la casa de Aspen y tal vez el rancho y todos los terrenos…

Pese a la habitual indiferencia producto de años de profesión, Robert Orlik tuvo por un segundo la tentación de mostrar algo de compasión por aquella niña rica y mimada, que se había encontrado al nacer en el paraíso terrenal y por estupidez lo había destruido con sus propias manos.

– Señorita, usted ya no tiene una casa en Aspen ni mucho menos un rancho y terrenos. Se vendieron, por orden suya, para financiar alguna película o cualquier otra empresa irrealizable. No sé cómo decírselo, Chandelle, pero usted ya no tiene nada.

Volvió la furia; fue otra tempestad tras un breve instante de calma.

– Es todo culpa de ustedes, malditos ladrones hijoputas. Me las pagarán, mamones de mierda. Ustedes y su bufete de maricones inútiles. ¿Han entendido lo que acabo de decirles? Haré que los expulsen del Colegio de Abogados. Haré que acaben en la cárcel.

La nueva explosión de ira hizo que se derrumbara la frágil pared de compasión de los dos abogados. Cualquier sentimiento que Chandelle Stuart pudiera despertar fue abatido por el feroz soplido del lobo.

La puerta del ascensor se abrió al fin ante ellos. Mientras Orlik entraba, McIvory se detuvo un instante en el umbral y se volvió hacia la mujer que lo miraba con la cara desfigurada por la ira y la impotencia.

– Hay algo que deseo decirle desde hace años. Usted ya no es una jovencita, así que permítame que me exprese por un momento en su lenguaje habitual.

Su sonrisa era cortés y profesional. El tono de voz, casi inaudible, como corresponde a una cautelosa, gratificante y anhelada venganza.

– Váyase a tomar por culo, señorita Stuart. Y para serle sincero, ni siquiera es un buen culo.

Chandelle Stuart se quedó por un instante sin aliento. Su boca dibujó una O perfecta en el estupor de su rostro. Sus ojos parecían salirse de las órbitas mientras buscaba las palabras que no lograba encontrar.

Desde el ascensor, lo último que vieron Jason McIvory y Robert Orlik, antes de que se cerrara la puerta, fue la figura de una mujer parecida a una arpía que se precipitaba hacia el gran piano de cola que había a sus espaldas, buscando desesperadamente algo que arrojarles.

Cuando se puso en marcha, guardaron silencio pero ambos se preguntaban cuánto debía de valer el jarrón chino que Chandelle Stuart sostenía en la mano y que acababan de oír cómo se estrellaba contra las puertas del ascensor.

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