Jofre y yo llegamos a Roma el día 20 de mayo de 1496, con el repicar de las campanas de la iglesia a las diez de la mañana de un brillante día de sol. Para entretenimiento de las multitudes de nobles y plebeyos, haríamos nuestra entrada en un desfile; nos recibiría Lucrecia Borgia, la segunda descendiente del Papa y su única hija, que nos llevaría al Vaticano.
Alejandro VI había hecho algo que ningún otro Papa antes que él se había atrevido a hacer: había reconocido a sus hijos, en lugar de referirse a ellos como «sobrinas» o «sobrinos»; se decía que los amaba muchísimo, y debía de ser verdad, porque los había llevado a todos a vivir con él en el palacio papal después de su elección.
Incluso antes de mi matrimonio con Jofre, había oído hablar de Lucrecia: se decía que era de una belleza excepcional.
– ¿Cómo es tu hermana? -le pregunté a Jofre, en nuestro viaje al norte.
– Dulce -dijo tras un momento de reflexión-. Modesta y muy encantadora. Te gustará.
– ¿Es hermosa?
Titubeó.
– Ella es… bonita. Por supuesto, no tan bonita como tú.
– ¿Y tus hermanos?
– ¿César? -Una sombra pasó por el semblante de mi esposo a la mención del hermano con quien quizá me hubiesen casado-. Es muy apuesto.
– Me refiero a su personalidad.
– Ah. Es ambicioso. Muy inteligente. -De nuevo, detecté cierto desagrado, pero Jofre era rápido en evitar la verdad cuando se trataba de asuntos desagradables. Incluso así, cuando insistí en preguntar por su hermano, Juan, él hizo un gesto agrio y dijo-: No tienes que preocuparte por él. Vive en España con su esposa.
La belleza tiene un precio. Por contenta que estuviese de que el destino me hubiese dado unas bellas facciones, también sabía muy bien los celos que provocaba en otras mujeres. Por lo tanto, me preocupé de intentar no destacar sobre mi cuñada: vestiría el sencillo traje negro de una noble casada, con las grandes mangas que eran moda en el sur; mi caballo estaría enjaezado en negro, y cabalgaría a una respetuosa distancia detrás de mi marido.
Jofre, en cambio, estaba ansioso por impresionar a Roma y a su familia con las glorias del principado. Insistió en que me acompañase mi corte de veinte mujeres, y un gran séquito que incluso incluía a los bufones vestidos con los más brillantes tonos de amarillo, rojo y púrpura.
Entramos en la ciudad por el sur. Nunca antes había pisado Roma; me quedé asombrada cuando atravesamos las viejas puertas de la ciudad y miré las ondulantes colinas. «Allí», me gritó Jofre desde su corcel, y señaló a su derecha mientras cruzábamos la vía del Circo Máximo; allí se alzaba el Arco de Constantino, el antiguo modelo del arco triunfal de mi propio bisabuelo. Más adelante al este aparecía el gran Coliseo, la elipse de piedra con gradas donde tantos cristianos habían encontrado la muerte, y el Panteón, el templo a todos los dioses, con innumerables columnas blancas y una enorme cúpula, la mayor de toda Roma; era una ironía que fuese mucho más grande que cualquier iglesia cristiana.
Las únicas ciudades que conocía contaban con uno o dos palacios reales, varios palacios más pequeños, unas pocas iglesias y numerosos edificios encalados que se apiñaban en las laderas y las costas, en callejuelas estrechas. Roma poseía una grandeza y un alcance más allá de lo esperado. Sobre una tierra que se perdía en el horizonte, los edificios poseían un tamaño, una elegancia, unos ornamentos que me dejaban pasmada. Las calles eran anchas, llenas de carruajes de los ricos; los palacios de los cardenales y las familias nobles eran inmensos, con el clásico diseño rectangular, cubiertos con estatuas de mármol y bajorrelieves con escenas de la mitología pagana. Cualquiera de ellos superaba al triste Castel Nuovo de Nápoles con su extraña forma irregular.
Solo el ancho Tíber resultó una desilusión. Cuando llegamos al puente de Sant'Angelo, junto a la gran fortaleza del castillo de Sant'Angelo, coronado con una estatua del arcángel Miguel, vi por primera vez el famoso río de Roma. Sus apestosas aguas estaban llenas de desechos flotantes y abarrotadas con barcazas. Pero muy pronto me distrajo la visión que aparecía delante de mí: la inmensa plaza de San Pedro adoquinada, y más allá, el gran santuario, de más de mil años, donde descansaban los restos del primer pontífice. A su lado, por la parte norte, se alzaba el Vaticano.
En el momento en que llegábamos a la gran plaza, nos recibieron los cardenales vestidos de rojo a caballo y la guardia papal a pie; el embajador español se acercó a Jofre y lo saludó. Mientras nuestra procesión entraba en la plaza, la vi a ella a lo lejos; de inmediato supe quién era: Lucrecia.
Ella se acercó en un caballo blanco, mientras todos los demás miembros de su larga comitiva montaban en caballos negros o alazanes. Sus asistentes vestían con brocado rojo y oro, y ella llevaba una túnica de resplandeciente satén blanco y un corsé de brocado de oro recamado con perlas. En la cabeza una redecilla de oro salpicada con diamantes, y alrededor de la garganta un collar hecho con un gran rubí rodeado por más diamantes.
Cabalgó hasta su hermano. Los tres -Jofre, Lucrecia y yo- desmontamos, y ella le dedicó una sonrisa y le dio un beso de bienvenida. Luego se volvió hacia mí.
Según me había contado Jofre la habían escogido para recibirnos porque ocupaba un lugar especial en los corazones del pueblo de Roma. Para ellos, era como la Virgen María: gentil y pura, imbuida con un amor especial por sus súbditos. Incluso su nombre simbolizaba castidad y honor: había sido bautizada con el nombre de aquella Lucrecia de la antigua Roma que, después de haber sido violada por los enemigos de su esposo, escogió el suicidio para no tener que vivir con la vergüenza como única compañera.
Detrás de los pálidos labios curvados hacia arriba, detrás de la gentileza que desprendía la mirada de Lucrecia, vi en el acto celos ocultos, y una poderosa inteligencia. De inmediato creí todas las historias que había oído acerca de la astucia y la malicia del papa Alejandro, porque allí estaban, reflejadas en su hija.
Su físico desmentía su reputación: no era ninguna belleza; aunque su porte mostraba tal orgullo y confianza que la hacía parecer atractiva desde la distancia. El rostro era vulgar como el de Jofre, con la barbilla débil y una gran papada; los ojos grandes y de un tono gris desvaído. El pelo, como el de su hermano menor, era de un dorado cobrizo claro, y para la ocasión lo llevaba peinado con mucho esmero en rizos que caían sueltos sobre sus hombros y por su espalda, al estilo de las mujeres solteras.
Bien podría haberlo sido. Jofre había compartido conmigo los cotilleos familiares: el marido de Lucrecia, el conde Giovanni Sforza de Milán, había aprovechado todas las oportunidades posibles desde el matrimonio para eludir a su esposa. En ese momento, estaba atrincherado en su finca de Pesaro, y se negaba a contestar todas las llamadas del Papa para que regresara junto a su esposa, para gran vergüenza de Lucrecia. Eso me asombró; y cuando le pregunté a Jofre: «¿Por qué no quiere vivir con ella?», mi esposo -por lo general muy ingenuo y directo en otros asuntos- solo respondió: «Tiene miedo».
Yo supuse que era miedo a la ira del papa Alejandro. Milán, ciudad del ducado Sforza, había llegado a un acuerdo con los franceses para protegerse: los gobernantes de la región no eran amigos de Nápoles. El miedo de Sforza sin duda respondía a un justo castigo político.
Sin embargo, cuando lo pensé mejor, recordé que Sforza había abandonado a Lucrecia mucho antes de que el rey Carlos hubiese soñado con poner pie en Italia. Por lo tanto, ¿acaso despreciaba a su esposa?
Aquella mañana en la plaza, la expresión de Lucrecia, cauta, agradable y apropiada para la ocasión, no ofrecía ninguna pista.
– Hermana -dijo, lo bastante alto para que la escuchase la multitud, pero con la suavidad suficiente para ser considerada discreta-, bienvenida a tu casa.
Nos abrazamos con toda solemnidad, nos besamos en las mejillas la una a la otra, y me cogió de los brazos de una manera que me mantenía firme en mi lugar, e impedía que me acercase demasiado a ella. En el mismo instante en que se apartó, capté un destello del más intenso odio.
Lucrecia, la querida señora de Roma, nos llevó a través de la plaza y al interior del Vaticano hasta la magnífica sala donde el papa Alejandro estaba sentado en su trono dorado, con los más poderosos cardenales de Italia a su alrededor. El parecido de Lucrecia con él era notable: tenía la barbilla débil, la piel floja formaba pliegues por debajo (porque había entrado en la sexta década de su vida), y los ojos eran de la misma forma y tamaño, pero de color castaño. La nariz era más prominente, y el pelo gris, estaba afeitado en la tonsura del monje; la zona calva de su cabeza estaba cubierta con un capelo blanco, y una gran cruz de oro, resplandeciente con diamantes, colgaba alrededor de su cuello y descansaba justo por encima de la barriga; en el dedo llevaba el anillo de rubí de Pedro. Proyectaba una aureola de poder físico, porque su pecho y sus hombros eran anchos y musculosos, el rostro brillante de vida.
Cuando entramos, gritó como un novio enamorado:
– ¡Jofre, hijo mío! ¡Sancha, hija mía! ¡Así que es verdad, eres tan bella como las cartas de Jofre afirmaban! ¡Eres mucho más hermosa de lo que las pobres palabras pueden transmitir! ¡Mirad! -Le hizo un gesto a la asamblea-. ¡Sus ojos son verdes como las esmeraldas!
No vacilé. Estaba acostumbrada a los jefes de Estado, no me acobardaba el protocolo. Me adelanté sin esperar a mi marido y subí la escalera hasta el trono, donde me arrodillé y besé el pie del pontífice calzado con una zapatilla de satén, como exigía el ritual. Algunos segundos más tarde, advertí que Jofre se arrodillaba a mi lado.
Alejandro se mostró complacido por mi abierta muestra de reverencia, mi falta de timidez. Apoyó una mano grande y fresca sobre mi cabeza para bendecirme, y luego señaló un cojín de terciopelo rojo colocado en el escalón de mármol a la izquierda de su trono.