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La traducción que hicieron sir Walter y Quentin de los signos que habían encontrado en el sarcófago de Robert Bruce se reveló mucho más complicada de lo esperado. No era solo que cada uno de los signos tuviera varios significados, sino que también su sucesión era totalmente confusa, de modo que ambos pasaron toda una tarde disponiendo las runas en distinto orden sin que llegara a desvelarse su significado. En más de una ocasión sir Walter deseó que su antiguo amigo y mentor Gainswick estuviera con ellos para ayudarles a descifrar el enigma.

Dentro de dos días, Gainswick sería enterrado en el viejo cementerio de Edimburgo, al lado de los artistas y eruditos que había admirado durante toda su vida. Sir Walter sabía que el profesor se habría alegrado de ello, pero aquello no podía consolarle. El vacío que la muerte de Gainswick había dejado era doloroso e imposible de llenar, y sus asesinos aún seguían libres. Aunque los agentes hacían todo lo posible por localizarlos, la confianza que sir Walter tenía en los guardianes de la ley había disminuido mucho en las últimas semanas.

¿No había asegurado el inspector Dellard que en Edimburgo estarían seguros? ¿Que los sectarios no se atrevían a actuar en las grandes ciudades? Una vez más se había equivocado, y en sir Walter había madurado la idea de que debería solucionar él solo el enigma. Había demasiado en juego, y aparte de él, nadie parecía querer ver las relaciones. Cuanto más descubrían Quentin y él mismo, más compleja se hacía la red de intrigas, superstición, engaño y crimen. Pero sir Walter tenía también la sensación de que les faltaba poco para desvelar el secreto.

– Empecemos de nuevo -propuso, mientras miraba pensativamente las hojas cubiertas de signos rúnicos que se encontraban extendidas ante él sobre la mesa-. Conocemos este signo con certeza: es la runa de la espada, que domina a los restantes signos. La runa que encontramos en la cara frontal del sarcófago significa «comunidad» o «hermandad», y con ella podría hacerse referencia a la secta.

– También de esos dos podemos estar seguros hasta cierto punto -dijo Quentin, señalando otros dos símbolos-. Este es el signo para «piedra». El otro designa la palabra gaélica cairn, lo que significa igualmente «roca» o «piedra».

– O una agrupación de piedras -observó sir Walter.

– ¡Tío! -exclamó Quentin de repente-. ¿No has dicho que aquella runa de allí significa «perfección» y «acabamiento»?

– ¿Adónde quieres ir a parar?

– Bien -murmuró Quentin entusiasmado-, quiero decir que en muchas antiguas culturas la forma geométrica del círculo se considera la encarnación de la perfección más elevada.

– ¿Y?

– Posiblemente -prosiguió Quentin triunfalmente- esta runa deba leerse junto con las otras dos y no designe sino el círculo de piedras sobre el que leímos en la biblioteca.

Sir Walter miró a su sobrino con tanta fijeza que la euforia de Quentin se desvaneció de golpe.

– Es solo una teoría, tío -añadió prudentemente, y se encogió de hombros-. Seguro que he pasado por alto algo que tú ya has visto hace tiempo.

– En absoluto -le contradijo sir Walter-, y no deberías malinterpretar mi mirada, muchacho. Realmente me admira tu agudeza.

– ¿De verdad?

– Desde luego. Tienes toda la razón; es la única combinación que tiene sentido: la Hermandad de la Runas en el círculo de piedras.

– Falta saber qué significan los otros ochos signos.

– Este de aquí representa un acontecimiento -resumió sir Walter-, y aquel de allí, un mal o una amenaza, como hemos descubierto.

– Tal vez también deban relacionarse estos signos -reflexionó Quentin-. Tal vez se refieran a un acontecimiento funesto. A una situación amenazadora.

– Veo, muchacho, que te muestras algo más hábil que yo descifrando este antiguo enigma. Sigue adelante, pues. Puedo sentir que estamos muy cerca de desvelar el secreto.

– Podría ser cualquier cosa -opinó Quentin-. Tal vez una advertencia. O posiblemente, también, alguna clase de maldición que pesara sobre la tumba del rey.

Sir Walter suspiró.

– ¿Cuántas veces tendré que decírtelo, muchacho? Por más que esta hermandad esté rodeada de enigmas, tenemos que habérnoslas con hombres de carne y hueso. Ni hubo, en ningún momento, magos capaces de realizar hechizos ni existió nunca un gobernante que fuera derribado por una maldición. La historia la construyen los hombres, Quentin. Simples mortales como tú y como yo.

– Más bien como tú -replicó Quentin tímidamente-. Estoy seguro de que a mí nunca me levantarán un monumento. Pero a ti sí.

– Ay, muchacho. -Sir Walter sacudió la cabeza-. Ya vuelves a fantasear. Si un día me faltaran las ideas en mi trabajo, me dirigiría a ti con la seguridad de que…

Mientras sir Walter hablaba, la mirada de Quentin se había posado en el secreter, donde se encontraba el correo por responder. Bruscamente su rostro se iluminó.

– Creo que tengo la solución -dijo interrumpiendo a su tío.

– ¿Qué quieres decir?

– ¿Ves esto? -preguntó Quentin, y cogió una de las cartas que había descubierto en el secreter para blandirla luego triunfalmente en el aire-. ¡Creo que esta es la solución!

– ¿La solución? Esta es la invitación para el funeral del profesor Gainswick. Me han pedido que pronuncie unas palabras de recuerdo en la ceremonia.

– ¿No es extraordinario? -La pálida cara de Quentin estaba radiante-. Al final el profesor nos ha ayudado de todos modos a descifrar los signos.

– ¿Seguro que te encuentras bien, muchacho? -Sir Walter dirigió a su sobrino una mirada escéptica-. Posiblemente las tensiones de los últimos días han sido demasiado para ti.

– No te preocupes, tío, me encuentro bien. Y tú también te encontrarás mejor enseguida, porque acabo de descubrir qué nos dicen los signos del sarcófago.

– ¿Ah sí?

– Es una invitación -manifestó Quentin, orgulloso.

– ¿Una invitación? ¿Cómo debo entender eso?

– La idea se me ha ocurrido al ver esta carta. De pronto supe cuál era la solución. Es muy sencillo. Todas las invitaciones incluyen los mismos datos, ¿no es cierto?

– Normalmente sí -asintió sir Walter-. Mencionan el nombre del anfitrión, la ocasión, el lugar y el momento.

– Así es -confirmó Quentin-. Eso es, justamente, lo que hemos encontrado en el sarcófago: la ocasión es el peligro que amenaza; el lugar, el círculo de piedras; el anfitrión, la hermandad secreta. Solo falta el momento.

– ¡Dios Todopoderoso! -Sir Walter estaba atónito-. ¡Tienes razón, muchacho! Podría tratarse de un mensaje cifrado que se ha conservado durante siglos. Déjame ver…, hemos descubierto que estos signos de aquí significan «sol» y «luna», ¿no es cierto?

– Exacto -confirmó Quentin, con la cara roja de emoción. Ya no quedaba nada del joven temeroso que habría preferido mantenerse apartado de aquel caso. Quentin ardía en deseos de resolver el enigma, y ahora también él tenía la impresión de que se encontraban a un paso de la revelación.

– Es sabido que los antiguos druidas calculaban el tiempo orientándose por las constelaciones -reflexionó sir Walter-. El sol y la luna determinaban el calendario; todo se subordinaba a ellos. Pero ¿qué significan los restantes signos? No pueden ser años, porque los celtas no conocían un calendario como el nuestro.

– Tampoco lo necesitaban, porque se orientaban por fenómenos astronómicos -replicó Quentin-. Recuerda cómo estaban distribuidos los signos en el sarcófago, tío. El símbolo de la luna estaba situado por debajo del signo del sol. De modo que podría referirse a un eclipse lunar.

– ¿Un eclipse lunar?

Sir Walter miró sorprendido a su sobrino, y de pronto pareció recordar algo. Cogió el periódico que se encontraba sobre la mesita junto al sillón de orejas y empezó a pasar las páginas. Cuando por fin encontró lo que buscaba, una sonrisa satisfecha se dibujó en su rostro, y tendió el periódico a Quentin.

– Mira esto -pidió a su sobrino, y con unos ojos que se hacían cada vez más grandes a medida que leía, Quentin recorrió con la mirada las líneas del artículo.

– «La Sociedad Astronómica de la Universidad de Edimburgo comunica que el viernes trece de este mes se producirá un eclipse total de luna» -leyó en voz baja.

– Es decir, dentro de cinco días -observó sir Walter.

– ¿Puede ser una casualidad? -preguntó Quentin, asombrado.

– Posiblemente. O una coincidencia extremadamente afortunada. Los druidas de los tiempos sombríos atribuían una particular significación a los eclipses solares y lunares, y sus declarados seguidores parecen hacer lo mismo. Para nosotros esto significa que sabemos cuándo y dónde podemos atrapar a los sectarios: concretamente dentro de cinco días en el círculo de piedras.

– Increíble -dijo Quentin-. Pero ¿en qué círculo de piedras? ¿Y qué ocurrirá exactamente dentro de cinco días?

– Supongo que los signos que quedan podrían decírnoslo. Por desgracia, solo sabemos el significado de este: corresponde a «retorno» o «renacimiento». Los restantes símbolos no se encuentran en nuestro libro de consulta. Deben formar parte de los signos prohibidos, cuyo significado solo era conocido por unos pocos iniciados.

– Y por los sectarios -añadió Quentin.

– Exacto.

– La cuestión es saber qué se proponen. ¿Cómo está conectado todo esto? La runa de la espada, la hermandad, el círculo de piedras, la tumba de Bruce…

– No lo sé, muchacho, pero ya no nos queda mucho tiempo para descubrirlo. En otra época, en las noches de eclipse de luna se celebraban conjuros paganos y se ofrecían sacrificios humanos. No quiero que nadie más pague con su vida la locura de esta gente. Además…

Sir Walter se interrumpió y miró al suelo. Quentin pudo ver cómo apretaba las mandíbulas.

– Temes que ocurra algo aún peor, ¿no? -preguntó prudentemente-. Piensas en la visita del rey a Edimburgo.

Sir Walter asintió.

– La visita de su majestad está planeada para la próxima semana, solo pocos días después del eclipse lunar, y esto, mi querido muchacho, no puede ser una casualidad. Creo que el inspector Dellard tenía razón en sus sospechas. Los sectarios se proponen reunirse esa noche, y posiblemente planeen un atentado contra la vida del rey.

– ¿Tú crees? -Quentin estaba tan turbado que la voz se le ahogó en la garganta y solo pudo emitir un graznido ronco-. Tal vez esa sea la amenaza de la que se habla en la inscripción…

– Olvidas la lógica, sobrino. ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? ¿Cómo puede una vieja inscripción, que tiene quinientos años de antigüedad, referirse a algo que sucederá en un lejano futuro? Naturalmente esto es imposible. Los sectarios han descubierto la inscripción y la han interpretado a su manera, eso es todo. Pero ahora que empezamos a vislumbrar cuáles son sus planes, tenemos la oportunidad de evitar que se cumplan.

– ¿Qué quieres hacer, tío? ¿Informar a Londres?

– Aún no, muchacho. La visita del rey a Escocia es, en estos tiempos inciertos, más importante que nunca. Si los escoceses y los ingleses tienen que convertirse en un pueblo algún día, el rey ha de realizar este viaje. De modo que de momento nos guardaremos lo que sabemos para nosotros.

– ¿No tiene la seguridad del rey prioridad sobre las consideraciones patrióticas?

– Naturalmente, muchacho, y puedes creerme si te digo que no tengo intención de poner en peligro la seguridad del rey Jorge en ningún momento. Si no consiguiéramos poner fin a las fechorías de los sectarios, informaría inmediatamente a Londres para que se anule la visita.

– No todos son tus amigos en la corte, tío. Habrá voces que dirán que has puesto los intereses de Escocia por encima de tu fidelidad a Inglaterra.

– Quien me conoce sabe que esto no es cierto. Pero naturalmente asumiré toda la responsabilidad por mi conducta, con todas las consecuencias que esto pueda acarrear para mí. Con todo lo que hemos descubierto, ya no hay vuelta atrás.

– Pero ¿no deberíamos informar al menos a los agentes?

– El riesgo sería demasiado grande. Si los sectarios se dan cuenta de que les siguen la pista, se esfumarán de nuevo. A nosotros, en cambio, se nos ofrece ahora la oportunidad de destapar la conspiración y atraparlos. Pero solo podremos hacerlo si actuamos con inteligencia y discreción.

Quentin miró a su tío, admirado.

Desde hacía semanas sir Walter apenas había dormido, cargaba con un peso bajo el cual muchos ya se habrían derrumbado hacía tiempo, y sin embargo, parecía tan animoso y decidido que su sobrino no pudo dejar de admirarle. Quentin solo esperaba que un poco de su energía se le hubiera transmitido también a él.

– Dentro de cinco días, los sectarios se encontrarán en un antiguo círculo de piedras -resumió sir Walter-. Para entonces tenemos que haber descubierto de qué círculo se trata y haber localizado el escondrijo de los sectarios. Al alba iniciaremos la búsqueda. El tiempo apremia…

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