II

—¿Qué le pasa, miss Hopkins? ¿Ha perdido algo? —preguntó la enferma O'Brien.

La enfermera Hopkins, con el rostro enrojecido, hurgaba nerviosamente en el interior de la cartera de cuero que había dejado en el vestíbulo la noche anterior.

Gruñó, malhumorada:

—Es extraño. No me explico cómo puede haberme sucedido esto.

—¿Qué es?

La Hopkins respondió, bastante ininteligiblemente:

—¿No le he hablado de Elisa Rykin, la enferma de sarcoma? Tengo que inyectarle morfina dos veces al día, mañana y tarde. Ayer tarde le puse una inyección y juraría que traía una ampolla.

—Mire otra vez. ¡Son tan pequeñas!

La enfermera Hopkins volvió a inspeccionar el contenido de la cartera.

—No está. Tal vez la dejé en mi botiquín. No volveré a confiar en mi memoria después de esto. Tenía la seguridad completa de que la llevaba preparada.

—¿Dejó la cartera en algún sitio antes de venir hoy?

—No. La dejé aquí, en el vestíbulo, y no creo que nadie se haya atrevido a tocar nada. Pero es lamentable que haya perdido la memoria hasta este punto. Además, tendré que regresar a casa y luego ir hasta el otro extremo del pueblo.

—Le deseo que no pase un día azaroso después de esta noche terrible. Pobre señora. Ya sabía yo que no viviría mucho.

—Y yo también. Pero me atrevo a decir que el doctor tendrá una sorpresa desagradable cuando se entere.

—Sí. Estaba muy esperanzado.

La enfermera Hopkins, mientras se disponía a partir, dijo:

—¡Ah, él es joven..., carece de experiencia todavía!...

Y con esta sentencia poco favorable para el doctor, se marchó.



Загрузка...