Capítulo 2

El río fluía velozmente por el paisaje, dividiendo la helada ciudad en dos témpanos grises y temblorosos. Era abril y hacía frío. Justo al llegar al centro de la urbe, más o menos a la altura del Hospital Provincial, el río empezaba a rugir y a quejarse, como si el ajetreo del tráfico y el ruido de las fábricas de las orillas le produjera estrés. Serpenteaba y se retorcía en corrientes cada vez más fuertes cuanto más se adentraba en la ciudad. Pasaba por el viejo teatro y la Casa del Pueblo, discurría a lo largo de las vías del tren y la plaza, llegaba a la vieja Bolsa, convertida en un restaurante McDonald's, luego pasaba por la fábrica de cerveza, la más antigua del país, que era de un hermoso color gris pastel, los almacenes Cash & Carry, el puente de la autovía, una gran zona industrial con varias tiendas de automóviles, hasta llegar por fin a la vieja taberna junto a la carretera. En ese punto, el río respiraba por última vez antes de lanzarse al mar.

Era por la tarde, el sol se estaba poniendo, y en pocos instantes la fábrica de cerveza dejaría de ser un coloso aburrido para transformarse en un castillo de hadas con miles de luces reflejándose en el río. Esa ciudad no se volvía hermosa hasta el anochecer.

Eva seguía con la vista a la niña, que iba corriendo por la orilla. Las separaban unos diez metros; ella se cuidaba de no aumentar la distancia. El día era gris y había poca gente por los senderos; un golpe de viento frío y húmedo se elevó del turbulento río. Eva miraba si había gente con perros, y cuando descubría alguno suelto, no respiraba tranquila hasta haberse alejado de él. En ese momento no veía ninguno. La falda revoloteaba sobre sus piernas y el viento le traspasaba el jersey, por lo que caminaba con los brazos alrededor del cuerpo. Emma andaba a paso ligero delante de ella, sin mucha gracia. Pesaba demasiado. Una niña regordeta, con la boca grande y el rostro anguloso. Era pelirroja, los cabellos iban golpeándole la nuca, y la humedad del aire hacía que parecieran sucios. No era en absoluto una niña guapa o agraciada, pero ella lo ignoraba, y por eso caminaba despreocupada, dando torpes saltitos, con esas ganas de vivir que sólo se aprecian en los niños. Faltan cuatro meses para que empiece el colegio, pensó Eva. Algún día, la niña se vería reflejada en los rostros críticos del patio, vería por primera vez su fealdad. Pero si era fuerte, si se parecía a su padre, ese hombre que había encontrado a otra mujer, había hecho el equipaje y se había marchado, entonces nunca repararía en ello. En eso iba pensando Eva Magnus. En eso, y en la gabardina que estaba colgada en un perchero, a la entrada de su casa.

Eva conocía cada punto del sendero, lo habían recorrido innumerables veces. Emma siempre estaba dispuesta, no quería renunciar a la vieja costumbre de pasear por la orilla del río. Eva podía muy bien prescindir de ello. De vez en cuando, la niña desaparecía hacia el borde del agua, porque descubría algo que tenía que investigar más de cerca. Eva la observaba con ojos de gavilán. Si Emma se caía al río, no habría nadie más que ella para salvarla. El río era muy caudaloso, el agua estaba helada y la niña pesaba mucho. Se estremeció.

En ese momento la niña encontró una piedra plana en el mismo borde del río, e hizo señas a su madre con la mano para que se acercara. Había espacio justo para que las dos pudieran sentarse.

– No podemos sentarnos aquí, la piedra está mojada. Vamos a coger una cistitis.

– ¿Eso es peligroso?

– No, pero sí molesto. Escuece, y tienes que hacer pis constantemente.

A pesar de todo, se sentaron. Seguían los remolinos con la mirada, fascinadas por ese extraño movimiento del agua.

– ¿Por qué hay corriente en el agua? -preguntó Emma.

Eva tuvo que pensárselo un instante.

– jPor Dios!, no lo sé. Tal vez tenga algo que ver con el fondo; hay tantas cosas que yo no sé… Cuando vayas al colegio te las enseñarán todas.

– Dices eso cada vez que no sabes qué contestar.

– Sí, pero es verdad. Al menos podrás preguntárselo a la señorita. Las profes saben mucho más que yo.

– No lo creo.

Un bidón de plástico vacío llegó flotando a gran velocidad.

– ¡Lo quiero! Tienes que cogérmelo.

– ¡Pero qué dices! Deja que se vaya, no es más que basura. Tengo mucho frío, Emma. ¿Nos vamos a casa?

– Dentro de un ratito.

La niña se colocó el pelo detrás de las orejas y apoyó la barbilla en las rodillas, pero sus cabellos eran rebeldes y poco colaboradores, y volvieron a caerle sobre la cara.

– ¿Es muy profundo? -dijo, señalando con la cabeza hacia el centro del río.

– No, en realidad no -dijo Eva en voz baja-; ocho o nueve metros, creo.

– ¡Pero eso es superprofundo!

– No, no lo es. El lugar más profundo del mundo está en el Pacífico -dijo pensativa-, una especie de hoyo. Tiene once mil metros de profundidad. A eso llamo yo superprofundo.

– No me gustaría bañarme allí. Tú lo sabes todo, mamá, no creo que la señorita sepa tantas cosas. Quiero una mochila rosa -añadió.

Eva se estremeció.

– Mmm… -dijo en voz alta-. Son bonitas, pero se ensucian enseguida. A mí me gustan más las de cuero marrón, ¿las has visto?, como las que llevan los mayores.

– Yo no soy mayor. Sólo voy a empezar primero.

– Sí, pero irás creciendo, y no podrás tener una mochila nueva cada año, ¿sabes?

– Pero estamos mejor de dinero ahora, ¿no?

Eva no contestó. La pregunta le hizo volver la vista atrás; era un hábito que había adquirido. Emma encontró un palo y lo metió en el agua.

– ¿Por qué se hace espuma en el agua? -continuó-. ¿Una asquerosa espuma amarilla? -Removía el agua con el palo-. ¿Quieres que lo pregunte en el colegio?

Eva seguía sin contestar. También ella había apoyado la barbilla sobre las rodillas; sus pensamientos se habían disparado de nuevo, y Emma se dibujaba confusa en el rabillo de su ojo. El río le recordaba algo. Veía un rostro vibrar dentro de las oscuras aguas. Un rostro redondo con ojos rasgados y cejas negras.

– Túmbate sobre la cama, Eva.

– ¿Qué? ¿Por qué?

– Haz lo que te digo. Túmbate sobre la cama.


– ¿Podemos ir al McDonald's? -preguntó Emma de repente.

– ¿Cómo? Pues sí, podemos. Vamos al McDonald's. Al menos allí estaremos calentitas.

Se levantó algo aturdida y cogió a la niña por un brazo. Sacudió la cabeza y miró hacia el río. El rostro había desaparecido, no se veía nada, pero ella sabía que volvería, que la perseguiría tal vez durante el resto de su vida. Subieron al camino y anduvieron lentamente en dirección a la ciudad. No se encontraron con nadie.

Eva notó cómo sus pensamientos volaban de nuevo, tomaban sus propios caminos y aterrizaban en lugares que ella prefería olvidar. El murmullo del río formaba una serie de imágenes flotantes. Esperaba que desaparecieran, que la dejaran por fin en paz. Mientras tanto, el tiempo transcurría. Un día tras otro se habían convertido en seis meses.

– ¿Puedo pedir una hamburguesa con regalo? Vale treinta y siete coronas, y me falta Aladino.

– De acuerdo.

– ¿Qué tomarás tú, mamá? ¿Pollo?

– Aún no lo sé.

Volvió a mirar las negras aguas; tan sólo pensar en la comida le producía náuseas. No le gustaba demasiado comer. Veía cómo la superficie subía y bajaba, formando una espuma amarilla grisácea.

– Ya estamos mejor de dinero, mamá, podemos comer lo que queramos, ¿verdad?

Eva calló. De repente se detuvo y cerró los ojos apretándolos. Algo grisáceo surgió justo debajo de la superficie del agua. Se mecía inerte y la poderosa corriente lo empujaba hacia la orilla. Sus ojos estaban tan ocupados en mirar que se olvidaron de la niña, que también se había detenido y veía mucho mejor que su madre.

– ¡Es un hombre! -exclamó Emma dando un respingo. Se agarró al brazo de Eva, los ojos desorbitados. Durante unos instantes se quedaron como petrificadas mirando esa figura aguada y blanduzca que flotaba entre las piedras con la cabeza por delante. El hombre yacía boca abajo. Tenía poco pelo en la parte posterior de la cabeza y un trozo completamente calvo. Eva no se percató de las uñas que le estaban atravesando el jersey; miraba ese cadáver grisáceo, de pelo rubio y ralo, y no recordaba haberlo visto antes. Pero las zapatillas de deportes… esas zapatillas de rayas blancas y azules, de caña alta… le subió hasta la boca un tremendo sabor a sangre.

– Es un hombre -dijo Emma de nuevo, esta vez en voz más baja. Un grito se abrió paso hasta la garganta de Eva, pero no llegó a salir.

– Se ha ahogado. ¡Pobrecito, se ha ahogado, Emma!

– ¿Por qué está tan asqueroso? ¡Parece de gelatina!

– Porque -tartamudeó-, porque lleva mucho tiempo en el agua.

Se mordió el labio con tanta fuerza que se lo reventó. El sabor a sangre le hizo tambalearse.

– ¿Tenemos que sacarlo?

– ¡No, claro que no! Lo hará la policía.

– ¿Vas a llamarla?

Eva rodeó con su brazo los anchos hombros de la niña y siguió tambaleándose por el camino. Echó un rápido vistazo hacia atrás, como si esperara un ataque, pero ignorara de dónde vendría. Había una cabina telefónica junto a la subida al puente; tiró de la niña para que la siguiera y hurgó en los bolsillos de su falda en busca de calderilla. Encontró una moneda de cinco coronas. La imagen del hombre medio disuelto centelleaba ante sus ojos como un mal augurio, un augurio de todo lo que llegaría. Por fin se había tranquilizado, el tiempo se había posado como una capa de polvo sobre todas las cosas, haciendo palidecer la pesadilla. El corazón le latía en ese momento como un trueno bajo el jersey, completamente fuera de control. Emma estaba callada. Seguía a su madre con sus ojos grises asustados.

– Espera aquí. Voy a llamar para que vengan a recogerlo. ¡No te vayas a ningún sitio!

– Nos quedaremos hasta que lleguen, ¿verdad?

– ¡De eso nada!

Se metió rápidamente en la cabina e intentó dominar su pánico. Una avalancha de pensamientos e ideas pasó velozmente por su cabeza, pero los fue rechazando uno por uno. Tomó una rápida decisión. Tenía los dedos sudorosos; metió la moneda en la hendidura y marcó a toda prisa un número. Contestó su padre, con voz cansada y somnolienta.

– Soy yo -susurró Eva-. ¿Te he despertado?

– Sí, pero ya era hora de que me despertara. Me paso el día y la noche durmiendo. ¿Pasa algo? -gruñó-. Estás nerviosa. Noto en tu voz que estás nerviosa, te conozco.

Su voz era seca y quebrada, y sin embargo tenía una agudeza que ella siempre había admirado. Un aguijón que la clavaba a la realidad.

– No, no pasa nada. Emma y yo vamos a cenar fuera, y pasábamos por una cabina…

– ¡Dile que se ponga!

– Eh…, no, está abajo, junto al río.

Observaba cómo iba disminuyendo la cantidad que marcaba el contador, y miró por un momento a Emma, que apretaba la cara contra el cristal de la puerta. Su nariz aplastada parecía de mazapán. ¿Oiría lo que estaba diciendo?

– Apenas me quedan monedas. Iremos a verte un día de estos, si quieres.

– ¿Por qué susurras? -preguntó su padre suspicaz.

– No me daba cuenta de que estaba susurrando -dijo ella en voz algo más alta.

– Dale un beso de mi parte a mi niña. Le tengo guardada una cosa para cuando vengáis a verme.

– ¿El qué?

– Una nueva mochila. Le hará falta una mochila para el colegio en el otoño. Pensé ahorrarte ese gasto, ya que no estás atravesando un buen momento, ¿no?

– Eres muy bueno, papá, pero la niña sabe muy bien lo que quiere. ¿Se puede cambiar?

– Sí, sí, pero compré la mochila que me dijeron que comprara. Una mochila de cuero rosa.

Eva forzó la voz para que sonara normal.

– Tengo que colgar, papá, no me quedan más monedas. ¡Cuídate!

Se oyó un clic, y él desapareció. El contador se había detenido.

Emma la miró expectante.

– ¿Vendrán enseguida?

– Sí, envían un coche. Venga, vamos a cenar. Se pondrán en contacto con nosotras si nos necesitan para algo, pero no creo que lo hagan, al menos de momento, tal vez nos llamen más adelante. En realidad todo esto no tiene nada que ver con nosotras, ¿sabes?

Hablaba febrilmente, casi sin aliento.

– ¿Por qué no esperamos hasta que vengan? ¡Por favor!

Eva negó con la cabeza. Cruzó la calle con el semáforo en rojo arrastrando a la niña. Formaban una pareja de caminantes muy dispar: Eva, alta y delgada, de hombros estrechos y pelo largo y negro; Emma, gorda y ancha, patizamba, que se contoneaba al caminar. Las dos tenían frío. Toda la ciudad tenía frío, con ese viento helado que emanaba del río. Es una ciudad poco armoniosa, pensó Eva, como si nunca fuera capaz de ser totalmente feliz por estar dividida en dos. Las dos partes competían por el primer puesto. La parte norte con la iglesia, el cine y las tiendas más caras; la parte sur con el ferrocarril, los centros comerciales baratos, los pubs y la tienda estatal de licores y vinos. Esto último era importante, ya que aseguraba un constante flujo de gente y coches cruzando el puente.

– ¿Por qué se ahogó, mamá?

Emma tenía los ojos clavados en la cara de su madre, esperando una respuesta.

– No lo sé. Tal vez estaba borracho y se cayó al río.

– Quizá estaba pescando y se cayó de la barca. Debería haber llevado un salvavidas. ¿Era viejo, mamá?

– No muy mayor, tal vez como papá.

– Menos mal que papá sabe nadar -dijo la niña aliviada.

Habían llegado a la puerta verde del restaurante McDonald's. Emma la empujó con el costado. Los olores a hamburguesas y patatas fritas la arrastraban hacia dentro, su apetito no se saciaba nunca. Se había olvidado ya del hombre muerto en el río, se había olvidado de la gravedad de la vida. Sus tripas rugían, y Aladino estaba a su alcance.

– Busca una mesa -dijo Eva-, mientras yo voy a pedir.

La niña fue hacia un rincón, como hacía siempre. Se sentó bajo el almendro en flor de plástico, mientras Eva se ponía a la cola. Intentó sacudirse la imagen que se balanceaba ante su ojo interno, pero ésta insistía en abrirse camino hacia el exterior. ¿Se olvidaría Emma de lo que habían visto, o se lo contaría a todo el mundo? Tal vez tuviera pesadillas por las noches. Tendría que callarse y no volver a hablar de ello. Al final pensaría que no había sucedido.

La cola avanzó un poco. Eva miraba distante a los jóvenes que trabajaban a un ritmo vertiginoso detrás del mostrador, ataviados con viseras rojas y camisas de manga corta del mismo color. El humo de la comida se levantaba como una compacta pared, y el olor a manteca, a carne frita, a queso fundido y a toda clase de especias se abrió camino hasta su nariz. A esos jóvenes les era indiferente el ambiente cargado, correteaban como laboriosas hormigas y sonreían con optimismo ante cada nuevo pedido. Eva contemplaba los dedos rápidos y los pies ligeros que correteaban por el suelo. Su jornada de trabajo no tenía mucho que ver con la de ellos. Solía pasar la mayor parte del tiempo de pie, en medio del estudio, con los brazos cruzados contemplando hostilmente un lienzo tensado. En los días buenos miraba con agresividad y atacaba, llena de autoridad y soberbia. Rara vez vendía un cuadro.

– Un happy meal -dijo rápidamente-. Una de pollo y dos Cocacolas. ¿Podrías meter un Aladino? Es la única figura que le falta a mi hija. ¡Por favor…!

La chica se puso manos a la obra. Daba la vuelta a la carne, freía, empaquetaba y doblaba a la velocidad del rayo. Emma estiraba el cuello desde su rincón, mirando a su madre, que se acercaba con la bandeja. Las rodillas de Eva comenzaron de repente a temblar. Se dejó caer junto a la mesa y miró asombrada a la niña, que se afanaba en abrir la caja-casita de cartón, buscando el regalo. El grito de júbilo fue ensordecedor.

– ¡Mamá, me ha salido Aladino! -gritó, levantando la pequeña figura para enseñársela a la gente. Todo el mundo la miraba. Eva se tapó la cara con las manos y lloró.

– ¿Estás enferma?

Emma se había puesto muy seria y había escondido a Aladino debajo de la mesa.

– No, sí… No me encuentro muy bien. Se me pasará enseguida.

– ¿Estás triste por ese hombre muerto?

Se sobresaltó.

– Sí -dijo sencillamente-. Estoy triste por el hombre muerto. Pero ya no hablaremos más de él. ¡Nunca! ¿Me oyes, Emma? ¡A nadie! Eso nos pondría tristes.

– ¿Crees que él tiene niños?

Eva se secó la cara con las manos. Ya no estaba tan segura del futuro. Miraba fijamente el pollo, esas apelmazadas bolas marrones fritas en manteca, y sabía que no las quería. Las imágenes volvieron a desfilar ante su mirada. Las veía a través de las ramas del almendro.

– Sí -dijo por fín, secándose la cara-. Tal vez tenga niños.

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