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Hércules Poirot, después de apearse del taxi y pagar al conductor, pulsó el timbre del número 58 de la calle de la Reina Carlota.

Tras un corto intervalo abrió la puerta un muchacho pelirrojo, de cara pecosa, vestido con el uniforme de botones.

Hércules Poirot, habló:

—¿Mister Morley?

En su interior albergaba la ridicula esperanza de que mister Morley hubiese tenido que salir, estuviera indispuesto o no visitase aquel día... Todo en vano. El botones se hizo a un lado y Hércules Poirot tuvo que entrar en la casa. La puerta cerróse tras él como una sentencia inapelable.

El botones preguntó:

—¿Su nombre, por favor?

Poirot se lo dijo, y el muchacho, luego de abrir una puerta a la derecha del vestíbulo, le hizo pasar a la sala de espera.

Era una habitación amueblada con buen gusto y, según opinión de Hércules Poirot, muy lúgubre. Sobre la bruñida mesa, imitación Sheraton, veíanse revistas y periódicos cuidadosamente colocados. En un mueble, dos candelabros plateados y un épergne. Sobre la chimenea, un reloj y dos jarrones de bronce. Las ventanas estaban ocultas por cortinajes de terciopelo azul, y las butacas tapizadas de un tejido de dibujo jacobino con pájaros rojos y flores.

En una de ellas hallábase sentado un caballero de aspecto marcial con un fiero mostacho y rostro amarillento. Miró a Poirot como quien contempla un insecto dañino y quisiera tener a su alcance un pulverizador con D.D.T. Poirot, observándole con disgusto, se dijo: «En verdad que algunos ingleses son tan desagradables y ridículos que debieran librarlos de su miseria en el mo-mento de nacer.»

El militar, concluida su larga contemplación, volvió su silla para evitar mirar a Poirot y se puso a leer el Times.

Poirot a su vez cogió el Punch.

Fue leyéndolo detenidamente, pero no encontraba gracioso ninguno de sus chistes.

El botones entró preguntando:

—¿El coronel Arrowbumby?

Y el militar salió tras él.

Poirot se puso a pensar en las posibilidades de que se llamara así efectivamente, cuando volvióse a abrir la puerta para dar paso a un hombre de unos treinta años.

Mientras el recién llegado, en pie junto a la mesita, revolvía nervioso entre las revistas, Poirot pudo verle de perfil.

«Un hombre desagradable y peligroso —pensó—, un posible asesino.»

Sea como fuere, tenía un aspecto más criminal que todos los que el detective arrestara durante el curso de su carrera.

El botones abrió la puerta y dijo:

—¿Mister Poirot?

Considerando que habría querido pronunciar su nombre, Poirot se levantó. El muchacho le condujo otra vez al vestíbulo y de allí a un reducido ascensor, en el que llegaron al segundo piso. Siguieron un pasillo y abrió la puerta de una pequeña antesala, en la que entraron. El botones golpeó con los nudillos una segunda puerta y, sin aguardar respuesta, abrióla para que entrase Poirot

Al entrar oyó el rumor de un grifo abierto, y dando vuelta a la puerta, encontró a mister Morley lavándose las manos con placer profesional en un lavabo adosado a la pared.

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