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Hércules Poirot bajó. Le aguardaba una muchacha: Jane Olivera. Con el rostro pálido y atormentado se apoyaba contra la repisa de la chimenea. A su lado hallábase Howard Raikes.
Ella le preguntó:
—¿Qué?
—Todo ha terminado —repuso Poirot.
—¿Qué quiere decir? —dijo Raikes, receloso.
El detective contestó:
—Mister Alistair Blunt acaba de ser detenido, culpable de asesinato.
—Pensé que le sobornaría...
Jane intervino:
—No. Yo no lo pensé nunca.
—El mundo es vuestro, muchachos —suspiró Poirot—. Un mundo y un cielo nuevos. Dejad que exista libertad y compasión en vuestro nuevo Universo... Es todo lo que os pido.