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La reunión de la junta directiva finalizó habiendo transcurrido sin incidencias. El informe fue bueno, sin ninguna nota discordante, aunque el sensible Samuel Rotherstein vio algo desacostumbrado en el presidente.
Una o dos veces había empleado un tono áspero, completamente innecesario.
¿Alguna preocupación interna? Quizá. Y, sin embargo, Rotherstein no podía relacionar a Alistair Blunt con preocupaciones. Era un hombre insensible, netamente inglés.
Siempre cabía la posibilidad de qué le molestase el hígado. A mister Rotherstein le atormentaba de vez en vez, pero nunca oyó quejarse a Alistair de aquella dolencia. Su salud era tan buena como su cerebro para las finanzas. Y, a pesar de todo..., había algo... Un par de veces, el presidente, llevándose la mano a la cara para apoyar en ella su barbilla (cosa rara en él) pareció..., sí, distraído.
Al salir del salón de la junta empezaron a bajar la escalera.
Rotherstein dijo:
—¿Puedo llevarle a su casa?
Alistair Blunt, sonrió moviendo la cabeza.
—Mi coche está esperándome—miró su reloj—. No vuelvo a la ciudad. A decir verdad, tengo hora dada en casa del dentista.
El misterio estaba aclarado.