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A las seis cuarenta y cinco llegó a casa de mister Barnes, en Ealing. Recordó que era buena hora para visitarle.

Mister Barnes hallábase trabajando en el jardín, y le dijo a modo de saludo:

—Necesitamos lluvia, mister Poirot..., y con urgencia —le miró pensativo—. No tiene usted buen aspecto, mister Poirot.

—A veces no me gusta mi trabajo.

—Lo comprendo.

Mister Barnes asintió con simpatía.

Hércules Poirot contempló el esmerado arreglo de los arriates.

—Este jardín está muy bien ideado y calculado. Es pequeño, pero simétrico.

—Cuando se tiene poco espacio, hay que sacar el mejor partido posible. No pueden cometerse errores en la distribución.

El detective asintió. Mister Barnes seguía diciendo:

—Veo que ya encontró a su hombre.

—¿Francis Carter?

—Sí. Estoy bastante sorprendido.

—¿No pensó que pudiera ser un asesino privado, por decirlo así?

—No, con franqueza. Estaban mezclados Amberiotis y Alistair Blunt, estaba seguro de que era algún plan de espionaje o contraespionaje.

—Ese es el punto de vista de que me habló en mi primera visita.

—Sí. Entonces estaba seguro.

Poirot le contestó pausadamente:

—Pero equivocado.

—Sí. No me lo repita. Eso me sucede por mi propia experiencia. Siempre me vi envuelto en estos asuntos y estoy predispuesto a verlos por todas partes.

—¿Ha observado a un prestidigitador cuando ofrece una carta y le hace tomar la que él quiere? Eso se llama forzar una carta.

—Sí.

—Eso es lo que ha pasado. Cada vez que pensábamos en algún motivo de la muerte de Morley, ¡presto la carta aparecía! Amberiotis, Alistair Blunt, el actual estado de la política territorial... —se encogió de hombros—. Y usted ha sido quien más me ha despistado.

—¡Oh Poirot, lo siento! Creo que tiene razón.

—Usted estaba en condiciones de saber. Sus palabras tenían mucho peso.

—Yo... creía lo que le dije. Esa es la única disculpa que puedo darle... —hizo una pausa para suspirar—. ¿Y fue todo por un mero motivo de índole particular?

—Exacto. He tardado mucho tiempo en conocer el móvil del crimen..., aunque tuve mala suerte.

—¿Sí? ¿Cómo fue?

—Un fragmento de una conversación. Muy significativa, si hubiese tenido el instinto de comprenderla entonces.

Mister Barnes se rascó la nariz para limpiarse una mota de tierra.

—Es muy misterioso.

Poirot volvió a encogerse de hombros.

—Quizá. Usted tampoco fue muy franco conmigo.

—¿Yo?

—Sí.

—Mi querido amigo, yo no tenía la menor idea de la culpabilidad de Carter. Lo único que sabía era que salió de la casa mucho antes que Morley fuera asesinado. Supongo que no era cierto, ¿verdad?

—Carter estaba en la casa a las doce y veinticinco y vio al asesino —dijo Poirot.

—Así que Carter no...

—Le digo que Carter vio al asesino.

—¿Le..., le reconoció?

El detective movió la cabeza lentamente.

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