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En el hotel Savoy, mister Amberiotis, con el entrecejo fruncido, escarbaba sus dientes con un palillo.

Todo iba bien.

La suerte le acompañaba, como de costumbre. Y pensar que un puñado de palabras amables dedicadas a aquella mujer estúpida fueran tan espléndidamente recompensadas. ¡Oh, bien!... Arroja tu pan sobre las aguas... Siempre fue un hombre bondadoso. ¡Y generoso! En el futuro podría serlo aún más. Se imaginó haciendo buenas obras El pobre Dimitri... y el buen Constantopopolus luchando para sacar adelante su restaurante... ¡Qué agradables sorpresas iba a darles!

El mondadientes de mister Amberiotis seguía escarbando sus encías descuidadamente hasta que se hizo daño. Las visiones rosadas se desvanecieron para dar paso a las preocupaciones del inmediato presente. Acarició la parte dolorida con la lengua. Sacó su librito de anotaciones:

«A las doce. Calle de la Reina Carlota, número 58.»

Quiso recobrar su anterior estado de ánimo, sin conseguirlo. El horizonte se limitaba ahora a estas escuetas palabras:

«Calle de la Reina Carlota, 58. A las doce.»

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