7



Cuando Poirot regresó a su casa, George le anunció la visita de una dama.

—Está..., ejem..., un poquito nerviosa, señor.

Puesto que la señora no había dado su nombre, Poirot se tomó la libertad de adivinarlo, y se equivocó, pues la joven que se puso en pie agitadísima al verle entrar era la última secretaria de Morley, miss Gladys Nevill.

—¡Oh mister Poirot! Siento tanto molestarle así. En realidad no sé como he tenido valor para venir... Temo que me crea muy osada. No quisiera hacerle perder el tiempo...; sé lo que significa para un hombre tan ocupado..., pero estoy tan triste... No le molestaré mucho... No...

Conocedor del carácter inglés, Poirot sugirió la idea de tomar una taza de té. La reacción de miss Nevill fue la que era de esperar.

—Gracias, mister Poirot, es muy amable por su parte. No hace mucho que me he desayunado, pero una taza de té siempre apetece, ¿no es verdad?

Poirot, que nunca lo tomaba, asintió cortésmente, George recibió las instrucciones oportunas al efecto y en brevísimo tiempo el detective y su visitante vieron ante ellos una bandeja con el servicio.

—Debo pedirle perdón —dijo miss Nevill recobrando su aplomo habitual bajo la influencia del brebaje—, pero la verdad es que el juicio de ayer me trastornó bastante.

—Lo creo —dijo Poirot amablemente.

—No había ninguna razón que motivara mi presencia, pero alguien tenía que acompañar a miss Morley. Claro que mister Reilly también fue..., pero yo me refiero a una mujer. Además, a miss Morley no le agrada mister Reilly. Así que creí mi deber ir.

—Fue una gentileza por su parte —dijo el detective para halagarla.

—¡Oh, no!, yo debía hacerlo. Ya sabe que he trabajado con mister Morley durante varios años..., y lo sucedido fue un gran golpe para mí..., y, claro, el proceso lo agravó...

—Me temo que sí.

Miss Nevill se inclinaba hacia adelante con ansiedad.

—Pero están equivocados, mister Poirot. Todo es un error.

—¿Quiénes están equivocados, mademoisélle?

—No puede haber sucedido..., como dicen; me refiero a que le diera una dosis excesiva de anestésico. Eso no puedo creerlo.

—Usted cree que no fue asi.

—Estoy segura. Algunas veces los pacientes no la asimilan bien, pero es porque son fisiológicamente ineptos..., porque su corazón no funciona normalmente, pero una superdosis es algo muy raro. Los odontólogos están tan acostumbrados a la cantidad empleada, que en ellos se convierte en un hábito mecánico por completo... Automáticamente ponen la cantidad requerida.

Poirot asintió.

—Sí, eso es lo que yo creo.

—Siempre utilizan la misma cantidad. No como un farmacéutico, que prepara diferentes combinaciones de dosis múltiples, donde un error puede producirse sin intención. Ni un doctor, cuyas recetas son tantas y tan diferentes. Un dentista es muy distinto.

Poirot quiso saber:

—¿No pidió que le permitieran hacer estas observaciones durante el interrogatorio del forense?

Gladys Nevill negó con la cabeza mientras retorcía sus manos, inquieta.

—Ya verá—dijo al fin—. Temía empeorar las cosas. Claro que sé que mister Morley no hizo una cosa así..., pero eso haría que la gente creyese... que lo había hecho deliberadamente.

Poirot hizo un gesto de asentimiento. La muchacha continuó:

—Por eso he venido a verle, mister Poirot. Porque nuestra conversación no será oficial.., Pero yo creo que alguien debe saber... lo poco convincente que es todo esto...

—Nadie desea saberlo —le repuso Poirot.

Ella le miró extrañada.

—Quisiera saber algo más de aquel telegrama que recibió pidiéndole que se marchara.

—Con sinceridad, no sé qué pensar, mister Poirot. Es tan raro. Quien lo envió conoce bien mi vida... y la de mi tía..., su residencia y lo demás.

—Sí. Parece como si lo hubiese escrito uno de sus amigos íntimos, o alguien que viviera en la casa y la conociera muy bien.

—Ninguno de mis amigos haría una cosa así, mister Poirot.

—¿No sospecha de nadie?

La muchacha vacilaba. Al fin dijo, despacio:

—Solo al principio, cuando supe que mister Morley se había suicidado, pensé si lo habría enviado él.

—¿Quiere decir que en consideración a usted quiso que no estuviera presente?

La joven asintió con la cabeza.

—Esa idea me parece algo fantástica, aunque hubiese pensado suicidarse. Es muy extraño. Francis, mi novio, se mostró muy poco comprensivo al principio. Me acusó de querer marcharme a pasar el día con otra persona..., como si yo fuese a hacer una cosa semejante.

—¿Hay alguien más?

Miss Nevill enrojeció.

—No. Claro que no. Pero Francis ha estado tan extraño últimamente..., tan variable y desconfiado. La verdad es que, como usted sabe, había perdido su empleo y no le era posible encontrar otro. Es malo para un hombre no tener nada que hacer. Me sentía muy angustiada.

—Se disgustó al saber que se había marchado, ¿verdad? ,

—Sí. Venía a decirme que había encontrado un nuevo empleo..., algo maravilloso..., diez libras semanales. Y no pudo esperar. Quería que lo supiera en el acto. Y que se enterara también míster Morley, porque le dolía su desprecio, y que influyera en mí contra él.

—Lo cual es cierto, ¿verdad?

—Sí, en cierto modo. Claro que Francis ha perdido muchos empleos y no ha sido lo que se dice muy... seguro. Pero ahora será distinto. Yo creo que uno puede hacer mucho bajo la influencia de otra persona. Si un hombre sabe lo que una mujer espera de él, procura realizar ese ideal.

Poirot suspiró. Mas no hizo comentario alguno. Había oído el mismo argumento a cientos de mujeres, con la misma fe ciega en el poder redentor de su amor. Suponía cínicamente que por lo menos una vez entre mil pudiera ser cierto.

Y entonces dijo:

—Me gustaría hablar con su novio.

—Y a mí también, mister Poirot. Pero ahora su único día libre es el domingo. Toda la semana la pasa en el campo.

—¡Ah!, en su nuevo empleo. A propósito, ¿en qué consiste?

—Pues no lo sé con exactitud. Me figuro que alguna secretaría o departamento del Gobierno. Solo sé que tengo que escribirle a Londres y de allí le remiten las cartas.

—Es un poco extraño. ¿No le parece?

—Sí, pero Francis dice que hoy en día es muy corriente.

Poirot la miró unos instantes sin hablar. Al cabo dijo deliberadamente:

—Mañana es domingo. ¿Me harían el honor de comer conmigo en el Logan's Corner House? Me gustaría que discutiéramos este desgradable asunto.

—Gracias, mister Poirot. Yo... Sí, estoy segura de que nos encantará comer en su compañía.

Загрузка...