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El Rolls llegó puntualmente, poco antes de las seis, para recoger a Poirot. Los únicos ocupantes eran Alistair Blunt y su secretario. Por lo visto, mistress Olivera y Jane se fueron más temprano en otro coche.

El viaje transcurrió sin incidentes, Blunt habló casi exclusivamente de su jardín y de la próxima exposición de horticultura.

Poirot le dijo que celebraba hubiese escapado de la muerte, a lo que Blunt repuso:

—¡Oh, eso...! No creo que el muchacho disparase contra mí. De todas formas, no tiene la más remota idea de cómo se hace. Es uno de esos estudiantes medio locos. No tienen picardía. Creen que un disparo contra el primer ministro puede cambiar el curso de la Historia. Es una verdadera lástima.

—Debe de haber sufrido otros atentados, ¿verdad?

—Parece melodrama —repuso Blunt con un ligero respingo—. No hace mucho me enviaron una bomba por correo. No estalló. Si esos jóvenes no son capaces de inventar un explosivo más eficaz, ¿qué clase de negocios esperan realizar? Siempre son los mismos tipos..., cabellos largos, idealistas de mentalidad corta sin un ápice de cultura. Yo no soy inteligente..., ni nunca lo fui..., pero sé leer y escribir y conozco la aritmética. ¿Comprende lo que quiero significar?

—Creo que sí, pero expliqúese mejor.

—Pues bien: si leo algo escrito, entiendo lo que dice..., no le hablo de cosas complicadas, fórmulas o filosofía..., sino del inglés comercial..., que muchos desconocen. Si quiero escribir, escribo lo que deseo (he descubierto que no todas las personas pueden). Y, como ya le he dicho, sé aritmética. Si Juan tiene ocho plátanos y Pedro le quita diez, ¿cuántos plátanos le quedan a Juan? Esta es la clase de resta que la gente cree de solución sencilla. No admiten, primero, que Pedro no puede quitarle diez plátanos, y segundo, que no puede sobrar ninguno.

—Y convierten la solución en un juego de ilusión.

—Exacto. Los políticos son así. Pero yo siempre he procurado conservar el sentido común. Bueno, no debo hablar de mi profesión. Es una mala costumbre. Además, me gusta no pensar en los negocios cuando salgo de Londres. Me gustaría conocer alguna de sus aventuras. Leo muchas historias emocionantes detectivescas, ¿cree usted que ocurren en la vida real?

La conversación versó durante el resto del viaje sobre los casos más espectaculares de Hércules Poirot. Alistair Blunt le escuchó como un colegial ávido de detalles.

Este ambiente de cordialidad se heló al llegara Exsham, donde mistress Olivera les dispensó un frío recibimiento. Hizo caso omiso de Poirot, dirigiéndose exclusivamente a su anfitrión y a mister Selby.

Este último acompañó al detective a su habitación.

La casa era muy bonita, no demasiado grande, pero amueblada según el estilo que Poirot observó en Londres. Todo era bueno, aunque sencillo. El servicio, admirable. La cocina, inglesa, no europea..., los manjares y los vinos encantaron al detective. Un consomé perfecto, lenguado a la parrilla, costillas de cordero con guisantes y fresas con nata.

Poirot estaba tan a gusto entre tantas atenciones, que apenas reparó en la frialdad de mistress Olivera ni en los bruscos modales de su hija, Jane. Por lo visto, le demostraba su hostilidad. Al final de la comida Poirot preguntóse el porqué.

—¿Helen no cena con nosotros esta noche? —preguntó Blunt, tras observar a los comensales con curiosidad.

Los labios de mistress Olivera se unieron hasta formar una delgada línea.

—La pobre Helen se ha cansado demasiado en el jardín. Le he dicho que sería mejor que no se vistiera para la cena y se acostara. En seguida me obedeció.

—¡Ah, ya! —Blunt pareció extrañado—. Creí que los fines de semana serían una distracción para ella.

—¡Helen es tan sencilla! Le gusta acostarse temprano —dijo mistress Olivera.

Cuando Poirot se reunió con las señoras en la sala, Blunt se había retirado a conversar con su secretario y Jane Olivera decía:

—A tío Alistair no le gusta que te portes tan fríamente con Helen Montresor, mamá.

—¡Qué tontería! —dijo mistress Olivera con energía—. Alistair es demasiado bueno con los parientes pobres... Es muy amable al dejarla disfrutar de balde de la casita, pero de eso a pensar que ha de participar en todas las reuniones... ¡Es absurdo! Solo es prima segunda. ¡No creo que Alistair tenga obligaciones con ella!

—Es orgullosa a su manera —dijo Jane—, y trabaja mucho en el jardín.

—Eso demuestra todo un carácter —dijo mistress Olivera—. Los escoceses son muy inde-pendientes y se los respeta por ello.

Se arrellanó cómodamente en el sofá, y sin advertir la presencia de Poirot añadió:

—Tráeme la revista Lov Dawn. Trae un artículo de Lois van Schuyler.

Alistair Blunt apareció bajo el dintel de la puerta.

—Mister Poirot, tenga la bondad de venir a mi habitación.

El santuario de Alistair Blunt era un cuarto rectangular situado en la parte posterior de la casa, cuyas ventanas daban al jardín; muy cómodo, con amplios butacones y canapés, y con cierto desorden que lo hacía muy acogedor.

No es necesario decir que Hércules Poirot hubiera preferido más simetría y orden.

Después de ofrecer un cigarro a su huésped y prender fuego a su pipa, Alistair Blunt pasó directamente a hablar de lo que le interesaba.

—Hay muchas cosas que no me satisfacen. Me estoy refiriendo a esa mujer, Sainsbury Seale. Por razones de su incumbencia, sin duda perfectamente justificadas, las autoridades han dejado de investigar. Yo no sé con exactitud quién es Albert Chapman ni lo que hace...; pero sea lo que sea es algo de vital importancia y es de esa clase de negocios que pueden conducirle a una situación embarazosa. No conozco los pros y los contras, pero el primer ministro dijo que no podía consentirse más publicidad y que cuanto antes lo olvidase el público, mejor. Eso está bien. Es la opinión oficial y saben lo que es necesario. Así es que la Policía tiene las manos atadas —se inclinó hacia adelante—. Pero yo quiero saber la verdad, mister Poirot, y usted es el hombre que puede ayudarme. A usted no se lo impide el Gobierno.

—¿Qué quiere que yo haga, mister Blunt?

—Quiero que encuentre a esa mujer.

—¿Viva o muerta?

—¿Cree usted posible que haya muerto? —Alistair Blunt enarcó las cejas.

Hércules Poirot permaneció en silencio unos instantes, y luego dijo, despacio y con energía:

—Si desea saber mi opinión..., solo es una simple opinión..., creo que sí, que está muerta.

—¿Por qué lo cree?

Hércules Poirot sonrió.

—Si no le pareciese una falta de sentido común, le diría que a causa de un par de medias que encontré en un cajón.

Blunt le miró con curiosidad.

—Es usted un hombre extraño, mister Poirot.

—Sí, lo soy. Es decir, soy metódico, ordenado y lógico..., aunque no descarto los factores desconcertantes para formar mis teorías..., eso, por lo visto, es excepcional.

—He estado dándole vueltas al asunto en mi cabeza..., me cuesta bastante comprender las cosas... ¡Y todo es tan extraño! Me refiero al suicidio del dentista y luego a esa mistress Chapman enterrada en su propio arcón con la cara destrozada. ¡Qué horror! No puedo dejar de pensar que algo se esconde tras todo esto.

Poirot asintió. El millonario seguía diciendo:

—¿Y sabe usted?... Cuanto más lo pienso..., estoy seguro de que esa mujer no conoció nunca a mi esposa. Que fue solo un pretexto para hablar conmigo; pero ¿por qué? ¿Qué bien podía hacerle? Una limosna que ni siquiera era para ella, sino para una sociedad. Y, sin embargo, sigo pensando que fue un ardid para detenerme en la escalera de mi casa. ¡Fue tan oportuno! ¡Tan bien calculado! Pero ¿por qué? Eso es lo que no dejo de preguntarme. ¿Por qué?

—¿Por qué? También yo quisiera saberlo... y no puedo dar con ello.

—¿No tiene ninguna idea?

—Mis ideas son extremadamente infantiles. Quizá fue un ardid para que alguien pudiera verle con tranquilidad. Pero eso también es absurdo. Usted es un hombre conocido y es mucho más fácil decir: «Mira, es aquel que sale ahora de su casa.»

—De todas formas, ¿para qué querían fijarse en mí?

—Mister Blunt, trate de recordar la mañana en que fue al dentista. ¿Notó algo raro en mister Morley? ¿No recuerda nada que pudiera darnos una pista?

Alistair Blunt hizo un esfuerzo por recordar. Al cabo movió la cabeza.

—Lo siento. No recuerdo.

—¿Está usted seguro de que no mencionó a esa mujer..., miss Sainsbury Seale?

—Seguro.

—¿Ni a la otra..., esa mistress Chapman?

—Tampoco, no me habló de nadie. Charlamos de flores, jardines, vacaciones..., nada más.

—¿No entró nadie en la habitación mientras estuvo usted allí?

—A ver..., no. Creo que no. En otras ocasiones recuerdo haber visto a una joven rubia. Pero aquel día no estaba. ¡Ah, sí! Entró otro dentista, ahora me acuerdo... un joven con acento irlandés.

—¿Y qué es lo que dijo o hizo?

—Solo le hizo un par de preguntas y salió. Morley fue muy conciso, porque solo le entretuvo un par de minutos.

—¿Y no recuerda más? ¿Nada en absoluto?

—No. Lo encontré muy natural.

—Yo también le encontré completamente normal.

Se hizo un silencio, y al fin Poirot habló:

—¿Y no recuerda a un joven que estaba en la sala de espera?

—Deje que piense —Alistair Blunt frunció el entrecejo—. Sí. Había un joven... bastante nervioso. Pero no le vi nada de particular. ¿Por qué?

—¿Le conocería si volviera a verle?

—Apenas me fijé en él.

—¿No intentó entablar conversación?

—No, no.

Blunt le miró con franca curiosidad.

—¿Quién es ese hombre?

—Su nombre es Howard Raikes.

Poirot esperó su reacción, pero no la hubo.

—¿Tengo que conocerle? ¿Le he visto en alguna parte?

—No. No lo creo. Es amigó de su sobrina, miss Olivera.

—¡Ah, uno de los amigos de Jane!

—Me parece que su madre no aprueba esa amistad.

—No creo que eso haga mella en ella —dijo Alistair Blunt con indiferencia.

—Su madre reprueba esa amistad hasta el punto de que ha traído a su hija de los Estados Unidos con intención de apartarla de ese hombre.

—¡Ah! —el rostro de Blunt expresó inteligencia—. ¿Es ese muchacho?

—¡Ajá! Ahora parece más interesado.

—Creo que es un indeseable en todos aspectos, y está mezclado en muchas actividades subversivas.

—He sabido por su sobrina que fue a la calle Reina Carlota solo para verle.

—¿Para tratar de convencerme?

—Pues... no. Más bien creo que fue a ver si usted le agradaba.

—¡Qué cinismo!—dijo indignado el banquero.

Poirot se dignó sonreír.

—Parece ser que usted representa todo lo que él desaprueba.

—Él sí que pertenece a la clase de hombres que aborrezco. Se pasa el tiempo predicando en vez de dedicarse a un trabajo honrado.

Poirot guardó silencio durante unos instantes. Luego, añadió:

—¿Me perdona si le hago una pregunta muy personal e impertinente?

—Pregunte.

—En el caso de fallecer usted, ¿cuáles son las condiciones testamentarias?

—¿Para qué quiere saberlo?

—Porque es posible que tenga mucha importancia en este caso.

—¡Qué tontería!

—Puede ser que sí y puede ser que no.

—Creo que se está poniendo trágico, Poirot. No están tratando de asesinarme... ni nada parecido.

—Una bomba a la hora del desayuno..., un disparo en medio de la calle...

—¡Oh! Cualquier hombre que se desenvuelve en el mundo de los negocios está expuesto a estos atentados de algunos locos fanáticos.

—Pudiera ser alguien que no fuese ni loco ni fanático.

—¿Adonde quiere ir a parar?

—Sin más rodeos, quiero saber quién se beneficiaría de su muerte.

—Principalmente el hospital de San Eduardo. El de cancerosos y el Instituto Real de Ciegos.

—¡Ah!

—Además dejo una cantidad a mi sobrina Julia Olivera, otra equivalente, aunque en custodia, a su hija Jane, y otra similar a mi prima segunda, única parienta, Helen Montresor, que ha venido a menos y ocupa una casita de mi propiedad en esta localidad.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Esto, mister Poirot, es estrictamente confidencial.

—Desde luego, monsieur, desde luego.

Alistair Blunt prosiguió con sarcasmo:

—Supongo que no sugerirá que Julia o Jane Olivera o mi prima Helen Montresor están planeando mi muerte por cobrar mi dinero.

—No sugiero nada..., nada en absoluto.

—¿Y tomará el encargo que le he hecho?

—¿La búsqueda de miss Sainsbury Seale? Sí, lo haré.

Alistair Blunt dijo de corazón:

—Buen muchacho.

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