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Japp colgó el teléfono. Su rostro parecía preocupado al volverse hacia Poirot.
—Mister Amberiotis no se encuentra bien... y no podrá ver a nadie esta tarde. Pues a mí me recibirá... No se me escapa. Tengo a un agente en el Savoy dispuesto a detenerle si trata de escabullirse.
—¿Cree que Amberiotis mató a Morley?—dijo Poirot, pensativo.
—No lo sé. Pero es la última persona que le vio vivo. Y era un paciente nuevo. Según su relato, le dejó vivo y perfectamente a las doce y veinticinco. Eso puede ser o no verdad. Si Morley estaba con vida a esa hora, tendremos que reconstruir lo que pasara después. Aún quedan cinco minutos antes de su próximo cliente. ¿Entró alguien durante esos cinco minutos? ¿Carter? ¿Reilly? ¿Qué sucedió? A las doce y media, o todo lo más a la una menos veinticinco, Morley falleció; de otro modo, habría llamado o avisado de palabra si es que no pensaba recibir a miss Kirby. Como no lo hizo, o bien fue asesinado o alguien le dijo algo que le trastornó hasta el punto de suicidarse.
Hizo una pausa.
—Voy a interrogar a todos los pacientes de esta mañana. Queda la posibilidad de que dijera algo a alguno de ellos que nos ponga sobre la pista segura.
Miró su reloj.
—Mister Alistair Blunt dijo que podría dedicarnos unos minutos a las cuatro y cuarto. Ire-mos a verle el primero. Su casa está en Chelsea Embankment, y luego miss Sainsbury Seale, de paso para visitar a Amberiotis. Prefiero que sepamos lo más posible sobre este asunto antes de hablar con nuestro amigo griego. Después querría charlar con el americano, que según usted tenía cara de criminal.
Hércules Poirot movió la cabeza.
—De criminal, no; de dolor de muelas.
—Es lo mismo; veremos a mister Raikes. Su comportamiento fue muy extraño para decidirlo ahora. Indagaremos sobre el telegrama de miss Nevill, su tía y su novio. En resumen, lo investigaremos todo e interrogaremos a todo el mundo.