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La carta llegó en el correo de la tarde, escrita a máquina a excepción de la firma.


«Mister Poirot:

Le estaré muy agradecido si viene a verme mañana. Tengo que hacerle un encargo. ¿Qué le parece a las doce y media en mi casa de Chelsea? Si no le va bien, telefonee a mi secretario y quede de acuerdo con él para otro día. Le ruego disculpe esta carta tan corta.

Suyo afectísimo,

Alistair Blunt.»


Poirot se disponía a leer la misiva por segunda vez cuando sonó el teléfono.

Hércules se preciaba de adivinar por el sonido del timbre la condición de la llamada.

En esta ocasión estaba seguro de que era muy significativa. No sería un número equivoca-do..., ni ninguno de sus amigos.

Se levantó para descolgar el auricular. Dijo con su voz amable de acento extranjero:

—¿Diga?

Una voz anónima preguntó:

—¿Qué número tiene usted, por favor?

—El siete mil doscientos setenta y dos, de Whitehall.

Se hizo un silencio y luego habló otra voz de mujer.

—¿Mister Poirot?

—Sí.

—¿Mister Hércules Poirot?

—Sí, yo soy.

—Mister Poirot, usted ha recibido, o está a punto de recibir una carta.

—¿Con quién hablo?

—No es necesario que lo sepa.

—Muy bien. Esta tarde he recibido ocho cartas y tres recibos, madame.

—Luego ya sabe a qué carta me refiero. Será mejor que renuncie al encargo que se le ha anunciado, mister Poirot.

Madame, eso debo decirlo yo.

—Le estoy advirtiendo, mister Poirot —dijo la voz con frialdad—, que no toleraremos su intervención. No se mezcle en este asunto.

—¿Y si no hago caso?

—Entonces daremos los pasos necesarios para que no haya que temer su intervención en lo sucesivo...

—Eso es una amenaza, madame.

—Solo le pedimos que sea razonable... por su propio bien.

—¡Es usted muy magnánima!

—Usted no puede alterar el curso de los acontecimientos. ¡No se meta en lo que no es de su incumbencia! ¿Comprende?

—¡Oh, sí, comprendo! Pero considere que la muerte de mister Morley es de mi incumbencia.

—La muerte de Morley fue solo un accidente —dijo la voz—. Se interpuso en nuestros pla-nes.

—Era un ser humano, madame, y murió antes que sonara su hora.

—No tiene importancia.

Poirot habló despacio, pero amenazador:

—Se equivoca.

—Fue culpa suya. No quiso ser razonable.

—Yo también renuncio a serlo.

—Entonces es usted tonto.

Y se oyó cómo colgaban el receptor.

Poirot preguntó: «¿Diga?», y al no obtener respuesta colgó a su vez. No se tomó la molestia de preguntar a la central desde dónde fue hecha la llamada. Con seguridad, desde un teléfono público.

Lo que le desconcertaba era el hecho de que había oído aquella voz en alguna parte. Trató de recordar inútilmente. ¿Sería la voz de miss Sainsbury Seale?

Según recordaba, la de Mabelle era aguda, algo afectada y de dicción bastante exagerada. Esta otra era distinta..., aunque podía ser que miss Sainsbury Seale la hubiese desfigurado. Después de todo, en sus buenos tiempos fue actriz y podía cambiar la voz con bastante facilidad. Su timbre era tan distinto, según su memoria.

Mas esta explicación no le satisfizo. No. Le recordaba la voz de otra persona. No muy conocida, pero que estaba seguro había oído una o dos veces.

«¿Por qué —se preguntaba— se ha molestado en llamar para amenazarme? ¿Es que creyeron que me detendrían sus amenazas? Por lo visto, sí. ¡Qué malos psicólogos!»

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