6
En las vidas de los grandes hombres hay ciertos momentos humillantes. Ningún hombre es un héroe para su criado, se dice, y a esto hay que añadir que muy pocos se consideran héroes en el momento de visitar a su dentista.
A Hércules Poirot le constaba este hecho.
Era hombre acostumbrado a tener buena opinión de sí mismo. Él era Hércules Poirot, superior en muchos aspectos a los demás mortales; y, sin embargo, en aquel momento era incapaz de sentirse superior a ninguno. Su moral estaba bajo cero. Constituía tan solo la imagen vulgar, cobarde, del hombre asustado ante el sillón del odontólogo.
Mister Morley había concluido sus abluciones, y le hablaba con su amabilidad profesional.
—Para la época del año en que estamos, apenas hace calor.
Le llevó hasta el punto temido... ¡El sillón!
Hércules Poirot aspiró profundamente antes de sentarse y apoyar la cabeza para que mister Morley la acomodara a la altura conveniente;
—Bueno—dijo mister Morley con vivacidad—; ¿está usted cómodo? ¿De verdad?
Con voz sepulcral, Poirot dijo que estaba perfectamente.
Mister Morley aproximó una mesita auxiliar, cogió su espejito y una herramienta y se preparó para su trabajo.
Hércules Poirot, asido con fuerza a los brazos del sillón, cerró los ojos y abrió la boca.
—¿Le duele algo?—preguntó mister Morley.
Bastante confusamente, debido a la dificultad de pronunciar las consonantes teniendo la boca abierta, Hércules Poirot dijo que no le dolía nada en especial. Esta era la segunda visita anual que su orden y minuciosidad le exigía dedicar al cuidado de su dentadura. Era muy probable, claro está, que no tuviese nada. Pudiera ser que mister Morley no viese la segunda muela del maxilar inferior que le diera aquellos pinchazos... Pudiera ser, pero no era probable, pues mister Morley era un buen dentista.
Mister Morley iba examinando lentamente su dentadura, golpeando y tanteando, comentando al mismo tiempo...
—Este empaste está algo gastado; no es nada importante. Las encías las tiene muy bien... Me alegro de que así sea.
Una pausa. ¿Algo sospechoso? No; falso motivo de alarma. Uno, dos... ¿No pasa al tercero? No.
«El perro ha olfateado al conejo», pensó haciendo uso de un conocido modismo.
—Aquí hay algo. ¿No le ha dolido? ¡Hum, me extraña!
La prueba continuó.
Al fin mister Morley apartóse, satisfecho.
—Nada de particular. Solo un par de empastes y un principio de caries en esta muela. Podré arreglárselo todo ahora.
Hizo girar un conmutador y se oyó un zumbido. mister Morley descolgó el torno para colocarle una fresa con gran cuidado.
—Guíeme—dijo sencillamente, y se dispuso a trabajar.
A Poirot no le fue necesario hacer uso de su advertencia, ni levantar la mano, ni siquiera gritar, pues en el momento preciso mister Morley detenía el torno, le daba la breve orden: «Enjuagúese», aplicaba una hila y escogía otra fresa para continuar. El torno produce más miedo que dolor.
Mientras mister Morley preparaba el empaste, reanudaron la conversación.
—Esta mañana tengo que hacerlo yo mismo —explicó—. Miss Nevill ha tenido que ausentarse. ¿Recuerda a miss Nevill?
Poirot asintió sin acordarse.
—Ha tenido que marcharse al campo a causa de un pariente enfermo. Estas cosas siempre ocurren en días de mucho trabajo, y hoy voy algo retrasado. El paciente que le ha precedido ha llegado tarde. Es de lamentar. Me estropea toda la mañana. Y además tengo que admitir a una cliente más porque tiene mucho dolor. Siempre reservo un cuarto de hora para estos casos. A pesar de eso, tendré que apresurarme.
Mister Morley revolvía en el pequeño mortero. Luego, prosiguió su discurso.
—Voy a decirle algo que he observado, mister Poirot. Las personas importantes siempre llegan a tiempo, nunca hacen esperar. Los reyes, por ejemplo, siempre son puntuales, y esos grandes hombres de la ciudad, lo mismo. Esta mañana espero a uno de los más importantes... ¡Alistair Blunt!
Mister Morley pronunció el nombre con voz triunfal.
Poirot, a quien varios trozos de algodón y un tubo de cristal colocado bajo su lengua impe-dían hablar, exhaló un sonido indefinible.
¡Alistair Blunt! Hombres como aquel eran los que hacían vibrar en la actualidad. No duques, ni condes, ni primeros ministros. No. Sencilla y llanamente, mister Alistair Blunt. Un hombre de rostro desconocido para el público en general, cuyo nombre solo aparecía en sencillos párrafos. Ningún ser excepcional. Sencillamente un inglés desconocido, que era la cabeza de la mayor firma bancaria de Inglaterra. Un hombre inmensamente rico, que decía «sí» y «no» a los gobiernos, y llevaba una vida sosegada y discreta, sin aparecer jamás en ninguna tribuna pública ni pronunciar discursos. Sin embargo, en sus manos tenía el poder supremo.
Mister Morley continuaba empleando un tono, reverente mientras rellenaba su muela.
—Siempre acude a sus citas con puntualidad. A menudo despide su coche y regresa a pie a su despacho. Es un sujeto afable, sosegado y modesto; aficionado al golf y a su jardín. Al verle nunca se creería que puede comprar media Europa. Es como usted o como yo.
Momentáneamente, Poirot sintióse ofendido. Mister Morley era un buen odontólogo, eso sí; pero existían otros buenos dentistas en Londres. En cambio, Hércules Poirot solo había uno.
—Enjuagúese, haga el favor—dijo mister Morley—. Esta es la réplica a sus Hitler, Mussolini y todos los demás—continuó mister Morley emprendiéndola con otra muela—. Aquí no armamos tanto alboroto. Fíjese en nuestro rey y nuestra reina qué democráticos son. Claro, que un francés corno usted, acostumbrado a la idea republicana...
—Ya na say francés. Ya..., say..., say..., balga —pronunciaba Poirot con la boca dilatada, inmóvil.
—¡Cállese!—le ordenó mister Morley—. La cavidad debe estar completamente seca—y siguió inyectando aire caliente.
Luego, prosiguió:
—No creía que fuese usted belga. ¡Qué interesante! Siempre he oído decir que el rey Leopoldo es un hombre extraordinario. Soy partidario de la tradición de la realeza. Ya sabe usted la educación que reciben. Fíjese con qué facilidad recuerdan nombres y rostros. Todo es cuestión de educación..., aunque, claro está, hay personas con aptitud especial para estas cosas. Yo mismo no puedo acordarme de los nombres, pero nunca olvido una cara. Por ejemplo, el otro día vino un paciente a quien había visto antes. El nombre no me decía nada, pero me dije en el acto: «¿Dónde le he visto antes? Aún no lo he recordado, pero ya me acordaré. Estoy seguro.» Enjuagúese otra vez, la última.
Poirot bebió un buche de agua y la retuvo buen rato en la boca.
Una vez le hubo obedecido, mister Morley exploró la boca de su paciente.
—Bien; creo que está todo arreglado. Cierre la boca... ¿Qué tal? No nota el empaste, ¿verdad? Ahora ábrala otra vez. Gracias.
Retiró la mesa e hizo girar el sillón.
Hércules Poirot se levantó, sintiéndose un hombre libre.
—Bueno, adiós, mister Poirot. Espero que no descubra a ningún asesino en mi casa.
El detective, repuso, con una sonrisa:
—Cuando venía, todos me parecían criminales. ¡Ahora puede que sea distinto!
—¡Oh, sí! Hay una gran diferencia entre antes y después. De todos modos, los dentistas ya no somos tan diabólicos como antes. ¿Quiere que pida el ascensor?
—No, no; bajaré andando.
—Como guste. El ascensor está junto a la escalera.
Poirot salió. Al cerrarse la puerta oyóse correr el agua del grifo.
Bajó los dos tramos de escalones. Al llegar al último peldaño vio salir al coronel angloindio. No era mal parecido. Seguramente sería buen tirador y habría matado más de un tigre. Un hombre útil, una avanzada del Imperio.
Entró en la sala de espera para recoger el sombrero y el bastón que allí dejara. El inquieto muchacho todavía estaba allí, cosa que le extrañó. Un nuevo paciente, otro caballero, leía el Field.
Poirot observó al primero con el espíritu mejor dispuesto que antes. Aún conservaba su as-pecto fiero (como si quisiera matar a alguien), pero no como un criminal, pensó Poirot. Sin duda, aquel joven bajaría luego la escalera feliz y sonriente sin desear mal a nadie.
El botones entraba para avisar muy decidido:
—Mister Alistair Blunt.
El hombre próximo a la mesa dejó sobre ella el Field al levantarse. Era un hombre bien vestido, ni gordo ni delgado, de edad y estatura medianas.
Salió tras el botones.
Uno de los hombres más ricos y poderosos de Inglaterra, que, sin embargo, tenía que visitar al dentista como cualquier otro, y que, sin duda, sentía lo mismo que los demás.
Estas reflexiones pasaron por la mente de Hércules Poirot mientras, luego de coger su som-brero y bastón, se dirigía a la puerta. Miró de reojo al joven y pensó que aquel muchacho debía de tener un espantoso dolor de muelas.
En el vestíbulo se detuvo ante el espejo para atusarse el bigote, ligeramente despeinado a causa de las manipulaciones de mister Morley.
Acababa su arreglo cuando el ascensor descendía de nuevo y el botones salió del fondo del recibidor silbando desafinadamente. Se cortó en seco al ver a Poirot y fue a abrirle la puerta.
Ante la casa acababa de detenerse un taxi, del que sobresalía el pie de quien iba a apearse. Poirot lo contempló con galante interés.
Un tobillo bonito, enfundado en una media de buena calidad, no es despreciable. El zapato no le gustaba. Modelo nuevo de charol con una hebilla reluciente. Movió la cabeza. No era elegante, sino provinciano.
La dama apeóse del coche, y al hacerlo enganchó el otro pie en la puerta y la hebilla saltó tintineando sobre la acera. Poirot se adelantó a recogerla, devolviéndola con una inclinación.
¡Cielos! La mujer que le dio las gracias estaba más cerca de los cincuenta que de los cuarenta años. Anteojos sujetos sobre la nariz. Cabellos descoloridos, pero cuidados. Ropas holgadas. Al darle las gracias se le cayeron sus lentes y luego su bolso.
Poirot, por amabilidad, ya que no por galantería, se los recogió.
Ella subió los escalones del número 58 de la calle de la Reina Carlota, y Poirot interrumpió al taxista en la contemplación de la exigua propina recibida.
—Está libre, hein?
El conductor repuso de mala gana:
—¡Oh, sí; estoy libre!
—Yo también—dijo Hércules Poirot—. ¡Libre de cuidados!
Observó el aspecto asombrado del taxista.
—No, amigo; no estoy borracho. Es que acabo de ver al dentista y no necesito volver en seis meses. Es una sensación muy agradable.