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El portero les indicó como amiga íntima de mistress Chapman a mistress Merton del número 82 de las residencias del Rey Leopoldo.

Y allí fue donde se dirigieron Japp y Poirot.

Mistress Merton era una dama parlanchína de ojos negros y peinado complicado. No les costó ningún trabajo hacerla hablar.

—Sylvia Chapman... Claro que no la conozco muy bien.,., es decir, íntimamente. Jugamos al bridge un par de veces y fuimos juntas al cine y también de compras. Pero ¡oh!, dígame. No ha muerto ¿verdad?

Japp la tranquilizó. .

—Gracias a Dios. ¡Cuánto me alegro! El cartero va por ahí hablando de un cadáver que se ha encontrado en su piso, pero no se debe creer ni la mitad de lo que se oye... Yo nunca hago caso.

Japp hizo otra pregunta, a la que repuso mistress Merton con firmeza:

—No, no he sabido nada de mi amiga desde que se marchó. Por lo visto, tuvo que marcharse de improviso, pues hablamos de ir a ver la última película de Fred Astaire y Ginger Rogers la semana siguiente y entonces no me dijo nada de su marcha.

Mistress Merton no había oído mencionar nunca a miss Sainsbury Seale. Su amiga no la nombró jamás.

—Y ya ve usted, este nombre me es familiar. Me parece haberlo oído recientemente.

—Ha aparecido en los periódicos durante algunas semanas—dijo Japp con brusquedad.

—Ya... Alguna persona desaparecida, ¿verdad? ¿Y cree usted que mistress Chapman la conocía? No. Estoy segura de que nunca se la oí nombrar.

—¿Puede decirme algo sobre mister Chapman?

Una expresión indefinible apareció en el rostro de mistress Merton al responder:

—Creo que era viajante de comercio, me lo dijo su esposa. Salía al extranjero con frecuencia por cuenta de la casa en que trabajaba..., de armamentos, según creo. Recorría toda Europa.

—¿Le vio alguna vez?

—No. Nunca. Apenas estaba en casa y cuando venía no le gustaba la presencia de extraños. Es muy natural.

—¿Sabe si mistress Chapman tenía parientes cercanos o amigos?

—No sé que tuviera otros amigos. Ni parientes tampoco. Nunca me habló de ellos.

—¿Estuvo siempre en la India?

—No, que yo sepa—hizo una pausa y continuó—: Pero dígame: ¿por qué me hace tantas preguntas? Ya sé que viene usted de Scotland Yard, pero debe de haber alguna razón especial.

—Pues bien: mistress Merton, alguna vez tendría que saberlo. A decir verdad, se ha encontrado un cadáver en el piso de mistress Chapman.

—¡Oh! —por un momento los ojos de la mujer se abrieron como platos—. ¡Un cadáver! No será mister Chapman. ¿verdad? ¿Algún extranjero?

—No era un hombre, sino una mujer —dijo Japp.

—¿Una mujer?—mistress Merton pareció aún más sorprendida.

—¿Por qué creyó que sería un hombre?

—¡Oh, no lo sé! Me pareció más fácil.

—Pero ¿por qué? ¿Es que mistress Chapman tenía costumbre de recibir visitas masculinas?

—¡Oh, no!; no, desde luego —mistress Merton se indignó—. Nunca oí nada semejante. Sylvia Chapman no es de esa clase de mujeres. ¡En absoluto! Es solo que mister Chapman..., quiero decir.

Se detuvo y Poirot comentó:

—Me parece, madame, que usted sabe más de lo que nos ha contado.

—No estoy segura de lo que debo hacer —dijo mistress Merton, indecisa—. Quiero decir que no quiero revelar las confidencias de Sylvia y no lo he repetido más que a una o dos amigas íntimas que sé son fieles.

Mistress Merton hizo una pausa para tomar aliento, y Japp, cada vez más intrigado ante las reticencias de mistress Merton, preguntó:

—¿Qué le dijo mistress Chapman?

Mistress Merton inclinóse hacia adelante y bajó la voz.

—Lo descubrí un día mientras veíamos una película de espionaje. Mi amiga me dijo que quien hubiese escrito aquel guión no conocía gran cosa la materia, y luego me pidió que le jurase no repetir lo que iba a contarme. Su esposo era del Servicio Secreto y por eso tenía que ir tanto al extranjero. La casa de armamentos era un pretexto para despistar, pues podían escribirse mientras estaba ausente. Era muy desagradable para ella y, además, extremadamente peligroso.

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