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Cuando Poirot regresó a su piso le sorprendió la presencia de un visitante inesperado.

Tras el respaldo de un sillón sobresalía una cabeza calva y la figura atildada y menuda de mister Barnes se puso en pie.

Sus ojos brillaban como de costumbre al disculparse.

Había venido, explicó, a devolver la visita a mister Poirot.

Este declaróse encantado de volver a verle.

Ordenó a George que trajera café, a menos que su visitante prefiriera whisky con agua de Seltz.

—El café me gusta mucho—dijo mister Barnes—. Me figuro que su criado lo preparará, bien. Muchos sirvientes ingleses no saben.

Después de intercambiar unas cuantas frases corteses, mister Barnes carraspeó y dijo:

—Voy a ser franco con usted, mister Poirot. Es mera curiosidad lo que me trae aquí. Imagino que usted estará al corriente de todos los detalles de este caso bastante curioso. He leído en la Prensa que miss Sainsbury Seale ha sido hallada y que hubo un proceso a causa de Morley, que fue suspendido por falta de pruebas. La causa de la muerte fue atribuida a una fuerte dosis de anestésico.

—Es cierto —dijo Poirot—. ¿Ha oído hablar de Albert Chapman, mister Barnes?

—¡Ah! ¿El esposo de la señora en cuyo piso encontró la muerte miss Sainsbury Seale? Parece ser una persona muy escurridiza.

—¿Casi inexistente?

—¡Oh, no! —dijo mister Barnes—. Existe. ¡Claro que existe!... o existía. Oí decir que murió. Pero no hay que hacer caso de rumores.

—¿Quién era?

—No creo que lo digan en el proceso si pueden evitarlo. Sacarían, a relucir la historia del viajante de una fábrica de armamentos.

—¿Que estaba en el Servicio Secreto?

—¡Claro que sí! Pero no debió decírselo a su mujer; es decir, no debía haber continuado perteneciendo al Servicio Secreto después de casado. No es costumbre... cuando se es un verdadero espía.

—¿Y Albert Chapman lo era?

—Sí. Le conocíamos por Q.X. 912. ¡Oh, no digo que tuviese una importancia especial!... Nada de eso. Pero era útil por ser insignificante..., de esas caras que no son fáciles de recordar. Le utilizaban como mensajero por toda Europa. Ya sabe de qué se trata. Se le envía una carta oficial a nuestro embajador en Ruritania... y otra extraoficial que contiene el informe por Q.X. 912..., es decir: mister Albert Chapman.

—Entonces conocerá informaciones valiosísimas.

—Probablemente no —dijo mister Barnes alegremente—. Su trabajo consiste en coger trenes, aviones y barcos, y en explicar por qué viaja y adonde va.

—¿Y le dijeron que murió?

—Eso es lo que oí; pero no hay que hacer caso de todo lo que se oye. Yo no lo creo.

Poirot le preguntó, mirándole fijamente:

—¿Qué cree usted que le ha sucedido a su esposa?

—No sé —dijo mister Barnes—. ¿Y usted?

—Tengo una idea... Pero es muy confusa.

—¿Le preocupa alguna cosa en particular? —murmuró mister Barnes con simpatía.

Hércules Poirot repuso despacio:

—Sí. La evidencia de mis propios ojos.

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