Capítulo 35

Viernes por la tarde, hora punta en Los Ángeles: un anticipo del purgatorio. Tim se vio enfangado de camino a la USC. Había pasado por casa de Erika Heinrich, la novia de Bowrick, pero echó un vistazo por la ventana y no encontró a nadie en casa. La única habitación de chica estaba en la esquina de poniente, de cara a la calle.

Era una buena trampa; Bowrick aparecería tarde o temprano.

Cuanto más avanzaba y pisaba el freno por la 110, más echaba de menos su Beemer.

El Nokia empezó a vibrar y, agradecido de que le llamaran la atención sobre el particular, se lo sacó del bolsillo y lo tiró por la ventana. El teléfono móvil se estrelló contra el asfalto y se convirtió en un enjambre de piezas que salieron rebotadas.

Había facilitado a Oso el número del Nokia y no iba a arriesgarse a que rastrearan su paradero gracias al aparato. A partir de ahora utilizaría el Nextel porque ese número sólo lo conocían el Cigüeña, que a esas alturas debía de estar escondido bajo la cama, y Robert y Mitchell, quienes, como miembros del Equipo de Operaciones Especiales de Detroit, no debían de tener ni idea sobre tecnología punta de vigilancia electrónica.

También dio a Oso los números de los Nextel de Robert y Mitchell por si el Servicio Judicial quería poner sobre su pista a los bichos raros de la Unidad de Vigilancia Electrónica, pero, aunque optaran por ello, los llevaría días prepararlo.

Llamó a los gemelos una vez más; sin embargo, ya fuera por suerte o por buen juicio, ambos tenían el móvil desconectado y los buzones de voz saltaron de inmediato. Empezó a devanarse los sesos para dar con una versión conveniente y asequible de localización telefónica de la que pudiera servirse a pesar de sus recursos limitados. A favor de él jugaba su capacidad de movimiento fuera de la ley -podía tomar atajos más rápidos y sucios que Oso y los agentes judiciales-, pero no alcanzaba a imaginar cómo llevar a cabo la tarea sin acceso directo a tecnología informática en red y sin un equipo que fuera barriendo una manzana tras otra con unidades de rastreo manual. Decidió seguir probando suerte con los móviles de Robert y Mitchell para deducir si los estaban utilizando; en caso de que estuvieran desconectados, no tendría sentido rastrearlos.

Por lo que había visto, Mitchell mantenía el móvil desconectado por costumbre; Robert era el más indicado para el contacto telefónico. Le vino a la cabeza la posibilidad de que los Masterson tuvieran los móviles desconectados porque estaban manipulando o preparando explosivos eléctricos. También se planteó que, vivieran donde viviesen, tenía que ser lo bastante lejos de la zona de Hancock Park donde estaba la residencia de Rayner para que hubieran necesitado un listín a la hora de localizar una bodega en las inmediaciones la noche que salieron juntos a tomar cervezas.

Para cuando dejó la autopista y llegó al Memorial Coliseum, ya casi eran las siete menos cuarto, y temió haberse perdido por completo el entrenamiento de Delroy Jones. Entró en el espacio inmenso al tiempo que acogedor del estadio, momentáneamente desorientado por la densidad del crepúsculo en contraste con las monótonas franjas de cemento. Vio una silueta con chándal de nailon rojo y amarillo que subía las empinadas escaleras del estadio. Ascendía por una, cruzaba en sentido lateral una vez arriba y bajaba por la siguiente. Luego el mismo recorrido otra vez.

Tim cogió una botella de Gatorade de la bolsa donde guardaba el equipo de guerra y se sentó en la cima de un tramo de escaleras para ver cómo Delroy sudaba la gota gorda para llegar hasta él. Echó un buen trago y se lo tomó con calma mientras se acercaba el muchacho, quien lo miró con expresión avisada y alcanzó a la carrera las gradas que había justo delante de él. Tim cantaba a poli a una legua, así había sido antes incluso de entrar a trabajar como agente judicial.

– ¿Delroy Jones?

Delroy no aflojó el paso.

– ¿Quién lo pregunta?

Mientras el chico enfilaba el siguiente tramo de peldaños, Tim se levantó con toda tranquilidad, se desplazó unos tres metros hacia la derecha y aguardó su llegada. Delroy jadeaba con más intensidad en el momento en que volvió a alcanzar la cima. Tim reparó en que hacía una pequeña mueca de dolor cuando apoyaba el pie izquierdo, como si se resintiera de un esguince.

– ¿Te gustaría que tu entrenador se enterase de que tomaste parte en un atraco, haciendo de vigilante?

Sin aminorar la marcha, Delroy profirió un chasquido desdeñoso.

– Tenía doce años, madero. Vas a tener que recurrir a una treta mejor.

En paralelo a las gradas y otra vez escaleras abajo. Tim se desplazó tres metros más, dejó la botella de Gatorade a sus pies y aguardó. Delroy resollaba con ganas cuando volvió a llegar a su altura.

Tim probó suerte:

– Vamos a ver. Hablemos del presente. Sé que tu primo Rhythm te ha presionado para que abras brecha en el mercado universitario. Por aquí hay cantidad de niños bonitos que quieren pasárselo bien. También sé que te negaste, pero tenemos fotografías de los dos juntos y podemos hacer que le lleguen a tu entrenador. ¿Cuánto falta para que te renueven la beca? ¿Cuatro meses?

Delroy hizo caso omiso de él, recorrió la grada hasta la mitad y entonces se detuvo, todavía de espaldas a él, alzando y bajando los hombros mientras recuperaba el aliento. Desanduvo el camino, se pasó una mano por la frente y proyectó una fina lluvia de sudor hacia el cemento. Los dos hombres se desafiaron con la mirada como perros de presa a punto de disputarse una chuleta.

– ¿Quién coño eres?

– Intento proteger a tu primo.

– Y yo soy un ortodontista blanco. Me alegro de conocerte.

Tim le ofreció la botella de Gatorade, gesto del que Delroy no hizo ningún caso.

– Rhythm Jones. ¿Dónde puedo encontrarlo?

– Ya no se hace llamar Rhythm. Ahora es G-Smooth.

– Pues tiene que resultarle difícil explicar lo del tatuaje de Rhythm en el pecho, ¿ eh? -Tim hizo chasquear los labios contra los dientes una vez y luego otra, con toda la intención de resultar irritante-. Ahora escúchame bien, Delroy, vas a tener que currártelo más. No me vengas con nombres falsos y pistas de mierda. Hay unos tipos que quieren cargarse a tu primo, y cada vez están más cerca. Tú me ayudarás porque quieres salvar la vida a tu primo y porque, si no me ayudas, pienso pillarte bien pillado y darte donde más te duela. Filtraré tus antecedentes penales a la gaceta deportiva interuniversitaria. Haré llegar fotografías tuyas con Rhythm a todos los miembros del departamento de atletismo y a todos los que tengan algo que ver con la concesión de becas. Tu cara junto al careto infame de Rhythm hará que los gilipollas blancos que dirigen el campus arruguen el morro. Y ahora, ¿qué me dices?

Delroy, nervioso, apartaba la mirada una y otra vez.

– Mira, madero, yo voy a mi rollo, sólo quiero entrenar. ¿Por qué no me dejas en paz? No soy un chivato. Joder, todo el mundo viene a interrumpirme, a preguntar… -Se mordió la lengua, pero Tim ya se había puesto en pie.

– ¿Te ha presionado alguien más?

La reacción de Tim provocó una leve contracción en el rostro del muchacho.

– Joder, tío. Yo creía que era una cuestión de quincalla, que querían llegar a un acuerdo. ¿Crees que esos cabrones van a cargárselo?

– Sé que se lo quieren cargar. ¿Les has dado la dirección?

Delroy cogió aire no sin cierta dificultad, dio un paso atrás y se levantó la sudadera como si fuera a enseñar una pistola metida en el cinturón. Encima de las costillas del costado izquierdo habían aflorado unos amplios cardenales; marcas de botas, probablemente.

– Esos cabrones no me han dejado opción.


Tim pisó a fondo el Acura por las calles de South Central. Dobló a la derecha en el garito de gofres y pollo frito, tal como le habían indicado, y redujo la velocidad al mínimo mientras contaba los números de las casas para su coleto. El escondrijo de Rhythm estaba oculto tras un muro de estuco, el único de toda la manzana. Dejó el coche calle arriba y aprovechó el regreso a pie para ponerse los guantes con tachuelas de plomo. La cancela en la verja de madera estaba sin afianzar, el cierre apenas apoyado en el gancho. La abrió con los nudillos.

La puerta principal entreabierta. Un brazo a la vista, apoyado en el suelo del codo a la muñeca. Desenfundó el 357, cerró)a verja de madera a su espalda para que no pudieran verlo desde la calle y entró en la casa. Se desplazó con la espalda pegada a la pared a su derecha, el arma adelantada, los codos en posición. Al pasar, rozó con el hombro un teléfono colgado de la pared junto a la puerta. El brazo pertenecía a un cuerpo obeso que, supuso, debía de ser el de Rhythm. Estaba tumbado boca abajo, caído sobre una barriga considerable, con la cabeza medio reventada. Los restos de pólvora tiznaban la herida de entrada en forma de estrella: había sido a quemarropa, un asunto personal.

Robert y Mitchell tenían que haber disfrutado de lo lindo cargándose a un depredador sexual como el que había matado a Beth Ann. Eso debía de haber estimulado su apetito.

Algo más allá yacía el cuerpo de un hombre blanco, también boca abajo, sin el mínimo indicio de violencia. Tim ladeó el cadáver ya medio rígido con la punta del pie y reparó en las dos heridas de bala en el pecho, ambas casi a la altura de la clavícula. En el vestíbulo, justo fuera de su vista, yacía otro cadáver con dos disparos en la espalda: uno entre los omoplatos y otro en el riñón. Un muchacho negro escuchimizado que no debía de llegar a los veinte y no medía ni uno sesenta.

Recorrió el resto de la casa para echar un vistazo. En la habitación del fondo había una mesa plegable con una balanza y un par de kilos de un polvo que debía de ser cocaína o heroína del sudeste asiático. En el rincón opuesto se veía una cámara de vigilancia sobre un trípode derribado. Tres gruesas barras de seguridad inmunizaban la puerta trasera contra las entradas imprevistas.

Sobre el linóleo de la cocina había un cuarto cadáver, correspondiente a un blanco, con el pecho abierto por un proyectil de mayor calibre. Un cuerpo de talego: cantidad de tatuajes y los triángulos de los músculos dorsales destacados en el torso voluminoso. Un AK-47 tirado junto a él, la correa todavía enganchada al cuello. Debía de ser el vigilante, a juzgar por su aspecto. En una de sus manos había un teléfono que emitía leves pitidos, y tenía enrollado en torno al antebrazo un cable negro.

De pie sobre el cuerpo, Tim cerró un ojo y miró por el agujero de bala que habría en la ventana, lo que le permitió ver un edificio quemado y deshabitado a unos ciento veinte metros de allí, separado de la casa por un jardín trasero sorprendentemente amplio y un solar vacío. Un disparo impresionante. Como tirador de precisión del Equipo de Operaciones Especiales, Robert probablemente se servía de un McMillan calibre 308, modelo policial.

Regresó al salón y examinó la cámara de vigilancia derribada. Faltaba la cinta, cosa que no le sorprendió. Siguió el serpenteo del cable eléctrico hasta un enchufe que vio detrás de una mininevera. Cuando abrió la puerta del electrodoméstico, le salió al encuentro una vaharada de aire húmedo y rancio. Temperatura ambiente. Salvo por una capa de moho en el estante de plástico, la nevera estaba vacía. Desenchufó el aparato de la pared y conectó una lámpara que encontró en el lado opuesto de la habitación. Apretó el interruptor. Nada. Un enchufe estropeado.

La cámara de seguridad era falsa.

Escudriñó la sala y reparó en un espejo colgado en la pared. Se acercó y apoyó la punta de la mira del arma en el vidrio. No había fisura entre la mira y su reflejo. Tiró del espejo pero no cedió, de modo que hizo añicos el cristal con la culata del arma en su mano enguantada.

Desde el nicho abierto en la pared le observó con mirada curiosa el objetivo de una cámara de vídeo portátil. Sacó la cinta del aparato antes de volver a introducirlo por las fauces melladas del espejo. Camino de la salida, se agachó sobre el cadáver de Rhythm y examinó lo que quedaba de su famosa cara.

Le habría gustado sentir cierta pena.

Condujo durante quince minutos antes de encontrar un establecimiento de la cadena Circuit City. Se decidió por un televisor con reproductor de vídeo incorporado porque los tenían en la esquina más apartada. Rebobinó la cinta aproximadamente una hora y luego pasó a cámara rápida la película, en blanco y negro y con muy mala definición. El plano abarcaba la mayor parte del salón y la puerta delantera. Le sorprendió la buena calidad del sonido.

Rhythm iba de acá para allá por la habitación, dando saltitos que hacían vibrar su barriga mientras hablaba por el móvil y gesticulaba como loco con la mano. El vigilante que se había encontrado tumbado en la cocina estaba perfectamente estático junto a la puerta, los brazos cruzados, una mano aferrada a la otra muñeca, el AK colgado del hombro. El otro blanco salió de la habitación del fondo con un par de kilos de merca en las manos. El chaval negro iba a su lado. El chico entrechocó la mano con Rhythm y desapareció en el cuarto de baño cerca de la puerta trasera. Cuando el blanquito le tendió uno de los paquetes a modo de ofrenda, Rhythm metió una de sus manazas en la bolsa y se pasó la yema empolvada por las encías.

El agudo timbrazo del teléfono interrumpió una incipiente conversación centrada en poner por las nubes al difunto rapero Biggie Smalls. El vigilante descolgó el auricular del teléfono fijo junto a la puerta principal.

– ¿Sí?

El teléfono siguió sonando. Apartó el auricular y lo miró. Luego se dirigió hacia la cocina.

– ¿Ya se ha jodido el teléfono? -exclamó Rhythm. Ahora ya casi bailaba, hincaba las rodillas y se meneaba siguiendo el compás-. Pero si lo acabo de comprar.

Tim reparó en unas sombras que se movían debajo de la puerta principal, acercándose por el lado de la cerradura.

El vigilante desapareció del plano. El micrófono apenas recogió el frágil sonido del cristal al hacerse añicos: la bala del francotirador.

Entonces se abrió la puerta delantera con tanta fuerza que el pomo se incrustó en la pared contraria. Entró Mitchell a la carga, aferrado con ambas manos a su 45.

Rhythm dejó de saltar. Las manos del blanquito, sin soltar los paquetes de coca, se alzaron y se separaron en un mismo movimiento. Sin pensárselo dos veces, Mitchell le metió dos tiros, y el tipo reculó con paso inseguro, rebotó en la puerta del baño y se desplomó de bruces como un tablón. Los paquetes de coca que había dejado caer al primer impacto produjeron sendas nubecillas blancas al estrellarse contra el suelo.

Rhythm, cuyo amplísimo rostro estaba contorsionado en una expresión de furia ciega, se lanzó hacia Mitchell y sus Nike de la vieja escuela resbalaron sobre la cocaína desparramada justo cuando el gemelo dirigía la mira hacia él. Le fallaron las piernas y se desplomó hacia delante, ciento cincuenta kilos largos de carne contra el deslustrado parqué.

Mitchell cruzó la habitación como un rayo, una rodilla por delante y la otra pierna doblada a la zaga, los codos desplegados, ambas manos cogidas al 45, que dio la impresión de planear por el aire para ir a detenerse contra la frente de Rhythm.

Este lanzó un gruñido potente y se estremeció, inmóvil cual ballena varada. Puso los ojos en blanco, abiertos de par en par y aterrados, la parte inferior del iris posada sobre una media luna blanquecina.

– Rhythm -le dijo Mitchell a voz en cuello-, ahora vas a saber lo que es el blues.

Le temblaron los brazos por causa del retroceso, y la cabeza de Rhythm sufrió una sacudida y arrojó una rociada. Mitchell estaba en pie y regresaba hacia la puerta, cubriendo toda la habitación con la pistola.

La puerta del cuarto de baño, entreabierta tras el topetazo del blanco, continuó abriéndose. La cabeza de Mitchell y su pistola quedaron fijas en algo, probablemente el negro delgaducho en el interior. Un instante después salió el chico poco a poco, con los pantalones desabrochados y las manos levantadas para enseñar las palmas vacías.

El muchacho intentaba disimular su terror, más que evidente:

– No he visto nada. Voy a darme media vuelta y me voy a largar. Muy despacio.

Se volvió y salió de plano hacia el pasillo del fondo. Mitchell lo siguió con la mirada. El 45 se vino abajo y luego volvió a levantarse para efectuar dos disparos.

– Pues muy bien, colega -dijo Mitchell.

Un leve chirrido anunció que un vehículo se acercaba al bordillo. Mitchell cogió la cinta de seguridad falsa, reculó y salió por la puerta principal. Había estado en la casa apenas dos minutos.

El motor del vehículo, que no se había llegado a ver en ningún momento, aceleró y se perdió.

Tim paró el vídeo y sacó la cinta. Cuando se dio media vuelta, una vendedora de unos diecisiete años estaba plantada en medio del pasillo con los ojos fijos en la pantalla, ahora sin imagen. Abrió la boca, pero no llegó a emitir ningún sonido. Se tiraba de los dedos con las manos cogidas sobre el vientre.

Ella y Tim se sostuvieron la mirada durante un momento atroz.

– Lo siento -dijo él.

La dejó allí, moviendo los labios para no decir nada.


Habían reventado tantas veces la puerta trasera, cubierta de pintadas, que estaba torcida con respecto al marco. Cuando Tim le propinó un empellón, se abrió dejando el pomo y el trozo de madera circundante adheridos a la jamba.

El edificio de apartamentos olía a orina y ceniza. Parte del interior estaba quemado, pero la estructura aún se mantenía en pie. Allí donde las llamas habían ardido con más intensidad cerca de la entrada, un hueco semicilíndrico surcaba las cuatro plantas hasta el tejado. En el tramo de escalera hacia la primera planta un montón de heces humanas aguardaba a Tim. Cada piso tenía tres habitaciones en la parte de atrás, encaradas al escondrijo de Rhythm. Con la linterna dirigida hacia el suelo, Tim fue recorriéndolas en busca del mejor ángulo de la ventana de la cocina del traficante, a poco menos de cien metros. Una grúa con martillo de demolición aparcada en el solar impedía ver esa ventana desde las habitaciones del centro, de modo que Robert debía de haberse visto obligado a elegir las de los lados. La tercera planta ofrecía un ángulo demasiado elevado y no permitía ver apenas el interior de la cocina, de modo que regresó al segundo piso y lo inspeccionó con más atención.

Era consciente de que no iba a tener la suerte de encontrar un casquillo, porque los 308 se accionan manualmente: hay que retirar la guía para que salte el casquillo después de disparar. Robert había hecho un único disparo, supuso Tim, de modo que ni siquiera había tenido que molestarse en retirar la guía. E incluso si hubiera vuelto a cargar el arma, su profesionalidad le habría impedido dejar ningún rastro, sobre todo un casquillo del calibre 30 con una bonita huella dactilar.

En las dos habitaciones laterales del segundo piso no le llamó nada la atención. Pensó en lo rápido que había aparecido Robert en casa de Rhythm con el vehículo preparado para huir: menos de dos minutos. La primera planta estaba mucho más cerca del vehículo aparcado a la salida. Tim bajó otro piso y se acuclilló en el umbral de la habitación de la derecha para tener mejor ángulo con la linterna. La capa de polvo delante de la ventana, oscurecida con ceniza, estaba hollada en dos puntos.

Un bípode.

Se acercó a la ventana, se sentó donde lo había hecho Robert y respiró un rato mientras daba vueltas a lo que sabía.

Si tenía acceso a una posición frontal, Robert prefería abordar el disparo desde la derecha.

Le gustaba la ventaja táctica de la elevación.

Usaba un bípode. Prefería sentarse a tumbarse.

A la hora de derribar una puerta, Mitchell se aproximaba por el lado de la cerradura.

No dejaban ningún testigo tras de sí.

Tim cerró los ojos y pensó en el disparo, la carrera hasta la planta baja, el breve trayecto hasta la casa para recoger a Mitchell. Dio vueltas a la estrategia de los Masterson mentalmente como si fuera un nudo difícil de deshacer.

Los gemelos eran conscientes de que no tenían la menor oportunidad de entrar por las bravas con el vigilante del AK-47 preparado junto a la puerta. Todas las ventanas de la parte delantera de la casa quedaban ocultas por el muro de estuco. La única ventana que ofrecía ángulo a un francotirador era la de la cocina.

¿Cómo llevar al tipo duro hasta allí?

El vigilante había contestado al teléfono fijo, el que solía coger, y se lo había encontrado averiado. Tuvo que ir a la cocina para hacerse con el segundo teléfono más cercano, lo que le había llevado hasta el punto de mira.

No había sido una simple cuestión de suerte.

Tim pensó en la entrada de Mitchell, cómo había accedido a la sala con aplomo y agresividad. No había perdido un solo segundo en dar un repaso al espacio.

Robert y Mitchell entraron antes, averiaron el teléfono fijo al lado de la puerta y se hicieron una idea de la distribución de la casa. La puerta de atrás del escondite contaba con triple barra de seguridad, de modo que sin duda abrieron la cerradura de la puerta principal.

Cuando pensó en lo que eso conllevaba, notó el cosquilleo del sudor que le afloraba en la nuca.

Salió a la calle, rodeó la manzana y entró por la puerta principal del escondite de Rhythm. Seguía entornada, tal como la había dejado. Se puso en cuclillas y estudió la cerradura de la puerta: una Medeco de doble cilindro, con seis tumbadores dentro para joderte el día. Era imposible que Robert y Mitchell la hubieran abierto sin ayuda de un profesional.

Pasó la yema de un dedo enguantado por la bocallave y la retiró lustrosa de aerosol lubricante.


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