Jerusalén, viernes, 9.34 h
Ha hecho que me siguieran. -A Maggie la decepcionó de nuevo la templanza de su pregunta.
– La hemos seguido a todas partes. Usted lo sabía.
– Pero ¿quiénes? ¿Para quién demonios trabaja? -Y, como si por fin la sangre hubiera llegado a su cerebro, añadió-: ¡Es usted un traidor! ¡eso es lo que es! ¡Ha traicionado a su país! ¡Ha traicionado incluso a su maldito presidente!
– Oiga, Maggie, ¿no podemos saltamos todo ese rollo irlandés de la indignidad y el honor? Usted, Bono, ese otro gilipollas de… ¿cómo se llama? ¿Bob Geldof? Todos esos bienintencionados defensores de las causas perdidas con esa manera de hablar que pretende que nos sintamos culpables. Esta vez no va a funcionar. -Estaba recostado en su silla, columpiándose sobre las patas traseras mientras masticaba un chicle de nicotina con la energía de siempre-. Esto no es una negociación con unos cuantos devoradores de plátanos en África. Usted tiene algo que yo necesito y no le quedan cartas que jugar. Ni una. Así que, dígame: ¿dónde está la jodida tablilla?
«Negociación.» La simple mención de la palabra fue suficiente para hacerla reaccionar. Siempre había tenido facilidad para lo que los loqueros llamaban «compartimentalización», aislar un determinado capítulo de su vida para poder dedicarse plenamente a la tarea que la aguardaba y en ese momento se obligó a olvidarse de la tortura sufrida e incluso de su odio hacia el monstruo que se sentaba frente a ella para hacer su trabajo. Para negociar.
– No le diré una palabra hasta que me cuente qué demonios está pasando aquí.
– Mire, Maggie, no quiero repetirme, pero en estos momentos no está en condiciones de negociar. Puedo obligarla a que me cuente todo lo que sabe, y lo haré si no me deja más remedio.
– ¿De verdad? El asesor de mayor confianza del presidente dirigiendo personalmente una agresión contra una ciudadana europea, miembro de su misión diplomática, y en pleno período preelectoral… En las encuestas quedará estupendo.
– Nadie creerá una palabra de lo que diga. Una zorra acabada que no sabe tener las piernas cerradas, primero se folla a los africanos y después a un israelí. ¿Cómo cree que quedará eso en la primera plana del Washington Post?
Involuntariamente, Maggie cerró los ojos. Se estaba preparando, como cuando un animal tensa el pellejo ante un ataque inminente. Sabía que Miller tenía razón, que su patinazo en África unido a su relación con Uri podía acabar con ella por completo, que en una batalla de credibilidad, que era a lo que se resumían todos los escándalos políticos, no tenía la más mínima posibilidad contra Bruce Miller.
– Sí, claro. Y a las madres de Estados Unidos les encantará tener un presidente cuyo principal asesor se queda tranquilamente sentado mientras una banda de matones enmascarados le mete una sonda en el culo a una de sus colaboradoras. Mire, Miller, está usted hundido en la mierda, así que, ¿por qué no habla conmigo y luego, tal vez, yo hable con usted?
Miller la miró a los ojos; una sonrisa asomaba a sus labios.
Maggie intuyó al jugador de póquer dispuesto a jugar su mano. -Como le he dicho, tiene usted carácter, Costello. En otra vida imagino que usted y yo podríamos funcionar. Ya sabe a qué me refiero.
Maggie mantuvo invariable su expresión. Cuando estaba a punto de producirse un cambio en tu oponente, no debías hacer nada que pudiera distraerlo. No había que romper el hechizo. -No es tan complicado, la verdad -dijo Miller al fin. Maggie deseó poder suspirar de alivio -el asesor se disponía a hablar-, pero su rostro permaneció impasible.
– Mire, Maggie, necesitamos este acuerdo de paz. Y estábamos jodidamente cerca. Entonces, la semana pasada, nos enteramos de que había por ahí una tablilla que podía ser el testamento de Abraham…
– ¿Cómo?
– ¿Cómo qué?
– ¿Cómo se enteraron?
– Por el papá de su amiguito, el viejo Guttman. Llamó a Baruch Kishon, el periodista israelí, y se lo dijo. No le contó la historia completa, pero sí lo suficiente. Mencionó a Aweida, el marchante de antigüedades, ya su amigo Nur. Afortunadamente, la Agencia de Seguridad Nacional estaba escuchando.
– Qué suerte, ¿verdad?
– No, no fue cuestión de suerte. Hacía años que escuchábamos a Kishon.
– ¿A Kishon? ¿Por qué narices le pusieron micrófonos a Kishon?
– ¿No ha leído los expedientes? Kishon fue el tipo que hace unos años levantó la noticia de la conexión con Tel Aviv.
Maggie maldijo a Uri por no habérselo dicho. Seguro que lo sabía. Aquel asunto había constituido el mayor rifirrafe diplomático entre Estados Unidos e Israel: tres agentes de la CIA habían hecho de agentes dobles y pasado información a los israelíes. Desde entonces, el gobierno sionista no había dejado de solicitar que los pusieran en libertad, pero ni el más proisraelí de los presidentes estadounidenses había accedido.
– Kishon seguía hablando con ellos en la cárcel, haciendo campaña a favor de su puesta en libertad. Por eso hacía años que lo espiábamos.
– Y cuando se enteraron de lo que Guttman le había contado decidieron matarlo.
– No empiece otra vez con sus jodidos sermones jovencita. Nos dimos cuenta en el acto de lo que estaba en juego. Los árabes y los israelíes estaban a punto de firmar, y eso significaba meter mano a Jerusalén y partir esa jodida ciudad en dos. Y de repente aparecía el mismísimo Dios, o su fiel representante, diciendo que no, que Jerusalén pertenecía a los judíos. Eso habría significado el fin del acuerdo.
Maggie tuvo que hacer un esfuerzo para no perder la calma.
Ese hombre había visto el texto y sabía lo que decía. No podía permitirle que descubriera que ella no.
– Ya. Y usted tuvo miedo de que los israelíes se levantaran de la mesa de negociaciones porque Abraham les había legado el Monte del Templo, ¿no es eso?
– O porque se lo había legado a los musulmanes. En el fondo es lo mismo. En ambos casos significaba el fin del proceso de paz. Teníamos que aseguramos de que ninguno de los dos bandos consiguiera la tablilla.
Aquello le dio un respiro: Miller sabía tanto como ella acerca del contenido de la tablilla. Decidió seguir con su ofensiva.
– O sea que en este tiempo usted siempre ha estado detrás de todo esto. Liquidó a Kishon, a Ahmed Nur, a Afif Aweida, a Guttman, a su viuda… a cualquiera que pudiera conocer el contenido de la tablilla y hablar. -Evitó mencionar a Uri porque decirlo podía convertirlo en realidad.
– No se precipite, Costello. A Guttman se lo cargaron los del servicio secreto israelí cuando creyeron que iba a disparar contra el primer ministro Yariv. ¿Qué otra cosa podían hacer? -y lo del kibutz del norte, el asalto y el incendio, ¿también fue cosa suya?
– Guttman fue uno de los principales arqueólogos de aquellas excavaciones. Pensamos que podía haberla escondido allí.
Maggie permaneció callada. Se contempló las muñecas, que mostraban las profundas marcas rojas de las bridas, y meneó la cabeza.
– ¿A qué viene eso? -preguntó Miller, irritado. Maggie no respondió, y él acabó dando un puñetazo en la mesa y gritó-: ¿Se puede saber por qué cojones menea la cabeza?
Ella lo miró, satisfecha de haberlo picado.
– Porque me cuesta creer que sea tan absoluta y condenadamente imbécil.
– ¿Cómo se atreve…?
– ¿Hizo todo eso porque temía que si ese testamento llegaba a hacerse público acabara con el proceso de paz? -Había una risa triste en su voz-. Todos esos asesinatos… ¿los cometió para evitar el fracaso de las negociaciones? ¿No se le ocurrió pensar ni por un segundo que todas esas muertes, en el momento más delicado de las negociaciones, podrían mandar el proceso de paz a la mierda? Cuesta creerlo. ¿Qué les pasa a los estadounidenses? Como lo de Irak: lo ven como una amenaza, así que lo invaden y crean una amenaza mil veces peor! Y ahora acaban de cometer el mismo error.
– No tiene derecho a sermonearme…
– Tengo todo el derecho. Desde que he llegado no he dejado de dar vueltas por el país intentando llegar al fondo de lo que estaba pasando, averiguar el origen de la violencia que amenazaba al proceso de paz. ¿Y por qué? Porque creía que era la mejor forma de sacarlo adelante, porque creo en ese proceso. y ahora descubro que la fuente de todos los problemas y de la violencia que lo ha echado todo por tierra no era Hamas ni Yihad ni los colonos judíos ni el Mossad. ¡Era usted!
Miller había recobrado la compostura.
– Siempre he sabido que es usted una ingenua, Maggie. Forma parte de su encanto. Pero esto es demasiado. ¿No cree que todos esos que ha mencionado empezarían a hacer lo mismo tan pronto como conocieran el contenido del testamento? Por supuesto que lo harían. Durante toda la semana se han producido un montón de asesinatos que no tienen nada que ver con nosotros: Qalqiliya, Gaza, el autobús escolar de Netanya. Aunque no hubiéramos hecho nada, habrían ocurrido igualmente. y lo mismo vale para Hizbullah o para los putos iraníes. Ese es el mundo real, querida niña. Cuando uno se enfrenta a una enfermedad que está a punto de extenderse, lo que tiene que hacer es liquidar al primer animal que se contagia; de lo contrario, acabará con todo el rebaño. -Era el lenguaje propio del chico del campo recién llegado a la ciudad que Miller utilizaba con tanto éxito en los debates televisados de Washington. Siempre intimidaba a los periodistas, hacía que se sintieran blandengues urbanitas…
– Así que se trata de eso. Torpedea un poco el proceso de paz antes de que los fanáticos se lo carguen del todo.
– En este juego las buenas decisiones no existen, Maggie.
A estas alturas ya debería saberlo.
– y supongo que estaba funcionando. Hasta que llegué yo y metí la nariz.
– Oh, no se preocupe por eso.
,-¿Ah, no? Usted ya había hecho limpieza, había eliminado a cualquiera que supiera algo sobre esa tablilla. El secreto de Abraham seguiría siendo un secreto. Pero entonces intervine yo, cómo no, obsesionada día y noche con descubrir lo que usted había decidido que era mejor ocultar. Menuda idiota he sido…
– En cuanto a eso, puede estar tranquila, Maggie.
– ¿Y por qué?
– Porque ha hecho exactamente lo que nosotros queríamos que hiciera. Desde el principio.