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Hércules Poirot se detuvo en el vestíbulo al regreso del salón comedor. Las puertas estaban abiertas; entraba por ellas una corriente de aire tibio.

La lluvia había cesado y la niebla desaparecido. Volvía a hacer una hermosa noche.

Hércules Poirot encontró a mistress Redfern en su sitio favorito, sobre la escollera. Se detuvo a su lado y dijo:

—Este sitio es húmedo. No debería usted sentarse aquí. Cogerá usted un resfriado.

—No lo cogeré. De todos modos no tendría importancia —replicó la joven.

—¡Vamos, vamos, que no es usted una chiquilla! Es usted una mujer culta. Tiene usted que tomar las cosas sensatamente.

—Le aseguro a usted que nunca me resfrío.

—Pues ha sido un día muy húmedo. Sopló el viento, llovió a cántaros y la niebla lo envolvió todo. Y bien, ¿qué pasa ahora? La niebla se ha dispersado, ^1 cielo está clara y allá arriba brillan las estrellas. Es como la misma vida, madame.

—¿Sabe usted lo que más me aburre de este lugar? —preguntó Cristina Redfern con voz altiva.

—¿Qué, madame?

—La compasión.

Salió la palabra de su boca como el restallido de un látigo.

—¿Cree usted que no estoy enterada? —prosiguió—. ¿Que no veo? La gente no hacer más que decir: «¡Pobre mistress Redfern pobre mujercita!». Y el caso es que no soy pequeña, soy alta. Me aplican el diminutivo porque sienten piedad por mí. ¡Y no puedo sufrirlo!

Hércules Poirot extendió cautamente su pañuelo sobre la hierba y se sentó.

—Algo hay de eso —dijo pensativo.

—Esa mujer... —empezó ella a decir, pero se contuvo.

—¿Me permite usted que le diga una cosa, madame? ¿Algo que es tan cierto como las estrellas que brillan allá arriba? Las Arlena Stuart o las Arlena Marshall de este mundo no tienen importancia.

—Tonterías —rezongó Cristina Redfern.

—Le aseguro a usted que es cierto. Su imperio es del momento y por el momento. Lo que importa real y verdaderamente es que una mujer tenga bondad y talento.

—¿Cree usted que a los hombres les interesa la bondad y el talento? —preguntó Cristina con sorna.

—Fundamentalmente, sí —contestó gravemente Poirot.

Cristina rió con risa nerviosa.

—No estoy de acuerdo con usted.

—Su marido la quiere, madame. Lo sé.

—Usted no puede saberlo.

—Sí, sí, lo sé. Le he visto mirarla.

Los nervios de la joven señora se desmoronaron de pronto, y empezó a llorar tempestuosa y amargamente sobre el incómodo hombro de Poirot.

—No puedo sufrirlo... no puedo sufrirlo... —sollozó.

—Paciencia... sólo— paciencia —procuró tranquilizarla, palmeteándole un brazo.

La joven se irguió, secándose los ojos.

—Ya estoy mejor —dijo con voz ahogada—. Déjeme. Prefiero estar sola.

Poirot obedeció y la dejó sola, y un momento después descendía por el serpenteante sendero que conducía al hotel.

Estaba ya cerca del edificio cuando oyó murmullo de voces.

Se apartó un poco del sendero. Alguien hablaba entre unos arbustos.

Vio a Arlena Marshall y a Patrick Redfern sentado a su lado. La voz del hombre tenía un temblor de emoción.

—...¡Estoy loco por usted... loco! Dígame que le intereso algo...

Poirot vio el rostro de Arlena Marshall. Era, pensó, como el de un gato zalamero y feliz. Era un rostro animal, no humano.

—Naturalmente, querido Patrick —dijo con voz melosa.

—La adoro, bien lo sabe..

Por una vez, Hércules Poirot dejó de escuchar, volvió al sendero y siguió bajando hacia el hotel.

Una figura se le reunió de pronto. Era el capitán Marshall.

—Hermosa noche, ¿verdad? —dijo—. Y más después de tan desagradable día—. Miró al cielo y añadió—: Parece que mañana tendremos buen tiempo.

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