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Linda Marshall estaba sentada con Hércules Poirot en la playa de las Gaviotas.

—Claro que me alegro de no haberme muerto —dijo Linda—. Pero, ¿verdad, mister Poirot, que lo que hice fue exactamente como si hubiese matado a mi madrastra?

—No hay nada de eso —contestó Poirot enérgicamente—. El deseo de matar y la acción de matar son dos cosas completamente diferentes. Si en vez de una figurilla de cera hubiese usted tenido en su dormitorio a su madrastra atada de pies y manos, y hubiese usted esgrimido un puñal en vez de un alfiler, ¡no se lo habría usted clavado en el corazón! Algo dentro de usted habría dicho «no». A mí me pasa lo mismo cuando me enfurezco contra un imbécil. «Me gustaría darle un puntapié», me digo, y en su lugar doy un puntapié a la mesa. «Esta mesa es el imbécil, y por eso la golpeo», pienso. Y entonces, si es que no me he hecho demasiado daño en el pie, me siento mucho más tranquilo, y la mesa, por lo general, no ha sufrido grandes deterioros. Pero si el imbécil mismo estuviera en mi presencia, yo no le daría el puntapié Hacer figuritas de cera y clavarles un alfiler es una tontería, una chiquillada si se quiere, pero tiene su utilidad también.

»Usted se sacó el odio que ardía en su pecho y lo puso en aquella figurilla. Y con el alfiler y el fuego destruyó usted no a su madrastra, sino el odio que le tenía. Después, aun antes de enterarse de su muerte, se sintió usted purificada, más alegre, más dichosa ¿No es cierto?

—¿Cómo lo sabe usted? —preguntó ingenuamente Linda. —Eso es precisamente lo que sentí.

—Entonces no repita esas tonterías. Hágase el propósito de no odiar a su próxima madrastra.

—¿Cree usted que voy a tener otra madrastra? —preguntó Linda, perpleja—. ¡Oh, ya veo que se refiere usted a Rosamund! ¡Esa no me importa! —Titubeó y añadió—: Es una mujer sensible.

No era el adjetivo que Poirot habría elegido para Rosamund Darnley, pero se dio cuenta de que Linda lo consideraba como el mayor elogio.

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