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Al primero que vieron fue a Colgate. Su rostro tenía una expresión sombría.

—Un momento, señor.

Weston y Poirot le siguieron al despacho de mistress Castle.

—He estado comprobando con Heald lo de la máquina de escribir —dijo Colgate—. No cabe duda de que el trabajo no puede hacerse en menos de una hora. Y es bastante más, si hay que detenerse de vez en cuando para pensar. Lea ahora esta carta.

«Mi querido Marshall:

»Siento turbar tus vacaciones, pero ha surgido una situación completamente imprevista en el asunto de los contratos de Burley y Tender...»

—Etcétera, etcétera —añadió Colgate—. Está fechada el veinticuatro, es decir, ayer. El sobre lleva el cuño de ayer tarde, el de Londres, y el de Leathercombe Bay esta mañana. Utilizaron la misma máquina para el sobre y para la carta. Y por el contenido resulta claramente imposible que Marshall preparase la contestación de antemano. Las cifras que figuran en ésta son consecuencia del asunto de que trata la carta y... en fin, que todo el asunto es muy complicado.

—¡Hum! —rezongó Weston—. Al parecer habrá que descartar también a Marshall. Tendremos que investigar por otro lado. Ahora voy a ver a miss Darnley. Nos está esperando.

Entró Rosamund. Su sonrisa parecía pedir perdón por anticipado.

—No saben lo que siento molestarles —dijo—. Probablemente no valdrá la pena, pero olvidé decirles algo que, a mi juicio, tiene cierto interés.

—Usted dirá, miss Darnley —dijo Weston, indicando una silla.

—Oh, ni siquiera necesito sentarme —se excusó la joven—. Se trataba sencillamente de esto: yo les dije a ustedes que pasé la mañana en Sunny Ledge. No es del todo exacto. Olvidé decir que regresé una vez al hotel y volví a salir.

—¿A qué hora fue eso, miss Darnley?

—Alrededor de las once y cuarto.

—¿Y dice usted que volvió al hotel?

—Sí, había olvidado mis lentes ahumados. Al principio pensé que podría pasarme sin ellos, pero se me cansaron los ojos y decidí venir a buscarlos.

—¿Y fue usted directamente a su habitación?

—Sí. Es decir, no hice más que asomarme un momento a la habitación de Kenn... del capitán Marshall. Oí teclear en su máquina y pensé que era absurdo que se encerrase a escribir con un día tan hermoso. Me asomé para decirle que saliese.

—¿Y qué contestó el capitán Marshall?

Rosamund sonrió con cierto misterio.

—Cuando abrí la puerta estaba tan entusiasmado escribiendo y parecía tan abstraído en su trabajo, que decidí retirarme silenciosamente. No creo que ni siquiera me viese.

—¿A qué hora fue eso, miss Darnley?

—A las once y veinte aproximadamente. Al salir miré el reloj del vestíbulo.

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