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Emily Brewster no pudo añadir nada substancial a lo que ya conocían.

Cuando terminó su relato preguntó Weston:

—¿Y no sabe usted nada que pueda ayudarnos?

—Me temo que no. Es un asunto muy penoso. No obstante, espero que llegarán ustedes pronto a su fondo.

—Así lo espero también —dijo Weston.

—Por otra parte, no debe de ser muy difícil —añadió Emily Brewster.

—¿Qué quiere usted decir con eso, miss Brewster?

—Perdón. No intento enseñar a usted su profesión. Quise únicamente decir que, tratándose de una mujer de esa clase, el asunto debe de ser bastante fácil.

—¿Es esa su opinión? —murmuró Hércules Poirot.

—Naturalmente —contestó Emily Brewster con sequedad. —De mortuis nil nisi bonum, pero usted no puede apartarse de los hechos. Aquella mujer era muy peligrosa... y muy sospechosa, también. No tienen ustedes más que husmear un poco en su tormentoso pasado.

—¿No le era simpática a usted? —preguntó suavemente Poirot.

—Sé demasiadas cosas de ella —contestó miss Brewster—. Mi primo carnal se casó con una de las Erskine. Probablemente habrá oído hablar de la mujer que indujo al viejo sir Robert cuando chocheaba a dejarle la mayor parte de su fortuna en perjuicio de la verdadera familia.

—¿Y la familia... lo tomó a mal? —preguntó Weston.

—Naturalmente. Las relaciones del viejo con aquella mujer fueron un escándalo que acabó de coronar el legado de cincuenta mil libras que le dejó en su testamento. Acaso sea un poco dura, pero me atrevo a decir que la Arlena Stuart de este mundo merecía muy poca simpatía. Y sé algo más... un joven que perdió completamente la cabeza por ella. Ya era un poco tarambana, naturalmente, pero su asociación con esa mujer acabó de ponerlo al borde del precipicio. Hizo algo delictivo con ciertos valores, sólo por tener dinero para gastárselo con ella, y escapó a duras penas de un proceso. Aquella mujer contaminaba a cuantos trataba. Recuerden cómo estuvo a punto de hacer perder la cabeza al joven Redfern. Siento decir que no me causa el menor pesar su muerte... aunque naturalmente, hubiese sido mejor que se hubiese ahogado o despeñado. El estrangulamiento es algo impresionante...

—¿Y cree usted que el asesino fue alguien que tuvo relación con el pasado de la víctima?

—Sí que lo creo.

—¿Alguien que vino del continente sin que nadie lo viese?

—¿Y cómo iba a verlo nadie? Todos nosotros estábamos en la playa. La chiquilla de Marshall y Cristina Redfern habían ido a la Ensenada de las Gaviotas. El capitán Marshall se encontraba en su habitación del hotel. ¿Quién, pues, iba a verlo, excepto, posiblemente, miss Darnley?

—¿Dónde estaba miss Darnley?

—Sentada en lo alto del acantilado, en ese sitio que llaman Sunny Ledge. La vimos allí mister Redfern y yo cuando Íbamos dando vuelta a la isla.

—Quizá tenga usted razón, miss Brewster —dijo el coronel Weston.

—Estoy segura de que sí. Cuando una mujer es como era la víctima, ella misma proporciona la mejor pista posible. ¿No está usted de acuerdo conmigo, mister Poirot?

—¡Oh, sí! —contestó Hércules Poirot, saliendo bruscamente de su ensimismamiento—, estoy conforme con lo que acaba usted de decir. La misma Arlena Marshall es la mejor, la única pista de su propia muerte.

—Entonces, ¿qué?

Miss Brewster se puso en pie y paseó su fría mirada de uno a otro hombre.

—Puede usted estar segura —dijo el coronel Weston— de que cualquier pista que pueda surgir en el pasado de mistress Marshall no se nos pasará por alto.

Emily Brewster abandonó la habitación.

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