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Hércules Poirot continuaba sentado en el arrecife cuando se le aproximó el inspector Colgate.

A Poirot le agradaba el inspector Colgate. Le agradaban su rugoso rostro, sus ojos vivaces y sus ademanes sosegados.

El inspector Colgate se sentó a su lado.

—¿Ha hecho algo con esos casos, señor? —preguntó, mirando las hojas escritas a máquina que Poirot tenía en la mano.

—Los he estudiado... sí.

Colgate se puso en pie, se alejó un poco y se asomó al próximo nicho practicado en las rocas. Luego volvió, diciendo:

—Todo el cuidado es poco. No me agradaría que nadie escuchase nuestra conversación.

—Es usted prudente —dijo Poirot.

—No tengo inconveniente en confesar, mister Poirot, que yo mismo me interesé en esos dos casos, aunque quizá no los habría recordado de no haberme preguntado usted por ellos. —Hizo una pausa y añadió—: Confieso también que uno de esos casos me interesó en particular.

—¿El de Alice Corrigan?

—El de Alice Corrigan. Colaboré con la policía de Surrey para aclararlo...

—Cuénteme, amigo mío, me interesa muchísimo —apremió Poirot.

—Ya me lo suponía. Alice Corrigan fue encontrada estrangulada en un bosquecillo de Blackridge Heath, a unas diez millas de Marley Copse, donde fue descubierto el cadáver de Nellie Parsons. Ambos lugares están a unas doce millas de Whiteridge, donde fue vicario mister Lane tiempo atrás.

—Cuénteme algo más de la muerte de Alice Corrigan —rogó Poirot.

—La policía de Surrey no relacionó al principio su muerte con la de Nellie Parsons. Ello fue debido a que consideraron al marido como culpable. En realidad, no sé por qué. Únicamente se explica porque se trataba de un individuo de esos que la Prensa llama «hombre misterioso», de los que no saben quiénes son ni de dónde vienen. Ella se había casado con él contra la voluntad de su familia y, además de poseer algún dinero, se hizo un seguro de vida a su favor, cosa que fue suficiente para despertar las sospechas contra el pobre diablo...

»Pero cuando salieron a flote los hechos reales hubo que borrar al marido del cuadro. El cadáver fue descubierto por una de esas exploradoras que llevan pantalones. Era un testigo absolutamente competente y de fiar... profesora de gimnasia en un colegio de Lancashire. Anotó la hora cuando descubrió el cadáver; eran exactamente las cuatro y cuarto, y expuso su opinión de que la mujer llevaba poco tiempo muerta... quizá no más de diez minutos. Aquello estuvo de acuerdo con el dictamen del forense, quien examinó el cuerpo a las cinco y cuarenta y cinco. La testigo lo dejó todo como lo había encontrado y se dirigió a campo traviesa hasta el cercano puesto de policía de Bagshot. Ahora bien; entre tres y cuarto, el marido de la muerta, Edward Corrigan, se encontraba en un tren que venía de Londres, a donde había ido a pasar el día por asuntos de negocios. Otras cuatro personas venían en el mismo coche con él. En la estación tomó el autobús local, y dos de sus compañeros de viaje le acompañaron también. Se apeó a la puerta del café Pine Ridge, en donde había quedado citado con su mujer para tomar el té. Eran entonces las cuatro y veinticinco. Pidió té para ambos, pero ordenó que no lo sirvieran hasta que llegase ella. A las cinco, al ver que su mujer no llegaba, empezó a alarmarse... y pensó que quizás se hubiese dislocado un tobillo. Lo convenido era que ella atravesaría el páramo desde el pueblo donde vivían para reunirse en el café Pine Ridge y regresar juntos en autobús. El bosquecillo de Caesar no está lejos del café y se cree que, como le sobraba tiempo, la mujer se sentó para admirar el panorama antes de seguir su camino, y que algún vagabundo o loco se arrojó sobre ella y la cogió desprevenida. Una vez que se demostró la inocencia del marido, la policía relacionó la muerte de la mujer con la de Nellie Parsons, la sirvienta que fue encontrada estrangulada en Marley Copse. La policía llegó así al convencimiento de que el mismo hombre era el responsable de ambos crímenes, pero nunca lo capturó y, lo que es más, jamás se le tuvo al alcance.

Colgate guardó silencio unos momentos y terminó lentamente:

—Y ahora tenemos una tercera mujer estrangulada... y existe también cierto caballero que no logramos descubrir.

Se calló. Sus vivaces ojillos se fijaron en Poirot y aguardaron esperanzados.

Los labios de Poirot se movieron. El inspector Colgate aplicó ansiosamente el oído.

—... es difícil saber —murmuró Poirot— qué piezas forman parte de la alfombrilla y cuáles de la cola del gato.

—No comprendo, señor —interrumpió el inspector Colgate.

—Discúlpeme —dijo rápidamente Poirot—. Estaba pensando en voz alta.

—¿Y qué quiere decir eso de la alfombrilla y el gato?

—Nada, nada en absoluto. Dígame, inspector Colgate, si usted sospechase de alguien que dice mentiras, muchas, muchísimas mentiras, siempre, y no tuviese pruebas, ¿qué haría usted?

—Difícil de contestar es esa pregunta —dijo el inspector.

—Pero mi opinión es que si alguien miente, acabarán por descubrirse sus mentiras.

—Sí, eso es cierto —asintió Poirot—. Me interesa aclarar que la creencia de que ciertas afirmaciones son mentiras es cosa solamente de mi imaginación. Creo que son mentiras, pero no puedo saber que son mentiras. Pero quizá pueda hacerse una prueba. Una prueba de alguna mentirilla de poco bulto. Y si se demuestra que es tal mentira... ¡sabremos entonces que todo el resto lo es también!

El inspector Colgate le miró con curiosidad.

—Su imaginación trabaja de un modo extraño, señor —dijo—. Pero al final hace deducciones muy acertadas. ¿Puedo preguntarle qué le indujo a pedir esos detalles sobre casos de estrangulación en general?

—Ustedes tienen una palabra en su idioma... astuto. ¡Este crimen me parece un crimen muy astuto! Y me pregunté si sería el primero.

—Comprendo —murmuró Colgate.

—Me dije: «Examinemos crímenes pasados de clase similar, y si hay alguno que se parezca estrechamente a éste, eh bien, tendremos en él una pista valiosísima».

—¿Se refiere usted, señor, a la utilización del mismo procedimiento de muerte?

—No, no; quiero decir más que eso. La muerte de Nellie Parsons, por ejemplo, no me dice nada. Pero la muerte de Alice Corrigan... Dígame, inspector Colgate, ¿no nota usted un sorprendente parecido entre estos crímenes?

El inspector Colgate examinó unos momentos el problema en su imaginación.

—No, señor —dijo al fin—; no encuentro otro parecido que en uno y otro caso el marido tuvo una coartada férrea.

—Ah, ¿ha notado usted eso? —preguntó Poirot con acento de satisfacción.

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