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—He cronometrado aquellas distancias —informó el inspector Colgate—. Desde el hotel hasta el pie de la escalerilla de la Ensenada del Duende, tres minutos. Para ello hay que andar hasta perderse de vista el hotel y luego echar a correr como un endemoniado.
—Es menos tiempo del que yo pensé —dijo Weston, levantando las cejas.
—Desde el pie de la escalerilla hasta la playa, un minuto y tres cuartos. Subida, dos minutos. Esto, según Flint, que tiene algo de atleta. Caminando y tomando la escalerilla de un modo normal, se emplea cerca de un cuarto de hora.
—¿Y la cuestión de la pipa? —preguntó Weston.
—Fuman en pipa Blatt, Marshall y el clérigo —informó Colgate—. Redfern fuma cigarrillos, y el americano prefiere el cigarro. El mayor Barry no fuma en absoluto. Hay una pipa en la habitación de Marshall, dos en la de Blatt y una en la del pastor. La camarera dice que Marshall tiene dos pipas. La otra camarera no es muchacha muy despabilada. No sabe cuántas pipas tienen los otros dos. Dice vagamente que ha visto dos o tres en sus habitaciones.
—¿Algo más? —inquirió Weston.
—He investigado los antecedentes del personal del hotel. Todos parecen excelentes. Henry, el del bar, confirma la declaración de Marshall de que le vio a las once menos diez. William, el guarda de la playa, pasó la mayor parte de la mañana reparando la escalerilla de las rocas. George marcó la pista de tenis y luego preparó algunas plantas para el comedor. Ninguno de ellos vio a nadie que cruzase por la calzada hacia la isla.
—¿Cuándo quedó descubierta la calzada por la marea?
—A eso de las nueve y media, señor.
Weston comunicó a su. subordinad—» el hallazgo de la caja de emparedados en la cueva.