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Después de su marcha reinó un corto silencio, algo violento. Emily Brewster lo rompió al fin:
—¡Pobre muchacha; la compadezco! Llevan solamente casados uno o dos años.
—La muchacha de Simla, de que hablé antes —intervino el mayor Barry—, destrozó un par de matrimonios felices.
—Hay un tipo de mujer —dijo miss Brewster— que gusta de destrozar hogares. —Guardó silencio, y añadió al cabo de unos minutos—: ¡Patrick Redfern es un imbécil!
Hércules Poirot no dijo nada. Seguía contemplando la playa, pero no miraba a Patrick Redfern y Arlena Stuart.
—Voy a recoger mi esquife —anunció miss Brewster, levantándose.
El mayor Barry fijó con franca curiosidad en Poirot sus ojos de pescado:
—Bien, Poirot —dijo—, ¿en qué piensa usted? No ha abierto usted la boca. ¿Qué opina de la sirena? ¿Demasiado bonita?
—Es posible —contestó Poirot.
—Usted es perro viejo. ¡Conozco a los franceses!
—¡Yo no soy francés! —replicó Poirot fríamente.
—Bien, pero no me diga que no tiene usted una mirada para las mujeres bonitas. ¿Qué le parece ésa?
—Que no es joven —contestó Poirot.
—¿Y eso qué importa? ¡Una mujer tiene la edad que representa! Y ésta lleva los años maravillosamente.
Hércules Poirot hizo un gesto de asentimiento.
—Sí —dijo—; no hay que negar que es bonita. Pero no es la belleza lo que importa, a fin de cuentas. No es la belleza la que hace que todas las cabezas (excepto una) se vuelvan en la playa para mirarla.
—Comprendo, querido amigo, comprendo —afirmó el mayor no muy convencido, y de pronto preguntó con repentina curiosidad—: ¿Qué, está usted mirando tan fijamente?
—Estoy mirando la excepción —contestó Hércules Poirot—. Al único hombre que no levantó la cabeza cuando ella pasó.
El mayor Barry siguió con la mirada hasta posarla sobre un hombre de unos cuarenta años, muy tostado por el sol. Tenía un rostro agradable y sereno y estaba sentado en la arena fumando una pipa y leyendo el «Times».
—¡Oh, aquél! —exclamó el mayor—. Aquél es el marido. Es Marshall.
—Lo sabía —dijo Hércules Poirot.
El mayor Barry rió entre dientes. El también era un solterón. Estaba acostumbrado a pensar en el marido desde tres ángulos solamente: como el obstáculo, como el inconveniente o como la salvaguardia.
—Parece buen muchacho —dijo—. Tranquilo, reposado... ¿Habrá venido ya mi «Times»?
Se puso en pie y se encaminó hacia el hotel.
La mirada de Poirot se trasladó lentamente al rostro de Stephen Lane.
Stephen Lane observaba a Patrick Redfern y Arlena Marshall. De pronto se volvió hacia Poirot. Brillaba una luz fanática en sus ojos.
—Esa mujer —dijo— es la maldad hecha carne. ¿Lo duda usted?
—Es difícil asegurarlo —contestó lentamente Poirot.
—¿Pero es que no siente usted en el aire, en torno suyo, la presencia del Mal?
Hércules Poirot asintió inclinando lentamente la cabeza.