3



—Rosamund, ¿cómo pudo metérsete en la cabeza la idea de que yo maté a Arlena? —preguntó Kenneth Marshall.

—Confieso que fue una tontería —dijo Rosamund, avergonzada—. Pero tú tienes la culpa por ser tan reservado. Yo nunca supe lo que realmente sentías por Arlena. No sabía si la aceptabas tal como era o si... bueno, o si creías en ella ciegamente. Y pensé que si era esto último y te enterabas de pronto de su traición, enloquecerías de rabia. Me he enterado de muchas cosas de ti. Te muestras siempre tranquilo, pero a veces te enfureces de un modo terrible.

—Y por eso pensaste que la agarré por el cuello y...

—Sí, es cierto; eso es exactamente lo que pensé. Y tu coartada me pareció un poco endeble. Por eso decidí echarte una mano y discurría aquella estúpida historia de haberte visto tecleando en tu habitación. Y cuando me enteré de que tú habías dicho que me viste asomar la cabeza, bueno, aquello acabó de afirmarme en mis sospechas. Aquello y la extraña conducta de Linda.

—No te diste cuenta —repuso Kenneth Marshall con un suspiro— de que yo dije que te había visto por el espejo con objeto de apoyar tu declaración. Pensé... pensé que necesitabas que alguien corroborase.

Rosamund se le quedó mirando, estupefacta.

—¿Pero es que creíste que yo había matado a tu mujer?

Kenneth Marshall se agitó intranquilo.

—No te extrañe, Rosamund. ¿No recuerdas que en cierta ocasión, cuando muchacho, estuviste a punto de ahogarme porque cogí a tu perro? Me agarraste por la garganta y tuve que soltarlo.

—Pero eso fue hace muchos años.

—Si, lo sé...

—Y, además, ¿qué motivos pensaste que tenía yo para matar a Arlena?

Marshall rezongó algo ininteligible.

—¡Kenneth, eres un presumido! —exclamó Rosamund—. Tú pensaste que la maté por altruismo, en tu beneficio, ¿no es cierto? ¿O creíste qué la maté porque te quería para mi sola?

—Nada de eso. —protestó Kenneth, indignado—. Pero recuerda lo que me dijiste aquel día sobre la felicidad de Linda, y parecías interesarte por la mía también.

—Siempre me ha preocupado vuestro bienestar —replicó Rosamund.

—No lo niego. Ya sabes, Rosamund, que no me gusta hablar mucho de estas cosas, pero me agradaría aclarar este asunto. A mí no me interesaba Arlena; solamente un poco al principio, y el convivir con ella, día tras día, fue una prueba terrible para mis nervios. Mi vida llegó a ser un infierno, pero sentía profunda compasión por aquella mujer. Reconocía con pesar sus defectos, pero no me sentía con valor para darle el empujón final. Me había casado con ella y me correspondía la misión de guiarla y defenderla a través de la vida como a una chiquilla indefensa. Sé que ella me guardaba gratitud... y yo no aspiraba a más.

—Te comprendo, Kenn, te comprendo —dijo suavemente Rosamund.

Kenneth Marshall llenó cuidadosamente una pipa, sin atreverse a mirar a su amiga.

—Siempre fuiste muy comprensiva, Rosamund —murmuró.

Una débil sonrisa curvó la irónica boca de Rosamund.

—¿Me vas a pedir ahora que me case contigo o prefieres esperar seis meses? —preguntó con ironía.

A Kenneth Marshall se le cayó la pipa de los labios y se estrelló contra las rocas.

—¡Maldición! ¡Es la segunda pipa que pierdo aquí! —exclamó—. Y el caso es que no traigo otra. ¿Cómo diablos sabes que he decidido esperar seis meses?

—Lo supuse porque es el tiempo correcto. Pero me agradaría que acordásemos ahora algo concreto, porque en esos meses puede interponerse alguna otra mujer perseguida, que tú te apresurarías a salvar de caballerosa manera.

Marshall se echó a reír.

—Tú serás esta vez la dama perseguida, Rosamund. Pero tienes que renunciar a tu negocio de modas y resignarte a vivir en el campo.

—¿Pero no sabes que mi negocio me proporciona magníficos ingresos? ¡No te das cuenta de que es mi negocio... el que yo creé e hice prosperar, y del que me siento orgullosa! Y ahora tienes el valor de presentarte y decirme: «Renuncia a todo, querida».

—Tengo ese valor, no lo niego —insistió Marshall.

—¿Y crees que me interesas tanto como para acceder a complacerte?

—Si no lo haces, es que no me quieres.

Rosamund le cogió las manos con loco arrebato.

—¡Oh, amor mío, con lo que yo he soñado en vivir contigo en el campo toda la vida! Y el sueño va a convertirse ahora en realidad...

Загрузка...