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Hospedábase en el Jolly Roger una persona importantísima (en su propia estimación, al menos). Hércules Poirot, resplandeciente en su traje blanco ánade, con un sombrero panamá echado sobre los ojos y sus bigotes abundantemente engomados, se recostaba en una especie de mecedora perfeccionada, mientras contemplaba la playa de los bañistas. Una serie de terrazas conducían a ella desde el hotel. En la playa había patines acuáticos, botes de lona y goma, pelotas y juguetes. De la orilla arrancaba un gran trampolín y tras embarcaderos a diferentes distancias.
De los bañistas, algunos estaban en el mar, otros tendidos al sol y los demás untándose generosamente el cuerpo con aceite.
En la terraza inmediatamente superior, los bañistas se sentaban a charlar del tiempo, de la escena que tenían delante de las noticias de los periódicos de la mañana y de otros temas no menos interesantes.
A la izquierda de Poirot fluía de los labios de mistress Gardener un incesante chorro de palabras mientras las manos de la dama movían vigorosamente las agujas haciendo punto, un poco más allá, su marido, Odell C. Gardener, tendido en una hamaca, con el sombrero echado sobre la nariz, lanzaba de vez en cuando una breve afirmación cuando era requerido a ello por su amante esposa.
A la derecha de Poirot, miss Brewster, una mujer atlética, de pelo grisáceo y de agradable rostro curtido, hacía malhumorados comentarios. Las voces de miss Brewster y de mistress Gardener recordaban a un perro de pastor cuyos cortos y estentóreos ladridos fuesen interrumpidos por el incesante chillar de un Pomerania.
—Yo le dije a mi esposo —estaba diciendo mistress Gardener— que está bien viajar y conocer muchos sitios, peco que» después de todo, ya hemos recorrido toda Inglaterra y que lo que ahora necesitábamos era un lugar tranquilo, la orilla del mar, como sedante para nuestros nervios. ¿Verdad que esto es lo que dije, Odell? Precisamente sedante. Un sedante es lo que necesitamos. ¿No es cierto, Odell?
Mister Gardener contestó desde detrás de su sombrero:
—Sí, querida.
Mistress Gardener prosiguió con su tema.
—Cuando se lo mencioné a mister Kelso, de la Agencia Cook’s... (Él nos arregló todo el itinerario y nos dio tantas facilidades, que yo no sé lo que habríamos hecho sin él). Bien, pues como iba diciendo, cuando se lo mencioné, mister Kelso dijo que no podíamos hacer cosa mejor que venir aquí. Un lugar de lo más pintoresco, dijo, retirado del mundo, y al mismo tiempo muy cómodo y agradable en todos los aspectos. Mister Gardener preguntó entonces cómo andaba esto de condiciones sanitarias. Recuerdo, mister Poirot, que una hermana de mister Gardener fue a parar a un hospedaje muy cómodo y muy alegre, y en el mismo corazón de un parque; ¿pero querrá usted creer que no tenía más que un water? Esto, naturalmente, hizo que mister Gardener desconfiase de estos lugares retirados del mundo, ¿verdad, Odell?
—¡Oh, sí, querida! —confirmó mister Gardener.
—Pero, mister Kelso nos tranquilizó en seguida. La sanidad, dijo, era absoluta y la cocina excelente. Ahora estoy segura que es así. Pero lo que más me gusta de este sitio es su intimidad... ya sabe usted lo que quiero decir. Como es un lugar pequeño nos hablamos todos, y todo el mundo se conoce. Si tienen algún defecto estos ingleses, es que son un poco adustos hasta que le tratan a uno un par de años. Aparte de eso, nadie es más amable. Mister Kelso nos habló de la gente tan interesante que viene aquí, y veo que tenía razón. Está usted, mister Poirot, y miss Darnley. ¡Oh! No sabe usted lo que me emocioné al enterarme de quién era usted, ¿verdad, Odell?
—Cierto, querida.
Hércules Poirot levantó las manos rechazando aquellas palabras. Pero no fue más que un gesto de cortesía. El chorro de palabras de mistress Gardener continuó incontenible.
—Cornelia Robson me habló mucho de usted. Mister Gardener y yo estuvimos en Badenhof en mayo. Cornelia nos habló de aquel asunto de Egipto en el cual Linnet Ridgeway halló la muerte. Ella dijo que era usted maravilloso y yo estaba sencillamente rabiando por conocerle, ¿no es cierto, Odell?
—Sí, querida.
—Miss Darnley es también una mujer maravillosa. Compro muchas de mis cosas en la casa Rose Mond, que es como ella se llama comercialmente. Sus trajes son muy elegantes. Tienen un corte admirable. El traje que yo llevaba anoche se lo compré a ella. Es una mujer encantadora en todos los aspectos.
—Y de porte muy distinguido —añadió el mayor Barry, sentado un poco más allá de miss Brewster, que había tenido hasta entonces clavados sus saltones ojos en las bañistas.
—Tengo que confesarle una cosa, mister Poirot —prosiguió mistress Gardener—. Me emocionó mucho conocerle a usted, pero fue principalmente porque acababa de llegar a mi conocimiento que se encuentra usted aquí... profesionalmente. ¿Comprende a lo que me refiero? Yo soy terriblemente sensible, como mister Gardener podrá decirle, y no sé si podría resistir el verme mezclada en un crimen de cualquier clase.
Mister Gardener se aclaró la garganta.
—Sí, mister Poirot —dijo—, mi esposa ce extraordinariamente sensible.
Las manos de Hércules Poirot se agitaron en el aire.
—Permítame asegurarle a usted, madame, que me encuentro aquí con el mismo fin que ustedes, para distraerme, para descansar, para pasar las vacaciones. La idea de un crimen no ocupa ni un momento mi imaginación.
—La Isla de los Contrabandistas —intervino miss Brewster— se presta poco al hallazgo fúnebre de un «cuerpo».
—Eso no es exactamente cierto —replicó Poirot—. Mírelos allí, tendidos en filas. ¿Qué son? No son hombres ni mujeres. No hay nada personal en ellos. ¡No son nada más que... cuerpos!
—Algunos pertenecen a muchachas muy bonitas —comentó el mayor Barry.
—¿Pero qué atractivo hay en ellos? ¿Qué misterio? Yo soy viejo, de la vieja escuela. Cuando yo era joven nos enseñaban apenas los tobillos. ¡Qué emocionante el atisbo de unas espumosas enaguas! La suave turgencia de una pantorrilla una rodilla una liga rizada.
—¡Es usted un degenerado! —exclamó humorísticamente el mayor Barry.
—Son mucho más razonables las cosas ahora —dijo miss Brewster.
—¡Oh, sí, mister Poirot! —convino mistress Gardener—. A mí me parece que nuestros muchachos y muchachas llevan hoy día una vida más natural y saludable. Se pasan todo el día juntos y... y... —mistress Gardener enrojeció ligeramente— y no piensan en nada de lo que pensaban antes.
—¡Ya lo sé y me parece deplorable! —dijo Hércules Poirot.
—¿Deplorable? —protestó mistress Gardener.
—¡Sí, deplorable suprimir toda ilusión, todo el misterio! ¡Hoy todo está standardizado! —indicó con una mano las recostadas figuras de los bañistas—. Eso me recuerda muchísimo La Morgue París.
—¡Mister Poirot! —exclamó mistress Gardener, escandalizada.
—¡Cuerpos tendidos sobre losas como reses de carnicero!
—Pero, mister Poirot, ¿no serán esas palabras demasiado rebuscadas?
—Sí, es posible —admitió Poirot.
—Así y todo —añadió mistress Gardener, manejando las agujas con energía— estoy de acuerdo con usted en un punto. Esas muchachas tendidas al sol se exponen a que les crezca pelo en piernas y brazos. Se lo he dicho así a Irene... a mi hija. «Irene, le dije, si te tiendes al sol de ese modo, te nacerá pelo por todas partes: pelo en los brazos, pelo en las piernas, y pelo en el pecho, ¿y qué parecerás entonces?» ¿Verdad, que se lo dije, Odell?
—Sí, querida —contestó mister Gardener.
Guardaron todos silencio, quizá representándose mentalmente a Irene cuando hubiese ocurrido la profecía.
—Se me ocurre una cosa —dijo mistress Gardener, enrollando su labor de punto.
—¿Qué, querida? —preguntó mister Gardener.
—¿Quiere venir a tomar un refresco, miss Brewster? —preguntó la dama.
—Ahora no, gracias.
Los Gardener se alejaron hacia el hotel.
—¡Los matrimonios americanos son admirables! —comentó miss Brewster.