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Los tres hombres se miraron.

—Es templado el amigo —contestó Weston—. No ha sido posible sacarle nada. ¿Qué le ha parecido, Colgate?

El inspector hizo un gesto de desaliento.

—Es difícil de decir. Es un individuo de esos que no dejan traslucir nada. En el estrado de testigos causan muy mala impresión, aunque en realidad se les trata muy injustamente. A veces dicen la verdad y, sin embargo, no pueden demostrarlo. Esa manera de ser fue causa de que el jurado dictase un veredicto de culpabilidad contra Wallace. La prueba careció de importancia, pero el jurado no se decidió a creer que un hombre pudiera perder a su mujer y hablase y actuase tan fríamente.

Weston se dirigió a Poirot.

—¿Qué opina usted, Poirot?

Hércules Poirot levantó las manos.

—¿Qué puede uno decir? —exclamó—. Ese hombre es una caja hermética... una ostra cerrada. Ha elegido su papel. No ha oído nada, no ha visto nada, ¡no sabe nada!

—Tenemos toda una colección de móviles —dijo Colgate. —Existe el móvil de los celos y el móvil del dinero. En cierto modo, y en este caso, el marido debe ser el sospechoso número uno. Es el primero en quien se piensa. Si sabía que su mujer coqueteaba descaradamente...

—Opino que lo sabía —interrumpió Poirot.

—¿Por qué lo dice usted?

—Anoche estuve hablando con mistress Redfern en Sunny Ledge. Desde allí regresé al hotel y en el camino tropecé con mistress Marshall y Patrick Redfern unos momentos después, encontré al capitán Marshall. Tenía la cara muy sepia, muy pálida... ¡Oh, estoy seguro de que lo sabía todo!

—Oh, bien; si usted lo cree así... —rezongó Colgate, dudando.

—¡Estoy seguro! Pero de todos modos, ¿qué nos dice eso? ¿Qué sentía Kenneth Marshall por su esposa?

—Su muerte la toma con bastante frialdad —comentó el coronel Weston.

—A veces —intervino el inspector— estos individuos tranquilos son en el fondo los seres más violentos. Marshall es posible que estuviese locamente enamorado de su mujer... y locamente celoso. Pero no es de los que lo dejan traslucir.

—Sí, es posible —dijo lentamente Poirot—. Es un carácter muy interesante este capitán Marshall. A mí, al menos, me interesa muchísimo. ¿Y su coartada?

—¿La de la máquina de escribir? —rió Weston—. ¿Qué tiene usted que decir a eso, Colgate?

—Pues que no me convence del todo. Es demasiado natural. No obstante, si encontramos a la camarera que arregló la habitación y dice que oyó todo el tiempo cómo funcionaba la máquina, tendremos que confesar que la coartada es buena y buscar por otra parte.

—¡Hum! —rezongó el coronel Weston—. ¿Y qué vamos a buscar?

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