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—¡Qué sorpresa encontrarle a usted aquí! —exclamó el coronel Weston.
Hércules Poirot correspondió al saludo del jefe de Policía de manera adecuada.
—¡Muchos años han pasado desde aquel asunto de Saint Loo!
—No lo he olvidado, sin embargo —dijo Weston—. La mayor sorpresa de mi vida. Lo que todavía no he comprendido es el modo que tuvo usted de aclarar aquel fúnebre asunto. Absolutamente fuera de regla todo él. ¡Fantástico!
—Tout de même, mon colonel —dijo Poirot—. Dio el resultado apetecido, ¿no fue así?
—Sí, sí; pero sigo sosteniendo que podríamos haber llegado al mismo final con métodos más ortodoxos.
—Es posible —convino Poirot diplomáticamente.
—Y otra vez le encuentro aquí como testigo casi presencial de otro asesinato —dijo el coronel—. ¿Tiene usted ya formada alguna opinión?
—Nada en concreto... pero el asunto es interesante —contestó lentamente Poirot.
—¿Nos echará usted una mano?
—¿Me lo permitiría usted?
—Me encantaría su colaboración, querido. Todavía no poseo suficientes elementos para decidir si es o no es un caso para Scotland Yard. A primera vista parece como si nuestro asesino se encontrase dentro de un radio muy limitado. Por otra parte, tuda esta gente es forastera. Para averiguar sus antecedentes y sus móviles habría que acudir a Londres, señor Poirot.
—Sí, es cierto —dijo el detective.
—En primer lugar —prosiguió Weston—, tenemos que averiguar quién vio viva por última vez, a la víctima. La camarera le entró el desayuno a las nueve. La muchacha del escritorio la vio atravesar el vestíbulo y salir a eso de las diez...
—Amigo mío —interrumpió Poirot—, sospecho que soy el hombre que usted busca.
—¿La vio usted esta mañana? ¿A qué hora?
—A las diez y cinco. La ayudé a botar su yola desde la playa.
—¿Y se alejó en ella?
—Sí.
—¿Sola?
—Sí.
—¿Vio usted qué dirección tomó?
—Remó hasta doblar aquella punta de la derecha.
—¿O sea en dirección a la Ensenada del Duende?
—Sí.
—¿Y qué hora era entonces?
—Afirmaría que abandonó la playa a las diez y cuarto.
—¿Cuánto tiempo cree que emplearía en llegar a la ensenada?
—Oh, no soy perito en la materia. Nunca me confío a un bote ni me juego la vida en una yola. ¿Qué le parece media hora?
—Eso es lo que yo había calculado —dijo el coronel—. No se daría mucha prisa, supongo. Si llegó allí a las once menos cuarto, se ajusta a lo que ya conocemos.
—¿A qué hora sugiere el forense que murió?
—Oh, Neasdon no quiere comprometerse. Es un hombre cauto. Las once menos cuarto, como más temprano, es el límite extremo que fija.
—Hay otro punto que debo mencionar —dijo Poirot—. Al marchar, me pidió mistress Marshall que no dijese que la había visto.
Weston le miró perplejo.
—Hum —rezongó—, ¿no le parece algo extraño?
—Sí —contestó Poirot—, eso me pareció también.
Weston se retorció el bigote.
—Mire, Poirot. Usted es un hombre de mundo. ¿Qué clase de mujer era mistress Marshall?
Apareció una leve sonrisa en los labios de Poirot.
—¿No se lo han dicho a usted todavía? —preguntó.
—Sé lo que dicen de ella las mujeres —contestó el coronel—. Lo que dudo es que digan la verdad. ¿Coqueteaba con ese tal Redfern?
—Indudablemente, sí.
—¿Vino siguiéndola hasta aquí?
—Existen razones para suponerlo.
—¿Y el marido? ¿Estaba enterado? ¿Qué dice?
—Es difícil saber lo que el capitán Marshall siente o piensa. Es un hombre que no deja traslucir sus emociones.
—Pero, así y todo, puede tenerlas —replicó vivamente Weston.
—Oh, sí, puede tenerlas —convino Poirot.