Cuando volví a despertar el sol brillaba resplandeciente en el cielo. Yo, en cambio, estaba entumecida y congestionada. Comprobé que mi voz seguía pareciéndose más a la de Sam Ramey que a la de Renee Fleming. A duras penas me levanté de la cama y me vestí. La noche anterior, Harriet Whitby y Amy Blount -y después las exigencias de Geraldine Graham- me habían dejado para el arrastre. Estaba tan afónica que ni siquiera podía llamar por teléfono, así que no tuve más remedio que tomarme el día libre. Puse cintas de viejos conciertos de mi madre, escuché a Leontyne Price cantar a Mozart y tomé la sopa que el señor Contreras me trajo del mercado.
El miércoles aún seguía sorbiéndome los mocos, pero me sentía con la suficiente energía como para volver al trabajo. Me había levantado demasiado tarde, así que ya no encontraría en casa a Catherine Bayard. Para averiguar dónde podría abordarla, si en casa o en el colegio, llamé a Vina Fields, haciéndome pasar por una empleada de la mansión de los Bayard. Me atendió la secretaria de la directora.
– ¿Ha llegado puntual a clase Catherine Bayard esta mañana? Hoy ha tenido que ir en tren, pero creo que no ha cogido el primero -dije con mi voz de bajo profundo-. Le prometí que si llegaba tarde llamaría al colegio.
No me lo pusieron nada fácil: tenían que proteger a sus estudiantes, pues un colegio de alumnos ricos era un blanco perfecto para los secuestradores. La información que saqué de Nexis sobre la familia Bayard bastó para convencerlos de que me dijeran que había llegado tarde a clase de álgebra. No quise tentar a la suerte preguntando a qué hora terminaba la jornada escolar de Catherine: al menos la chica estaba en Chicago y a una distancia razonable.
El descanso del día anterior me había resultado tan reparador que fui capaz de hacer una tabla completa de ejercicios, estirar mis entumecidos músculos, sudar modestamente la camiseta con las pesas y llevar a los perros a correr un rato por el barrio. «Abrígate bien, chica dura, si coges frío, además del resfriado que tienes, puedes caer seriamente enferma», volvió a advertirme el señor Contreras.
Cuando regresamos, me sentía mucho mejor. A veces resulta difícil creer que es mejor moverse que quedarse en la cama. Confiaba en que el día se me diera bien, ya que tenía los músculos más relajados.
Lotty Herschel me llamó para recordarme que esa noche cenábamos juntas: teníamos establecido vernos una vez al mes para no perdernos la pista.
– Sí, ya oigo que estás un poco enferma, querida, pero veo más gérmenes en una hora que todos los que tú pudieras contagiarme, así que a menos que te encuentres como para no salir, ven y deja que un poco de compañía te alegre la vida.
Su entrañable e irónica preocupación resultaba tonificadora. Me vestí rápidamente con un traje pantalón a rayas negras y verdes que me gustaba. Lo usaba para trabajar, pero la chaqueta tenía cierto estilo en el corte de cintura.
En la oficina empecé llamando a Darraugh para informarle de la madrugadora alarma de su madre. Darraugh estaba en Nueva York, pero su asistente me dijo que ella se encargaría de decirle que los hombres del comisario no habían encontrado señales de allanamiento de morada. Añadió que la señora Graham ya los había llamado a ellos dos veces. «No estaba segura de que usted hubiese entendido la importancia de su cometido, pero le garanticé que el señor Graham tiene plena confianza en sus aptitudes».
– No termino de entender qué estaba haciendo allí Marcus Whitby -le dije a Caroline-. Jerry Hastings, el médico forense del condado de DuPage, sólo hizo una autopsia superficial. Sería de gran ayuda que pudiéramos precisar la causa de la muerte con más exactitud; que pudiéramos tener la certeza de si realmente Marcus Whitby murió ahogado en el agua de ese estanque. ¿Crees que Darraugh estaría dispuesto a llamar al doctor Hastings? Hastings no haría caso a una detective privada de Chicago, pero… ya sabes cómo funciona el mundo. Los Darraugh son una familia prominente en DuPage desde hace mucho tiempo.
– Se lo mencionaré la próxima vez que hablemos -prometió Caroline.
A continuación telefoneé a Harriet Whitby al hotel Drake. Le dije que además de ganar tiempo antes de que entregaran el cuerpo de Marc, estaba intentando conseguir que alguien presionara al médico forense de DuPage para que hiciera una autopsia completa.
– Si no funciona ninguna de estas ideas, usted tendrá que convencer a su madre para que acceda a que se realice una autopsia privada.
– Lo intentaré -respondió ella sin mucho entusiasmo-. Pero ¿qué más va a hacer usted?
– Voy a acercarme a la editorial Llewellyn para ver si averiguo en qué estaba trabajando su hermano cuando murió. Se han negado a contestar a la prensa, pero puede que a mí me lo digan, ya que estoy trabajando para usted. Estaré todo el día de un lado para otro; anote el número de mi móvil por si tiene que llamarme; sobre todo si Amy encuentra a alguien que nos permita entrar en la casa de su hermano. ¿Cuánto tiempo se quedará en la ciudad?
– Todo depende de mamá -dijo ella-. Si lograra convencerla de que se tome las cosas con calma… pero quiere que el funeral se celebre el viernes o el sábado.
Volví a ofrecerme para hablar con su madre, pero Harriet seguía creyendo que no era una buena idea.
– No es como si hubiera alguna prueba de… bueno, de que ha habido algún error, aparte de que él estuviera allí, para empezar. A menos que usted encuentre algo concreto, mi madre no la escuchará. Ella quiere creer que fue un trágico accidente. -Dejó escapar una risa estentórea-. Puede que yo esté haciendo lo contrario, empeñándome en que tuvo que morir por alguna razón.
– No nos preocupemos ahora por sus motivos -le dije con amabilidad-. Las preguntas que usted hace merecen respuestas.
Antes de ir a la editorial Llewellyn, terminé lo que tenía pendiente de mis otros tres pequeños casos. También busqué trabajos anteriores de Marcus Whitby. Las historias que había escrito para T-Square se centraban en escritores y artistas afroamericanos: Shirley Graham, Anne Perry, Lois Mailou Jones, el Proyecto Federal de Teatro Negro de los años treinta… Había detallado el ascenso, la caída y el actual resurgimiento de Bronzeville -el barrio del South Side en el que había comprado una casa- como marco para presentar los años de Richard Wright en Chicago. Whitby escribía para Rolling Stone de vez en cuando, y recientemente había publicado un artículo sobre un joven escritor negro cuya primera novela había causado sensación uno o dos años atrás. Y hacía unos diez años, Whitby había escrito una crónica mordaz sobre su detención y encarcelamiento durante una manifestación antiapartheid en Massachusetts. Ésa era la razón de que estuviera fichado. No había constancia de más detenciones en su historial.
Cuando estaba a punto de salir por la puerta, me telefoneó Murray Ryerson, confiando en que yo supiera algo sobre Whitby que no figurase en el material oficial.
– Llevaba puesto un traje de Oxford -dije con voluntad de ayudar-. Creo que los zapatos eran de Johnston & Murphy, pero no estoy completamente segura.
– De modo que se vestía de manera conservadora. Escribía como un liberal y vestía como un conservador. ¿Algo más?
Me quedé pensando durante un minuto largo. Los pros y los contras.
– El médico forense de DuPage parece haberse desentendido del cadáver a toda prisa. Hay quien se pregunta qué habría sucedido si Whitby hubiera sido blanco.
– ¿Quién se lo pregunta? -Murray se lanzó sobre ello como una mosca sobre un perro.
– Fuentes anónimas -dije remilgadamente-. Un cliente del que no voy a revelar su nombre. ¿Alguien ha conseguido averiguar en qué trabajaba para T-Square?
– En Llewellyn no sueltan prenda. El editor es Simón Hendricks, el tipo con cara de tomahawk, si viste las noticias de anoche. Como te atrevas a preguntarle algo, te corta las piernas por violación de la integridad editorial.
Tenía la esperanza de que eso no fuera aplicable a una embajadora de la familia del muerto; pero, desde luego, suponía ir en persona con una nota escrita, mejor que valerse del buzón de voz. Consulté mi correo electrónico por última vez, aun cuando sabía que Morrell me había advertido de que no se pondría en contacto conmigo durante al menos una semana. Y, como era de esperar, los nuevos mensajes o eran correo basura o estaban relacionados con el trabajo.
En Afganistán también se encontraba una antigua novia de Morrell, una periodista inglesa. Morrell de viaje con Susan Horseley… Intenté quitarme ese pensamiento de la cabeza. ¿Qué hizo realmente Penélope durante los veinte años que Ulises estuvo acostándose con Calipso y luchando contra el cíclope? Sólo un hombre podría imaginar que se pasó todo ese tiempo tejiendo y destejiendo. Lo más seguro es que tuviera amantes, que hiciera largos viajes y que lamentase el regreso del héroe.
Cerré la puerta y me dirigí al sur, a una zona de moda que los promotores inmobiliarios gustan de llamar River North. El edificio de Llewellyn era un cubo de ocho pisos, levantado cuando las calles al oeste de la Magnificent Mile eran tierra de nadie entre el proyecto de Cabrini Green y Gold Coast. Por entonces el suelo era barato, y además estaba muy cerca tanto del río como de las autopistas; algo de vital importancia para un editor que necesita montones de papel todas las semanas.
Hoy en día, los antiguos almacenes se han convertido en sofisticadas galerías de arte, mientras que los bloques de pisos que se alzan en los solares disponibles hacen que el cubo de Llewellyn parezca pequeño. El auge del barrio también ha contribuido a que aparcar sea un auténtico fastidio. Al final encontré un parquímetro a varias manzanas al oeste del edificio.
El vestíbulo de Llewellyn era tan sobrio como el exterior. Lo único que tenía era una sala de espera con sillones tapizados en marrón, y un alto mostrador en forma de herradura tras el cual se sentaba una recepcionista. Nada de cuadros ni ostentación, sólo una fotografía del mismo Llewellyn en la zona de espera aliviaba la monotonía. Había un guardia uniformado entre la recepcionista y un modesto ascensor, si bien ella era de una constitución tan enorme que podía detener a cualquier intruso sin ayuda del guardia. Frunció el ceño solemnemente cuando me identifiqué y le dije que deseaba ver al señor Simón Hendricks.
– ¿Tiene cita?
– No, pero…
– El señor Hendricks no concede entrevistas que no se hayan solicitado previamente.
– Me gustaría entregarle una nota. ¿Podría hacérsela llegar, por favor?
Tomó el sobre que le tendí y lo abrió, a pesar de que estaba cerrado y dirigido al señor Hendricks. Era una nota sencilla
Estimado señor Hendricks,
Soy la investigadora privada que encontró el cadáver de Marcas Wbitby en Larchmont Hall el domingo por la noche; lo saqué del agua e intenté reanimarlo. Su hermana, la señorita Harriet Whitby, me ha contratado para que investigue su muerte. Me gustaría saber si el señor Whitby estaba trabajando en algo que pudiera haberlo llevado hasta New Solway ese día
V.I. Warshawski
Cuando la recepcionista terminó de leerla -con parsimonia, como esperando de mí una demostración de impaciencia que a ella le sirviera de excusa para echarme-, hizo una llamada interna, pero habló tan bajo que no pude oír lo que decía. Con un gesto me indicó que me sentara en la zona de espera. Me senté en el áspero tapizado marrón, con la esperanza de que mi mensaje fuera lo bastante convincente como para que se me abrieran las puertas cerradas al agresivo estilo de Murray.
Tras una larga espera que me permitió leer casi por completo el número de enero de T-Square, que se encontraba sobre una mesita junto con los últimos números de otras revistas del grupo Llewellyn, salió una mujer del ascensor y se me acercó. Medía un metro noventa, aproximadamente, era delgada como un galgo, y llevaba un ajustado atuendo de cuero color turquesa y unas botas de tacón alto que le añadían unos veinte centímetros más de altura. Al lado de aquel azul luminoso, mi traje a rayas parecía trasnochado y convencional.
No se sentó, así que me puse de pie. No suelo sentirme bajita al lado de otras personas, pero a esta mujer mis ojos le llegaban a la altura del esternón. No hizo el menor caso de la mano que le tendí al mismo tiempo que sonreía y me presentaba.
– Soy la asistente del señor Hendricks. ¿Para qué quiere verlo?
Bajé la mano y hablé con una sinceridad impostada que resultaba tan irritante como la hostilidad más abierta.
– Lamento que la recepcionista no le haya permitido leer mi nota. Soy investigadora privada. La hermana de Marcus Whitby ha contratado mis servicios para que averigüe cómo y por qué murió. Me ayudaría saber en qué estaba trabajando Marcus últimamente y qué le llevó a New Solway.
Ella torció el gesto con desdén.
– ¿Tiene algún documento que la acredite?
Saqué de la cartera mi licencia de investigadora. La miró, pero me dijo que necesitaba una prueba de que realmente Harriet Whitby me había contratado.
Saqué el móvil y llamé al Drake. Harriet no estaba en su habitación, pero cuando llamé a los Whitby resultó que mi cliente estaba con su madre. Contestó con cautela, tratando de no ser demasiado explícita delante de ella.
– En este momento estoy en la editorial, señorita Whitby. Una de las secretarias quiere asegurarse de que realmente usted me ha contratado, de que no estoy utilizando su nombre como cortina de humo para infiltrarme en la editorial Llewellyn. ¿Podría hablar con ella?
– Supongo que sí… pero en realidad no puedo… Bueno, a ver qué puedo hacer -tartamudeó Harriet.
La asistente fruncía el ceño seriamente, pero cogió el teléfono que le tendí y mantuvo una amable conversación con mi cliente. Cuando terminó, me devolvió el teléfono.
– Hablaré con el señor Hendricks.
Se dirigió hacia el mostrador de recepción haciendo sonar sus altos tacones y cogió el teléfono. Yo la seguí.
– Dice que es su hermana… No… está bien, se lo diré. -Colgó y se volvió hacia mí-. El señor Hendricks quiere alguna prueba de que realmente estábamos hablando con Harriet Whitby.
Para entonces habíamos llamado la atención de un pequeño grupo; el guardia y dos personas que salían del edificio se nos unieron en el mostrador de recepción. No decían nada, pero las sonrisas y los codazos disimulados indicaban a la asistente de Hendricks que estaba ofreciendo una buena actuación.
Me apoyé en el mostrador, echando fuego por los ojos.
– ¿De verdad está proponiendo que esta afligida mujer deje sola a su madre para que le traiga a usted alguna clase de identificación? ¿Hay algún escándalo relacionado con Marcus Whitby que estén tratando de ocultar? ¿Acaso la revista lo envió a New Solway a una muerte segura?
Las cejas depiladas de la asistente se alzaron en dos grandes semicírculos.
– Desde luego que no. Sólo intentamos proteger nuestra privacidad.
– Entonces lléveme ahora mismo a ver a Simón Hendricks. Si sabe algo sobre la muerte de Marcus Whitby, cuanto antes me lo diga antes podré ayudar a la familia Whitby a que se lleve a su hijo a casa para el funeral.
– Vale ya, Delaney -dijo uno de los espectadores-. Déjate de tonterías y llévala a ver a Simón.
Algunos de los presentes abundaron en la misma opinión. Delaney vaciló, pero enseguida se dio cuenta de que los ánimos del grupo se habían vuelto en su contra. Se dirigió al ascensor, diciéndome por encima del hombro que la acompañara. Subimos hasta el sexto piso, donde se encontraban las oficinas de la editorial.