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¿QUÉ TAL, TENIENTE?

Era el teniente Schorr, el oficial que tan beligerante había sido conmigo el domingo por la noche. Junto a él, silenciosa y tiesa como un palo, se encontraba la oficial Protheroe.

– ¡Teniente! -exclamé, esbozando una exuberante sonrisa de bienvenida-. Ya sabe cómo somos los de la ciudad: en cuanto respiramos un poco de aire campestre, queremos más. Es tan puro y limpio el aire de esta zona… Excepto cuando alguien se ahoga lejos de coches, de trenes y de su casa, por supuesto.

Protheroe se apresuró a hablar, antes de que Schorr reaccionase.

– Warshawski, usted es definitivamente el malo de esta interminable telenovela de Larchmont. ¿Cómo ha entrado en la casa?

– La puerta de la cocina estaba abierta, así que entré. ¿Por eso han venido? ¿Se activó la alarma?

– Nuestra presencia aquí no es de su incumbencia, pero su presencia aquí sí es de nuestra incumbencia. -Schorr se acercó hasta la puerta para comprobar que, en efecto, estaba abierta.

Me situé junto a la mesa que había en medio de la cocina; no con la misma facilidad con que lo hubiera hecho de no haber estado escalando paredes, buceando y todo lo demás de esa tarde, pero sí obligando a Schorr a colocarse entre el horno donde estaba Benjamin y yo en caso de que éste quisiera verme. Ahora que había apartado la linterna de mis ojos, pude ver que el tercer miembro del grupo era el perro guardián de los abogados, Larry Yosano.

Saludé amigablemente a Yosano antes de añadir:

– Teniente, la familia de Marcus Whitby no comparte el cómodo optimismo del comisario Salvi sobre la muerte de su hijo. Me contrataron para investigar. He venido a registrar el estanque, lo que ya he hecho, con interesantes resultados.

– Entonces reconoce haber forzado la puerta -dijo Schorr.

– ¿Seguimos teniendo problemas con ese verbo, verdad? -Parecía tan alegre como una jefa de animadoras cuyo equipo acaba de ganar en casa-. Admito que he estado en esta finca. Y aduzco que la señora Geraldine Graham y su hijo Darraugh Graham, de Continental United Group, me pidieron que viniera a esta propiedad para ver quién había en la casa. Y agrego que usted, teniente, hizo caso omiso de las llamadas de la señora Graham, que afirmaba ver luces en el ático. Sugiero que usted pensó que estaba senil y prefirió no investigar. Sostengo que no estoy de acuerdo con usted. De modo que esta noche, cuando terminé en el estanque, decidí echar un último vistazo a la casa. La puerta trasera estaba abierta, y afirmo, sin vacilar, que aproveché la oportunidad para entrar.

Schorr se puso serio. No dijo nada, no porque le hubiera impresionado mi maravilloso discurso -que a mí me pareció impresionante, dado lo cansada que estaba-, sino porque le recordé que tenía amigos en las altas esferas. Antes de hacer o decir algo que pudiera costarle caro, dos hombres jóvenes se abrieron paso por la puerta batiente. Venían sin aliento.

– Ahora no hay nadie, teniente, pero definitivamente había alguien viviendo en el ático. Mire lo que hemos encontrado. -El que hablaba mostró los libros que había en el escritorio del ático, y encima de todos ellos estaba el diccionario de Benjamín.

– Una de las ventanas del tercer piso estaba abierta -dijo el segundo oficial-. Creemos que nos oyó llegar y huyó por allí: desde el tercer piso se puede saltar al techo de la galería y luego deslizarse por las columnas hasta el suelo.

– ¿No vio correr a nadie cuando usted llegó? -me preguntó Stephanie Protheroe.

Hice un gesto negativo.

– Debe haberse ido cuando me oyó llegar, porque no había nadie en el ático cuando subí a echar un vistazo. Y no vi ninguna ventana rota cuando rodeé la casa desde fuera buscando una entrada. Estaba a punto de revisar el sótano cuando ustedes llegaron.

– ¿Hay algún lugar en el sótano donde pueda esconderse alguien? -le preguntó Schorr a Yosano.

El abogado se encogió de hombros.

– Nunca he visto la casa entera pero, por lo que yo sé, allí no hay nada fuera de lo normal: las calderas, el lavadero, ningún armario secreto ni nada por el estilo.

– Por si acaso, vamos a registrarlo -dijo Schorr, felicitando a continuación a los dos hombres-: Buen trabajo. Empiecen a peinar la zona, a ver si el tipo está escondido; por aquí fuera podría haber un montón de gente. Árabe, seguramente un terrorista que trata de huir; podría tener un arma, así que si lo ven, no duden. Sólo disparen.

Los dos jóvenes hicieron un saludo y se marcharon. La primera cacería de unos cachorros, tan ávidos de obtener su zorro que probablemente matarían a un unicornio si se les cruzara en el camino.

Schorr apuntó con su linterna a la cara de Protheroe. Ella hizo una mueca y apartó el rostro.

– Tú ve al sótano, por si acaso, Steph. Esos tipos de Al Qaeda son lo bastante listos como para hacernos creer que saltaron por una ventana, cuando todo el tiempo estuvieron escondidos en el sótano. Yosano, usted conecte la luz. Necesitamos ver qué demonios estamos haciendo.

Cuando Yosano dijo que eso tendría que esperar hasta primera hora de la mañana -la compañía de electricidad no lo consideraría una emergencia-, el teniente dio un manotazo en la puerta de acero inoxidable de uno de los armarios, y acto seguido soltó un juramento acompañado de un gesto de dolor.

– ¡Esto es una puta emergencia, hay un terrorista árabe en New Solway! ¡Muévase!

Yosano tuvo que esforzarse para mantener el tono de voz.

– Tendrá que esperar hasta mañana, teniente Schorr.

Schorr iba a lanzar otro exabrupto, pero se mordió la lengua y llamó a sus jóvenes ayudantes. Como no le respondían, se volvió hacia la oficial Protheroe, que ya había encontrado la escalera que llevaba al sótano.

– Antes de bajar, llame a la oficina y mire a ver si pueden enviarnos un generador, cualquier cosa, para que sepamos por dónde pisamos. No me gustaría que nos disparásemos entre nosotros por andar a oscuras.

De modo que no era tonto, sólo lo parecía. Me alejé de la mesa y me dirigí hacia la puerta del sótano, tratando de continuar desviando la atención del horno en el que se encontraba Benjamín.

– ¿No deberíamos llamar primero a la señora Bayard? -preguntó Stephanie Protheroe con la mano aún en el picaporte-. Algún equipo de noticias interceptará nuestra llamada, ya sabe, y se presentarán aquí enseguida. Puede que nos convenga hacerle saber que creíamos que había un terrorista escondido, antes de que la gente de la tele aparezca y empiecen a hacerle preguntas.

De modo que estaban allí porque Renee Bayard había decidido dar un golpe sorpresa. Me preguntaba cómo afectaría eso a las relaciones de Catherine con su abuela.

Las luces arrojaban sombras amenazadoras alrededor de la cocina, convirtiendo la ceñuda expresión de Schorr en la mueca de una gárgola.

– Sí, será mejor. ¿Hay algún lugar donde sentarse para mantener una conversación privada en este mausoleo? -agregó, dirigiéndose a Yosano.

– Se llevaron todo el mobiliario cuando los últimos propietarios tuvieron que irse -respondió el abogado.

– Hay sillas y un escritorio en el ático -intervine-. La señora Graham probablemente olvidó que tenía cosas allí arriba cuando vendió la casa.

– Usted siempre tiene una respuesta para todo, ¿verdad? -dijo Schorr-, ¿Cómo sabe que son sus cosas?

– En realidad no lo sé. Supongo que los terroristas árabes pudieron haberlas robado de las otras casas para traerlas luego a este ático. Hay que tener mucho cuidado en los tiempos que corren. -Abrí la puerta del sótano.

– ¿Adónde demonios cree que va?

– Como tiene a sus agentes ocupados registrando la zona y buscando un generador, pensé que podía empezar con el sótano yo misma.

– Usted no se mueva de aquí. No se vaya de la cocina hasta que vuelva de hacer una llamada. Yosano, usted cierre la puerta de atrás para que la princesa Pies Ligeros no se desvanezca en la oscuridad antes de que pueda demostrar que entró de manera ¡legal.

Para eso estaba el abogado: para abrir y cerrar puertas.

– Sigo sin entender cómo el terrorista entró aquí sin llave. La alarma no fue desconectada. A pesar de lo que dice la señorita Warshawski, hemos venido a echar un vistazo siempre que la señora Graham ha llamado para quejarse -dijo Yosano, aunque obedientemente cerró la puerta que tanto me había costado abrir.

La observación de Yosano hizo que Schorr se decidiera a registrarme para ver si tenía una llave de Larchmont o, Dios no lo quiera, si había usado ganzúas para entrar. A pesar de que Protheroe estaba allí, me registró el mismo Schorr, un poco más bruscamente de lo necesario. Pensé en la exclamación de Benjamín de que yo era una mujer y él un hombre, y me dieron ganas de decirle «quíteme las manos de encima», pero permanecí quietecita.

Schorr encontró las llaves de casa y del coche en uno de mis bolsillos y se puso a compararlas con la llave de la alarma de la casa haciendo aspavientos. Hizo ademán de guardárselas, pero se las quité de las manos.

Una vez más, antes de que hubiera una escalada de hostilidades, intervino la oficial Protheroe.

– Voy al coche a pedir el generador de emergencia, señor. ¿Quiere venir conmigo para llamar a la señora Bayard? Seguramente sea más cómodo llamar desde el coche que desde el ático; al menos allí tenemos calefacción.

– Sí, está bien. Quédese aquí con ella, Yosano. No me quedan oficiales para vigilar a esta chica, y no me fío de ella.

Yosano se revolvió incómodo.

– En realidad, teniente, no creo que la señorita Warshawski tenga antecedentes penales. Está trabajando para la familia Graham.

– Eso dice -lo interrumpió Schorr-. Cada vez que ha habido algo raro esta semana, aparecía esta detective en primer plano. Me gustaría saber por qué.

– ¿Puedo ir al baño? -pregunté con docilidad-. Hay uno al lado de la despensa, es que ya no puedo más. No tendrá un tampón, por casualidad, ¿verdad? He dejado los míos en el coche.

Como a muchos superhombres, a Schorr le disgustaba hablar de asuntos de mujeres reales, y salió de la cocina antes de que terminara de hablar. Fui al baño, encendí la linterna y me subí al inodoro para abrir la ventanita. Había una cerradura de seguridad, pero sólo para mantener alejados a los intrusos: la llave se encontraba colgada de un gancho en el marco.

La pieza posterior de la ventana de guillotina estaba trabada de tanto tiempo como llevaba sin utilizarse; apretando el botón del inodoro varias veces, disimulé el ruido que tuve que hacer para abrirla. Esta vez la alarma sonaría sin lugar a dudas, pero como lo haría en la oficina de Lebold & Arnoff, y su sabueso estaba aquí, me figuré que pensarían que la habrían hecho saltar los oficiales mientras registraban los pisos superiores. Eché un rápido vistazo fuera: la ventana daba al sur, hacia la carretera. Los oficiales estaban registrando el norte.

De regreso en la cocina, Yosano manipulaba una agenda electrónica, enfrascado en alguna clase de juego. No sabía cuánto tiempo Benjamin podría permanecer tranquilo en ese horno; necesitaba alguna estrategia para sacar al abogado de la cocina.

– ¿Han interrumpido su vida privada para hacerlo venir hasta aquí esta noche? -pregunté.

El asintió.

– Pero sólo estoy de guardia una semana al mes. No suele ocurrir nada extraordinario: algún cliente que quiere cambiar el testamento o que esa noche se siente solo.

– ¿El señor Taverner no llamó nunca porque se sentía solo?

Yosano continuó apretando botoncitos. Cada vez que ganaba se oía una serie de pitidos.

– Oh, sí. Y como muchos de los más ancianos, me consideraba un sirviente. Todos se creen que los abogados son sus sirvientes, pero como yo soy japonés-americano, él me consideraba un jardinero. Necesitan mear, y se supone que yo tengo que ayudarlos con las botellas y los orinales.

– Suena espantoso. Seguramente podría conseguir un trabajo menos humillante.

El se encogió de hombros.

– El dinero es increíble. Y hay algo interesante: trabajamos para gente tan poderosa que a veces terminas siendo parte de la historia. Como esos documentos que tenía Taverner, hace tanto tiempo que el señor Arnoff no se ocupa de los asuntos del día a día de sus clientes, que probablemente ni supiera de ellos, pero Taverner era un viejo solitario. Me señaló ese cajón cerrado y dijo que en Nueva York había gente dispuesta a pagar diez millones por hacerse con ellos.

No dejaba de pensar en Benjamín, pero no podía perder la oportunidad de preguntarle a Yosano por los papeles.

– No los he visto nunca. -El aparatito lanzó un sonido burlón para hacerle saber que había sido bombardeado-. Pero solía decir que harían que los Diez de Hollywood -encarcelados por negarse a testificar ante el Comité de Actividades Antiamericanas- parecieron Ricitos de Oro y los tres osos, y que era una lástima que él fuera un hombre de honor y no pudiera divulgarlos.

– ¿No le habría gustado que se los enseñase?

– Oh, naturalmente -dijo Yosano-. Pero somos sus albaceas, y creí que los vería tarde o temprano. Aunque siempre te preguntas si realmente serán para tanto como dicen. Es muy humano, cuando se llega a cierta edad, creer que has hecho algo tan importante que nadie te olvidará, pero por lo general son cosas por las que ya nadie se preocupa.

Estaba a punto de responderle que a alguien sí le habían importado, o Marcus Whitby no se habría ahogado a pocos metros de donde estábamos, cuando un disparo desgarró el silencio de la noche.


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