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RITUALES NOCTURNOS

– Catherine, tienes suerte de estar con vida. Puede que los hombres del comisario fueran unos insensatos, estamos de acuerdo en que se han pasado de la raya, y vamos a tomar las medidas pertinentes, pero no trates de esconderte detrás de eso. Sé que estás herida, pero también que mientes.

Quienquiera que hablara tenía una penetrante voz de barítono; y se oía a través de la puerta de su habitación en el hospital, que no estaba del todo cerrada. Una voluntaria miró de soslayo hacia la puerta con un florero en la mano.

– Yo se las daré -me ofrecí.

Sonrió agradecida y me entregó las flores. Antes de que el guardia privado que estaba plantado a un lado de la puerta pudiera objetar nada, o pedirme una identificación, ya estaba en la habitación.

Había pasado la noche en el Drake. No es que estuviera tan cansada como para no poder dar un paso más, pero la idea de irme a dormir a casa bajo la mirada vigilante de la policía me ponía la piel de gallina. El hotel tenía artículos de baño para viajeros despistados como yo; cogí un cepillo de dientes, dentífrico y un peine del mostrador principal. Con las pocas neuronas que me quedaban, llamé al señor Contreras para avisarle de que no se le ocurriera llamar a Freeman, y acto seguido caí en un sueño de lo más profundo.

Al despertar a la mañana siguiente en un agradable pero desconocido dormitorio sentí un entumecimiento que me resultaba familiar aunque no precisamente agradable. A regañadientes, salté de la cama para hacer estiramientos, pero volví a acostarme. Llamé al conserje desde la cama para pedir una sesión de masaje. Ya me preocuparía por la cuenta cuando llegara el extracto de mi American Express el mes siguiente.

Desayuno en la cama. Una hora en el spa del hotel, seguida por un masaje y un tratamiento facial. Cuando volví a ponerme los vaqueros y la sudadera, cualquiera habría dicho que vivía en Gold Coast. Pero lo mejor de todo era que podía mover los brazos sin sentir que alguien me clavaba un puñal en la espalda.

Antes de salir del hotel pasé por la floristería y compré un bonito ramo de flores, al que añadí un perrito de orejas caídas. Adorable. Otros sesenta y cinco dólares a sumar a una cuenta tan larga que me la guardé en el bolsillo sin mirar el total.

El Drake se encontraba a pocas manzanas del hospital Northwestern, donde habían ingresado a Catherine Bayard. Caminé en dirección sur hasta el hospital, por la orilla del lago, con el viento agitando el papel que cubría las flores. Los gorriones se lanzaban contra el rompeolas agua con una osadía increíble, avanzando y retrocediendo. En el horizonte se arracimaban las nubes. El aire cortaba. Me sentía feliz de estar viva y caminando.

En el hospital me encontré con que la familia Bayard custodiaba la privacidad de Catherine; en información se negaron a decirme en qué habitación se encontraba. No discutí, me limité a asentir y entregué las flores. El empleado las puso en un estante junto con otros regalos por el estilo.

Me metí en un cuartito con cortina que había junto a la entrada principal hasta que una voluntaria apareció y cargó todas las flores en un carrito. Después de eso no había más que seguir al perro de orejas caídas en sus subidas y bajadas de ascensores y por los pasillos mientras la voluntaria hacía sus entregas. La de Catherine resultó ser la última de un largo pasillo de habitaciones privadas. Casi todas por las que pasamos tenían las puertas completamente cerradas, pero pude vislumbrar en algunas las cortinas de gasa y los colchones, que hacían que las habitaciones se parecieran más a las del hotel que acababa de dejar que a las de un hospital.

La habitación en la que entré era adorable, con sillones tapizados con el mismo brocado de hojas doradas que las cortinas. Las visitas podían comer o leer sobre la reluciente mesita de centro. La paciente, con el hombro vendado y un gota a gota en el brazo, era en realidad la nota discordante. Otro tanto pasaba con el hombre que le gritaba; en semejante entorno, se esperaba que las visitas se comportaran con educación.

– Ese chico árabe trabajaba en tu colegio. No esperarás que me crea que fue una coincidencia que se escondiera en… -Interrumpió su frase en cuanto Catherine, que miraba adormilada hacia la puerta, me reconoció y emitió una exclamación involuntaria.

El que vociferaba también se dio la vuelta para mirar. Era un hombre delgado y bronceado más o menos de mi edad, con un jersey de cuello alto y vaqueros, y con una mata de pelo oscuro y tupido. Me ordenó que pusiera las flores por ahí y que me marchara, pero me quedé clavada en el suelo, con el agua que caía encima del perrito mojándome la mano.

– Pero ¿quién es usted? -le pregunté.

– ¿Que quién soy yo? -gritó exasperado-. ¿Quién demonios es usted, irrumpiendo de esta manera?

Se acercó a mí y me agarró del brazo en un esfuerzo por echarme de allí. Yo me apoyé en él, haciéndole trastabillar.

– Nos conocimos en el apartamento de Olin Taverner el jueves por la noche -dije-. Ahora dígame quién es usted, y qué hace en esta habitación.

Me soltó tan rápido que se derramó el resto del agua del florero.

– Yo no… quién… -tartamudeó.

– Puede que usted no me viera la cara, pero yo sí vi la suya -dije en un malicioso susurro-. Mi siguiente llamada será a la policía. Sus huellas deben de estar por todo el escritorio que usted forzó. ¿Qué había en él?

– Papá… -intervino Catherine Bayard desde la cama con un hilo de voz-. Es mi padre.

Ambos nos volvimos hacia la chica, sintiéndonos culpables por habernos olvidado de ella. Tendría que haberme imaginado que era el padre de Catherine por la diatriba que había oído al llegar, pero estaba demasiado perpleja al reconocer al ratero del jueves como para pensar con claridad.

Me acerqué a su lado.

– ¿Qué tal te encuentras?

– Fatal. Como si me hubiera caído del caballo y éste me hubiera pasado por encima.

Sonreí.

– Ésa es una imagen de chica rica; cuando yo estoy herida, me siento como si me hubiera atropellado el camión de la basura. Lamento que hayas estado en medio de esos cowboys de segunda la noche del viernes. Yo estaba en Larchmont Hall cuando te dispararon. -A pesar de la morfina, sus ojos pasaron de mirar a su padre a mirarme a mí. Le ofrecí una sonrisa tranquilizadora-. La policía se precipitó; pensé que le habían dado a un mapache o a un ciervo cuando fueron a investigar, y yo me tenía que ir pitando a Chicago. Espero que no estuvieras tirada en el césped demasiado tiempo hasta que llegó la ambulancia.

Su padre estalló.

– ¿Estaba usted en Larchmont? ¿Con el terrorista árabe? Usted es responsable de…

– No, señor Bayard. No soy responsable de que le disparasen a su hija, y yo no vi a ningún terrorista el viernes por la noche. Estaba en New Solway el viernes por la misma razón por la que me encontraba allí el jueves.

– ¿Y cuál era?

– La investigación de un homicidio. -Dejé morir las palabras.

– ¿Homicidio? -Edwards Bayard me miró incrédulo-. ¿Es usted de la policía?

– Soy detective. Tal vez no se haya enterado de la muerte de un periodista en los jardines de Larchmont la semana pasada.

– Ah, eso. Cuando lo supe, naturalmente que me preocupé por la seguridad de mi hija en New Solway, pero Rick Salvi dice que cree que lo hizo ese chico árabe. No puede haber ido muy lejos, salvo que la mujer que estaba en la casa cuando la rodearon, usted, ¿no?, le haya ayudado a escapar.

Los ojos de Catherine se agrandaron en su cara pálida; le cogí la mano y le di un ligero apretón.

– El comisario y los federales, e incluso la policía de Chicago, creen que pueden envolver la muerte de Marcus Whitby en un bonito paquete y escribir el nombre de Benjamín Sadawi en la tarjeta de regalo. Pero están pasando por alto muchas pruebas, pruebas que dejan muy claro que Sadawi no tuvo nada que ver con la muerte de Whitby.

– ¿Pruebas? ¿Qué clase de pruebas?

Solté la mano de Catherine para acercarme a Edwards Bayard. Le hablé con mi tono carcelario pero en voz baja, para que Catherine no lo oyera.

– La policía está empezando a creer que Taverner fue asesinado, en contra de la opinión generalizada de que murió mientras dormía. Que usted apareciera en su casa como lo hizo, forzando la entrada por el patio, escondiéndose detrás de las cortinas… Bueno, eso me lleva a preguntarme dónde estaba usted el lunes por la noche. Y, en realidad, también la noche del sábado, cuando murió Marcus Whitby.

– ¿Cómo se atreve? -Echaba chispas por los ojos, pero también mantenía la voz baja, asegurándose de que su hija no siguiera nuestra conversación.

– ¿Que cómo me atrevo? Usted me derribó cuando huyó precipitadamente de la casa del muerto. Y su bonita institución de derechas es beneficiarla de la propiedad de Taverner. Deme una razón por la que no deba denunciarlo, no al viejo amigo de la familia, Rick Salvi, sino a la policía de Chicago, que no sentirá tanto respeto por usted.

– ¡Salga de aquí de inmediato! -rugió Bayard-. No voy a permitir que me trate de esa forma delante de mi hija.

– ¡Papá, por favor! -exclamó Catherine desde la cama-. No grites, no puedo soportarlo. Y déjame hablar con ella. Quiero hablar con ella.

– No, sin que yo esté presente no lo harás. No lo comprendes, Trina, pero ahora estás metida en un buen lío.

– Trina tiene muchos dolores, y el comisario Salvi tiene muchos problemas. No te pongas histérico, Eds -dijo Renee Bayard, irrumpiendo en la habitación.

Me apartó del lado de su nieta con una mirada fulminante y le tomó el pulso a la enferma. Aunque Renee iba vestida de manera informal, con pantalones de pana y un jersey, seguía llevando el brazalete de piezas de marfil, que entrechocaban mientras palpaba la muñeca de Catherine. No pude dejar de preguntarme cuánto tiempo habría estado agazapada detrás de la puerta, esperando el momento perfecto para hacer su aparición en escena.

– No es histeria preocuparse de que mi hija se vea involucrada con un terrorista fugitivo; sobre todo cuando uno está a diez mil kilómetros de distancia. ¿En qué rayos estabas pensando para dejar que uno paseara por Larchmont como lo ha hecho, en plena noche? Accedí a dejarla bajo tu cuidado cuando acepté el cargo en Washington, pero si esto va a seguir así, en cuanto esté en condiciones de viajar se mudará donde puedan vigilarla adecuadamente.

– No iré. -Catherine intentó hablar con su habitual fogosidad, pero las palabras le salieron lentamente-. Me quedo con el abuelo y la abuela. No escucharé esa mierda de derechas después de…

– ¿Lo ves? -le dijo Edwards Bayard a su madre-. Vive contigo y pierde todo respeto por mi trabajo.

– Eds, está muy débil, no puede pensar claramente. Dejémosla descansar y resolveremos la situación cuando esté recuperada. Y usted -se volvió hacia mí- no sé qué hace aquí, pero ya es hora de que se vaya.

– Quiero que se quede -susurró Catherine-. Hablar a solas. Por favor, abuela. -A Catherine le corrían las lágrimas por las pálidas mejillas.

Renee me lanzó una mirada que parecía preguntarme qué veía su nieta en mí, pero se movió con su acostumbrada determinación.

– Tienes diez minutos. Eds, tú y yo iremos a por una taza de café. Y averigua por qué el guardia dejó entrar a esta mujer en la habitación.

Una vez que ambos se marcharon me aseguré de que la puerta estuviese cerrada, luego arrastré una silla a la altura de la cabeza de Catherine, inclinándome hacia ella para poder hablar en voz baja y evitar que nos oyeran.

– Benjamin se encuentra a salvo, pero no voy a decirte dónde está. Has sido muy valiente al protegerlo, pero la policía llegará aquí en masa. Eres la nieta de Calvin y Renee Bayard; la policía no te tratará mal, pero sí te interrogarán. Y mucho. Cuanto menos sepas, mejor será para ti y para Benjamin.

– Yo lo salvé. Tengo… tengo derecho…

– No se trata de derechos; se trata de mantener a Benjamin a salvo hasta que descubramos si tiene o no alguna relación con terroristas.

La línea de su boca mostraba su terquedad de muía.

– Benji no es un terrorista. Lo conozco. Está asustado. Está solo. Me necesita.

Moví la cabeza.

– No puedes llevarlo a Larchmont otra vez. Y aunque tuvieras otro lugar donde ocultarlo, estás herida. No puedes ocuparte de él. Y además el FBI lo está buscando. Como puede que me estén vigilando, ni siquiera intento ir a verlo. En cuanto te levantes de esta cama, ellos te interrogarán. Él está a salvo donde está.

– Eso dice usted. He cuidado de él durante tres semanas y nunca he dicho una palabra a nadie. -Se sentó en la cama con una mirada furibunda en su pálido rostro-. Usted no puede llevárselo y negarse a decirme dónde se encuentra.

Sacudí la cabeza, cansada de las órdenes de los ricos, también de las de los jóvenes apasionados.

– Te lo diré si me prometes no tratar de verlo hasta que te diga que es seguro. Y si accedes a contestar a mis preguntas.

Se lo pensó durante unos momentos, sin querer darme nada a cambio, pero terminó accediendo. Cuando le dije que estaba en San Remigio, puso objeciones por el hecho de haber llevado a un musulmán a un centro católico, pero tras decirle como era el padre Lou, aceptó de mala gana que podría funcionar. Consciente del plazo fijado por Renee, interrumpí las preguntas de Catherine para hacerle las mías.

– ¿Cómo llegaste a cuidar de Benji?

El fantasma de una sonrisa le cruzó la cara.

– Un día en la cafetería. Me había dejado los libros. No había nadie, sólo él. Lo vi intentando leer… de uno de los libros de tercer curso… y lo ayudé. Después de eso un par de veces se acercó a mí durante el almuerzo… pululaba, ya sabe… preguntaba qué significaba tal palabra… Nunca se entrometía… Me gustaba… no conocía su historia… su tío murió aquí… su madre está en El Cairo… tres hermanitas… un hermano… Les manda dinero… Eso lo supe… después. -Se detuvo, jadeando. La ayudé a beber un poco de zumo y miré la hora-. Sí, la abuela. Imposible luchar contra ella… El día que vinieron a buscarlo… Benji se escondió en la caseta donde se guarda el equipamiento deportivo… Me vio… cuando devolvía… los palos de hockey… imploró ayuda. Lo escondí… me llevé a casa la llave de la verja… Hice como usted adivinó… por la escalera de incendios… Cogí el coche de la abuela… fui a buscar a Benji a Vina Fields… lo llevé hasta New Solway… No podía quedarse escondido en la caseta. Sabía que en Larchmont no vivía nadie… el único lugar que se me ocurrió… Encontramos todo ese… viejo mobiliario en el ático. Desconectamos… los sensores de alarmas. Le llevaba comida… siempre que podía acercarme.

– Pero ¿cómo entraste en Larchmont?

– El abuelo fue una vez… el año pasado… lo vi salir, a las dos de la madrugada… Theresa no se despertó… Lo seguí por el bosque y lo vi… entrar en la casa. El abuelo tenía una llave de la puerta, la alarma… esa parte era verdad… no sé de dónde… la sacó… Traje al abuelo de vuelta a casa… Conmigo sí que viene… aunque no iría… con la abuela… Papá estaba en casa, así que no dije nada… pero me quedé con… la llave.

– Pensé que Theresa tenía una alarma junto a la cama por si tu abuelo se levantaba de noche.

– Es cierto… Pero a veces ella… tiene ataques y cosas… la alarma no la despierta… La abuela no debe saberlo. No sucede a menudo… El abuelo la quiere… ella es buena con él… no le digas nada a la abuela, por favor.

Estaba cada vez más pálida y sin aliento. Le aseguré que no delataría a Theresa, y le dije que se relajara y descansara, que hablaríamos más adelante. Edwards y Renee entraron cuando Catherine se hundía en la almohada.

Edwards miró a su hija, que yacía con los ojos entrecerrados, la cara blanca, y me atravesó con la mirada.

– ¿Qué le ha estado haciendo? -Se inclinó sobre su hija y añadió con sorprendente ternura-: Trina, Trina, no pasa nada, mi niña. Papá está contigo.

Una enfermera había entrado en la habitación tras los Bayard. Pasó por delante de Edwards y Renee y puso los dedos en la muñeca de Catherine.

– Está bien, sólo cansada. Le daré algo que la ayudará a descansar y, de momento, no más conversaciones con ella.

Edwards se volvió hacia mí.

– ¿Qué le ha hecho?

– He hablado con ella, señor Bayard. Al igual que tengo intención de hablar con usted. -Acto seguido miré a su madre-. Y usted y yo tenemos mucho que contarnos.

Renee no daba crédito.

– ¿Mi hijo y usted se conocen?

– No muy bien. -Sonreí débilmente-. Pero espero que eso cambie. Hemos jugado juntos al rugby. ¿O fue una corrida de toros? Hay algunos deportes que siempre confundo.

Renee torció el gesto: no le gustaba mi tono, o no le gustaba la relación secreta con su hijo que implicaban mis palabras.

– Ya es hora de que salga de la habitación de Catherine, pero puede esperar fuera. Quisiera hablar con usted sobre lo que ocurrió el viernes.

Más órdenes de los ricos y poderosos. No le gruñí porque necesitaba que me dijera algunas cosas, como por ejemplo si había estado en el lugar de los hechos el viernes por la noche, y qué clase de preguntas le había hecho el comisario. Pero sobre todo necesitaba estar a solas con Edwards Bayard.

Fuera, en el pasillo, me apoyé en la pared, escuchando junto a la puerta, pero los murmullos eran ininteligibles. El guardia me miraba fijamente. Esperaba que recordara mi cara como la de alguien con libre acceso a la habitación de Catherine.

Paseé hasta la ventana del otro extremo del pasillo. Tal como me imaginaba, el ala privada tenía una magnífica vista del lago, y justo debajo estaban tirando un bloque de apartamentos, para seguir ampliando el hospital. Estaban derrumbando el edificio poco a poco, en lugar de convertirlo en escombros de una vez; supuse que semejante estruendo causaría estragos en el pabellón de enfermos cardíacos. Allí donde se había derribado una pared exterior, pude ver una cañería que se balanceaba y una cama que alguien había dejado olvidada.

Después de unos diez minutos, Renee Bayard salió del cuarto con su hijo. Con una penetrante mirada, le dijo al guardia que las únicas personas que podían pasar eran la enfermera privada, los dos médicos cuyos nombres el guardia ya sabía, ella y Edwards. Nada de voluntarias con flores, ni investigadoras privadas, ni, desde luego, ningún policía. Si algún agente intentaba pasar, el guardia debía avisar a Renee de inmediato, ¿estaba claro?

Cuando el hombro asintió, olla me indicó que la siguiese y nos dirigimos a la recepción. Edwards y yo éramos aproximadamente de la misma altura, le sacábamos la cabeza a Renee, pero casi tuvimos que trotar para seguirle el paso.

Bajando en el ascensor, Renee mantuvo una conversación informal: el médico tenía buenas razones para creer que esa misma noche podrían suspender la administración de morfina; ella esperaba que Edwards estuviese de acuerdo. Catherine permanecería en el hospital un par de días más; le llevarían su ordenador portátil para que pudiera chatear con sus amigas; tenían que decidir cuándo podían comenzar las visitas de sus amistades.

Al final, Renee nos condujo hasta la entrada, donde esperaba un coche. Le dijo al conductor que nos llevara a su casa.

– A la casa de Banks Street, Yoshi. La señorita Catherine está muy débil, pero consciente y alerta; estamos muy contentos con su mejoría.

Muy a mi pesar, sentí simpatía por Edwards, que no había tenido oportunidad de añadir nada tras decir: «Sí, no quería que siguieran administrándole morfina ni un minuto más». Tenía que haber sido difícil crecer con una personalidad tan fuerte a su lado. Tal vez por eso había buscado refugio en las causas de la derecha, un tabú para sus padres.


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