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MANOS EN EL AGUA

Acordarme de los prismáticos de Geraldine Graham fue lo que me llevó a deslizarme por el terreno de Larchmont Hall el domingo por la noche sin exhibir ninguna luz ni hacer la clase de jaleo que armaría si me tropezaba y me rompía el tobillo. Ella ya había llamado durante el día para asegurarse de que iba a ir. Le pregunté si había visto luces titilando la noche anterior; dijo que no, pero que tampoco había pasado toda la noche esperando a que aparecieran como se suponía que yo debía hacer. Estaba empezando a molestarme que me tratara como a una asalariada, cuando me desarmó diciendo:

– Hace diez años aún me sentía con fuerzas para pasarme la noche en vela por si entraban intrusos. Ahora ya no puedo.

Yo llevaba mi ropa de merodeadora nocturna: vaqueros negros, cazadora oscura encima de un jersey, una gorra negra que me aplastaba el pelo contra la cabeza y las mejillas embadurnadas con carbón para evitar que la luz de la luna se reflejara en mi piel. La señora Graham tendría que tener muy buena vista para avistarme, incluso con los prismáticos Rigel.

Esa noche aparqué en una de las calles residenciales del noreste de New Solway. Caminé un kilómetro en dirección sur por Dirksen, la calle que separa New Solway del límite oriental de un campo de golf.

Dirksen Road no tenía aceras. Al parecer, la idea de que la gente pudiera pasear no se había contemplado en el presupuesto de New Solway, o quizá a nadie se le ocurría hacer tal cosa. Tenía que echarme a la cuneta constantemente para esquivar el tráfico. Cuando por fin llegué a la entrada de Coverdale Lane, estaba sin aliento y de mal humor. Me apoyé en una de las imponentes columnas de piedra para quitarme unos pinchos de los vaqueros.

Cuando salí de Dirksen Road, ya era de noche. Las luces de las zonas residenciales -las casas, las farolas, el incesante tráfico- se desvanecieron. Coverdale Lane estaba lo bastante lejos del seto que protegía New Solway como para quedar fuera del alcance tanto de la luz de las farolas como del tráfico.

El oscuro silencio me hacía sentir desligada del mundo. La luna proporcionaba algo de luz, pero las nubes la ocultaban, impidiendo que iluminara el asfalto. No apartaba la vista de la maleza que crecía junto a la carretera. El día anterior por la mañana había medido la distancia en coche entre Dirksen Road y la mansión: poco más de un kilómetro. Para mí unos mil doscientos pasos, pero perdí la cuenta después del seiscientos y pico, y la oscuridad me distorsionaba el sentido de la distancia. Los animales nocturnos, que iban a lo suyo, surgían amenazadores en mi imaginación.

Me quedé inmóvil al oír un susurro entre los arbustos. Paró cuando lo hice yo, pero al cabo de unos minutos empezó otra vez. Se me humedecieron las palmas de las manos sobre la linterna a medida que el susurro parecía más próximo. Agarré la linterna de manera que pudiera usarla como un arma y dirigí el foco lo más cerca posible del lugar de donde provenía el ruido. Un mapache se quedó parado ante la luz, me miró durante un minuto largo y luego se fue hacia los arbustos con lo que se me antojó un insolente gesto de hombros peludos.

Unos pasos después, surgió de pronto Larchmont Hall. Con sus muros de ladrillo claro parecía un buque fantasma a la luz de la luna. Miré por mis prismáticos de visión nocturna, pero no vi a nadie. Rodeé con cautela los cobertizos, molestando a más mapaches y a un zorro, pero no vi a ninguna persona.

Seguí andando hasta el borde del jardín, desde donde tendría una buena panorámica de la parte trasera de la casa. Las ventanas del ático estaban a oscuras. Me encaramé a un banco a esperar.

Sentía la suficiente curiosidad por la historia familiar de Darraugh como para investigar un poco, y me había pasado la tarde en la biblioteca de la Sociedad de Historia de Chicago, echando un vistazo a viejas columnas de sociedad y noticias de prensa. Me sentía relajada en la biblioteca, manejando hojas reales de papel con gente alrededor, en lugar de estar sentada sola frente a un cursor titilante. Aprendí mucho de la historia local, pero no estaba muy segura de hasta qué punto eso iluminaba la vida de Darraugh.

El abuelo de Geraldine Graham había montado una fábrica de papel junto al río Illinois en 1877, que convirtió en un próspero negocio antes de que terminara el siglo. Las fábricas de los Drummond en Georgia y el sur de California llegaron a emplear a nueve mil personas. A finales de la década anterior tuvieron que cerrar la mayoría de dichas plantas, pero seguían teniendo una fábrica importante en Georgia. De hecho, una vez hice allí un trabajo para Darraugh, pero él no mencionó que hubiera ningún vínculo con la familia de su madre. Papel Drummond se fusionó con Industrias Continental en 1940; el nombre de los Drummond sólo prevaleció en el área relacionada con el papel.

El padre de Geraldine mandó construir Larchmont para su esposa en 1903; Geraldine, su hermano Stuart y una hermana que murió joven nacieron todos allí. El Chicago American cubrió la gala de inauguración de la casa, en la que los Taverners, los McCormicks, los Armors y otros ciudadanos ilustres de Chicago pasaron una noche festiva. Toda la historia era como una de esas películas de época que ponen en la televisión pública.


Vuestra corresponsal itinerante tuvo que mover cielo y tierra para estar en la inauguración de Larchmont Hall, tomando el tranvía para llegar al tren y el tren para llegar a la estación más alejada, donde solícitamente la recogió un vehículo junto con la gente que llevaba las flores, las langostas y toda la gama imaginable de delicias comestibles que adornarían la fête. Llegó por fuerza antes que los más regios invitados y tuvo tiempo de sobra para reconocer el terreno, donde había sillas y mesas dispuestas para tomar té al aire libre. La cena, naturalmente, fue servida en el gran comedor, a cuya mesa de roble tallado pueden sentarse treinta personas.

A los obreros italianos les llevó ocho meses completar el suelo teselado de la entrada, pero el esfuerzo valió la pena. El verde, el siena y el crudo de las teselas constituyen un precioso aunque modesto anticipo de los esplendores que aguardan dentro. Vuestra corresponsal logró asomarse al estudio del señor Drummond, un sanctasanctórum de lo más masculino, con olor a cuero, y unas cortinas rojo oscuro que ocultan las ventanas con parteluz de manera que el gran hombre no se sienta tentado a abandonar sus importantes tareas a causa de las bellezas naturales.

Desde luego la mayor belleza de todas se encontraba dentro. La señora de Matthew Drummond, de soltera señorita Laura Taverner, fue el centro de atención de todos los ojos cuando apareció con su tul bordado sobre satén amarillo maíz claro, la túnica de chifón dorado ribeteado de brillantes (del mismísimo Worth, queridas mías, como susurraba la doncella de la señora Drummond, llegada la semana pasada de París), con un despliegue de plumas de avestruz y diamantes que fue la envidia de todas y cada una de las damas. La señora de Michael Taverner, cuñada de la señora Drummond, estuvo a punto de desmayarse de vergüenza al ver lo ordinario que parecía su charmeuse rosa. Sin duda la señora de Edwards Bayard tiene sus propias ideas sobre la vestimenta, como pueden atestiguar todos los que hayan visto mil veces, más o menos, ese vestido abullonado malva; ¡o quizá las actividades extradomésticas de su marido se basan en el presupuesto del vestuario de su mujer!


La coqueta corresponsal describía con todo lujo de detalles los trece dormitorios, el salón de billar, el salón de música, donde la espectacular interpretación al piano de la señora Drummond dejó embelesados a los invitados, el estanque ornamental con bordes de arcilla azul y los tres automóviles que el señor Drummond instaló en su nuevo «garaje, como hemos sabido que los ingleses llaman a esta estructura para albergar los modernos vehículos».

Qué modernidad por parte del viejo Matthew Drummond. El garaje, que se alza a mi derecha, podría albergar seis coches con espacio para un taller en el cual repararlos. Entonces, como en la actualidad, había que hacer alarde de la fortuna. ¿De qué otra manera, si no, iban a saber los demás que se tenía?

Después de leer sobre las maravillas de Larchmont, busqué en varios índices, buscando noticias de Geraldine. En realidad quería saber quién fue el padre de Darraugh, o qué había sucedido para suscitar aquel desprecio en la voz de Geraldine cuando lo mencionó. Era algo más que curiosidad: quería saber qué corrientes se agitaban bajo la superficie de mi cliente, para evitar caer y ser arrastrada por ellas.

Me enteré de que el nacimiento de Geraldine, en 1912, fue un «acontecimiento feliz», como lo expresaba el lenguaje de hacía un siglo, una hermanita para hacer compañía al pequeño Stuart Drummond. El siguiente reportaje fue sobre la fiesta de su presentación en sociedad en 1929 junto con otras chicas de la Vina Fields Academy. Su vestido de tul de Poiret aparece descrito con detalle, incluyendo las piezas de diamante que ribeteaban el escote bordado. Aparentemente la caída de la bolsa no impidió que la familia siguiera con su tren de vida. Después de todo, algunas personas hicieron dinero con el desastre… tal vez Matthew Drummond se contaba entre ellos.

Las siguientes noticias sobre la familia consistían en un artículo en el que se daba la bienvenida a casa a Geraldine, que venía de Suiza la primavera de 1931, aquella vez con un traje de Balenciaga y «una interesante delgadez después de su reciente enfermedad». Enarqué las cejas al leer aquello: ¿se trataba de tuberculosis, o Laura Taverner Drummond tuvo que enviar a su hija a Europa para ocuparse de un embarazo no deseado?

Hubo una tremenda crisis económica en los años treinta, pero de eso uno no se enteraba en las páginas de sociedad. Las descripciones de vestidos de cinco o diez mil dólares salpicaban las columnas de cotilleo. Con esa cantidad de dinero mi padre habría mantenido a su familia con comodidad durante un año. Él tendría nueve en 1931, y repartía carbón por las mañanas antes del colegio para ayudar a la familia a salir adelante después de que su padre se quedara sin trabajo. Nunca conocí a mi abuelo, cuya salud se deterioró por la presión de no poder mantener a su familia. Murió en 1946, poco después de que se casaran mis padres.

Ninguna preocupación de esa clase empañó la boda de Geraldine Drummond con MacKenzie Graham en 1940. La ceremonia se celebró por todo lo alto en la Cuarta Iglesia presbiteriana en la avenida North Michigan: ocho damas de honor, dos jóvenes pajes con los anillos, seguida de una recepción en la propiedad de Larchmont tan exuberante que me sorprendió que la mansión no se hundiera bajo el peso del caviar. La feliz pareja se fue dos meses a Sudamérica, pues la guerra europea excluía Francia como destino.

Leyendo entre líneas, daba la impresión de que a Geraldine la habían obligado a casarse con el hijo de algún amigote de negocios del padre de ella. Su único hermano, Stuart, había muerto en un accidente de coche sin dejar descendencia, de modo que presumiblemente Geraldine era la heredera de todas las empresas Drummond. Quizá Matthew y Laura Drummond eligieron a un yerno que pensaron que podría dirigir las propiedades familiares. O tal vez Laura eligió a alguien a quien poder controlar; en las fotos de la boda, al novio se le ve acorralado y no muy feliz.

MacKenzie Graham vivió en Larchmont Hall hasta su muerte en 1957. Aparecieron escuetas notas necrológicas en todos los periódicos: muerte en casa por causas naturales. Lo que podía significar cualquier cosa, desde cáncer hasta desangramiento mortal por un accidente de caza. Tal vez era eso lo que había vuelto a Darraugh contra Larchmont, el ver morir allí a su padre.

El frío me calaba a través de la cazadora y la sudadera. A pesar de que el tiempo era inestable pero suave -estábamos a comienzos de marzo y no había habido ni nieve ni heladas durante todo el invierno-, seguía haciendo demasiado frío como para pasarse mucho tiempo sentada. Me levanté del banco y retrocedí hasta el jardín para echar un vistazo a las ventanas superiores. Nada.

Di otra vuelta alrededor del edificio, y me golpeé en la punta del pie con el mismo ladrillo suelto con el que había tropezado las dos veces anteriores. Echando pestes, me senté en un peldaño del estanque y presté atención a la noche que me rodeaba. Durante un rato sólo oí a los animales deslizarse bajo los arbustos que rodeaban el perímetro de Larchmont. De tanto en tanto pasaba algún coche por Coverdale Lane, pero ninguno se detuvo. Un ciervo cruzó el césped de puntillas. Al verme a la luz de la luna, dio la vuelta y echó a correr por la pradera.

De pronto, por encima del viento, oí un crujido fuerte entre la maleza, más allá del garaje. No se trataba de un zorro ni de un mapache. La adrenalina me recorrió todo el cuerpo. Me levanté de un salto. El crujido cesó. ¿Me habría visto el recién llegado? Traté de camuflarme entre los arbustos del jardín y de no respirar. Al instante, oí el ruido de unas pisadas sobre el ladrillo: el recién llegado había pasado de las hojas muertas al sendero. Dos pies, no cuatro. Una persona que conocía el camino, y que avanzaba con determinación.

Me tumbé boca abajo y me arrastró alrededor del estanque en dirección a la casa, sin alejarme del sendero para no anunciar mi presencia con las hojas caídas. Cuando llegué al abrigo de una gran haya levanté con sumo cuidado la cabeza, escrutando las sombras de árboles y arbustos. De pronto apareció una sombra más oscura, unos miembros ectoplásmicos flotando y agitándose a la luz de la luna. Una pequeña figura, con una mochila que dibujaba una joroba en la silueta, que se movía con la agilidad de la juventud.

Volví a bajar la cabeza hacia el césped para que el blanco de mi nariz no brillara a la luz de la luna. La figura me pasó a unos metros de la cabeza, pero no se detuvo. Cuando oí que se encontraba en el ala norte de la casa, me levanté y caminé tras ella. Debió de ver el movimiento reflejado en las contraventanas, porque giró sobre sus talones. Antes de que pudiera echarse a correr, ya me había lanzado yo a toda velocidad. La agarré de las rodillas, dio un grito y cayó bajo mi peso.

No era un chico, sino una chica, de cara pálida y delgada, pelo oscuro echado hacia atrás y recogido en una larga cola. De su piel emanaba el sudor agrio del miedo. Me aparté de ella rodando, pero la agarré del hombro con firmeza. Cuando intentó zafarse la sujeté con más fuerza.

– ¿Qué haces aquí? -pregunté.

– ¿Qué haces aquí? -siseó, asustada pero furiosa. Nuestro aliento producía nubecitas blancas en el aire nocturno.

– Soy detective. Investigo una denuncia por asalto a la propiedad.

– Oh, ya veo: tú trabajas para los cerdos. -El temor amortiguaba su desprecio.

– Ese insulto estaba ya trasnochado cuando yo tenía tu edad. ¿Acaso eres Patty Hearst robando a tus colegas ladrones para dárselo a terroristas, o Juana de Arco salvando a la nación?

Ahora la luna cabalgaba en lo alto del cielo; su luz fría brillaba sobre la chica, convirtiendo en mármol su delicado y joven rostro. Frunció el entrecejo ante mi sarcasmo pero no mordió el anzuelo.

– Me ocupo de mis asuntos. ¿Por qué no te ocupas tú de los tuyos?

– ¿Eres la persona que enciende una linterna en esta casa en mitad de la noche?

Es difícil leer expresiones a la luz de la luna, pero me pareció ver que estaba perpleja, casi asustada, y se apresuró a decir:

– He venido aquí por una apuesta. Los otros chicos pensaban que yo no tenía agallas para cruzar este enorme y solitario lugar por la noche.

– Y ellos andan por los alrededores para comprobar que cumples con tu palabra. A otro perro con ese hueso.

– No tienes ningún derecho a interrogarme. No estoy infringiendo ninguna ley.

– Eso es verdad, todavía no, por lo menos, aunque daba la sensación de que tu próximo paso iba a ser forzar la entrada. ¿Es aquí donde os encontráis tu novio y tú?

Cerró con energía los párpados, en un gesto de disgusto.

– ¿Trabajas para la brigada antivicio? Si quiero follar con mi novio, lo hago cómodamente en casa, no metiéndome en un ático abandonado.

– Entonces sabes que la luz proviene del ático. Eso sí que es interesante. -Ella tragó saliva pero se repuso.

dijiste que era el ático.

– No. Yo dije la casa. Pero tú y yo sabemos qué pasa aquí, así que dejemos este juego.

La chica torció el gesto.

– No estoy infringiendo ninguna ley, así que déjame ir. Si lo haces, no te denunciaré por atacarme.

– Eres demasiado joven para denunciarme, pero imagino que tus padres lo harían por ti. Como has venido andando, lo más seguro es que vivas en alguna de estas mansiones. Supongo que eres como todos los chicos ricos que conozco: una malcriada que nunca tiene que responsabilizarse por nada de lo que hace.

Eso la enfureció.

– ¡Yo soy una persona responsable! -gritó.

Se me soltó de la mano y echó a rodar. Traté de sujetarla por el brazo, pero sólo conseguí agarrarle la mochila. Una bolita de peluche se me quedó entre las manos cuando ella se liberó de un tirón. Echó a correr hacia los jardines. Yo salí disparada tras ella y me guardé la cosa de peluche en un bolsillo de los vaqueros.

Mientras atravesaba el jardín, ella desapareció alrededor del estanque, en dirección al bosque, por detrás de los cobertizos. Enfilé hacia el sendero y volví a tropezar con el ladrillo suelto. Iba demasiado deprisa como para recuperar el equilibrio. Moví los brazos desesperadamente, intentando mantenerme en pie, pero caí al agua de costado.

La superficie estaba cubierta de algas y hojas. El agua sólo tenía un metro y medio de profundidad, pero me entró pánico, aterrada ante la idea de no poder sacar la cabeza entre las raíces retorcidas. Cuando por fin me abrí paso entre la masa putrefacta, me encontraba lejos del borde. Estaba helándome; la ropa pesaba tanto con el agua salobre que me aprisionaba como una mortaja de hierro. Me resbalaban los pies en el fondo arcilloso y traté de agarrarme a las plantas para mantenerme en la superficie. Sin embargo, cerré los dedos alrededor de carne pegajosa. La de la carpa muerta. Del asco que me dio retrocedí con tanta fuerza que volví a caerme. Mientras me incorporaba, comprendí que no era un pez lo que había agarrado sino una mano humana.


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