18

COCODRILOS EN EL FOSO

– Me voy a New Solway -dije a Amy Blount cuando la llamé al móvil-. No he encontrado nada definitivo entre los documentos de Ballantine, pero existe una posibilidad de que Marc haya intentado ver a Calvin Bayard, que le publicó uno de sus libros. Me gustaría hablar con el señor Bayard, si es que me dejan; su esposa ha llenado de cocodrilos el foso que lo rodea. ¿Tú has descubierto algo?

– Al igual que tú, nada definitivo. La mujer que vive al lado de la casa de Marc cree haber visto luces a las tres de la madrugada de ayer. Tiene un bebé recién nacido que la despertó a esa hora, y se puso a acunarlo junto a la ventana, pero no prestó demasiada atención. Tampoco estaba del todo segura de que fuera el domingo; se pasa casi todas las noches despierta y la pobre se cae de sueño. Y, de todos modos, no miró hacia la entrada, así que no pudo ver si era Marc o un intruso. El viejo de la calle de enfrente ha visto a Marc llegar con una mujer una o dos veces, pero nadie se ha quedado a pasar la noche desde hace varios meses, al menos eso era lo que se rumoreaba.

Me encontraba en la calle 95, iba hacia el oeste en dirección a la autopista de peaje, y conducía de la peor manera posible: sujetando el volante con las rodillas, el teléfono móvil en una mano y un batido de frambuesa que me había comprado para almorzar en la otra. No me quedó más remedio que soltar el batido cuando una camioneta que cambió repentinamente de carril me hizo frenar.

Lancé un exabrupto y me eché hacia la cuneta, donde traté de limpiarme el líquido rosado que embadurnaba mis pantalones a rayas verdes. Para cuando terminé con la ropa, ya había perdido la llamada. Cuando volví a marcar pregunté a Amy con cuántas personas tenía aún que hablar. Todavía le faltaba el vecino del lado norte y los niños, que no saldrían del colegio hasta dentro de una hora.

– Si tienes tiempo quédate allí hasta que consigas hablar con alguno de los niños. ¿Qué hay de la autopsia? ¿Los Whitby han tomado ya una decisión al respecto? ¿Sí? Entonces iré a una funeraria para que lleven el cuerpo de Marc a Bryant Vishnikov desde DuPage.

Ésas eran las cosas que Mary Louise Neely sabía de sus años de trabajo en la policía; le haría una llamada a su flamante oficina.

– Una última cosa -le dije a Amy-, ¿crees que Harriet aceptaría hacer una visita a T-Square? Me pregunto si Simón Hendricks, el editor de Marc, sabe más de lo que dice sobre el último proyecto de Marc. Tal vez sea más comunicativo contigo y con Harriet.

– ¿Y qué le digo? -preguntó Amy.

– La ayudante de Marc, Aretha Cummings, cree que Hendricks estaba celoso del talento de Marc. Empieza con Aretha, a ver si consigues algo que te ayude. Por lo general, son dos las emociones que hacen hablar a la gente: el rencor y la compasión. Así que trata de que Hendricks sienta lástima por Harriet y los Whitby. Háblale de cuánto necesitan terminar con este asunto. Pero si eso no funciona, puede que algo de lo que te diga Aretha te sirva para incitarle a hablar. Augustus Llewellyn es el dueño de T-Square y de todas esas otras revistas, y su política es que nadie hable con Bayard. Quiero saber si ésa es realmente la política que siguen con todas las editoriales de la competencia o si hay algún asunto específico entre la empresa de Llewellyn y la de Bayard. El tipo que se sienta en el cubículo que está al lado del de Marc, Jason Tompkin, parece dispuesto a hablar.

– Lo intentaré -dijo, con tono dubitativo-, pero los politiqueos de oficina no se me dan muy bien.

Iba a darle ánimos, pero sus palabras me trajeron a la memoria el encuentro con Renee Bayard.

– Seguro que lo harás sin problemas; pero quizá puedas averiguar algo en Internet, en la Comisión del Mercado de Valores o» a través de Aretha Cummings: Calvin Bayard ayudó a Llewellyn en sus comienzos a obtener financiación. Algo pasó ahí, algo que hizo que Renee Bayard creyera que Llewellyn no respondería a una llamada suya. A lo mejor puedes averiguar algo al respecto. Si yo consigo ver a Calvin Bayard, también se lo preguntaré. Hablamos esta noche, ¿vale?

Mientras me terminaba el batido, llamé a Mary Louise. Tuvimos una breve charla sobre su nuevo trabajo, que, según me confesó, era más trabajo y menos diversión de lo que esperaba. Como había imaginado, sabía de una funeraria cuyo director, además de tener unos honorarios razonables, conocía bien los entresijos de las morgues del condado. Primero llamé a la oficial Protheroe, y le dije que estaban a punto de reclamarle la documentación del cadáver de Marc Whitby. Luego llamé al director de la funeraria de la que me había hablado Mary Louise, que organizó el traslado para el día siguiente por la mañana. Finalmente, dejé un mensaje en el contestador a Vishnikov para decirle que iba a llegarle el cuerpo de Marc Whitby. Acto seguido me incorporé al tráfico.

Con ambas manos al volante era el ejemplo del buen conductor, y me sentía superior a la gente que iba con libros abiertos sobre el volante, móviles al oído y hamburguesas en la boca. Como si se tratara de una recompensa, el trayecto desde Kedzie hasta la autopista no pudo ser más tranquilo, y llegué a la salida de la calle Warrenville antes del embotellamiento de la tarde.

Cuando llegué al desvío hacia Coverdale Lane, aparqué para mirar el mapa. Los bosques que había detrás de Larchmont Hall pertenecían a una suerte de zona común en medio de New Solway. Las propiedades de Bayard y Larchmont se encontraban a unos siete kilómetros de distancia si se seguía la carretera, pero sólo a un kilómetro y medio si se iba por el bosque. Supuse que lo que Catherine hizo la noche del domingo fue ir por la maleza. Aunque no me hubiera topado con Marc Whitby, probablemente no habría podido ir a su paso en la oscuridad de un bosque que ella conocía tan bien.

Durante todo el camino a New Solway traté de pensar en un argumento convincente que me facilitara la entrada en la casa de los Bayard. No se me ocurría nada. Tal vez fuera mejor aparcar en Larchmont y continuar a pie atajando por el bosque. Pero cuando encontré el 17 de Coverdale Lane, las puertas de la propiedad de los Bayard estaban abiertas. Doblé por los postes de piedra que sostenían el portón de entrada y avancé por la calzada. Tras un camino de casi un kilómetro que serpenteaba entre enormes árboles, llegué a una mansión de cuatro pisos, cuya fachada de piedra era de un color gris dorado. Como en Larchmont, la propiedad de los Bayard tenía una serie de edificios anejos: una cochera, un establo, varios invernaderos y un granero. Los jardines y el terreno circundante se perdían en el bosque.

Delante de la casa, el camino se dividía en tres: uno conducía a la cochera, otro a las demás dependencias externas, y el tercero a lo largo del lado izquierdo de la casa, donde un discreto cartel señalaba la entrada de servicio. El acceso principal, que fue donde me detuve, daba al sur; unos peldaños estrechos conducían a una puerta con pórtico.

Oía voces procedentes del lado norte de la mansión, de modo que bajé del Mustang y seguí la señal hacia la entrada de servicio. Una camioneta y una furgoneta pequeña estaban estacionadas allí. Tres hombres descargaban productos mientras una mujer con vaqueros, jersey negro de cuello alto y chaqueta los supervisaba.

A poca distancia alguien bajaba fardos de heno de una carreta. Qué bucólico. Casi justificaba que a esta parte se la llamara la «Illinois rural», como había dicho Calvin Bayard en el programa de la noche anterior. En el campo, vestidos de faena a las cuatro de la mañana como cualquier granjero de Illinois que tuviera un palacio de cuarenta habitaciones en el que protegerse de las comadrejas.

– Con esto tendrás suficiente para el fin de semana, Ruth. -Uno de los hombres se rió con ganas y le alargó un recibo.

La mujer de negro firmó, molesta por las confianzas que se tomaba el hombre, pero éste se echó a reír otra vez mientras le daba golpecitos en el hombro y le decía que volvería el lunes por la mañana. Cerró con energía las puertas traseras de la furgoneta y saltó al asiento del conductor, silbando Danny Boy con tono alegre y desafinado. En la parte de atrás del vehículo podía leerse: «Todo para el hogar», en letras verdes.

Los otros dos hombres descargaban verduras y otros alimentos. Ruth comprobaba los artículos antes de que los metieran en la casa.

– A la señorita Catherine no le gusta esta marca de yogur. ¿Por que no han traído el búlgaro? Y dijimos claramente que era tofu teriyaki; el hawaiano ni lo va a tocar. -Era la mujer que había respondido al teléfono cuando llamé haciéndome pasar por una antigua becaria de Calvin Bayard. Esperaba no estar tan afónica como el día anterior, para que no me reconociera la voz.

El hombre le dijo que el yogur búlgaro estaba caducado. Ruth le replicó ásperamente que ya podía traer unos cuantos cuando volviera el viernes, aunque tuviera que ir a Chicago a por ellos.

Si lo pensaba bien, debería haber adivinado que Catherine Bayard era vegetariana. Era rica, y podía darse el lujo de ser una vegetariana melindrosa.

Ruth me miró con el gesto torcido y dijo que me atendería en un minuto.

– ¿No será usted periodista, verdad? Si lo es, más vale que se vaya ahora mismo: no tenemos nada que decir.

Periodistas. La gente siempre lo pronuncia como si se tratara de alguna repugnante enfermedad: ¿no tendrá cólera, verdad? Y sin embargo rendimos culto a la televisión y creemos todo lo que oímos en ella. Sumisamente negué tener cualquier conexión con semejante inmundicia.

Ruth terminó su trabajo con los hombres, diciéndoles que podían servirse café en la cocina, antes de dirigirse a mí.

– ¿Sí?

Haciendo todo lo posible por aclararme la garganta y disimular el graznido de voz del día anterior, le dije que era detective y que investigaba la muerte de Marcus Whitby.

– Sabrá que el señor Whitby murió en el estanque de Larchmont el domingo por la noche.

– Sí, veo las noticias, y parece ser que el hombre vino hasta aquí para quitarse la vida, pero no entiendo qué tiene eso que ver con venir a molestarnos.

– Ah, ésa es una historia que se ha inventado el comisario Salvi para tranquilizar a la comunidad -dije con despreocupación-. Pero hay algo más. Puedo mostrarle la prueba de que el señor Whitby no fue hasta ese estanque por su cuenta, aunque es probable que le interese más saber qué relación tenía él con la familia Bayard. -Arrugó la frente aún más pero no dijo ni una palabra-. Sabemos que el señor Whitby vino aquí para ver al señor Bayard, porque…

– Eso es mentira. El señor Bayard no ha visto a nadie esta semana.

– … porque el señor Whitby estaba escribiendo sobre uno de los autores del señor Bayard -continué como si ella no hubiera dicho nada-. Kylie Ballantine, que pasó una época muy difícil durante los años cincuenta y sesenta. Quizá el señor Whitby no habló con el señor Bayard, pero sí vino hasta aquí, ¿verdad?

Ella se tomó su tiempo, como decidiendo qué podía revelar, y luego dijo:

– Ese hombre telefoneó, pero no permitimos que los periodistas hablen con el señor Bayard.

– Así que le dijeron que fuera a ver a Renee Bayard a Chicago, pero ella no le fue de gran ayuda y entonces vino aquí esperando tener más suerte. -Levanté la mano anticipándome a otra objeción-. Sabemos que Catherine estuvo en Larchmont tanto la noche del domingo como la del lunes. Me dijo que su abuelo…

– Son puras mentiras -dijo Ruth con desprecio-. Catherine estaba en la ciudad el lunes por la noche, como siempre durante el curso. Y desde luego no tenía motivos para estar en Larchmont ninguna de esas noches.

– Hablé con Catherine ayer por la tarde. Y por supuesto que estaba aquí el lunes por la noche. Podemos llamarla. -Miré el reloj-. Ya habrá salido del colegio. A menos que tenga entrenamiento de lacrosse, lo más probable es que esté con sus amigas, en Banks Street o en la cafetería a la que suelen ir, se llama Grounds for Delight. No tengo su número de móvil, pero seguro que usted sí. -Me la estaba jugando; no tenía ni idea de lo que diría Catherine si el ama de llaves la llamaba, de modo que, tras una breve pausa, añadí-: Seré sincera con usted: Catherine se niega a contarme qué hacía en Larchmont. Pero dice que cuando su abuelo no puede dormir va allí, que tiene una llave y que a veces ella lo acompaña; que les gusta la tranquilidad de Larchmont Hall.

– ¿La llave de una casa ajena? Nunca había oído una tontería semejante. -Parecía furiosa, pero miraba la casa y me miraba a mí, visiblemente nerviosa.

Saqué el móvil.

– Estoy de acuerdo en que es una tontería, pero eso es lo que me contó Catherine. Vamos a llamarla para que nos lo confirme. En realidad, lo único que quiero saber es si el señor Bayard fue a Larchmont, y si vio al señor Whitby. Estoy tratando de dar con la última persona que lo vio con vida.

Ruth volvió a apartar la mirada de mí para dirigirla hacia la casa. Desde luego no era una persona indecisa, pues tras unos segundos de vacilación, me ordenó que la siguiese. La acompañé por una puerta lateral a una especie de patio donde la gente dejaba los abrigos y las botas embarradas. Más allá, otra puerta se abría a la cocina, donde dos de los repartidores tomaban café y reían con alguien que quedaba fuera de mi campo visual. A nuestra derecha, pude ver las cajas con productos apiladas en la despensa.

Ruth y yo nos metimos por una escalera de servicio, cuyos estrechos peldaños presagiaban peligro para cualquiera que tuviera que cargar con la colada, la leña o lo que fuera que hubiese que subir y bajar. Pasamos por una puerta de vaivén a la casa propiamente dicha, donde el pasillo se ensanchaba de inmediato. Algo oscuro y muy pulido, con gruesas alfombras azul oscuro en el medio, reemplazaba al suelo de madera de pino. Nuestros pies susurraban sobre aquel tejido azul.

Ruth andaba con tal rapidez que casi tenía que ir trotando para seguirle el paso, de modo que sólo pude entrever un comedor con una enorme mesa atiborrada de plata, seguido de una serie de puertas que daban a habitaciones más pequeñas, y paredes de color claro de las que colgaba la clase de cuadros que la gente como yo sólo ve en los museos.

Al llegar al extremo este del pasillo, Ruth abrió la puerta y pasamos a una antesala pequeña donde me ordenó esperar. Ella siguió por un recodo a la derecha del pasillo, hacia la parte delantera de la casa.

La pequeña estancia estaba sobriamente amueblada, con un par de duros sillones delante de una chimenea vacía. Unas ventanas con cortinas ofrecían una vista a la parte trasera de la propiedad. Un pequeño arroyo atravesaba una serie de jardines, detrás del cual se extendía el terreno comunitario de New Solway. Miré por la ventana hacia los árboles pelados.

Una pareja de ciervos salió del bosque y entró en el jardín. Un collie echó a correr hacia ellos para devolverlos al bosque. Apareció un hombre que llamó al perro con un silbido. Ambos desaparecieron detrás de los cobertizos.

Una vez que desaparecieron las figuras vivas del paisaje, me di la vuelta y busqué algo para leer o pasar el tiempo mientras transcurrían los minutos. En la habitación se respiraba esa clase de desasosiego que uno siente en las salas de espera. Allí no se vivía ni se trabajaba, sólo se esperaba a que alguien decidiera qué hacer con el que allí se encontraba. Como en la sala de espera del médico.

De repente eché a andar por el pasillo en la dirección que había tomado Ruth. Eso me llevó a la entrada principal, donde una escalera de madera tallada se levantaba sobre el suelo de mármol. De las paredes colgaban retratos de tamaño natural de Bayards ya fallecidos.

Yo prefería la sencilla escalera de Marcus Whitby con su póster del Ballet Noir de Kylie Ballantine, pero retrocedí para tener una perspectiva mejor del retrato de una mujer de severa apariencia con un vestido de seda de color malva, preguntándome si sería la señora de Edwards Bayard asistiendo a la inauguración de Larchmont Hall en 1903; había un cierto parecido con la joven Catherine y con Calvin Bayard en los afilados rasgos de la cara. No era la gran belleza que había sido la madre de Geraldine Graham.

Oí la voz de Ruth y me deslicé detrás del hueco de las escaleras, allí donde la balaustrada formaba un lugar cerrado.

– Lo único que tienes que decirle es que él estaba en la cama, durmiendo. Pero si esto vuelve a suceder, tendré que hablar con la señora Renee al respecto.

Una segunda mujer murmuró algo incomprensible. Me apresuré a regresar a la antesala; la gruesa alfombra del pasillo silenciaba mis pasos. Me las arreglé para estar de pie junto a la ventana, mirando hacia afuera con total indiferencia, cuando apareció Ruth. La que había hablado entre dientes era una mujer de unos treinta y tantos años, de cara huesuda y angustiada. Al igual que Ruth, llevaba vaqueros, no un uniforme, y una gruesa chaqueta gris encima de una camiseta descolorida.

– Le presento a Theresa Jakes. -Ruth buscó mi tarjeta en los bolsillos de su chaqueta e hizo un loable esfuerzo por pronunciar mi nombre-. El señor Bayard ha estado enfermo y Theresa ayuda a la señora Bayard a cuidarlo.

Theresa tenía las manos coloradas de tanto fregar. Las metió entre los puños de la chaqueta como hacen las monjas y me dirigió una mirada nerviosa.

Repetí mi breve discurso.

– ¿Atendió usted la llamada telefónica de Marcus Whitby? ¿Intentó concertar una cita para que viera al señor Bayard?

Theresa sacudió la cabeza.

– Más me vale no dejar entrar a ningún periodista. Es la orden más estricta de la señora Bayard. El que quiera una entrevista tiene que hablar con ella en la ciudad. Nadie puede molestar al señor Bayard en su casa.

– ¿Es posible que él mismo contestara al teléfono? -pregunté.

A Theresa se la veía indefensa delante de Ruth Lantner.

– Hay un teléfono en su habitación, pero silenciamos el timbre para que no lo molesten. A menos que él… Supongo que podría comprobarlo.

– Pero salió de casa el domingo y el lunes por la noche, ¿verdad? -me atreví a preguntar a pesar de mi creciente incertidumbre-. ¿Fue usted quien lo trajo de vuelta?

– No salió -dijo Theresa-. Estaba durmiendo, durmiendo profundamente.

– ¿Estuvo con él toda la noche? -pregunté.

– No necesita que haya alguien con él en el dormitorio -dijo Theresa-. No tiene una enfermedad que requiera ese tipo de cuidados. Pero si saliera de la habitación sonaría una alarma que hay encima de mi cama y que me permite saber si todo va bien.

– ¿Y esa alarma no sonó? -insistí, con la esperanza de hacerme una vaga idea de lo que ella había hecho y de lo que Ruth pensaba «hablar al respecto» si volvía a ocurrir; ya que fuera lo que fuese explicaba por qué me habían dejado entrar en la casa-. Es raro, porque la joven Catherine subrayó que había usado las llaves de su abuelo para entrar en Larchmont Hall.

Consternada, Theresa miró a Ruth, que negó con la cabeza y dijo:

– Catherine no estuvo aquí el lunes por la noche. Y el señor Bayard no salió de casa ni el lunes ni el domingo. No sé qué idea tendrá usted…

– Si aquí no hubiera pasado nada, no tendrían por qué haberme dejado entrar en la casa -interrumpí ya sin rodeos-. Tengo los nombres de todos los que viven aquí; hablaré con todos y alguno me dirá la verdad.

– Los hombres no podrán decirle nada que yo no sepa -dijo Ruth de manera terminante-. Theresa, vuelve arriba con el señor Calvin para que Tyrone siga limpiando la alfombra.

Theresa metió sus ajadas manos rojizas en los bolsillos y echó a correr por el pasillo hacia la escalera principal. No se me ocurría nada más para conseguir que me dijesen lo que quería saber. Si Ruth había visto a Whitby, o a cualquier extraño, el domingo por la noche, no tenía intención de decírmelo. Si Calvin Bayard había salido de casa, a pesar de su enfermedad, tampoco iba a decírmelo.

Procuraría hablar con los hombres que estaban trabajando fuera, pero no iba a ser ese día, bajo la mirada atenta de Ruth. Theresa parecía más propensa a desmoronarse, pero me llevaría un tiempo encontrar la manera de hablar con ella a solas.

Con ironía me di por vencida ante Ruth, le estreché la mano y le agradecí su ayuda. Me encaminé por el pasillo hacia la puerta principal, pero Ruth me llamó para que la siguiera por donde habíamos venido.

Le sonreí impertérrita.

– Tengo el coche justo delante de la puerta principal. Es ridículo que vayamos por la puerta de servicio.

Antes de que pudiera impedirme salir por la puerta principal, Calvin Bayard apareció de repente en el extremo de la gran escalera y se dirigió hacia nosotras, gritando: «¡Renee! ¡Renee!».

Theresa caminaba junto a él, llevándole del brazo con una de sus agrietadas manos.

– Renee no está aquí, señor Bayard. Está trabajando. -Con su paciente era una persona distinta: segura, gentil, sin rastro de ansiedad.

– Renee, esta mujer no quiere irse. No me gusta, échala de aquí.

Calvin Bayard se aferró a la mano de Theresa, con la mirada fija en Ruth, cuyo pelo corto y oscuro y su robusta complexión le otorgaban un cierto parecido con Renee Bayard.

Aquella voz que me sedujo siendo estudiante era todavía profunda, pero se había vuelto trémula e insegura. Tenía el rostro, de alargadas y hundidas mejillas, más encogido y sonrosado. No podía imaginar qué enfermedad provocaba eso. Me clavé las uñas en las palmas para no llorar de pena.

De pronto me vio y se abalanzó sobre mí, apretándome en un tosco abrazo.

– Deenie, Deenie, Deenie. Olin. Vi a Olin. Problemas, problemas. Olin es un problema.

Me estrechó aún más contra la áspera tela de su chaqueta. Olía a talco y orina seca, como un niño. Intenté zafarme del abrazo, pero a pesar de la edad y de su enfermedad era fuerte.

– No pasa nada -dije, mientras él seguía agarrándome-. Olin ha muerto. Olin ya no es un problema. Olin se ha ido.

– Lo he visto -repitió-. Ya sabes, Deenie.

Entre Theresa y Ruth se las arreglaron para separarle los brazos de mi espalda.

– Vio la noticia de la muerte de Olin Taverner en la televisión -dijo Theresa, jadeando-. Ha estado muy agitado; cree que este hombre va a venir a buscarlo. No deja de decir que lo ha visto por la ventana.

– ¿Por qué le dejaste ver las noticias? -preguntó Ruth.

– Porque nadie me dijo que no lo hiciera; de otro modo, no se lo habría permitido -dijo Theresa, de manera cortante-. En esta casa todo el mundo pasa de puntillas por las cosas más sencillas y luego me acusan a mí de no hacer mi trabajo, porque se supone que tengo que adivinarlas. Pues que busquen a una adivina en el circo si es eso lo que esperan de una enfermera.

Para mi sorpresa, en lugar de tachar a Theresa de impertinente, Ruth dijo:

– Nadie pretende ocultarte nada, Theresa. Yo tampoco estaba cuando ocurrió, pero fue tan importante en la vida de los Bayard que la gente todavía habla del tema; creí que te lo había mencionado.

– ¿Quién es Deenie? -pregunté, frotándome el hombro donde Bayard me había clavado los dedos.

– Es el apodo de la señora Bayard -dijo Theresa-. Cuando está realmente mal la llama a gritos. Señor Bayard, vamos a prepararle una buena taza de té y luego iremos a pasear. Venga conmigo. Le gusta ver cómo Sandy calienta la leche, ¿a que sí? Mientras Sandy y yo estemos aquí para cuidarlo, nadie le hará daño. No lo olvide.


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