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ROMPECABEZAS

Fue al llegar a casa cuando me acordé de las huellas de ruedas que iban hacia el desagüe. Estaba cansada, demasiado cansada para pensar en nada, por no hablar de si debía hacer algo respecto a esas huellas. Me sumergí en la bañera durante media hora y me tomé un cuenco entero de sopa de pollo enlatada. Ni por asomo era tan buena como la de la señora Aguilar, pero no tenía nada mejor.

Estaba quedándome dormida cuando llamó la oficial Protheroe. Traté de ponerme a su nivel de energía mientras me hablaba. El guardia de la entrada de Anodyne Park no pudo identificar al intruso: había pasado demasiada gente por allí ese día, ya fuera para entregar comida, o familias que habían ido de visita, y por lo tanto le era imposible reconocer a nadie a partir de una descripción tan vaga.

– ¿No habrá forzado usted la cerradura de ese cajón mientras echaba el vistazo, verdad? -añadió.

– Oficial, si yo hubiera abierto ese cajón, usted no se habría enterado. ¿Ha enviado a un equipo al lugar de los hechos para que tomen las huellas y demás?

– La administración de Anodyne no quiere ver demasiada presencia policial; baja la moral y la gente se queja. -Se rió secamente-. Pero aunque sólo sea para evitar que llame seis veces en una hora, he llevado el vaso al laboratorio.

– ¿Y me hará saber lo que descubran, aunque sólo sea para evitar que la llame seis veces en una hora?

– Nunca se sabe, pero puede que lo haga.

Cuando colgó volví a la cama, pero me había desvelado y ya no pude relajarme. Todavía era temprano, las nueve nada más. Telefoneé a Amy Blount para ver si había tenido suerte en T-Square, o con alguno de los vecinos de Marc. Lamentablemente, la madre que cuidaba a su bebé era la única persona despierta a medianoche, o al menos la única que vio movimiento en casa de Marc.

– Cuando pregunté si alguna vez iba alguien a verlo, los niños pensaron que era una novia celosa intentando ponerlo en evidencia; sólo recordaban haberme visto a mí saliendo de casa de Marc, pero a nadie más. Empezaron a inventarse una historia en la que yo era la asesina. Me hizo reír, y luego me hizo llorar; no quiero ni pensar lo solo que debió de sentirse, y no puedo creer que esté muerto.

– Sí. A veces investigar es como un juego, hasta que te acuerdas de que ha muerto una persona que era importante para sus familiares y amigos… ¿Qué hay del editor de Marc, Simón Hendricks?

– Humm. Un estirado. Como Harriet estaba allí, no le quedó más remedio que hablar con nosotras. Comenzamos como tú nos sugeriste, con Aretha, la asistente de Marc, pero ella no cree que hubiera nada especial, aparte de la inseguridad profesional, en la tensa relación entre Marc y Hendricks. Marc tenía un contrato para escribir un libro sobre Kylie Ballantine; lo descubrimos en un cajón de su escritorio. Aretha dijo que Hendricks estaba furioso con eso porque él, Hendricks, llevaba cinco años intentando publicar un libro sobre el verano que Martin Luther King pasó en Chicago.

– Entonces, ¿por qué Marc le habló del contrato para su libro?

– Debía hacerlo, según las condiciones de su puesto de trabajo.

– ¿Crees que Hendricks estaba tan resentido o tan celoso como para matar a Marc por esa razón?

Ella lo pensó un momento.

– No soy una experta en adivinar por qué una persona mata a otra. Pero, bueno, ¿por qué Hendricks habría llevado a Marc hasta aquel estanque?

– Es verdad -admití-. ¿Y qué hay del compañero de Marc, Jason Tompkin? ¿Lograste sacarle algo sobre las relaciones de la empresa con Bayard?

– Habla tanto que es difícil saber si se puede confiar en lo que dice. Pero parecer ser que la política de la compañía prohíbe hablar de un proyecto en marcha con cualquiera que no sea de la editorial Llewellyn. Sin embargo, dice que Hendricks hace hincapié en esto cuando se refiere a Ediciones Bayard. J.T. dice que la orden viene de Llewellyn, que hay mala relación entre Calvin Bayard y Augustus Llewellyn, aunque nadie sabe bien por qué, pero que él, J.T., cree que es porque Llewellyn le pidió dinero prestado a Bayard cuando empezó T-Square, y Bayard se comportó de manera paternalista; como si Llewellyn fuera el ejemplo patente del corazón magnánimo y liberal de Bayard. Pero hay algo realmente extraño: según J.T., Hendricks y Marc tuvieron una acalorada discusión la semana pasada porque Marc intentó ver a Llewellyn en persona.

Me quedé estupefacta: en una empresa, el que trata de ver al dueño a espaldas de su jefe no sobrevive.

– ¿A propósito de qué?

– Nadie lo sabe. Tal vez Marc quería persuadir al señor Llewellyn de que relajara la política interna con respecto a la comunicación con Bayard porque éste formaba parte de la historia de Kylie Ballantine.

– De modo que si Marc quiso hablar con Bayard, definitivamente tuvo que hacerlo a escondidas -dije-. Hoy he descubierto que Marc fue a New Solway al menos dos veces, y la primera vez no fue a ver a Bayard, sino a Olin Taverner.

Le conté los extraños datos que tenía sobre la muerte de Olin Taverner, y del hombre que había entrado en su casa.

– Daría el salario de un mes por saber qué había en los papeles de Taverner. Marc no le comentó nada a Aretha Cummings, ¿verdad?

– No, que ella nos haya dicho -respondió Amy-. Pero eso que nos cuentas es muy importante: un hombre mayor que abre un cajón cerrado con llave para mostrar sus papeles secretos. Si Marc lo hubiera mencionado, creo que ella nos lo habría dicho, aunque hubiese jurado no decírselo a nadie. Mañana la llamaré para confirmarlo.

– De acuerdo. -Preparé una lista. -Necesitamos las notas que tomó Marc en casa de Taverner la noche del jueves pasado. Necesitamos saber la conexión que había entre Taverner y Kylie Ballantine, aunque imagino que tiene que ver con la lista negra. Tal vez la llevaron ante el Comité de Actividades Antiamericanas, aun cuando nada de eso se mencione en los documentos de la Colección Harsh.

– Mañana puedo ir a la biblioteca de la universidad -se ofreció Amy-. Todos los interrogatorios se encuentran en microfichas. Traté de preguntar a Hendricks si tenía algunas de las notas de Marc; me lo imaginaba perfectamente yendo al escritorio de Marc y llevándose lo que necesitara en cuanto supo lo de su muerte. Está claro que tenía envidia del éxito de Marc. Lo mismo que Jason Tompkin. Tompkin cree que Marc volaba solo y demasiado alto porque buscaba la gloria. Su teoría es que Marc tenía entre manos algo peligroso, pero lo único que vio fue el premio que conseguiría por publicar la exclusiva, así que no se lo dijo a nadie. A mí… no me gusta esa idea. Alguien como J.T. haría que Marc se encerrase en su caparazón para protegerse, pero no porque Marc tuviera envidia ni por ambición, sino porque… no quería hacer demasiado ruido.

– Es difícil investigar asuntos relacionados con personas a las que queremos -comenté comprensivamente-. Yo también pasé por eso cuando murió mi primo Boom-Boom; a uno le gustaría estar presente cuando la gente habla de nosotros, ¿verdad? -Repasé las notas que había tomado-. Marc visitó a Taverner hace una semana, el jueves. ¿Cuándo intentó ver a Llewellyn? O al menos, ¿cuándo tuvieron Hendricks y él esa bronca? -pregunté-. ¿Antes o después de que Marc viera a Taverner?

– No lo sé. -Se oía el crujido del papel mientras ella revisaba sus propias notas-. ¿Piensas que Taverner le contó algo sobre Llewellyn? ¿Qué pudo haber sido?

– No pienso nada -respondí con impaciencia-. No sé lo suficiente como para pensar algo concreto.

– La pelea fue reciente -dijo ella despacio-. Pudo haber sido el viernes pasado. Llamaré a J.T. mañana y le preguntaré.

– Hazlo: puede ser importante.

Antes de colgar, planeamos el trabajo del día siguiente. Le dije a Amy que el bibliotecario creía que Marc había encontrado documentos originales en la antigua casa de Kylie Ballantine.

– Quisiera hacer un último y desesperado intento por encontrar esos papeles, o cualquier papel suyo. No es normal la forma en que ha desaparecido todo.

Acordamos encontrarnos en casa de Marc por la mañana. Mientras yo forzaba su Saturn para ver si había dejado allí algún documento, Amy empezaría a peinar la casa, por si se nos había pasado algo el día anterior. Luego Amy iría a la biblioteca universitaria mientras yo intentaba hablar con Renee Bayard. Después de todo, Renee había conocido a Calvin cuando hacía trabajos administrativos para la gente citada a declarar ante el Congreso; ella tendría que saber si existía alguna conexión entre Taverner y Ballantine.

Mientras hablábamos se me ocurrió otra idea sobre los papeles secretos de Taverner: el joven Larry Yosano, el abogado que trabajaba para Lebold & Arnoff. Era un poco tarde para una llamada de trabajo, pero resultó que esa semana estaba de guardia. Supuse que avanzaría más rápido asumiendo que Taverner había sido uno de los muchos clientes en New Solway de Lebold & Arnoff, y empecé diciendo que la muerte de Taverner debía de estar generando una gran cantidad de trabajo en el despacho.

Estuvo de acuerdo, pero agregó:

– ¿Sabe, señorita Warshawski? No es nada personal, pero yo tengo una vida privada. Ya me resulta todo bastante complicado cuando esos clientes de New Solway creen que soy el jardinero y que pueden llamarme en plena noche. ¿No podríamos tener esta conversación mañana por la mañana en mi oficina?

Tuve que acceder, a pesar de que no deseaba añadir otro viaje a los barrios residenciales del oeste a mi saturada agenda del viernes. Quedamos a las tres de la tarde; Yosano quería que fuera antes, pero yo necesitaba sacar algo en claro de la visita a la casa de Whitby para saber a qué atenerme si volvía al estanque de Larchmont.

Me recosté en la cama cuando sonó el teléfono. Me quedé helada al escuchar la voz de Darraugh Graham, incisiva y furiosa.

– ¿No te dejé claro que no debías molestar más a mi madre? Tienes treinta segundos para explicarme por qué desobedeciste tan descaradamente mis órdenes.

Me puse tensa.

– Darraugh, no eres un coronel de la marina ni yo uno de tus reclutas. Le debía a tu madre la cortesía de una visita para explicarle lo que hice y por qué no iba a seguir trabajando en su asunto. Y no pienso disculparme por haberla visitado.

– Fue desconsiderado por tu parte molestarla de esa forma. Eso no fue una visita de cortesía, fue un interrogatorio.

– ¿Te ha llamado para quejarse? Oh, no. Ha llamado Lisa para quejarse. A tu madre le afectó enterarse de lo enfermo que está Calvin Bayard, no por nada que yo le haya preguntado. Creo que una mujer tiene derecho a llorar por la decadencia de un viejo amigo.

– Hablar con mi madre no tiene nada que ver con tu investigación de un asesinato. Ya te lo había advertido. Si deseas continuar trabajando para mí, te ordeno que te mantengas alejada de mi madre.

– Lo pensaré, Darraugh. Lo de mis deseos, quiero decir. Buenas noches.

Colgué antes de que la ira me hiciera renunciar sin meditarlo. Sus mil dólares al mes… a veces uno paga un precio muy alto por el dinero.


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